Darwin viene
a la ciudad
La evolución de
las especies urbanas
MENNO SCHILTHUIZEN
TURNER NOEMA
turner noema
Darwin viene
a la ciudad
La evolución de
las especies urbanas
MENNO SCHILTHUIZEN
traducción de eduardo jordá
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TUKACDEA
Título:
Darwin viene a la ciudad. La evolución de las especies
urbanas
O Menno Schilthuizen, 2019
Edición original en inglés: Darwin Comes to Town: How the
Urban Jungle
Drives Evolution, Quercus, 2018
De esta edición:
O Turner Publicaciones $S.L., 2019
Diego de León, 30
28006 Madrid
www.turnerlibros.com
Primera edición: enero, 2019
HS Creative Commons
De la traducción del inglés: O Eduardo Jordá, 2019
ISBN: 978-84-17866-34-6
Diseño de la colección:
Enric Satué
Hustración de cubierta:
Diseño TURNER
Imágenes de cubierta:
Charles Darwin y John Gould, The zoology of the voyage of
H.M.S, Beagle
Delpixart, Pedestrian crossing, asphalt road top view
Depósito Legal: M-41801-2018
Impreso en España
La editorial agradece todos los comentarios y observaciones:
turnerCturnerlibros.com
índice
El portal de la ciudad
Primera parte, Vida urbana
I, El ingeniero de ecosistemas más eficiente de la naturaleza
li, El hormiguero humano
iii. La ecología del centro de la ciudad
iv. Naturalistas urbanos
v. Nuevos urbanitas
vi. Si logro llegar
Segunda parte, Paisajes urbanos
VII. He aquí los hechos
viii, Leyendas urbanas
ix. O sea que las cosas suceden así
Xx. Ratón de ciudad, ratón de campo
xi. Envenenar palomas en los parques
xii. Luces brillantes de la gran ciudad
xiii, ¿Es realmente evolución?
Tercera parte. Encuentros urbanos
xiv. Encuentros urbanos cara a cara
xv. Auto-domesticación
xvi. Las canciones de la ciudad
xvii. Sexo en la ciudad
xviii. “Turdus urbanicus'
Cuarta parte, La ciudad de Darwin
xix. La evolución en el mundo teleconectado
xx. Diséñalo con Darwin
Afueras
Agradecimientos
notas
Bibliografía
Para Iva
El portal de la ciudad
Está perfectamente formado. Es un milagro de la
microingeniería listo para su breve visita al mundo. Alas de
textura delicada, todavía intactas, cuidadosamente dobladas
sobre el abdomen que respira de forma casi imperceptible. Seis
ágiles patas, delicadamente colocadas en la pared polvorienta,
todas en perfecto estado, y cada una de ellas dotada de un
conjunto de nueve segmentos, aún no reducidos en número por
el brusco contacto con las aspas de un ventilador o las patas
delanteras de una araña. El tórax dorado, erizado de vello; esa
cápsula cargada de potencia que protege la energía
reconcentrada de los músculos destinados al vuelo, y tan
voluminosa que casi oculta el rostro sereno tras el cual un
cerebro en miniatura coordina los canales de entrada y de
salida que conectan las antenas, los palpos, los ojos de visión
múltiple y los ocho tubos interconectados de su probóscide
parasitaria,
Estoy en un pasillo subterráneo caluroso y abarrotado del
metro de Londres, en la estación de Liverpool Street, con las
gafas en una mano y la nariz apretada contra los azulejos de la
pared, mientras admiro este bello espécimen de mosquito
doméstico, Culex molestus, que acaba de salir de su pupa. Pero
al mismo tiempo estoy despertándome muy despacio de mi
ensueño .entomológico. Y no solo por los transeúntes
apresurados que evitan chocar conmigo, desviándose en el
último segundo después de balbucear un “lo siento” que suena
mucho más a acusación que a disculpa, sino porque estoy
dándome cuenta, con suma incomodidad, de que hay una
cámara de seguridad colgada del techo y los responsables del
metro de Londres no paran de anunciar por los altavoces que
debe comunicarse a los empleados cualquier conducta
sospechosa.
Para un biólogo, el centro de la ciudad no es el mejor lugar
para llevar a cabo su actividad. La norma tácita entre los
biólogos estipula que, si le preguntan, uno siempre debería
responder que las ciudades son un mal necesario, que un
biólogo de verdad debería pasar en ellas el menor tiempo
posible. El mundo real es el que está fuera del territorio
urbano: en los bosques, en las cañadas, en los campos. Allá
donde viven las criaturas salvajes.
Pero, si soy sincero, debo decir que a mí me gustan las
ciudades. Y no tanto las partes organizadas, elegantes y bien
lubricadas, sino más bien el entramado sórdido y orgánico que
se aparece en los rincones olvidados bajo la raída alfombra de
la cultura, esas partes menos nobles donde se funden lo natural
y lo artificial y donde se activan las relaciones ecológicas. Para
mi vista de biólogo, el centro de la ciudad, a pesar del ajetreo y
del aspecto completamente artificial, presenta una constelación
de ecosistemas en miniatura. Incluso en esas calles de
Bishopsgate, todas ellas aprisionadas en ladrillo y hormigón,
estériles a primera vista, yo veo formas de vida que se
empeñan en sobrevivir con una terca propensión al desafío.
Por ahí aparece una boca de dragón que crece majestuosa en la
prieta invisible de una pared enlucida, en un paso elevado. Por
allá, la química atroz entre el cemento y las fugas del
alcantarillado permite el nacimiento de las vítreas estalactitas
de color calizo, que a su vez sirven de anclaje a las telarañas
cubiertas de hollín de las arañas tejedoras. Más allá, las vetas
de color esmeralda del musgo que brota en las rendijas que hay
entre el marco y los cristales rotos, que tienen que luchar para
sobrevivir frente a las burbujas de óxido que asoma por debajo
de la pintura de plomo rojo. Y por el otro lado, palomas
silvestres con las patas enfermas que intentan mantener el
equilibrio en un alféizar entre los obstáculos de plástico.
(Alguien ha dejado una pegatina que muestra a una paloma
furiosa amenazando con los puños alados y que dice: “Los
obstáculos de plástico representan una amenaza cínica y
opresiva contra nuestro derecho a la libre reunión. ¡La lucha no
ha terminado!”). Y un mosquito en la pared de un paso
subterráneo del metro.
No se trata de un mosquito cualquiera. El Culex molestus
también se conoce como el mosquito del metro de Londres. La
denominación se debe al tumulto que causaban entre los
londinenses que se refugiaban en los andenes y en las vías de la
estación de Liverpool Street, correspondiente a la Central Line,
durante los bombardeos alemanes de 1940, Y también al interés
de la genetista londinense Katherine Byrne durante la década
de 1990. Byrne se unía a las brigadas de mantenimiento del
personal del metro durante sus expediciones diarias por los
intestinos de la red, cuando se internaban en la parte más
profunda de los túneles, donde los muros de ladrillo sostienen
una maraña de gruesos cables eléctricos renegridos por el polvo
de las zapatas de frenos de los trenes, y donde las únicas
indicaciones que se ven son unas misteriosas inscripciones
hechas con tiza y con aerosol sobre antiguas placas esmaltadas.
Es ahí donde viven y se crían los mosquitos del metro de
Londres. Chupan la sangre de los viajeros y ponen los huevos
en agujeros y fosas sépticas inundadas, y hasta esos lugares
tuvo que ir Byrne en busca de las larvas,
Byrne tomó muestras de agua infestada de larvas en siete
lugares distintos a lo largo de las líneas Central, Victoria y
Bakerloo, se las llevó a su laboratorio, esperó a que las larvas
se convirtieran en mosquitos adultos (como aquel que vi en el
pasillo del metro) y luego extrajo las proteínas necesarias para
un análisis genético. Hace veinte años vi a Byrne comunicar los
resultados en una conferencia en Edimburgo. Aunque el
público estaba kformado por biólogos evolutivos
experimentados, su conferencia logró impactarnos a todos. En
primer lugar, los mosquitos de las tres líneas de metro eran
genéticamente distintos. Según nos explicó Byrne, eso se debía
a que las líneas del metro constituyen mundos separados y las
nubes de mosquitos de cada línea se agitan y se mezclan de
acuerdo con la acción constante de los pistones de los trenes
que avanzan por los túneles angostos. La única posibilidad de
que los mosquitos de las líneas Central, Bakerloo y Victoria se
mezclaran genéticamente sería que, como señaló Byrne, “todos
cambiaran de tren en la estación de Oxford Circus”. Pero la
cosa no acababa en la diferencia genética entre los mosquitos
de tres líneas de metro distintas. También se distinguían de sus
congéneres de la superficie. Y no solo en las proteínas, sino en
la forma de vida. En las calles de Londres, los mosquitos se
alimentan de la sangre de las aves, no de la de los seres
humanos. Antes de poner los huevos, necesitan ingerir una
ración de sangre, copular en grandes enjambres y luego
hibernar. En los túneles del metro, por el contrario, los
mosquitos chupan la sangre de los pasajeros y ponen los huevos
antes de alimentarse; no forman enjambres para copular sino
que buscan su satisfacción sexual en los espacios cerrados, y
además se mantienen activos a lo largo de todo el año.
Desde los descubrimientos de Byrne se ha comprobado que
el mosquito del metro no es una especie exclusiva de Londres.
Vive en sótanos, bodegas y parajes subterráneos del mundo
entero y ha adaptado sus costumbres a un medio construido a
escala humana. Gracias a los ejemplares que se quedan
atrapados en coches y en aviones, sus genes se dispersan de
ciudad en ciudad, pero al mismo tiempo se cruza con los
mosquitos autóctonos de la superficie y asimila genes que
provienen de ellos, También se ha comprobado que todo esto
ocurre desde hace muy poco tiempo: probablemente, la
evolución del Culex molestus se inició cuando los seres
humanos empezaron a construir el metro,
Mientras echo un último vistazo a mi ejemplar de mosquito
del metro de Londres, en ese pasillo abarrotado de gente de la
estación de Liverpool Street, imagino las modificaciones
invisibles que la evolución ha ido introduciendo en este cuerpo
diminuto y frágil. Las proteínas de las antenas se han
transformado de forma que, en vez del olor de las aves, sea el
olor humano el que les induzca una respuesta, Los genes que
regulan su reloj biológico se han reseteado o desconectado para
evitar que entre en hibernación, ya que siempre hay sangre
humana disponible en el subsuelo y nunca hace demasiado frío.
¡Ni hablar de la diversificación genética que ha hecho posible el
cambio en sus hábitos sexuales! Una especie en la que el macho
forma enjambres donde la hembra debe irrumpir para que la
fertilicen se ha convertido en otra que copula a través del
sencillo emparejamiento individual en los espacios reducidos
que el mosquito subterráneo puebla de forma dispersa.
La evolución del mosquito del metro londinense es un
desafío para nuestra imaginación colectiva. ¿Por qué nos intriga
tanto y por qué recuerdo yo tan bien la conferencia de
Katherine Byrne cuando ya han pasado tantos años? En primer
lugar, porque nos han enseñado que la evolución es un proceso
muy lento que altera imperceptiblemente las especies a lo largo
de millones de años, y no un fenómeno que pueda haber tenido
lugar en el breve periodo urbanita del ser humano. De repente,
el mosquito del metro pone de manifiesto ante nuestros ojos
que la evolución no solo se ocupa de los dinosaurios y de las
eras geológicas, sino que podemos observarla aquí y ahora
mismo. Y en segundo lugar, la idea de que nuestro impacto en
el medio ambiente es tan significativo que las plantas y los
animales “silvestres” están adaptándose a hábitats creados por
y para el ser humano nos permite tomar consciencia de la
irreversibilidad de algunos de los cambios que estamos
imponiendo a la Tierra,
La tercera razón por la que el mosquito del metro
londinense nos llama tanto la atención es que parece un bonito
añadido al catálogo evolutivo que consideramos normal. Todos
sabemos que la evolución perfecciona el plumaje de las aves
del paraíso en las junglas más remotas y la forma de las flores
de orquídea en las crestas inaccesibles. Pero el proceso es tan
corriente que no le hace ascos a desarrollarse bajo nuestros
propios pies, entre el cableado mugriento del sistema de
transporte subterráneo. ¡Y es un ejemplo tan agradable, tan
único y tan cercano! Es esa clase de cosas que uno solo espera
encontrar en un manual de biología.
Pero ¿qué pasaría si ya no se tratara de una excepción?
¿Qué pasaría si el mosquito del metro representara a toda la
flora y la fauna que han entrado en contacto con el ser humano
y con un medio construido por él? ¿Y qué pasaría si nuestro
control de los ecosistemas terrestres se hubiera vuelto tan
absoluto que toda la vida terrestre estuviera desarrollando
formas de adaptarse a un planeta extensamente urbanizado? He
aquí las preguntas que van a considerarse en este libro.
Y justo a tiempo, por cierto. 2007 marcó un hito
trascendental para el mundo: ese año, por vez primera en la
historia, la cantidad de personas que vivían en áreas urbanas
superó a la cantidad de personas que vivían en zonas rurales. Y
desde entonces la estadística ha ido aumentando a gran
velocidad. Cuando lleguemos a la mitad del siglo xxi, dos
tercios de la población del mundo -—que se calcula en unos
nueve mil trescientos millones de personas- vivirán en las
ciudades. Y cuidado: eso sucederá en todo el planeta. Desde
1870, en la Europa Occidental ha habido más gente viviendo en
las ciudades que en el campo, y en Estados Unidos se llegó al
punto de inflexión en 1915, Europa y Estados Unidos llevan
más de un siglo transformándose en continentes urbanos. Un
estudio reciente ha demostrado que la distancia media entre un
punto dado del mapa de los Estados Unidos y el bosque más
cercano ha ido aumentando a razón del 1,5% por año.
En ningún otro momento de la historia del planeta ha
existido una única forma de vida tan dominante. “¿Y los
dinosaurios?”, se preguntará alguien. Pero los dinosaurios eran
una clase entera de animales, compuesta probablemente por
miles de especies. Comparar las miles de especies de
dinosaurios con la especie única del Homo sapiens equivaldría
a comparar todas las tiendas de comestibles del mundo con la
cadena de supermercados Tesco. No, en términos ecológicos
nunca se ha visto en el mundo una situación como la que se
nos presenta hoy: la de una sola especie animal que habita el
planeta entero y lo explota para sacarle beneficio. En estos
momentos, nuestra especie consume una cuarta parte del
alimento que representan todas las plantas del mundo y la
mitad de las reservas de agua potable. De nuevo nos
encontramos ante un fenómeno que no había ocurrido jamás: ni
una sola especie resultante de la evolución ha podido
desempeñar un papel ecológico tan trascendental a una escala
global,
De modo que el mundo está convirtiéndose en un lugar
bastante dominado por los seres humanos. En 2030, casi el 10%
de la superficie del planeta estará urbanizada, y una buena
parte de la superficie restante se verá ocupada por granjas,
pastos y cultivos a la medida humana. Se trata de una serie de
hábitats enteramente nuevos, nunca antes vistos en la
naturaleza. Y así y todo, cuando hablamos de ecología y de
evolución, o de ecosistemas y naturaleza, nos empeñamos en
excluir a los seres humanos y centramos la atención,
equivocadamente, en esa cada vez más pequeña porción de
habitantes de la tierra en la que todavía no se percibe la
influencia humana. O bien, si no hacemos eso, procuramos
poner en cuarentena a la naturaleza, para evitar, en la medida
de lo posible, el impacto dañino del mundo humano, que
implícitamente juzgamos como no natural.
Pero ya no se puede mantener esa actitud. Es hora de
reconocer que las acciones humanas son la fuerza ecológica de
mayor impacto en el mundo. Nos guste o no, nos hemos
integrado por completo en todo lo que sucede en el planeta.
Solo si dejamos volar la imaginación podemos mantener
separada la naturaleza de nuestro medio ambiente humano. En
el mundo real, nuestros tentáculos aprisionan el entramado
natural. Construimos ciudades con nuevas estructuras de cristal
y acero. Irrigamos, contaminamos y construimos presas para las
vías de agua. Segamos los campos, los pulverizamos con
pesticidas y los fertilizamos con abonos. Emitimos gases con
efecto invernadero que alteran el clima. Extendemos el uso de
plantas y de animales no autóctonos, y criamos peces, animales
de caza y árboles para procurarnos comida y satisfacer otras
necesidades. Todas las formas de vida no humana que hay en la
Tierra entrarán en contacto con los seres humanos directa o
indirectamente. Y ese tipo de encuentros suele tener
consecuencias en los organismos involucrados, ya que puede
amenazar su supervivencia y su modo de vida. Pero al mismo
tiempo puede crear nuevas oportunidades y nuevos nichos
evolutivos, como ocurrió con los antepasados del Culex
molestus.
¿Qué hace la naturaleza cuando se topa con desafíos y
oportunidades? Evoluciona. Y si le resulta posible, cambia y se
adapta. Y cuanto mayor sea la presión, más rápidos y más
extensos serán los cambios que se produzcan. Como saben muy
bien los encorbatados agentes de bolsa que pasan corriendo a
mi lado por el pasadizo de la estación de Liverpool Street, en
las ciudades hay grandes oportunidades pero también una
competencia temible. Cada segundo cuenta cuando se trata de
la lucha por la supervivencia. En este libro me propongo
demostrar que la naturaleza está haciendo exactamente eso,
Mientras nos centrábamos en la cada vez más pequeña porción
de naturaleza virgen, los ecosistemas urbanos han ido
evolucionando a nuestras espaldas, justo en las mismas
ciudades de las que apartábamos con desdén nuestra nariz de
naturalistas. Y mientras intentábamos salvar el decadente
ecosistema pre-urbano, hemos cerrado los ojos ante el hecho de
que la naturaleza ya había empezado a levantar los andamios
para construir el ecosistema urbano del futuro.
Me propongo revelar las miles de formas en que se está
ensamblando ese ecosistema urbano, y de qué modo podría
llegar a constituir, en el futuro, la principal manifestación de la
naturaleza en este planeta. Pero antes de despegar, hay algo
que necesito decir para desahogarme.
Al grupo cada vez más extenso de personas que aprecian la
naturaleza en el entorno urbano se le acusa con frecuencia de
facilitar excusas a los constructores para destruir la naturaleza
salvaje, e incluso de acostarse con el enemigo y apuñalar por la
espalda a los conservacionistas. Hace algunos años, con mi
colega Jef Huisman de la Universidad de Ámsterdam, publiqué
un artículo de opinión en el periódico holandés De Volkskrant,
en el que explicábamos que la naturaleza es dinámica, que
cambia constantemente y que no deberíamos intentar conservar
la forma y la composición de los ecosistemas holandeses tal
como se ven en la pintura paisajista de hace varios siglos.
Defendíamos una actitud mucho más pragmática en relación
con el conservacionismo, en la que hubiera un lugar para las
especies exóticas y para la naturaleza urbana y se prestara más
atención al funcionamiento natural del ecosistema en lugar de
centrarse en las especies exactas que habían vivido en él.
Estas ¡ideas no tuvieron una buena acogida entre
determinadas personas. Recibimos correos electrónicos de
algunos colegas furiosos que nos acusaban de ser títeres en
manos de los políticos de la derecha que iban a aprovecharse
de cualquier excusa que les diéramos para continuar saqueando
el mundo natural. Otros lectores indignados nos aconsejaron ir
a contarles aquellas cosas “a la gente de Australia y de Nueva
Zelanda que veía cómo los sapos marinos y los conejos estaban
destruyendo sus espacios naturales”.
Estos ataques me causaron un profundo dolor. De niño
coleccionaba insectos y observaba pájaros, y me pasaba días
enteros a solas en los campos que rodeaban mi ciudad natal,
provisto de unos prismáticos, una guía de la flora y un tarro de
cristal para conservar los insectos capturados. Hoy, los campos
en los que yo fotografiaba los nidos de los zarapitos de cola
barrada, cuyos terrenos cubiertos por los primeros brotes de
orquídeas de los pantanos solía atravesar y donde capturé mi
primer ejemplar de escarabajo acuático plateado, los han
asimilado urbanizaciones que forman el anillo urbano de
Róterdam. Cuando los primeros bulldozers empezaron a nivelar
mi terreno de juego, los miraba entre furiosas lágrimas de
impotencia, apretaba los puños con rabia, y juré que algún día
vengaría a aquella naturaleza que había quedado destruida para
siempre. Más tarde, cuando ya era un ecologista tropical y vivía
y trabajaba en Borneo, tuve que contemplar, impotente, cómo
los manglares se convertían en zonas de aparcamiento y cómo
las selvas tropicales se transformaban en monocultivos de
aceite de palma.
Pero ese mismo amor y esa misma preocupación por la
naturaleza me llevaron a entender el poder que tienen las
fuerzas evolutivas y la inagotable capacidad de adaptación que
posee el mundo viviente, El crecimiento de la población
humana es un hecho indiscutible. Si no se produce un
cataclismo global o se introduce por vía dictatorial el control de
la natalidad, los seres humanos habrán llenado la tierra de
ciudades y entornos urbanizados antes de que termine este
siglo. Por esta razón debemos conservar el mayor número
posible de zonas de naturaleza salvaje, y nadie debe
malinterpretar este libro como un intento de devaluar esa
lucha. Sin embargo, debemos ser conscientes de que al margen
de la naturaleza virgen, las prácticas tradicionales de los
ecólogos (erradicar especies exóticas, criminalizar las “malas
hierbas” y las “plagas”) podrían estar destruyendo los mismos
ecosistemas que en un futuro permitirán alimentar a la
humanidad. Como alternativa, propongo en este libro la
necesidad de controlar y reconducir las fuerzas evolutivas que
configuran, aquí mismo y en este mismo instante, nuevos
ecosistemas, con el propósito de lograr que la naturaleza crezca
en el corazón de nuestras ciudades.
primera parte
VIDA URBANA
Innumerables calles atestadas de gente entre
la imponente vegetación de hierro, esbelta,
fuerte, ligera, que tiende, espléndidamente,
hacia la claridad de las alturas.
walt whitman, “Mannahatta”,
Hojas de hierba (1855)
uña
El ingeniero de ecosistemas
más eficiente de la naturaleza
A unos treinta kilómetros al oeste de la ciudad de Róterdam
se hallan las dunas litorales de Voorne. Se trata de una zona
extensa (al menos para las diminutas proporciones de los
Países Bajos), formada por dunas ondulantes cubiertas de
vegetación, aunque va perdiendo terreno a causa de la
ampliación del puerto de Róterdam que se lleva a cabo desde el
norte. Uno puede sentarse en las dunas, con el trasero apoyado
en una alfombra de líquenes y musgo, y comerse un sándwich
rodeado de plantas raras de blackstonias y epipactis. Y
entretanto, a lo lejos, se cargan y descargan montañas
gigantescas de hierro y carbón, que emiten unos chasquidos
metálicos que van y vienen según vaya rolando el viento
incesante.
Es en esa zona donde pasaba casi todos los sábados, cuando
era niño, buscando escarabajos para mi colección. Mis amigos
aficionados a la naturaleza y yo, acompañados a veces por
nuestro incansable profesor de biología, bordeábamos en
bicicleta el río _Meuse, lo cruzábamos en un ferry,
atravesábamos en zigzag los depósitos de combustible y las
aterradoras plantas químicas de las refinerías, y luego nos
pasábamos el día entero en las dunas, cazando insectos y
buscando plantas. Después dedicábamos el domingo a
identificar y clasificar nuestro botín y a anotar cuidadosamente
todos los resultados en nuestros cuadernos de trabajo. Para
nosotros era un oasis de felicidad antes de que el lunes volviera
a empezar la tediosa semana de clases.
Hay unas cuatro mil especies de escarabajos en los Países
Bajos y yo me había propuesto encontrar la mayor cantidad
posible entre las dunas de Voorne. Al cabo de dos o tres años,
en los cajones clasificadores protegidos por bolas antipolillas
que tenía en mi habitación había reunido una colección de más
de ochocientas especies, algunas de las cuales nunca se habían
visto en mi país antes.
Aproximadamente dos centenares de especies eran fáciles
de encontrar: se trataba de especies comunes, y yo atrapaba
ejemplares cuando los veía deambular por un sendero 0
colgando en la punta de una hoja. Pero a medida que iba
aumentando el volumen de capturas, tuve que adoptar nuevas
técnicas de caza para atrapar los especímenes más elusivos, que
vivían en “hábitats especiales”, Así eran los mirmecófilos,
animales que han encontrado su lugar en la naturaleza
parasitando los hormigueros. Mi guía de entomología me
explicó que el mejor momento para capturarlos era en mitad
del invierno, cuando todos los habitantes del hormiguero se
habían refugiado en lo más profundo, y —cosa mucho más
importante— cuando su baja temperatura corporal les impediría
atacarme a mordiscos.
Así, una fría mañana de invierno até una azada al cuadro de
mi bicicleta y me dirigí a uno de los bosquecillos de pinos que
había en la zona interior de las dunas, donde yo sabía que podía
encontrar los grandes hormigueros en forma de cúpula en los
que vive la hormiga roja de la madera, Formica rufa. Los
montículos seguían allí, cubiertos por los tallos resecos de las
ortigas urticantes que habían brotado en la superficie de
aquellas colonias ricas en amonio. Descargué con fuerza la
azada contra el hormiguero. Después de excavar montones de
agujas de pino mezcladas con cristales de hielo, llegué a las
profundidades libres de escarcha en las que se habían ocultado
las hormigas. Saqué mi cedazo para capturar escarabajos, un
ingenioso artilugio de diseño alemán, ya muy baqueteado, que
consistía en un saco de tela resistente dotado de un cedazo y un
embudo, y empecé a meter en su interior un puñado tras otro
de tierra del hormiguero. Lo sacudí con todas mis fuerzas para
separar los insectos de los desechos vegetales, y al final
deposité todo lo filtrado en una gran bandeja de plástico. Y
entonces me senté en el suelo y me puse a esperar.
Al poco tiempo, las hormigas sometidas a la hipotermia
empezaron a moverse muy despacio. Fueron estirando las patas
y empezaron a caminar vacilantes en el suelo de plástico. Pero
las hormigas no me interesaban en absoluto. Lo que yo buscaba
era lo que había visto disperso entre ellas. Allí había un
pequeño escarabajo payaso de color marrón, con las patas
rígidas apoyadas contra el reluciente cuerpo esférico y con
aspecto de no ser más que una simple semilla. Allá había un
estafilínido con el abdomen encogido a causa del miedo. ¡Lo
que yo estaba buscando! Escarabajos mirmecófilos, que solo
podían encontrarse en un hormiguero. Coloqué los escarabajos
en el tarro de capturas (un tarro viejo de mermelada en el que
había metido tiras de papel higiénico y unas gotitas de éter), me
los llevé a casa, les clavé con cuidado un alfiler y luego les puse
una tarjetita en la que había pegado un ejemplar de la hormiga
con la que los había encontrado (eso era lo que recomendaba
mi guía de escarabajos). Luego los examiné siguiendo con
cuidado las claves de identificación, que me permitirían
confirmar que había descubierto una especie de escarabajos que
jamás podría haber visto si no me hubiera dedicado a escarbar
en los hormigueros justo en mitad del invierno,
En Viaje a las hormigas, exhaustivo e incuestionable estudio
de los prestigiosos especialistas Bert Hólldobler y Edward O.
Wilson, se dedica un capítulo entero a los animales que
conviven con las hormigas. El volumen ofrece un índice
“resumido” que ocupa catorce páginas y que incluye no solo
escarabajos, sino también ácaros, moscas, orugas y arañas.
Amén de cochinillas, seudoescorpiones, milípedos, colémbolos,
hemípteros y grillos... En casi todos los grupos de bichos hay
especies que se han buscado un lugar entre las sociedades de
hormigas y se han inventado trucos para sobrevivir entre ellas,
Esos trucos son de dos clases; el primero consiste en
mezclarse. Las hormigas viven en un mundo casi
exclusivamente químico: la comunicación entre la hormiga y su
sociedad se lleva a cabo a través de un extenso abanico de
olores y aromas, con los que las hormigas se trasmiten
mensajes que equivalen al saludo feromónico con un sencillo
“¿Qué tal estás?”, o un tranquilizador “Bien, muy bien, todo va
a pedir de boca”, o un excitado “Atención, hay comida a dos
leguas del nido”, o un frenético “¡poneos a salvo! ¡un cabrón
está destruyendo el hormiguero con una maldita azada!”.
El lenguaje químico de las hormigas también funciona como
un sistema de inmunización social: diferencia lo “propio” de lo
“extraño”. Cualquier criatura que no huela como los demás
miembros de la colonia es objeto de un ataque instantáneo. Por
lo tanto, para invadir un hormiguero, los mirmecófilos (incluso
los que no quieren causar ningún daño a las hormigas)
necesitan descifrar el código de identificación de las hormigas,
y por eso han desarrollado un sistema para hablar “hormigués”
que impide que los detecten. Muchos mirmecófilos poseen
glándulas especiales que producen las mismas moléculas
identificativas que sus anfitriones (especialmente las señales de
apaciguamiento), las cuales esparcen por el aire mediante
mechones de pelo. Algunos mirmecófilos, como el estafilínido
Lomechusa, han llegado incluso a ser bilingiies. En invierno, el
Lomechusa vive en el hormiguero de la hormiga roja Myrmica
y conversa apaciblemente con ella por medio de la química,
Pero en primavera abandona los hormigueros de la Myrmica y
se traslada a su residencia estival, un hormiguero de hormigas
rojas de la madera, y a partir de ese momento, sin esfuerzo
alguno, cambia su vocabulario químico al de la Formica,
El segundo truco que la evolución ha enseñado a los
mirmecófilos para que se introduzcan en la sociedad de las
hormigas es buscar un nicho en el que puedan vivir a salvo y
felices. El síndrome obsesivo-compulsivo que padecen las
hormigas les ayuda a encontrarlo. Cada vez que levantamos una
roca en un jardín y nos tropezamos accidentalmente con un
hormiguero, el interior del nido suele parecernos un caos de
hormigas que zigzaguean y de crías dispersas al tuntún. Sin
embargo, se trata de una sociedad extremadamente
estructurada que tiene áreas dedicadas a cada uno de los
servicios específicos que permiten el funcionamiento de la
sociedad; algo así como una ciudadela medieval. Hay zonas
para depositar los desechos de la colonia; un anillo periférico
con varios nidos de guardias donde se alojan las tropas de
defensa; depósitos de almacenamiento para guardar las
provisiones; cámaras para el alojamiento de la prole con
sectores diferentes para las pupas, las larvas y los huevos; los
aposentos privados de la reina...
Hay hormigas que tienen establos donde guardan los
pulgones que les sirven de alimento o huertas para criar hongos
comestibles o germinar semillas resistentes que puedan luego
consumir. Y luego hay que mencionar los diversos sectores del
sistema de transporte del hormiguero: vías para la búsqueda de
alimento, carreteras que atraviesan el hormiguero, incluso un
sistema infinito de ramales periféricos que conectan el
hormiguero con su territorio. Sin una planificación centralizada
ni un presupuesto público, las hormigas son capaces de
construir un sofisticado sistema de comunicaciones que muchos
urbanistas humanos no sabrían diseñar.
Cada sector y subsector del hormiguero y del terreno que lo
rodea posee sus propios parásitos mirmecófilos especializados.
Este fenómeno se inicia ya en las vías de acceso que van y
vienen del conjunto. Una especie de la hormiga negra europea
(Lasius fuliginosus) tiene vías de transporte en los troncos de
los árboles, y esos son los lugares que suele frecuentar el
escarabajo —Amphotis marginata. Estos escarabajos son
verdaderos salteadores de caminos. De día se ocultan en los
refugios que hallan a lo largo de las rutas, pero de noche salen
y Obligan a detenerse a las hormigas que regresan a casa
rebosantes de comida, El escarabajo usa las antenas cortas y
potentes para tapar la boca de la hormiga y golpearle muy
deprisa la cabeza. Este lenguaje imita de forma muy
convincente la conducta de las hormigas de la colonia cuando
piden algo, así que la hormiga, sorprendida, regurgita la comida
y la suelta sobre el tronco, donde el escarabajo la atrapa de
inmediato. No obstante, se dan casos en que la hormiga se da
cuenta del engaño e intenta atacar al salteador. Pero el
escarabajo Amphotis es plano y grande y está bien blindado; lo
que hace es simular que se acobarda, retirando los apéndices,
pero al resultar tan inexpuenable como una tanqueta, la
hormiga engañada no puede hacer otra cosa que resignarse y
volver a la colonia con las manos vacías.
En el interior de la colonia de hormigas negras hay otros
escarabajos que se buscan la vida. Las larvas de los
estafilínidos Pella funesta son los basureros del hormiguero.
Viven en las montañas de desperdicios, donde se alimentan de
las hormigas muertas, manteniéndose ocultas porque las
devoran por debajo o incluso introduciéndose en su cadáver. Si
una hormiga obrera les ataca, las larvas levantan el abdomen,
de donde unas glándulas secretan sustancias (algo así como
alcohol para emborrachar a las hormigas) que al instante
relajan o confunden a sus enemigos. Los adultos de Pella
funesta también son carroñeros que se alimentan de hormigas
muertas, pero además cazan hormigas vivas, a veces en grupo.
Al igual que las manadas de leonas, estos estafilínidos intentan
subirse al lomo de la hormiga para clavarle las garras en el
cuello y cortarle los nervios y la garganta. Los ataques suelen
fracasar, pero si tienen éxito la manada de escarabajos se dará
un festín comunal con el cuerpo de su presa.
Sin embargo, El Dorado de la colonia se encuentra en las
cámaras de la prole, ya que es allí donde las hormigas trasladan
la comida de mejor calidad (por ejemplo, insectos recién
capturados) para alimentar a las larvas recién nacidas. Muchas
especies de parásitos mirmecófilos han descubierto que esas
cámaras son el lugar de sus sueños, ya que allí consiguen
comida fresca haciéndose pasar por larvas, o bien capturan a
las propias larvas y las devoran. El problema es que estas
cámaras están muy bien protegidas. Si se descubre un intruso
allí dentro, será eliminado inmediatamente. Por eso mismo, los
mirmecófilos que se han especializado en desenvolverse en las
cámaras de la prole han desarrollado técnicas sofisticadas para
evitar que el enemigo los detecte. El singular escarabajo
Claviger testaceus es una de esas especies, y por lo tanto posee
características heredadas tras millones de años de adaptación a
la vida en el interior de los hormigueros. Es un escarabajo
pálido, con una cabeza extrañamente alargada y sin ojos, el
pecho también alargado, unas extrañas antenas en forma de
porra y tupidos mechones de pelo dorado en el lomo. Una vez
más, el secreto se halla en esos mechones, ya que contienen
glándulas cuyas secreciones parecen desprender el olor de la
muerte (por supuesto, del olor particular de la muerte que
tienen los cadáveres de insectos). Si una hormiga obrera se topa
con un escarabajo de la especie Claviger cree que se trata de
una presa recién cazada (el escarabajo también contribuye al
engaño haciéndose el muerto), así que lo coge por la parte
delantera del cuerpo —convenientemente alargada-— y luego lo
lleva a la cámara de la prole donde se guardan los manjares
más delicados. Al llegar allí, es muy posible que cubra el
cuerpo del escarabajo con otros pedacitos de carne en
putrefacción y luego lo envuelva en saliva cargada de encimas
digestivas, hecho lo cual se irá a proseguir con sus actividades
pensando que le ha hecho un gran favor a las larvas. Pero en
cuanto el Claviger se libere de la montaña de restos de otros
insectos, empezará a devorar huevos, larvas y pupas de
hormigas.
Claviger testaceus, Pella funesta y Amphotis marginata no
son más que tres especies entre las diez mil especies
mirmecófilas que los científicos han clasificado y que
pertenecen a un mínimo de cien familias distintas de
invertebrados. Esta explosión evolutiva de los mirmecófilos
empezó a ocurrir probablemente en el mismo momento en que
se formaron los primeros hormíigueros, cosa que debió de
suceder hace unos siete millones y medio de años. Y la razón es
que las hormigas pertenecen al cuerpo de élite de los
promotores y visionarios que los ecólogos llaman “ingenieros de
ecosistemas”.
El término “ingeniero de ecosistemas” lo acuñaron en un
artículo publicado en la revista Oikos, en 1994, tres ecólogos:
Clive Jones, John Lawton y Moshe Shachak. El artículo decía:
“Los ingenieros de ecosistemas son organismos que [...] adaptan
la obtención de recursos a otras especies y provocan cambios
de estado físico en elementos tanto bióticos como abióticos. Al
hacerlo modifican, conservan y crean el hábitat”. Dicho de
forma más sencilla, los ingenieros de ecosistemas crean sus
propios ecosistemas. Es muy fácil comprobar que las hormigas
se ajustan a esta definición: se esparcen por el entorno y
gracias a su avanzado nivel de autogestión son capaces de
concentrar grandes cantidades de recursos en sus colonias. El
interior del hormiguero es un ecosistema nuevo que recibe un
flujo constante de energía en forma de comida transportada
por las hormigas, y ese ecosistema lo pueden explotar otras
especies. Las diez mil especies de mirmecófilos que existen son
las nuevas especies que han evolucionado para aprovechar las
oportunidades que ofrece la ingeniería de ecosistemas de las
hormigas. Pero hasta las especies que no pueden clasificarse
como mirmecófilas se ven afectadas por los cambios que las
hormigas introducen en el entorno. Por ejemplo, las ortigas
urticantes que crecen en los montículos ricos en nitrógeno que
se van acumulando alrededor de los hormigueros de hormiga
roja de la madera que yo me puse a excavar con la azada.
Aparte de las hormigas, hay otros muchos organismos que
también son importantes ingenieros de ecosistemas. Pensemos
en esos animales que crean estructuras mucho más grandes que
ellos mismos, como las termitas o los corales. Pero los
ingenieros de ecosistemas no tienen por qué ser pequeños.
Fijémonos en los castores, por ejemplo. No hay un mejor
equipo de ingenieros hidráulicos que una familia de castores.
Mastican la corteza de los árboles y la usan, combinándola con
piedras y rocas, para construir presas que miden cientos de
metros. Si el agua fluye sin demasiada fuerza, los castores
levantan una presa en línea recta; pero si el agua tiene mucho
caudal, la presa tiene un diseño curvo para que resista mejor el
impacto. Las presas hacen que el caudal de los ríos pierda
fuerza y el cauce se vaya ensanchando, lo que crea en las
riberas un terreno pantanoso que resulta mucho más difícil de
cruzar para los predadores de castores como los lobos; esos
terrenos permiten, además, que haya un suministro constante
de alimento (plantas acuáticas y brotes de árboles) durante el
invierno. Los castores también construyen canales para
transportar troncos que resultan demasiado pesados en tierra
firme, y además levantan refugios: unas viviendas en forma de
choza que construyen con ramas gruesas, ramitas y hierbas, y
que luego rellenan con barro además de trocitos de madera y
fragmentos de corteza. A consecuencia de todos estos trabajos,
los castores tienen un impacto extraordinario en el medio
ambiente, que a su vez acaba creando nuevos nichos ecológicos
para muchas otras especies. E incluso cuando los castores
abandonan la zona, de modo que las presas que han levantado
se vienen abajo o se ven atravesadas por un sinfín de boquetes,
la nueva inundación que se produce permite el desarrollo de
áreas pantanosas que perdurarán durante décadas tras su
marcha,
Una zona donde los castores han tenido un impacto
considerable es una vasta isla que se halla en la costa oriental
de América del Norte, en el estuario del río Muhheakantuck,
Esta isla alargada presenta un suave paisaje ondulado de
elevaciones y depresiones del terreno; el nombre que le dieron
los lanape que habitaban la zona era “isla de muchas colinas”.
Hasta hace unos doscientos años, ese paisaje lo cubrían los
bosques de castaños, robles y nogales americanos, que
absorbían el agua de la lluvia, muy abundante, e iban
soltándola poco a poco, lo que permitió la aparición de un
centenar de kilómetros de ríos y arroyos que se fueron
extendiendo por toda la isla. Los castores abundaban en ese
entorno tan favorable para ellos. En un lugar de la parte
meridional de la isla, dos riachuelos se unían en un valle y
formaban una hondonada no demasiado profunda. Allí
construyeron los castores una presa que bloqueaba el paso de
los dos arroyos, de modo que el valle se transformó en una
ciénaga de arces rojos que poco a poco colonizaron otros
animales que se sentían a gusto en el entorno, como los patos
joyuyos, los sapos verdes y los peces gato. Además de arces
rojos, había plantas acuáticas como Alisma triviale y violetas
azules de los pantanos. Sabemos todas estas cosas porque las
descubrió un estudio —pionero en más de un sentido de la
palabra- llevado a cabo por el ecologista de paisajes Eric
Sanderson, de la Wildlife Conservation Society de Nueva York,
Usando información sobre el clima de la isla, la clase de suelos
y la topografía, junto con crónicas de los primeros colonos
holandeses e ingleses establecidos en la zona, que describían la
flora y la fauna del lugar, además de un modelo informático de
toda la cadena alimentaria de esa parte de Norteamérica,
Sanderson pudo reconstruir cómo había sido aquel paisaje -y
qué clase de vida salvaje contenía— hace cuatrocientos años.
Hoy no queda nada de todo aquello. Y esto es así porque
aquella isla es Manhattan y el trabajo de Eric Sanderson se
conoce ahora como el Proyecto Mannahatta. El propósito de
aquel estudio era crear un sitio web con un mapa navegable de
lo que hoy es Manhattan, en el que pudiera buscarse cualquier
lugar actual, despojarlo de todas las estructuras humanas y
dejar a la vista, a pleno color y con el máximo detalle, la
reconstrucción más exacta posible del hábitat y de la abundante
fauna salvaje que existía allí antes de la llegada de los
europeos. “[Cuatrocientos] años de desarrollo continuo han
hecho que nos resulte tan difícil imaginar ahora la abundancia
natural que había en esta zona como les resultaría a los
primeros colonos europeos y a sus vecinos nativos imaginar
nuestras modernas carreteras, nuestros rascacielos y nuestra
riqueza”, decía Sanderson en su estudio. El objetivo de su
trabajo se alcanzó el 12 de septiembre de 2009, cuatrocientos
años después del día en que Henry Hudson, que navegaba en un
barco de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales,
pusiera por primera vez los ojos en la isla y anotara en su
cuaderno de bitácora: “Es un lugar tan agradable como el mejor
que uno pueda pisar en la tierra”.
La verdad es que, cuando se visita el mapa interactivo del
proyecto en http://welikia.org, es como si Google Earth te
hubiera llevado a uno de los pocos lugares salvajes que quedan
en la Tierra. Los bosques cubren la isla de una orilla a otra, con
la única excepción de algunos prados, ciénagas y arroyos, o bien
unos pocos campamentos de indios lanape o algunas playas y
promontorios rocosos que se ven en la orilla. Un lugar
paradisíaco. Pero si uno presiona el botón calles, aparece en
pantalla el callejero moderno que oculta por completo toda
aquella vegetación. Y de repente se da uno cuenta de que ese
maravilloso riachuelo que ha estado mirando embobado se halla
realmente en Harlem o en Greenwich Village. Y la confluencia
de los dos arroyos en la que el ecosistema hidráulico de los
castores había creado una ciénaga poblada de arces rojos está
justo en medio de lo que ahora es Times Square: uno de los
riachuelos sale del edificio del New York Post y el otro del
instituto Jacqueline Kennedy Onassis.
Llegados a este punto, el lector ya tendrá una idea de hacia
dónde se dirige este libro. Al presionar los botones del mapa
interactivo del Proyecto Mannahatta, vamos desplazándonos
entre las obras de dos clases de ingeniería de ecosistemas. Los
castores de Manhattan ya han desaparecido, pero los ha
sustituido aquel a quien podríamos denominar el ingeniero de
sistemas más eficiente: el Homo sapiens que se desenvuelve en
el Manhattan actual, en un ecosistema que ha creado para sí
mismo, igual que las hormigas en un hormiguero. Y como
ocurre con todos los buenos ingenieros, al crear ese ecosistema
ha creado también unos nichos compartidos con otros animales
y plantas. No son parásitos mirmecófilos, sino más bien
antropófilos. Y serán esas especies antropófilas y los nichos que
van encontrando en el ecosistema de ingeniería humana lo que
vamos a descubrir en este libro.
fué a
Bña
El hormiguero humano
Al definir al Homo sapiens como el ingeniero de
ecosistemas más eficiente de toda la naturaleza, uso
deliberadamente el término “naturaleza”, ya que una metrópolis
superpoblada, ruidosa, contaminada y repleta de cemento no
suele ser lo que normalmente llamamos “naturaleza”. Por lo
general, cuando pensamos en la “naturaleza” tenemos en mente
las imágenes que veo delante de mí mientras escribo estas
palabras.
Me encuentro sentado en la veranda de un centro de
investigación en el Borneo malayo, donde estoy pasando unos
días para preparar un curso de biología tropical. A cinco
metros de mí empieza la selva tropical, todavía intacta. En mi
campo de visión hay al menos cien especies distintas de
plantas: son árboles corpulentos con raíces tan gruesas como
contrafuertes, en cuyas ramas cargadas de residuos orgánicos
brotan varias especies de helechos, de las que surgen lianas y
palmas trepadoras, en algunas de las cuales hay colonias de
hormigas Myrmicaria. La lujuriante vegetación lleva dos horas
distrayendo la atención que yo debería haber dedicado a
escribir este texto. En ese tiempo he visto dos jabalíes
barbudos que han pasado soltando gruñidos, una ardilla gigante,
un shama de corona blanca, unas veinte especies de mariposas,
un enorme escarabajo de la flor de color verde metálico que ha
pasado zumbando a gran velocidad, y también he oído el canto
inconfundible de los cálaos de yelmo (una serie cada vez más
rápida de “guuujus” que culminan en una especie de risotada de
maniaco) y un argo real (“¡guau-guau!”) que llamaba desde muy
lejos.
Este bosque tropical permanece virgen, con excepción de los
soportes con banderines de colores que los alumnos han
clavado en el suelo para señalar las áreas de trabajo. A lo lejos,
la ladera del bosque se eleva hasta alcanzar una altura de mil
seiscientos metros, donde se halla un cráter casi circular de
veinticinco kilómetros de amplitud que no fue descubierto
hasta 1943, cuando un piloto estuvo a punto de estrellar su
avión contra las abruptas formaciones rocosas que lo rodean.
Se cree que el ser humano nunca había pisado este “mundo
perdido” hasta que se construyó el centro de observación. Si
hay algo que signifique naturaleza es un lugar como este:
salvaje, virginal y libre de cualquier clase de corrupción
humana,
Sin embargo, cuando hablamos de la naturaleza, ¿por qué
siempre excluimos de la fórmula, de modo implícito o explícito,
a los seres humanos? ¿Por qué creemos que los hormigueros
que cuelgan de aquel árbol de allí son naturales, mientras que
no lo son las ciudades habitadas por los seres humanos? ¿Por
qué admiramos el papel protagónico de estas hormigas en el
funcionamiento ecológico del bosque tropical, al tiempo que
expresamos nuestro desagrado por la forma en que el hombre
destruye el paisaje? En puridad, no hay una diferencia esencial
entre una y otra cosa. Las hormigas son ingenieros de
ecosistemas y construyen su colonia con materiales obtenidos
del entorno, exactamente como lo hacen los seres humanos. Las
sociedades que han formado crecen porque las hormigas
obreras, que todo lo hacen por el bienestar de la colonia entera,
acaparan cuanto sea comestible en el terreno donde viven,
exactamente igual que los seres humanos. De tener
oportunidad, siempre que su entorno pueda suministrarles
alojamiento y comida, la colonia crecerá y se multiplicará;
exactamente lo mismo que ocurre en las ciudades humanas.
¿Por qué creemos, entonces, que las sociedades de hormigas y
el rol que desempeñan en la cadena alimentaria global son un
fenómeno natural, en tanto que consideramos que la sociedad
humana representa una coacción antinatural e indeseada, una
imposición por la fuerza en la cadena alimentaria?
Filósofos, ecólogos y conservacionistas han hecho correr ríos
de tinta intentando explicar qué es la naturaleza y lo natural,
de modo que intentaré no añadir mi propio afluente. Pero
quiero dejar bien claro que las ciudades humanas me parecen
un fenómeno completamente natural, equiparable en todos los
aspectos a las megaestructuras que otros ingenieros de
ecosistemas crean para sus sociedades. La única diferencia
estriba en el hecho de que las hormigas, las termitas, los corales
y los castores han llevado a cabo su actividad a una escala
modesta durante millones de años, mientras que la escala del
ecosistema humano ha ido creciendo a razón de varios órdenes
de magnitud a lo largo de tan solo unos pocos millares de años.
Otra cosa muy distinta es que estemos capacitados como
especie para habitar esas complejas y densas comunidades, y de
este asunto hablaremos al final del libro. Pero antes tengo que
examinar la moderna megaurbe humana como lo que es: un
fenómeno ecológico fascinante y novedoso.
Al principio, en el periodo en que nuestra especie acababa
de reemplazar a sus antecesoras de cerebro mucho menos
desarrollado, y era todavía tan minoritaria que hoy figuraría
entre las más vulnerables de la Lista de Especies Amenazadas,
ya éramos ingenieros de ecosistemas a tiempo parcial. De una
forma bastante similar a la de los castores, nuestros
antepasados cazadores-recolectores buscaban un emplazamiento
adecuado, a ser posible dotado de protección natural —quizá un
saledizo rocoso o una cueva-, y se instalaban allí durante cierto
espacio de tiempo para explotar el medio ambiente antes de
continuar su camino. Es posible que tuviéramos animales
“protodomésticos”, como los antepasados del perro, que nos
siguieran los pasos y que pulularan alrededor de los
campamentos en busca de restos de comida; y también es
posible que tuviéramos nuestros propios animales y plantas
domésticas: roedores comestibles enjaulados (como las ratas
polinésicas que los lapita llevaban siempre consigo) o algunos
esquejes de plantas medicinales. Para montar el campamento
había que talar y roturar la vegetación que crecía en el
emplazamiento deseado, aparte de cuidar las plantas
comestibles y medicinales y arrancar las nocivas. Haciamos
hogueras para cocinar el pescado y la carne de caza, al igual
que las almejas y los caracoles que buscábamos en los arroyos.
Saqueábamos las colmenas de abejas para quedarnos con los
panales de miel y con las crías de abeja, muy ricas en proteínas,
cazábamos la megafauna autóctona y recolectábamos frutas
frescas y frutos secos del bosque. Igual que los castores, a veces
construíamos una presa en un arroyo, en nuestro caso para
atrapar los peces que se veían río abajo, saltando en las aguas
poco profundas. El efecto que causábamos en el medio era sutil
un microclima más seco debido a la tala de la vegetación, una
menor cantidad de animales de gran tamaño, la introducción de
algunas especies exóticas, pero este se recuperaba enseguida
cuando el grupo humano desmantelaba el campamento y se iba
en busca de otros territorios de caza,
Las cosas cambiaron cuando descubrimos la agricultura, El
invento revolucionario de cultivar la comida en vez de tener
que cazarla tuvo dos consecuencias fundamentales en nuestra
forma de vida. En primer lugar, si podían cultivarse los
alimentos en el mismo entorno del campamento, eso significaba
que ya no era necesario ni provechoso dedicarse a la vida
nómada. Tomarse la molestia de roturar los campos y
cultivarlos era una inversión a largo plazo. Mientras el suelo no
se agotase, lo mejor era no moverse del sitio. Y en segundo
lugar, el cultivo de los campos supuso un cambio en nuestros
niveles tróficos (el nivel trófico es el puesto que ocupa un
organismo en la cadena alimentaria) Las plantas que se
alimentan de energía solar y “consumen” el carbono del aire
ocupan el primer nivel trófico, el de los principales
“productores primarios”. El segundo nivel lo ocupan los
animales vegetarianos que se alimentan de los productores
primarios. El tercer nivel es el de los predadores que se
alimentan de los animales vegetarianos, y así sucesivamente. La
cadena alimentaria tiene forma de pirámide porque únicamente
una décima parte de la energía producida en un nivel llega al
nivel siguiente. El resto se pierde por el camino en forma de
residuos, calor y energía para mantener las funciones vitales de
los organismos que ocupan el siguiente nivel. Y si tenemos en
cuenta que la energía se traduce en la cantidad de vida que
puede alojar cada nivel, en cualquier hábitat nos encontramos
con toneladas de materia vegetal (nivel 1), millones de insectos
que se alimentan de plantas (nivel 2), miles de aves
insectívoras (nivel 3), un puñado de comadrejas y aves de presa
(nivel 4) y tal vez un único predador en la cúspide de la
pirámide, en el nivel 5, como un tigre solitario o un águila que
caza sola, Los seres humanos, al sustituir la caza por la
agricultura como fuente primordial de sustento, bajamos
colectivamente un nivel en la pirámide trófica y nos instalamos
en un nivel en el que había mucha más energía y por lo tanto
mucho más espacio donde desarrollarnos.
Y bien que nos desarrollamos. Hace cinco o seis mil años
mejoramos las condiciones de irrigación y cultivo del suelo
hasta el punto de que ya no se hizo necesario cambiar
continuamente de emplazamiento a causa del agotamiento de
los nutrientes. La agricultura resultó tan exitosa que no todo el
mundo tenía que participar en las tareas agrícolas, El cultivo
del campo se dejó a los especialistas y los demás miembros de
la comunidad pudieron dedicarse a otras actividades también
muy necesarias. De ese modo, los asentamientos permanentes
podían además suministrar comida y bienes muy codiciados a
los lugares del interior. Cambio que a su vez supuso la
aparición de nuevas tecnologías de transporte, así como de
personas especializadas en crearlas y mantenerlas. También
empezó a organizarse en las ciudades la actividad bélica
orientada a subyugar a las tribus que todavía se dedicaban a la
caza y a la recolección, lo que a su vez supuso la ampliación de
las zonas dedicadas a la agricultura y la expansión de la vida en
asentamientos permanentes. Más o menos por esas fechas, hace
ahora unos seis mil años, aparecieron las primeras ciudades en
Mesopotamia, Al principio solo existían a pequeña escala, pero
a medida que fueron pasando los siglos muchas otras partes del
mundo empezaron a urbanizarse. Surgieron ciudades nuevas en
la India y en Egipto, y más tarde, en una sucesión cada vez más
rápida, en Pakistán, en Grecia, en China... Una técnica de
animación basada en las investigaciones de Meredith Reba y
sus colegas de la universidad de Yale muestra cómo fueron
apareciendo las ciudades a lo largo del planeta, desde hace unos
5.700 años hasta hoy. Muy despacio al principio, pero después
fueron creciendo como los granos de maíz que explotan en la
sartén, hasta llegar al clímax urbano que se produjo durante el
siglo pasado.
A lo largo de las próximas décadas, la explosión urbana se
hará más ruidosa y serán las megaurbes (de diez millones de
habitantes o más) las que marquen la pauta. En el delta del río
de las Perlas, uno de los centros económicos más importantes
de China, tantas ciudades se apelotonan en un área menor que
la modesta superficie de Bélgica que se las considera una sola
“megalópolis”, cuya población conjunta asciende a ciento veinte
millones de habitantes, casi los mismos que tiene toda Rusia.
En el año 2030, casi el 10% de toda la población de la tierra
vivirá en 41 megaurbes, la mayoría de las cuales estarán en
China Oriental, India y África Occidental. Kinsasa, que era una
tranquila ciudad provinciana hace unas pocas décadas, tendrá
veinte millones de habitantes, y en Lagos la población
alcanzará los veinticuatro millones. Las cifras pueden parecer
abrumadoras, pero el proceso más rápido de urbanización
tendrá lugar en ciudades pequeñas o de mediano tamaño (por
debajo de los cinco millones de habitantes), en países que ya
habrán dejado de ser mayoritariamente rurales, Esas ciudades
están creciendo muy deprisa, a razón del 2% anual, mientras
que el índice de crecimiento de las megaurbes es solo del 0,5%.
A lo largo de la próxima década, las ciudades más pequeñas de
países en vías de desarrollo van a absorber el doble de
población que sus hermanas de mucho mayor tamaño. Entre los
años 2000 y 2010, por ejemplo, la población urbana de un país
como Laos, en el que no hay grandes centros urbanos, se ha
duplicado.
Estas estadísticas no significan que los expertos se pongan
de acuerdo sobre lo que es una ciudad. Las definiciones
socioeconómicas varían de época en época y de lugar en lugar.
En Noruega, un poblado de doscientos habitantes ya se
considera un área urbana, mientras que en Japón se necesitan
cincuenta mil para alcanzar el mismo rango. El rango de zona
urbana también depende de las clasificaciones administrativas.
Hay ciudades que se consideran “oficiales” y que por lo tanto
pueden reclamar los beneficios de tal estatus. Por ejemplo, solo
dos de los municipios que forman Londres tienen la categoría
de ciudad, mientras que ninguno de los demás, ni tampoco
Londres en su conjunto, tiene la clasificación oficial de ciudad,
Para no complicar las cosas, abordaré las cosas con
pragmatismo y me limitaré a considerar ciudades todas las
áreas en las que la densidad de población humana y de edificios
aumente constantemente, y con ellas las infraestructuras y el
nivel medio de renta de la población. Pero esos son tan solo
factores humanos. Tras ellos aparecen unas características
ecológicas muy interesantes.
111
La ecología del centro de la ciudad
Sow-Yan usa las dos manos,“¡pane!”, una para apretar un
gatillo invisible y la otra para apuntar con el imaginario cañón
de un arma contra el cielo abrasador de Singapur. Está
imitando un disparo de escopeta. De nuevo exclama “¡panel”.
La imitación sirve de respuesta a la pregunta que le he hecho
sobre la situación del cuervo casero indio. “En mi zona los
matan a tiros —dice casi indienado—. Y sin ningún motivo. Basta
que alguien se queje de ellos y enseguida hay alguien
cazándolos. Además, ahora todo el mundo usa los contenedores
de basura, así que los cuervos ya no pueden acceder a ella.
Antes solo tenían que abrir a picotazos las bolsas de plástico”.
Vamos caminando por la costa meridional de Singapur. Mi
anfitrión, Chan Sow-Yan —un ingeniero informático jubilado,
naturalista y experto en moluscos autóctonos— se ha detenido
un instante para representarme la caza del cuervo. Luego
continúa su camino hacia el lugar donde el canal de Rochor
desemboca en el río Kallang. Allí, un promontorio se yergue
sobre el agua, y él me lleva hasta la cima para contemplar el
estuario. Una bandada de cuervos indios (Corvus splendens) se
aleja volando, pero enseguida ocupa su lugar un grupo de minás
javaneses (Acridotheres javanicus), esas hermosas aves de
color antracita y blanco, ojos malévolos, patas de color amarillo
chillón y pico también amarillo, adornado por una pequeña
cresta de tupidas plumillas negras. Los minás empiezan a
corretear de un lado a otro, cogiendo los bocados comestibles
que encuentran entre la grama brasileña (Axonopus
compressus) y las mimosas (Mimosa pudica). Sow-Yan señala el
borde del agua, donde a la grama la sustituye la mimosa
acuática de flores amarillas (Neptunia oleracea). Después,
apuntando con el dedo en diferentes direcciones, me va
indicando dónde están los montículos de huevos rosados del
caracol manzana (Pomacea) adheridos a la orilla, un enorme
pavón mariposa (Cichla orinocensis) que asoma la cabeza para
respirar, y una diminuta tortuga de orejas rojas (Trachemys
seripta elegans) que nada tranquilamente justo por debajo de la
superficie.
El parque del río Kallang es un rico ecosistema tropical,
pero eso no significa que sea un paraíso salvaje e idílico. Más
bien se trata de una bolsa diminuta de vegetación encajonada
entre los rascacielos de Singapur. Hay unas pocas zonas de
césped con bosquecillos de mangos, cocos y ficus; chicas
malayas que se hacen selfies en los bancos del parque; senderos
Zigzagueantes por los que unos cuantos europeos hacen jogging
casi chocando con los adolescentes hindúes que están haciendo
skateboard; y una señora china con sombrero cónico que
pedalea transportando tres cocos en la cesta delantera de la
bicicleta. El promontorio desde el cual Sow-Yan y yo
observamos el paisaje, y los muelles donde se apiñan los
plastones de huevos rosados del caracol manzana, se han
construido de implacable hormigón. El río ya no está sometido
al flujo de las mareas porque más abajo se ha levantado la
presa gigantesca de Marina Barrage. Los minás y los cuervos se
alimentan de restos de cáscaras de coco y otros residuos que
dejan abandonados los excursionistas que van al parque a hacer
picnic, y los bosques de algas de agua dulce que devoran las
tortugas y los moluscos acuáticos crecen entre un amasijo de
tetrabriks y botellas de plástico. A causa de las inundaciones y
las fugas en el sistema de alcantarillado de la ciudad, el agua
presenta la inconfundible huella química que dejan los cinco
millones setecientos mil habitantes de Singapur. Un estudio
dirigido por el profesor Xu Yonglan, de la Universidad Técnica
de Nanyang en Singapur, descubrió que hay 0,1 miligramos de
productos farmacéuticos en cada litro de agua del río Kallang
(en su mayoría analgésicos como el ibuprofeno y el naproxeno),
y cantidades similares de estrógenos (procedentes de productos
cosméticos y farmacéuticos) y de un insecticida que se usa para
eliminar pulgas y parásitos del perro. En otras zonas de
Singapur, los investigadores han descubierto 1,2 miligramos de
cafeína (casi lo que contiene una cucharadita de café) en cada
litro de agua del río,
Además, ni uno solo de los animales y plantas que vemos
Sow-Yan y yo pertenece a una especie nativa de Singapur. El
cuervo casero, originario de la India, Sri Lanka, Myanmar y la
región china de Yunnán, apareció de repente en 1948, Nadie
sabe muy bien de dónde vino; quizá llegó desde las plantaciones
de Malasia, donde medio siglo antes habían liberado algunos
ejemplares para controlar una plaga de orugas que estaba
devorando las plantaciones de café, O quizá llegó como polizón
en aleún barco. En cualquier caso, los cuervos se apañaron bien
y aumentaron su número desde varios cientos en los años
sesenta a cientos de miles al principio del siglo xxi. A pesar del
sacrificio de al menos trescientos mil cuervos en los últimos
quince años, y a pesar de la adopción de una multitud de
medidas destinadas a impedir que se alimenten de los
desperdicios urbanos y aniden en los omnipresentes
flamboyanes amarillos que crecen en las aceras de Singapur, los
cuervos siguen siendo una presencia constante (y a juzgar por
lo que opinan los vecinos de Sow-Yan, una amenaza nociva)
que ha invadido toda la ciudad. Los minás javaneses llegaron
como mascotas domésticas hacia 1925 (son aves muy buscadas
para tenerlas en jaulas y además grandes imitadores de voces),
procedentes de Java o de Bali, donde tienen su hábitat natural.
En 1960, el ornitólogo Meter Ward decía de ellos: “Son aves
tímidas que visitan los jardines de las afueras, pero que apenas
se ven en el centro de la ciudad”. Desde entonces han perdido
cualquier atisbo de timidez y se han convertido en la especie
aviar más numerosa y ruidosa de la ciudad, a tal punto que tal
vez compitan en número con la población humana. “Las sillas
de las cafeterías están llenas de mierda de minás”, dice Sow-
Yan en tono compungido.
La ubicua grama brasileña, una hierba resistente de grandes
espigas que se encuentra en cualquier lugar que uno pise en el
sudeste asiático, es originaria de América central y meridional,
y lo mismo puede decirse de su compañera, la muy entretenida
Mimosa pudica, cuyas hojas se contraen inmediatamente
cuando las tocamos. A lo largo de los siglos, sus pegajosas
semillas han ido viajando de matute por todo el globo
adheridas a la ropa de los viajeros, las suelas de sus zapatos y
las ruedas de los vehículos. Nadie sabe con seguridad cuál es la
procedencia de la mimosa acuática, pero está comprobado que
no es nativa de esta zona. Sow-Yan cree que llegó de México.
Los gigantescos caracoles manzana que vemos deslizarse,
con los tentáculos extendidos, sobre la capa de plásticos del
fondo del canal provienen de Sudamérica. Probablemente
iniciaron su viaje planetario gracias a los vertidos de agua de
acuario y ahora son miembros orgullosos de la delegación de
los caracoles en la lista de especies invasivas más peligrosas del
mundo. También pertenece a esta lista la tortuga de orejas
rojas -que igualmente procede de los vertidos de agua de
pecera, otra especie llegada desde la América tropical,
mientras que el pavón mariposa, que es natural del río
Amazonas, se ha instalado en la ciudad-estado gracias al
“entusiasmo de los pescadores de caña”, según han estudiado
los ictiólogos singapurenses Ng Heok Hee y Tan Heok Hui.
El ecosistema urbano de Singapur, como el de todas las
ciudades del mundo, ya no consiste en una selección de
especies autóctonas, sino que se ha ido formando, igual que su
población humana, con inmigrantes llegados de todo el planeta,
Ya fuera de forma deliberada o accidental, la gente ha ido
transportando flora y fauna a todas las partes del mundo donde
ha viajado o donde ha mantenido relaciones comerciales. Y los
lugares donde la actividad humana alcanza su máxima
actividad -—lugares como Singapur, que es el segundo puerto
comercial más importante del mundo- muestran una presencia
abundante de tales especies exóticas. Estos ecosistemas urbanos
no se forman durante largos periodos evolutivos o por medio
del lento proceso de colonización de unas especies por otras en
función de su propio ímpetu o de su propia elección, sino que
son obra exclusiva del hombre. Hay muchos ecosistemas
urbanos que solo contienen especies no nativas, sobre todo en
el mundo submarino. El entorno de la bahía de San Francisco,
por ejemplo, está dominado por criaturas marinas llegadas de
otro sitio. La mayoría de estas especies han venido en el agua
de lastre, que es el agua de mar (y todo lo que viva en ella) con
la que los barcos llenan sus tanques para ganar estabilidad una
vez han descargado, y que más tarde expulsan en el siguiente
puerto de atraque.
Sow-Yan se fija en las perlas de sudor han empezado a
formárseme en la frente. “¿Tienes sed? ¿Quieres que tomemos
una copa?”, Me lleva por Crawford Street hacia un laberinto de
edificios de apartamentos. Nos detenemos en una placita en la
que hay grama brasileña y unas pocas palmas ornamentales
encajonadas entre una torre imponente de bloques de
apartamentos, de los que cientos de rugientes aparatos de aire
acondicionado sueltan un chorro incesante de aire caliente. Nos
sentamos en un chiringuito al aire libre y miramos a los minás
javaneses que picotean trozos de comida entre las patas de las
mesas de plástico, con el pico abierto para intentar refrescarse.
Ellos también están sintiendo los efectos de la isla urbana de
calor.
La “isla urbana de calor”, descrita por primera vez en 1965
por el geógrafo Tony Chandler en su ensayo sobre el clima de
Londres, se debe a múltiples factores. El primero es que la
actividad de millones de personas que viven hacinadas en un
área muy pequeña, en compañía de sus coches, trenes y otras
máquinas, crea un exceso de energía calórica que se queda
atrapada entre los altos edificios de la ciudad. El segundo es
que las piedras, el asfalto y los objetos metálicos de las calles
absorben el calor durante el día —ya sea directamente del sol o
bien a través del reflejo lumínico en las ventanas-— y luego se
enfrían poco a poco por la noche, de modo que siguen
irradiando calor a todas horas. Cuanto mayor sea la ciudad,
mayor será la isla urbana de calor; cada vez que la población se
multiplica por diez, la temperatura aumenta tres grados
centígrados. En las ciudades más grandes del mundo puede
hacer por encima de doce grados más que en el campo
circundante. Es más, la columna de aire caliente que asciende
lentamente desde la ciudad provoca que se levante una brisa en
dirección a ella. A medida que la columna de aire sube se va
enfriando y el agua empieza a condensarse en torno a las
partículas de polvo, lo que provoca el fenómeno llamado “lluvia
urbana”. Dicho en otras palabras: algunas ciudades son tan
erandes que producen su propio clima: el viento siempre sopla
en su dirección y es mucho más cálido y húmedo que en las
zonas rurales que se extienden a su alrededor.
En Singapur, la isla urbana de calor tiene su epicentro
exactamente en el lugar en el que Sow-Yan y yo estamos
sudando mientras nos tomamos un zumo de caña de azúcar.
Según las mediciones de la Universidad Nacional de Singapur,
deberíamos añadir siete grados centígrados a la ya cálida
temperatura tropical. Es hora de meternos en el Toyota con
aire acondicionado de Sow-Yan e irnos a ver la presa de Marina
Barrage,
Para llegar allí hay que atravesar los siete kilómetros del
distrito financiero de Singapur, corazón futurista de la ciudad
donde los logros de la arquitectura moderna están rodeados,
como si fueran peñascos en mitad de un río, por autopistas de
diez carriles. Desde el coche observo la vegetación olvidada que
crece entre los edificios y que me recuerda que la ecología
urbana es una ecología de la fragmentación. Casi toda la ciudad
está hecha de hormigón y de acero, y en sus superficies solo
pueden anidar las aves acostumbradas a posarse en las rocas,
como los vencejos y los halcones peregrinos, o bien las formas
diminutas de vida que crean un ecosistema tan delgado como
una película en la superficie de meteorización (bacterias,
líquenes, algas y otros animales minúsculos, como los pececillos
de plata y los colémbolos, que pueden sobrevivir en un hábitat
de dos únicas dimensiones). La mayoría de las restantes
especies no pueden vivir en las superficies impermeables de la
ciudad, ya que necesitan alguna clase de “tierra fértil”, Claro
que “tierra fértil” pueden ser las rendijas del pavimento por
donde germinan las esporas aerotransportadas del helecho
Pteris multifida. O el borde de una alcantarilla donde las
semillas de una fruta estrella que alguien tiró al suelo echan
raíces y empiezan a retener la humedad que le permitirá crear
un ecosistema en miniatura, adecuado para gusanos nematodos,
hormigas y musgos. También puede hallarse en unos pocos
metros cuadrados de vegetación: las albizias de las cunetas, las
flores de los tiestos de un balcón, los racimos de enredaderas y
plantas trepadoras que envuelven los pilares del paso elevado
de Ophir Road, o incluso el jardín que hay en la azotea del
edificio megalomaníaco del Marina Cay Sands Resort, que se
levanta entre la bruma como si fuera un conjunto megalítico de
Stonehenge de última generación. Y también hay que incluir
otras zonas de vegetación de mayor tamaño: parques diminutos
como el del río Kallang o los restos de bosque tropical que
sobreviven en las reservas naturales de Bukit Timah y de
Central Catchment. Basta echar un vistazo a un mapa de
Singapur para ver que todo es bosque fragmentado: motas
dispersas de verde que se aparecen entre las amplias zonas de
gris y marrón donde se levantan las áreas construidas por el
hombre.
De los quinientos cuarenta kilómetros cuadrados de bosque
tropical que poblaban la isla hace doscientos años, cuando el
sultán de Johor permitió a los británicos montar sus tiendas
imperiales, solo han sobrevivido dos kilómetros cuadrados en
Bukit Timah y en Central Catchment. Quedan también unos
veinte kilómetros cuadrados de vegetación “secundaria”, que
forman las áreas del tamaño de un sello postal que indican las
zonas verdes del mapa. Aquellos organismos que no pueden
pasarse la vida entera en una superficie de hormigón necesitan
esos islotes de vegetación para sobrevivir en la ciudad.
Pero ocurre una cosa con las ciudades: cuanto más pequeñas
y más aisladas sean, menos vida podrán albergar. En la década
de 1960, el entomólogo Edward O. Wilson y el ecólogo Robert
MacArthur acuñaron una nueva teoría ecológica que
denominaron “la isla biogeográfica”. Consistía en lo siguiente:
imaginemos un puñado de islas (puede tratarse de islas reales o
bien de cualquier fragmento de hábitat). El número de especies
(de mariposas, supongamos) que viven en cada isla depende de
dos cosas: de cuántas especies distintas de mariposas consigan
llegar a la isla, y de la rapidez con que las especies de
mariposas se extingan allí. Si una isla es pequeña y está muy
alejada de la tierra firme, lo más probable es que las mariposas
pasen de largo y no se instalen en ella. Pero si una especie
coloniza la isla, su supervivencia también dependerá del
tamaño de la misma. En una isla grande la población puede
alcanzar varios miles de individuos, lo que garantizará la
supervivencia de la especie. Pero en una isla muy pequeña solo
habrá espacio para dos docenas de individuos de una misma
especie, que podrán morir fácilmente si se produce una ola de
calor o se desencadena una epidemia. Tal como descubrieron
Wilson y MacArthur, cuando se combinan todos estos
elementos se produce un conjunto de reglas matemáticas que
sorprendentemente permiten predecir el número de especies
que puede haber en una isla. Aproximadamente, cada vez que
se multiplica por diez el tamaño de una isla se duplica la
cantidad de especies que pueden hallarse en su superficie. Y eso
se aplica tanto a las mariposas como a los escarabajos, los
hemípteros y las aves.
Una eran ciudad, con sus archipiélagos de vegetación
rodeados de océanos de asfalto, es un paraíso biogeográfico en
la misma medida en que lo es una isla. Por ejemplo, en la
ciudad de Bracknell, en Reino Unido, los ecólogos hicieron un
estudio de los hemipteros (un grupo de insectos casi siempre
herbívoros entre los que se encuentran las chinches, los
pulgones y las cigarras) que vivían en los parches de vegetación
circular que ocupan el centro de las rotondas de tráfico. Estas
isletas viarias que aparecen en mitad de los océanos de asfalto
siguen al pie de la letra la teoría de las islas biogeográficas, ya
que se demostró que existía una relación perfecta entre el
tamaño de la rotonda (que oscilaba entre los cuatrocientos y los
seis mil metros cuadrados) y el número de especies de
hemíipteros.
Construir isletas para el tráfico es una de las formas en que
las ciudades crean archipiélagos. Pero las ciudades que no
paran de crecer también crean islas que trituran los bosques
existentes. Es por ello que los ecosistemas urbanos solo
albergan una pequeña parte del conjunto de especies originarias
del lugar. En un artículo publicado en Nature en 2003, el
ecólogo australiano Barry Brook, con la ayuda de Navjot Sodhi
y Peter Ng, del Museo Lee Kong Chian de Historia Natural de
Singapur, analizaron lo que les había pasado a la flora y a la
fauna de Singapur desde que empezó la urbanización de la isla
a comienzos del siglo xix. Gracias a algunos coleccionistas
victorianos como Alfred Russel Wallace y Stamford Raffles, y
eracias al trabajo de instituciones como la Sociedad de Historia
Natural de Singapur (fundada en 1954), sabemos mucho de la
historia natural de la ciudad. De hecho, gran parte de su
naturaleza es historia. Tal como descubrieron Brook, Sodhi y
Ng, a lo largo de los dos últimos siglos, a medida que se talaba,
reconvertía y fragmentaba la vegetación de bosque tropical, las
especies locales iban desapareciendo una por una de la isla. La
vigantesca orquídea tigre, la más grande del mundo, se vio por
última vez hacia 1900, mientras que los propios tigres
abandonaron la isla para siempre cuando se dio caza al último
ejemplar en 1930. El picatroncos pizarroso desapareció en la
segunda mitad del siglo xx. Hoy, dependiendo de la planta o del
animal, entre el 35 y el 90% de las especies originarias han
desaparecido, o tan solo sobreviven en cautividad, en el zoo de
y los jardines botánicos de Singapur.
Aparcamos el coche junto al Museo de la Sostenibilidad y
vamos caminando por la presa de Marina Barrage hasta el
parque de Marina East que está al otro lado. Allí seguimos la
pista de cemento que serpentea entre la hierba recién cortada,
Unas libélulas enormes vuelan en zigzag sobre la hierba,
apuntando a los mosquitos que han empezado a reunirse bajo el
sol poniente. Un empleado del servicio de jardines que lleva
puesto un chaleco naranja y se cubre con una gorrita irlandesa
usa su teléfono móvil para dejar constancia de su césped
impecablemente segado, y luego se sube a su bicicleta
todoterreno y se va pedaleando. Aquí y allá se ven las carcasas
rotas y resecas de los milípedos negros y amarillos que yacen
en el carril bici, víctimas de los intentos fallidos de cruzar el
asfalto candente. Son Anoplodesmus saussurii, otra especie
exótica, según me dice Sow-Yan.
Giramos a la derecha por un sendero de arena que cruza una
zona de arbustos de ribera y llega a una explanada de terreno
ganado al mar, donde se divisa un buen panorama de los
cientos de barcos fondeados cerca de la costa. Un grupo de
observadores de aves armados de telescopios y prismáticos se
ha reunido en el extremo de la lengua de tierra. “En Singapur
tenemos unos dos mil observadores de aves —me dice Sow-
Yan-. Y también un centenar de personas que estudia las
mariposas y libélulas. Y algunos aficionados a los moluscos,
pero no los suficientes”. Sow-Yan saca los prismáticos, “¿Qué
estarán mirando? -—se pregunta mientras observa a los
observadores de aves-—. ¡Ajál Están observando a un cuervo
indio”.
Una docena de observadores urbanos, con equipos de última
generación, observando a un único pájaro urbano de una
especie invasora. Es una imagen habitual entre los naturalistas
urbanos de todo el mundo. Como cualquiera, los biólogos —ya
sean profesionales o aficionados- suelen vivir en las ciudades.
Y es allí donde se hallan las bibliotecas, las colecciones de
historia natural y los clubes de naturalistas. Ante tal
concentración de saber y ante tal interés en la biodiversidad, no
es nada raro que la ciudad sea uno de los hábitats mejor
estudiados del mundo. También es allí donde suelen inflamarse
las emociones ante nuestra propia especie, En el siguiente
capítulo, el cuervo indio nos guiará al estudio del mundo de la
naturaleza urbana, así que vaya preparándose el lector para una
historia de pasión, muerte trágica y asesinato político.
ly
Naturalistas urbanos
Singapur no es la única ciudad del mundo que el cuervo
indio ha invadido, pues los seres humanos han ido
transportándolo por buena parte de los trópicos, ya fuese
intencionadamente (como “basureros” honorarios o como
controladores de plagas), o accidentalmente como polizones en
los barcos, Además de Singapur, el cuervo casero vive ahora en
muchos otros países del Sudeste de Asia, al igual que en
Oriente Medio y en África Oriental. De hecho, en el trópico los
cuervos ya no tienen un hábitat que no sea urbano, y ahora se
hallan presentes exclusivamente en las ciudades. Como escribió
el biofilósofo Thom van Dooren: “Podría decirse que, si esas
aves poseen un “medio natural”, dicho medio somos nosotros”.
Pero en 1994 sucedió un hecho trascendental. Una pareja de
macho y hembra de cuervos indios apareció 52 grados al norte
del ecuador, en el puerto de Róterdam, posiblemente después
de llegar en un barco procedente de Egipto. Aunque parezca
mentira, los cuervos tropicales sobrevivieron al frío invierno de
1996-1997, cuando las temperaturas en los Países Bajos
descendieron hasta los veinte grados bajo cero, y al año
siguiente incluso llegaron a producir una nidada con polluelos,
Desde entonces la población fue creciendo hasta formar una
pequeña colonia de cría en los árboles que bordeaban un campo
de fútbol, en los que las aves construían nidos acolchados con
brillantes hilos de poliéster que arrancaban de los aparejos
viejos del puerto, y en los que alimentaban a sus crías con los
trozos de pescado y patatas que robaban en un chiringuito
portuario llamado Het Vispaleis. En 2013 había unos treinta
cuervos indios, y los observadores de aves iban regularmente al
puerto con la idea de añadir estos elegantes cuervos a su “lista
de avistamientos”.
Sigue siendo un misterio cómo pudieron unas aves que
normalmente se crían en las zonas más cálidas del globo
cambiar de repente su nicho ecológico por uno situado mucho
más cerca de los polos. Probablemente influyó la isla urbana de
calor y el clima más templado que se da en las zonas costeras.
Pero aún así... ya volveremos a estos misterios más adelante.
Ahora nos toca examinar el triste destino de esta interesante
población de cuervos. No todo el mundo estuvo tan dispuesto a
recibirlos con los brazos abiertos como hicieron los naturalistas
de Róterdam.
El gobierno provincial, cómo no, se mostró muy poco
interesado. Preocupado por la mala fama de los cuervos —a los
que se suele acusar de convertirse en una plaga dondequiera
que se establezcan-, ordenó el exterminio de las aves a pesar
de la indignación de muchos amantes de la naturaleza. Al
principio, una ong dedicada al bienestar animal logró detener el
plan con el argumento de que las aves, de aleún modo, habían
conseguido colarse en un listado de especies protegidas. Pero
las autoridades anularon el listado oficial y, en 2014, una nueva
sentencia permitió contratar a un cazador profesional que
exterminara a los cuervos.
Pero el exterminio no resultó nada fácil de llevar a cabo. El
cazador tuvo que enfrentarse a los habitantes de Hoek van
Holland, que se organizaron en un comité llamado Salvemos al
Cuervo Indio y protestaron airadamente contra el propósito
avicida del gobierno provincial. Poco contribuyó a calmar los
ánimos que el cazador matara accidentalmente algunos
ejemplares autóctonos de urraca de la especie Corvus monedula
(“Son muy, pero que muy parecidos”, se lamentó el hombre en
una entrevista publicada en el periódico Algemeen Dagblad).
Por si fuera poco, los cuervos indios demostraron ser mucho
más listos de lo que la gente se imaginaba. Cuando el cazador
eliminó a los primeros, el resto se puso en guardia. “En cuanto
ven mi coche, ya oigo los gritos de alarma. Esos pájaros son
condenadamente listos”,
Dos años después, parece haberse llegado a un empate
técnico. Por un lado, el cazador intenta engañar a los cuervos
usando el microcoche de su mujer o poniéndose un
extravagante sombrerito rojo que impide que le reconozcan; por
el otro, cada vez quedan menos cuervos capaces de esquivar la
muerte por medio de una rápida fuga. En cualquier caso, tras
montones de cacerías y disparos de escopeta, la mayoría de los
cuervos indios han muerto y ahora se conservan en el Museo de
Historia Natural de Róterdam. Corre el rumor de que quedan
algunos en libertad, aunque es muy difícil obtener una
información fiable sobre la cantidad de supervivientes —si es
que queda alguno- y su paradero. La página web holandesa
waarneming.nl, en la que los naturalistas pueden dejar
constancia de los avistamientos de fauna salvaje, no facilita
información sobre el cuervo indio para no darle pistas al
cazador, y el grupo de Facebook que se dedica a hacer un
seguimiento del ave también se muestra muy silencioso. Así
que, cuando fui a ver a Sabine Rietkerk, del comité Salvemos
al Cuervo Indio, para preparar mi propia expedición al
chiringuito Het Vispaleis, me topé con la suspicacia habitual a
la que uno debe hacer frente cuando pregunta por el paradero
de un fugitivo. En un intercambio de mensajes a través de
Facebook conseguí convencerla de mis buenas intenciones y de
que no formaba parte del grupo de los cazadores. Y aunque al
principio no quiso reconocer que quedaban algunos cuervos
indios viviendo en Hoek van Holland, al final me confesó que
los pocos supervivientes ya no vivían cerca del chiringuito, sino
que habían cambiado astutamente de residencia y se habían
mudado a un sitio mucho más seguro. “Ahora se esconden
entre la gente [...], en lugares donde nunca podrán encontrarlos
los cazadores —me dijo-. Pruebe en el centro comercial”.
Así que una mañana de verano emprendo mi expedición
hacia el centro comercial de Hoek van Holland, barrio
portuario a las afueras de Róterdam y hogar de la colonia de
cuervos indios. Unos cuantos cafés, un quiosco de prensa, dos
supermercados enzarzados en una competencia feroz y una
tienda de licores rodean una plazoleta barrida por el viento y
bordeada de olmos muy bien podados. Con los prismáticos
siempre a mano, al principio solo diviso grajillas y gaviotas
argénteas. Pero después, cuando doy una segunda vuelta por la
plaza, un solitario e inconfundible ejemplar de cuervo casero
indio (idéntico a los que he visto en Singapur unas pocas
semanas antes) cruza la calzada, justo enfrente de mí, entre
peatones que cargan con su bolsa de la compra. Más que cruzar
la calzada, el cuervo va dando zancadas. Ahí están sus largas
patas con el cuidadoso diseño de las garras; el grácil cuerpo
negro metálico con la corona de color gris pardo plateado; la
frente alta y el pico largo. Logro hacerle una foto a toda prisa
antes de que cruce el pavimento saltando, dé un brinco hasta
las ramas del olmo y desaparezca de mi vista. El árbol en el
que se ha posado está justo al lado de la terraza de los cafés,
así que me siento a una mesa y pido un café, El cuervo, oculto
entre el follaje, está lanzando una llamada con su voz metálica,
que pasa de lo más áspero a lo más melodioso. Por Facebook,
le envío la foto a Sabine Rietkerk, que me contesta enseguida:
“Qué bien, lo ha encontrado. Pues sí, a ese cuervo se le ve a
menudo en ese sitio. Canta mucho. ¿A que es un animal
hermoso?”.
Horas más tarde, en el almacén de colecciones del Museo de
Historia Natural de Róterdam, examino una caja de cartón que
conserva los especímenes embalsamados de veintiséis cuervos
caseros de Róterdam, todos ellos alineados uno al lado del otro
y todos ellos perfectamente etiquetados, que tuvieron la mala
suerte de toparse con los balines de plomo del exterminador
enviado por el gobierno. Probablemente se trata de hermanos,
padres, tíos y tías del ejemplar que he visto esta misma
mañana saltando por la calzada. Muy rígidos con su reluciente
plumaje negro, parecen bolsas de cadáveres tras una batalla
campal entre bandas de gánsteres. “Son muy hermosos”, dice el
director del museo, Kees Moeliker. “Por supuesto que lo que ha
pasado en Hoek van Holland es una historia muy triste. Están
cazándolos por razones políticas que no tienen nada que ver
con la ecología. Pero al menos hemos logrado convencer a las
autoridades de que depositaran los cadáveres de los cuervos
muertos en el museo; si no, los habrían destruido, estoy seguro.
Al fin y al cabo, son la única población europea de esta especie.
Son especiales y ofrecen un material espléndido a los
investigadores”,
Los cuervos son la última incorporación a la cada vez más
amplia colección de especimenes de historia natural urbana que
ha reunido el museo. Moeliker me lleva hasta un estante
metálico repleto de zorros embalsamados, envueltos en plástico
transparente para repeler a los insectos. Durante los últimos
diez años, los zorros han estado entrando en la ciudad desde los
campos adyacentes, y si a alguno lo atropella un coche, acaba
como un bello ejemplar en el almacén del museo. Cuando llegó
uno reciente, los eficientes operarios del museo conservaron
también todo lo que tenía dentro del estómago. Ahora se
exhibe como una comida de cinco platos la particular transición
alimentaria de un zorro que ha pasado de una dieta rural a una
dieta urbana: escaramujos, un conejo pequeño, una manzana,
doner kebab y cerezas envueltas en una densa capa de sirope.
A la inversa, el museo también centra su atención en las
especies que están desapareciendo de la ciudad, como las
ardillas rojas que solían vivir en el Kralingse Bos, el parque
más grande de Róterdam, pero que se extinguieron en la
década de 1990, Moeliker levanta una ardilla embalsamada,
sujeta a una rama de árbol torpemente pegada a una tabla,
“Hace pocos años, una viejecita nos trajo esto. Normalmente no
aceptamos esta clase de objetos decorativos, pero nos contó
que la ardilla había aparecido muerta en el Kralingse Bos en
1966. Es el único espécimen que tenemos de cuando la
población vivía bien y se hallaba en buen estado, así que nos lo
quedamos”.
En las salas de exhibición del museo se trata el tema de la
naturaleza urbana incluso con mayor profusión. Una vitrina
muestra los nidos que han fabricado los cisnes y los palomos
urbanos con botellas de plástico, trozos de poliestireno,
fragmentos de alambre y gomas elásticas, objetos que en
muchas zonas de la ciudad son mucho más fáciles de encontrar
que las ramas secas y las ramitas. Otra vitrina exhibe la
sorprendente diversidad de especies que viven en el centro
urbano. También se exhiben especímenes de flora silvestre que
normalmente crecen en las riberas salitrosas, pero que ahora
viven en los arcenes de las carreteras gracias a los vertidos de
sal que el municipio lleva a cabo en invierno para facilitar el
tráfico. Y no faltan las plantas que tienen su hábitat natural en
los saledizos rocosos en las montañas del sur de Europa, pero
que ahora proliferan en los muros de piedra de la isla de calor
de Róterdam.
Sin embargo, la atracción principal del museo es la muestra
Historias de animales muertos, que ocupa una hilera de vitrinas
en la sala central donde se guardan especímenes de animales
urbanos que tuvieron la mala suerte de sufrir una colisión
frontal contra sus cohabitantes humanos de una forma
particularmente llamativa. El Erizo-McFlurry, por ejemplo, es
un erizo de tierra (Erinaceus europaeus) que encontró la
muerte al meter la cabeza en un envase de plástico de los
helados McFlurry, y que ahora se exhibe exactamente en esa
innoble postura. Se trata de apenas uno de los muchos erizos
que han sido víctimas de este popular postre. Como explica la
placa adjunta: “Al buscar los restos de helado, los erizos meten
la cabeza en el envase, pero después sus púas les impiden
sacarla, Mueren de hambre o caminan a ciegas y se ahogan al
meterse en el agua”. Otro espécimen clásico es el gorrión
(Passer domesticus) embalsamado junto a una tarrina de
mantequilla en la que se han escrito con rotulador negro las
palabras “gorrión del dominó”. En 2005, este gorrión logró
colarse en el salón donde se habían reunido cuatro millones de
fichas de dominó para celebrar el Día del Dominó, un
acontecimiento televisado. Cuando el gorrión, aterrorizado, ya
había derribado unas veintitrés mil fichas, alguien decidió que
había que terminar con el destrozo y un individuo con una
escopeta (de hecho, el mismo profesional que ahora se ha
convertido en la némesis de los cuervos indios) se ocupó del
asunto. Una vez más, la ficha del museo es incomparable: “La
muerte del gorrión desató un escándalo (y otro escándalo
mayor a propósito del primer escándalo). [...] Tras complicadas
sestiones [...] el museo logró adquirir el cuerpo del gorrión
muerto y la tarrina de mantequilla en la que se había
depositado”.
El museo no es solo un depósito de la flora y la fauna
urbanas de Róterdam, sino un foco de atención para cualquier
habitante de la ciudad que quiera dedicarse a estudiar la
biodiversidad urbana. Como en el mundo entero, la demografía
de Róterdam está cambiando rápidamente. Las ciudades están
repletas de personas entusiastas que coleccionan insectos o que
tienen un herbario, o que registran la existencia de mariposas,
plantas y aves con cámaras tradicionales o las de sus teléfonos
móviles y luego cuelgan sus observaciones en plataformas
elobales de internet como Observado o ¡Naturalist. También
hay muchos activistas que luchan por la conservación de los
puntos más importantes de la biodiversidad urbana, como
viejos árboles que han adquirido el rango de icónicos o especies
raras. En Róterdam hay varios clubes de activistas por la
naturaleza (incluidos los que se dedican a una única causa,
como Salvemos al Cuervo Indio) Y tal como me cuenta
Moeliker, la Unidad de Ecología Urbana del museo cuenta con
una vasta red de naturalistas aficionados.
Muchos de esos naturalistas aficionados se iniciaron como
socios de la delegación local de la Real Sociedad Holandesa de
Historia Natural, institución que se creó en 1917,
Paralelamente, muchas otras sociedades de naturalistas
radicadas en grandes urbes se fueron creando en todo el mundo
a comienzos del siglo xx. Los años de fundación de las
Sociedades de Historia Natural de París, Belfast, Bombay y
Londres son 1790, 1821, 1383 y 1913, respectivamente, lo cual
demuestra que los naturalistas urbanos no son un fenómeno en
absoluto reciente. Pero tal como señala Jelle Reumer -
antecesor de Moeliker en la dirección del museo-, en su libro
La vida salvaje de Róterdam, a mediados del siglo xx se
produjo un interesante cambio de perspectiva en los clubes de
naturalistas de todo el mundo. Para ilustrar este punto,
Reumer se vale de la bibliografía del volumen Mannahatta que
forma parte del proyecto multidisciplinar de Eric Sanderson
sobre Manhattan que se menciona en el capítulo anterior. En
ese volumen se incluye un listado de estudios sobre la
biodiversidad de Nueva York desde los inicios del siglo xix
hasta la actualidad. En su ensayo, Reumer descubre que la
mayor parte de los estudios anteriores a mediados del siglo xx
incluían la palabra “inmediaciones” en sus títulos: Vista
sinóptica de los líquenes que crecen en las inmediaciones de
Nueva York (1823), Sapos y ranas de las inmediaciones de
Nueva York (1898), Plantas de las inmediaciones de Nueva
York (1935). Pero a partir de 1950, esa referencia a las
“inmediaciones” desaparece de los títulos: Historia natural de
Nueva York (1959), La Nueva York salvaje: guía de la vida
silvestre, reservas naturales y fenómenos naturales de la ciudad
de Nueva York (1997), Libélulas y caballitos del diablo de
Central Park (2001)...
He allí una prueba evidente de que algo ha cambiado a lo
largo de las últimas décadas. En vez de usar la ciudad como un
confortable campamento base para explorar el territorio
silvestre que se halla al otro lado de los límites urbanos, la
propia urbe se ha convertido en el principal objeto de estudio
de los naturalistas. Y no se trata únicamente de naturalistas
aficionados. Ya en los años 1960 y 1970, al amparo del botánico
alemán Herbert Sukopp, de la Universidad de Berlín, se formó
un importante grupo de investigadores de la biodiversidad
urbana. En aquellos tiempos de la guerra fría, Berlín Occidental
era un enclave de Occidente encajonado en medio de la
inaccesible Alemania Oriental comunista, de modo que los
ecologistas de Berlín Occidental no tenían más remedio que
centrarse en su propio entorno urbano. Y a ello se dedicaron
con gran ahínco, lo que dio pie a que el departamento de
Sukopp se convirtiera en la cuna de los estudios de la vida
salvaje urbana,
Otros países fueron siguiendo la misma senda. En
Melbourne se halla el Centro Australiano de Investigaciones de
la Ecología Urbana, y en Seattle se ha creado el Laboratorio de
Investigación de la Ecología Urbana, dirigido por Marina
Alberti, de quien hablaremos al final de este libro. Varsovia es
la sede del Laboratorio Ecológico para la Evolución de la Vida
Urbana Salvaje, de Marta Szulkin. Los primeros manuales de
ecología urbana en inglés se publicaron en la década de 1970 en
Reino Unido y en Estados Unidos, y revistas científicas como
Urban Naturalist o Urban Ecosystems llevan ya unos veinte
años en circulación. También hay sociedades de ámbito global
como la Society for Urban Ecology, que celebra congresos
anuales en los que ecologistas de todo el mundo presentan sus
ponencias.
De modo que los biólogos profesionales cada vez centran
más la atención en el hábitat urbano; las páginas web de los
naturalistas urbanos están por todas partes en la red; en cada
ciudad importante del mundo se publican libros y folletos que
ayudan a los habitantes a conocer a sus aves, plantas e insectos;
y cada vez son más quienes toman fotos de gran calidad de la
flora y la fauna silvestres y crean proyectos para financiar su
identificación por suscripción popular. Incluso se estrenan
películas sobre la naturaleza urbana, como Amsterdam Wildlife
(2015), que se proyectó en seis cines de los Países Bajos.
Gracias a esta actividad estamos empezando a aprender
muchas cosas sobre la biodiversidad de las grandes ciudades. A
veces los hallazgos se deben a la dedicación monástica de
naturalistas individuales como el entomólogo inglés Denis
Owen, que durante la década de 1970 mantuvo
incansablemente en uso una trampa Malaise en su jardín de
Leicester, en Reino Unido. Una trampa Malaise es una especie
de tienda de campaña formada por una malla de poliéster en la
que los insectos pueden entrar pero de la cual no pueden salir.
Los insectos revolotean dentro de la estructura hasta que se
introducen fatídicamente en un frasco con alcohol colocado en
la parte superior. Con esta trampa, Owen capturó unos
diecisiete mil sírfidos que pertenecían a ochenta y una especies
distintas (más o menos una cuarta parte de todas las especies
de sírfidos que se dan en Reino Unido) Las avispas
parasitoides icneumónidas que acabaron atrapadas en su
trampa pertenecían a un total —asombroso- de 529 especies.
Owen también se dedicó a capturar con un cazamariposas
10.828 (1) mariposas que vio en su jardín y que más tarde logró
identificar. (Las mariposas no suelen caer en las trampas
Malaise). En total, las mariposas pertenecían a veintiuna
especies distintas. Owen liberaba a todas las que capturaba, y
para asegurarse de que no contabilizaba dos veces al mismo
individuo, se tomaba la molestia de marcar cada ejemplar con
una señal de boligrafo en una de las alas,
En vista de que esta dedicación casi sobrehumana no suele
ser habitual, las “expediciones” para estudiar la biodiversidad
urbana suelen surgir de esfuerzos colectivos. En la década de
1970, la Real Sociedad Holandesa de Historia Natural de
Róterdam llevó a cabo un inventario de todos los insectos y
plantas que se hallaban en un solar abandonado, un triángulo
situado en el centro de la ciudad y encajonado entre tres
tramos de vías férreas. Desde 1996, el término “biomaratón”
(bioblitz), acuñado en un congreso celebrado en Washington, se
ha vuelto muy conocido en todos los ámbitos de la ecología
urbana. Una “biomaratón” es una investigación rápida -se hace
en veinticuatro horas- sobre la biodiversidad de un parque o
cualquier otro hábitat de pequeño tamaño, realizada por un
erupo de científicos profesionales y aficionados. En Estados
Unidos incluso se celebra anualmente un “Desafío de
Naturaleza Urbana” en el que científicos de las grandes
ciudades de todo el país (dieciséis ciudades en la prueba de
2017) compiten durante una semana en una carrera de
investigación sobre biodiversidad. Hay otras iniciativas más
divertidas aún: el grupo francés Belles de Bitume (“Las Guapas
del Asfalto”) organiza a escala nacional una “muestra ecológica
de arte urbano”: botánicos aficionados identifican las plantas
silvestres que crecen en las calles y en medio del asfalto, y
luego escriben en tiza junto a ellas, con grandes letras de
colores, los nombres de las especies a las que pertenecen,
Incluso quienes quieran descubrir nuevas especies pueden
hacerlo como simples naturalistas de salón. Entre las avispas
parasitoides que Denis Owen atrapó en la trampa Malaise del
jardín de su casa había dos especies nuevas para la ciencia. A
mediados de octubre de 1995, Mitsuhisa Fukuda taladró un
agujero en el suelo de su casa, en la ciudad de Uwakima, en el
sur del Japón, y sacó a la superficie dos escarabajos acuáticos
subterráneos, ciegos y hasta entonces desconocidos, que vivían
en las zonas inundadas que forman el subsuelo de las ciudades.
En 2007, un biomaratón en Wellington, Nueva Zelanda,
descubrió una nueva especie de alga diatomea. En 2014, dos
expertos brasileños en moluscos descubrieron una nueva
especie de caracol que se ocultaba en el parque Burle Marx, un
trocito verde en el centro de Sáo Paulo (una de las ciudades
más grandes del mundo). Y en el mismo año se descubrió una
nueva especie de rana, la rana leopardo de la costa Atlántica
(Rana kauffeldi), en el área metropolitana de Nueva York que
linda con Nueva Jersey, a un tiro de piedra de la Estatua de la
Libertad.
¿Podría deberse tan aparentemente rica biodiversidad
urbana a una simple ilusión, ocasionada por el hecho de que
casi todos los biólogos y naturalistas viven en las ciudades y se
limitan a recoger fauna salvaje en las calles donde viven y
trabajan en vez de ir a buscarla a otra parte? El hecho de que
929 especies de avispas icneumónidas se hayan descubierto en
Leicester (y no en los campos colindantes) se debe, después de
todo, a la ubicación de la casa de Denis Owen en una calle
concreta de la ciudad. En Ámsterdam se halla el Amsterdamse
Bos, que a mediados del siglo xx era el lugar de recreo favorito
de A, C. Nonnekens, experto en escarabajos, por lo cual unas
mil especies de escarabajos (el 25% del total de los escarabajos
holandeses) se describieron en ese parque urbano. Del mismo
modo, la ciudad de Bruselas alberga la mitad de la flora de
toda Bélgica, y ello se debe sin lugar a dudas a la actividad del
vasto grupo de botánicos belgas radicados en Bruselas.
Sin embargo, eso no ofrece más que una parte de la
respuesta. Cuando los ecólogos hacen un corte transversal
estándar en las zonas de transición de lo rural a lo urbano,
eligiendo al azar un cuadrante de terreno en el gradiente que va
de las zonas rurales hasta el centro urbano, por lo general
acaban descubriendo que el descenso de la biodiversidad
urbana no es tan grande como habían imaginado. En realidad, y
sobre todo cuando se trata de plantas, y a veces también de
insectos, las zonas urbanas suelen tener el mayor índice de
biodiversidad.
¿Y cómo es la biodiversidad que tanta actividad de biólogos
y naturalistas está sacando a flote? ¿Con qué clase de plantas,
animales, hongos y bacterias estamos compartiendo las
ciudades? A primera vista, las compartimos con un montón de
especies exóticas. Pero también con especies autóctonas que
han encontrado en la ciudad algo que se parece mucho a su
hábitat natural. Y también con especies que sobreviven en los
rincones olvidados de vegetación silvestre que han quedado
encajonados en medio de la jungla urbana. Pero ¿qué es lo que
determina que una especie prospere o se extinga en la ciudad?
En los próximos dos capítulos veremos qué cosas crean —o
destruyen- a las especies urbanas.
Nuevos urbanitas
Son 463 páginas de escritura gótica en danés. Y además, solo
puedo verlas en mala calidad a través de Google Books por
culpa de la pésima conexión a internet que tengo en el tren
interurbano que me lleva de Leiden a Groningen. Son las
excusas que pongo para no citar la primera referencia a una
planta urbana consignada en un documento. Según Herbert
Sukopp, el patriarca europeo de la ecología urbana radicado en
Berlín, la primera mención de las plantas urbanas está
enterrada en un tomo de Joakim Schouw publicado en 1823,
Grundtraek til en almindelig Plantegeographie (Fundamentos
para una geografía general de las plantas). De modo que tendré
que creer a Sukopp cuando dice que Schouw escribió, en algún
lugar de este texto impenetrable, dejando un espacio extra
entre las letras para subrayar el énfasis de lo que decía: “Las
plantas que crecen cerca de las ciudades y villas reciben el
nombre de Plantaeurbana e; por ejemplo, Onopordon
acanthium [cardo borriquero], Xanthium strumarium [bardana
común]. En muchos casos, el origen foráneo es la causa de que
estas plantas se hallen en las inmediaciones de las villas y
ciudades”.
Es interesante resaltar que hace dos siglos los botánicos ya
reconocían la importante contribución que las especies exóticas
hacían a la biodiversidad urbana. En aquellos días aún no
existían las grandes vías de entrada que aportan hoy especies
exóticas a la gran ciudad: no había viveros de plantas, ni gente
que esparciera semillas para alimentar a las aves, ni productos
de una agricultura globalizada. Además, el comercio de
mascotas, igual que los aviones, los trenes y los automóviles en
los que la fauna procedente de lugares lejanos viaja hoy de
polizón, no eran tan habituales como lo son ahora. Pero hoy,
cuando todos esos medios de transporte trasladan a tantas
especies exóticas a las ciudades, no debería sorprendernos que
la biodiversidad urbana sea, de forma mucho más acusada que
en la época de Schouw, una mezcla ecléctica de especies del
mundo entero. En Norteamérica y en Europa, la flora silvestre
está compuesta en el 35 o el 40% de especies exóticas. Y en el
centro urbano de Pekín, la proporción llega hasta el 53%. A
veces resulta muy evidente el papel que desempeñan los
factores socioeconómicos en estos procesos. En Phoenix,
Arizona, unos botánicos hicieron un censo de la flora que
ocupaba más de doscientas parcelas de terreno, todas de 30 por
30 metros, distribuidas al azar a lo largo de la ciudad y sus
inmediaciones. El estudio llegó a la conclusión de que uno de
los factores que influía de forma más decisiva era la riqueza
del vecindario. A mayor nivel de ingresos entre los residentes,
mayor diversidad de flora. Este efecto (que los ecólogos
denominaron “el efecto lujo”) es una muestra evidente de que
el comercio y los viajes —junto con el incontrolable escapismo
que aqueja a las especies exóticas cultivadas en los jardines
bien cuidados- eran las causas del enriquecimiento botánico de
los centros urbanos.
Estos habitantes foráneos que no paran de llegar aportan al
menos la primera de las cuatro razones que explican la gran
biodiversidad que los naturalistas urbanos consiguen catalogar
en la ciudad. Una segunda razón es que las zonas donde los
antiguos pobladores decidieron construir sus asentamientos -—
que con el tiempo irían transformándose en ciudades-— suelen
ser biológicamente muy ricas desde el principio. Si abrimos un
atlas y buscamos la ubicación de las ciudades más grandes del
mundo, enseguida veremos que no se hallan en mesetas
elevadas ni en desiertos u otras zonas caracterizadas por la
pobreza biológica. Al contrario, son los mismos lugares donde
se encuentran los puntos calientes de biodiversidad: estuarios,
terrenos inundables, llanuras fértiles y otras áreas donde los
seres humanos y la vida salvaje encuentran fácilmente alimento
y tienen acceso a múltiples nichos. En otras palabras, la
segunda razón que explica la rica biodiversidad de la gran
ciudad es que ya era un lugar muy rico antes de que se
construyera la ciudad misma. Y una parte de esa antigua
riqueza pervive en los parches del antiguo hábitat que han
quedado encajonados entre las construcciones. Como ya hemos
visto en un capítulo anterior, una gran parte de la flora y la
fauna autóctonas de Singapur vive en esos reductos de bosque
primigenio que han sobrevivido al gigantesco desarrollo urbano.
Una tercera explicación de la riqueza biológica urbana es la
pérdida de hábitats en buenas condiciones que se produce en
las zonas aledañas al perímetro urbano. Y es que hoy múltiples
centros urbanos resultan un oasis ecológico si se comparan con
las zonas rurales con las que colindan. En el pasado eran las
áreas rurales (con su romántica mezcolanza de campos y
pastizales, setos y matorrales, arroyos y estanques) las que
presentaban mayor variedad de paisajes y en donde cada rincón
proporcionaba un hábitat apropiado para varias especies de
flora y fauna. Ese era el paisaje de las “inmediaciones” en el
que se aventuraban los naturalistas neoyorquinos del siglo xix.
Comparado con el gozo pastoral de aquella campiña, la
biodiversidad de los eriales del centro de la ciudad, destruidos
por las fábricas y la polución, era descaradamente pobre. Pero
hoy han cambiado las tornas en muchos países del mundo. En
las zonas rurales dedicadas a la agricultura apenas queda
espacio para la biodiversidad: los campos y las plantaciones,
cuidados hasta el mínimo detalle y atravesados por canales
excavados a máquina tan rectos como un palo, se explotan al
máximo para obtener de cada centímetro de terreno el mayor
rendimiento agrícola posible, pues las ciudades en crecimiento
continuo necesitan consumir cada vez más y más terreno
cultivable. Comparado con esos estériles paisajes geométricos,
el caos de los centros urbanos, con su revoltijo de patios
traseros, cubiertas ajardinadas, viejos muros de piedra,
alcantarillas gigantescas y parques urbanos es un paraíso para
la vida silvestre.
Los botánicos Zdena Chocholousková y Petr Pysek han
documentado esta tendencia en la ciudad de Plzeñ, en la
República Checa. Para elaborar un inventario de los cambios
sufridos por la flora de la ciudad y sus zonas aledañas a lo
largo de estos últimos ciento treinta años, revisaron pilas y
pilas de viejas publicaciones, informes oficiales y catálogos de
herbarios. Descubrieron que la cantidad de plantas se había
incrementado de forma constante en el interior de la ciudad,
pasando de las 478 de finales del siglo xix hasta las 595 de la
década de 1960 y llegando hasta las 773 actuales. Sin embargo,
en las zonas aledañas la tendencia era la inversa: pasaron de
1,112 a 768 y luego a 745. ¿Por qué? Probablemente porque las
zonas rurales, a lo largo del siglo xx, se habían vuelto más
hostiles a la vida silvestre debido al incremento de la
producción agrícola, mientras que lo contrario había ocurrido
en el centro urbano. Hablando con cierta licencia poética,
podríamos decir que las malas hierbas que se habían proscrito y
desterrado de las zonas campestres habían tenido que
refugiarse en el interior de la ciudad.
Los animales que, casi literalmente, han encontrado un
santuario a su medida en las ciudades son los grandes
vertebrados: el pavo de matorral australiano en Sidney, los
coyotes en Chicago, los zorros en Londres, los leopardos en
Mumbai y los cocodrilos de las marismas en el Gujarat... En
todo el mundo, las ciudades han sufrido una invasión por parte
de aves, mamíferos y reptiles de gran tamaño y a menudo
incluso peligrosos. Debido a su tamaño, estos animales no son
más que la punta del iceberg de otros miles de cambios
similares, aunque mucho menos visibles, que están ocurriendo
en la biodiversidad urbana. Pero en el caso de la megafauna,
suele pasar que la actitud relajada de los urbanitas hace que la
ciudad sea mucho más acogedora para estas especies que sus
hábitats originarios.
Fijémonos, por ejemplo, en los coyotes. Desde que el
American Midland Naturalist, en 1980, publicó un artículo
sobre la conducta de un coyote trasgresor que vivía en el centro
de Lincoln, Nebraska, estos cánidos se han ido introduciendo
en las ciudades a un ritmo muy rápido. Stanley Gehrt, zoólogo
urbano de Ohio State University, ha hecho un seguimiento, con
marcas auriculares y microchips, de centenares de coyotes que
viven en Chicago. Según sus cálculos, ahora hay más de dos mil
viviendo en la ciudad. Y tras colocar collares con equipos de
radio y detectores gps a unos cuatrocientos de estos coyotes, ha
podido seguirlos en sus expediciones a lo largo de las vías del
tren, viendo cómo se detenían en los semáforos y criaban a su
camada en el tejado de un garaje. Como hastiados y cínicos
urbanitas que son ahora, uno de los beneficios que tienen en la
ciudad es que nadie los persigue. Comparados con los coyotes
que viven en áreas rurales, los coyotes urbanos tienen muchas
menos probabilidades de sufrir una muerte violenta. “Estamos
asistiendo a la aparición de nuevas generaciones de carnívoros
que apenas han sufrido persecución por parte de los seres
humanos -—declaró Gehrt en 2012 cuando lo entrevistó la
revista Popular Science-. Ahora se enfrentan a la ciudad de
una forma muy distinta a como lo hacían sus antepasados de
hace cincuenta años. Antes, si veían a un ser humano, todos
tenían una enorme probabilidad de recibir un disparo”.
“Lo mismo está pasando aquí, tío”, podría decir el pavo de
matorral australiano (Alectura lathami) desde el otro extremo
del mundo. A lo largo de los siglos, esta especie de “ave
constructora de montículos” (megápodos que construyen
enormes montículos de arena y hojas para que el calor de la
descomposición resultante incube los huevos) era un aperitivo
estupendo para cazar y freír cuando se salía al bush australiano,
Pero hoy, gracias al veto a su caza impuesto en la década de
1970, este antiguo habitante de los matorrales ha
experimentado un resurgimiento espectacular. Darryl Jones, de
la Griffiths University, es experto en el pavo de matorral y
afirma que la población de Brisbane se ha multiplicado por
siete, mientras que la de Sidney va camino de hacerlo. Nadie se
esperaba que esta ave de gran tamaño se adaptara a un medio
urbano, ya que era muy difícil que reprodujera en la ciudad sus
hábitos de constructora de montículos. Pero no ha sido así: las
aves excavan un agujero en el patio trasero de las casas,
usando materiales del lecho de jardín que pueden llegar a pesar
hasta cuatro toneladas (¡eso sí que es una hazaña de ingeniero
de ecosistemas!). No puede sorprender a nadie que la radio
pública australiana emita comunicados con recomendaciones
para evitar los daños provocados por el pavo de matorral: 1.
Proteger las plantas más delicadas con un círculo de piedras, y
2. Atraer a las aves a la zona menos valiosa del jardín
construyendo un montículo de compost. ¡Diablos, eso supone
tanto trabajo como replantar tu jardín!
La cuarta y última explicación de la rica biodiversidad
urbana es la asombrosa variedad de los parches de hábitat
primigenio que sobreviven en las ciudades. Pensémoslo bien:
cuando vemos una ciudad con ojos humanos topamos con
centros comerciales, aparcamientos, arterias urbanas, distritos
financieros y zonas peatonales. Pero para un halcón peregrino
que sobrevuele ese escenario, o un sírfido que cruza una gran
avenida, o para una almohadillada semilla de asclepia que llega
desde el cielo como si cayera en paracaídas, la ciudad es un
caleidoscopio de saledizos rocosos, hoyos húmedos, capas de
musgo y riachuelos subterráneos. Estos parches de hábitat
dispersos forman un paisaje increíblemente variado con una
multitud de nichos capaces de albergar una rica pero
fragmentada biodiversidad.
Fijémonos en la infinita variedad que presenta la agricultura
urbana: zonas yermas cubiertas de mosaicos de guijarros y
arbustos exóticos perfectamente cuidados; jardines verticales
instalados en paredes; patios traseros llenos de trastos a los que
nadie presta atención; jardines donde no hay más que un
rectángulo de césped protegido por una valla; jardines
construidos en las azoteas de los edificios, donde hay macetas
con palmeras y plantas trepadoras; huertos urbanos; jardines
pantanosos dotados de un estanque y de una ladera rocosa muy
resbaladiza... En nuestra época individualista, hay tantas clases
de jardines como de jardineros. En 1999, un equipo de biólogos
de la Universidad de Sheffield, dirigido por el prolífico ecólogo
Kevin Gaston (que después se ha trasladado a la Universidad de
Exeter), inició un plan de estudio multianual sobre la ecología
de la agricultura urbana en Sheffield. El nombre del proyecto
es el acrónimo bugs, “bichos”: Biodiversity of Urban Gardens in
Sheffield [Biodiversidad en los jardines urbanos de Sheffield].
Para empezar, el equipo bugs realizó una encuesta
telefónica. Eligieron números al azar en la guía telefónica y los
colaboradores preguntaron a la persona que contestaba el
teléfono una serie de cuestiones relacionadas con la agricultura
urbana. Eso, por supuesto, en el caso de que la persona se
prestara a colaborar, ya que, como el equipo constató en su
informe de trabajo: “En algunos casos la llamada se cortaba
antes de que pudiéramos exponerle nuestro propósito al
receptor”. Pero aun así, usando las respuestas de unos
doscientos cincuenta propietarios, se pudo calcular que había
175.000 jardines domésticos en una ciudad de unos 500,000
habitantes; que esos jardines ocupaban una cuarta parte de la
extensión completa de la ciudad; y que albergaban 25,200
estanques, 45.900 cajas nido, 50.750 pilas de compost y 360,000
árboles. En otras palabras, una gigantesca reserva natural. Pero
a pesar de todo esto, la agricultura urbana nunca se incluye en
el censo de espacios verdes de una región. Y lejos de ser el
yermo biológico que el ecólogo Charles Elton describió en su
estudio de 1966 The Pattern of Animal Communities (Una guía
de las comunidades de vida animal], el proyecto bugs demostró
que la agricultura urbana estaba repleta de vida silvestre.
El proyecto bugs contactó con sesenta y un propietarios
dispuestos a soportar una dura invasión de su intimidad por
parte de un equipo de investigadores. Cualquiera que haya visto
el trabajo de campo de un equipo de biólogos sabe lo que eso
sienifica. El equipo medía todos los jardines para establecer sus
dimensiones exactas, describía cada tipo de cubierta vegetal
que hubiera en ellos y trazaba planos del terreno. Luego
procedía a identificar, con ayuda de una guía de plantas y de
los cuadernos de trabajo, todos los árboles, los matorrales y las
hierbas que encontraba, incluyendo los que estuvieran metidos
en un tiesto o en un estanque. Y al mismo tiempo que hacían
todas estas cosas, iban recogiendo hojas que tuvieran “minas”
de insectos. Las minas son esos agujeros o túneles ondulantes
que perforan las larvas de algunas polillas, moscas y otros
bichos. Casi todas esas minas son tan fáciles de reconocer que
un experto puede decir fácilmente qué especie las ha abierto
sin necesidad de ver al insecto en concreto,
En los extremos de cada jardín colocaban tres “trampas de
caida”, es decir, vasos de plástico metidos en el suelo para
cazar insectos y otros artrópodos que se meten en su interior y
luego no pueden salir. Para asegurarse de lo último, los
investigadores rellenaban el interior de alcohol. Normalmente
se usa un producto químico mucho más tóxico, el glicol de
etileno, pero el equipo prefirió usar alcohol etílico para evitar
“el riesgo de que entrara en contacto con niños o con animales
de compañía”. El estudio también recogió varios sacos de hojas
secas y tierra del suelo para identificar otros invertebrados, y
por si esto no fuera poco, para atrapar insectos voladores se
construyó una trampa Malaise (la misma clase de artefacto que
Denis Owen usaba en el jardín de su casa de Leicester, como
hemos visto en el capítulo anterior). A pesar de que este
acercamiento a la ecología de los jardines urbanos se parecía
mucho a la estrategia bélica de la tierra quemada, los
propietarios de los jardines solían ofrecer té y galletas al
equipo que llevaba a cabo el estudio.
En estos sesenta y un campos experimentales del tamaño de
un jardín encontraron 1.166 especies diferentes de plantas.
Como suele suceder en los jardines, la mayoría de esas especies
(el 70%) eran exóticas. Pero aun así, 344 especies (¡una cuarta
parte del total de la flora inglesa!) eran autóctonas. Los treinta
mil invertebrados que encontraron pertenecían a unas
ochocientas especies. No son cantidades ridículas, pero tampoco
apabullantes, sobre todo si las comparamos con lo que Denis
Owen encontró en un único jardín. Pero lo más importante no
es la cifra total de especies, sino los cambios que se producían
entre un jardín y otro. Casi la mitad de especies de insectos y
arañas que se identificaron vivían en un solo jardín. Y cuando
el equipo realizó una curva de acumulación de especies para
estudiar cómo iba aumentando el cómputo con cada nuevo
jardín que se añadía a la lista, la curva no mostraba signo
alguno de nivelarse. Dicho en otras palabras: cada jardín tenía
una flora y fauna completamente distintas.
Y esto fue así en no más de sesenta y un jardines, que son
una fracción muy reducida de todos los jardines de Sheffield, y
que a su vez solo constituyen una minima porción de los
jardines de todo Reino Unido. Imaginemos entonces la
biodiversidad resultante si pensamos en todos los huertos,
jardines y parcelas tomados en su conjunto. E imaginemos
también hasta dónde llegaría la biodiversidad si le añadimos
otros parches de hábitat olvidados: alcantarillas en mal estado
de conservación, arcenes de carreteras, tejados cubiertos de
mUSYO...
Es evidente que la vida en las ciudades presenta toda clase
de desafíos, pero para las plantas y animales que pueden
desplazarse a través de largas distancias y sobrevivir en parches
de hábitat pequeños y aislados, la ciudad ofrece un mosaico de
paisajes sorprendentemente variados que proporcionan
muchísimos microhábitats para una gran variedad de especies,
Y si añadimos las otras tres razones que explican la rica
biodiversidad urbana (las especies exóticas, la existencia de
focos previos de biodiversidad y el santuario que representa
frente a la persecución en otros lugares), empezaremos a
entender por qué son tan largas las listas de especies que han
compilado los naturalistas urbanos de los capítulos anteriores,
Las listas pueden ser largas, sí, pero no al azar. No todos los
animales y plantas saben adaptarse a la vida urbana. Algunas
especies tienen propiedades que las hacen mucho menos
adaptables a la vida de urbanitas, mientras que otras parecen
hechas a su medida. El núcleo de este libro pretende explicar
cuáles son esas propiedades y cómo han ido evolucionando. Así
que avancemos un poquito más hacia ese núcleo observando el
fascinante fenómeno de la “preadaptación” urbana.
Si logro llegar
Pasamos por delante de la estación central de Leiden, la
ciudad en la que vivo. Como casi todas las estaciones de tren
holandesas, se alza frente a un océano de bicicletas aparcadas.
A los dos lados de la entrada principal se extiende un
aparcamiento al aire libre que tiene dos pisos y que está lleno a
rebosar de bicicletas, con miles de manillares bruñidos que
destellan bajo el sol matinal como ondas en la ribera de un mar
en calma. Yo puedo observar el amasijo metálico de radios,
muelles, tubos, bastidores y engranajes, pero mi compañero, el
famoso biólogo Geerat Vermeij, de la Universidad de California
en Davis (y visitante habitual de Leiden), no puede. Ciego desde
que tenía tres años, Vermeij se ha labrado una reputación
internacional como paleontólogo, ecólogo, biólogo evolutivo y
autor de bestsellers valiéndose de las sutiles facultades de la
yema de sus dedos, su sensible sentido del oído y su poderoso
cerebro,
Si Vermeij puede detectar el montón de bicicletas que
tenemos delante de nosotros, ello se debe a que forman el
hábitat de una de las especies más adorables pero también más
menospreciadas de ave urbana: el gorrión común (Passer
domesticus). Dando saltos entre las ruedas, tomando baños de
polvo en las franjas arenosas que se forman entre las baldosas,
posados en los radios y revoloteando desde los sillones hasta
las cestas traseras, las bandadas de pájaros gris pardo crean un
rumor constante de batir de alas y gorjeos parlanchines.
Vermej sonríe, e indicios de unas suaves arrugas aparecen en la
comisura de esos ojos que no ven. “Sí —dice-, tienes razón:
están por todas partes”.
He traído a Vermeij a este aparcamiento de bicicletas, que
sirve de hábitat a una colonia de gorriones, para charlar sobre
el poder de la preadaptación.
La preadaptación es un término misterioso y controvertido
en la biología evolutiva. Al fin y al cabo, la evolución es una
visión a posteriori de la naturaleza: las adaptaciones que vemos
hoy las causó la selección natural del ayer, Por lo tanto, ¿cómo
es posible que un animal o una planta se “preadapten”, cuando
la evolución no puede prever el futuro ni, por lo tanto,
preparar a ningún organismo para lo que va a suceder en el día
de mañana?
Volvamos a los gorriones comunes. El hábitat que ahora
ocupan frente a la estación de tren de Leiden no es un hábitat
para el que hayan ido evolucionando hasta llegar a ocuparlo. En
el pasado evolutivo nunca se encontraron con un soporte de
bicicleta. Y aun así, cuando Vermeij y yo los observamos —él
con los oídos y yo con los ojos-, parecen perfectamente
adaptados a vivir entre los radios de bicicleta. Las alas cortas
parecen ideales para los vuelos cortos entre el sillín y el cesto
trasero. En la profusa acumulación de metal se mantienen en
contacto por medio del gorjeo constante. Tienen la costumbre
de salir volando en masa y desperdigarse entre las bicicletas
aparcadas a la menor señal de alarma. La razón de que se
encuentren tan a gusto en este lugar puede estar en que el
hábitat natural del gorrión común son los macizos de arbustos
espinosos y los matorrales. Para estas aves, la vasta extensión
de barras metálicas que varían en cuanto a grosor, densidad,
inclinación y curvatura se parece muchísimo al paisaje de
monte bajo donde solían tener su hogar natural.
De todas formas, no podemos estar muy seguros de cuál era
ese hogar natural. Como el cuervo indio, el gorrión común es
un ave cuya existencia se ha unido tanto a la existencia
humana que ya no se da en ningún medio salvaje. Sus
antepasados de tiempos prehumanos probablemente vivían en
espacios semiabiertos de monte bajo en áreas secas, anidando
en grupo en los matorrales, alimentándose de semillas e
insectos, y retirándose a uno de sus refugios protegidos por
espinas cuando un halcón aparecía por el horizonte. Pero luego
llegaron los seres humanos y la agricultura, y el gorrión común
abandonó su hábitat natural y se instaló entre ellos,
alimentándose de grano descartado y arrejuntándose para vivir
en los tejados de las casas y de los establos. Hasta que un día
encontró los soportes de bicicleta,
En otras palabras, el Passer domesticus se ha convertido en
una especie urbana porque ya se había adaptado a un estilo de
vida que, por puro accidente, lo había preparado para los
nuevos nichos que hemos creado en las ciudades. El medio
urbano ofrece condiciones que por casualidad se parecen en
algún aspecto a la forma de vida que tenía la especie en
tiempos preurbanos. Y son justamente estas especies las que
están “preadaptadas” para los nuevos nichos en las ciudades.
Por eso son las primeras en mudarse a vivir allí.
Aparte de los gorriones, hay otras aves preadaptadas a vivir
en los alrededores de la estación de tren de Leiden. Las
palomas urbanas posadas sobre el gran reloj que preside la
entrada central son descendientes de la paloma bravía
(Columba livia), una especie nativa de Europa y del norte de
África que solo está presente, en estado salvaje, en zonas
donde haya precipicios rocosos (en los que anidan y se
establecen). Evidentemente, las llanuras inundadas de los
Países Bajos, en las que es imposible hallar un accidente en el
terreno que sea más alto que una topera, nunca formaron parte
de su ámbito natural. Pero esto fue, claro, hasta que los seres
humanos empezaron a levantar precipicios artificiales: las
fachadas de ladrillo y hormigón de los edificios, con sus
saledizos y marcos de ventana, resultaron idóneas para que las
palomas se instalaran en ellas, incluso cuando intentamos
ahuyentarlas con hileras de obstáculos de plástico.
Paralelamente, el vencejo negro como el hollín que vuela
con alas en forma de media luna (Apus apus) y zigzaguea
soltando sus chillidos por el cielo, justo por encima de nuestras
cabezas, es también un habitante originario de los precipicios
rocosos. El vencejo se ha aclimatado a la ciudad de Leiden
eracias a los huecos que hay bajo las tejas del tejado de la
iglesia del siglo xvii y entre los ladrillos del viejo molino, unos
emplazamientos perfectos para que aniden estas aves de
terrenos escarpados. Los ostreros euroasiáticos blanquinegros
(Haematopus ostralegus), que tienen un largo pico rojo y
brillante y se pasean por el césped que hay detrás de la estación
como si estuvieran en su casa, son aves originariamente
ribereñas que construyen el nido en la playa y usan sus fuertes
picos para extraer almejas del limo. En Leiden han cambiado
las zonas embarradas por las extensiones de césped, las almejas
por los gusanos y las playas de guijarros por los techos planos
del Centro Médico de la universidad. Todas estas especies de
aves -los gorriones comunes, las palomas bravías, los vencejos
y los ostreros— estaban de una forma u otra preadaptados a la
vida urbana. Y estas fueron las especies elegidas por el medio
urbano entre toda la avifauna posible,
Resulta fácil averiguar la razón por la cual las aves que
vuelan en torno a la estación de tren de Leiden pueden estar
preadaptadas (o predispuestas, como Vermeij prefiere
llamarlas, a fin de desmentir la idea falsa de que la evolución
puede prever sus pasos). El vínculo entre las características de
su hábitat originario y el del centro urbano es muy fácil de ver.
De la misma manera, una gran parte de los artrópodos
minúsculos que viven en nuestras casas originariamente vivían
en cuevas, y algunas de ellas incluso podrían haber sido
compañeras de fatigas de aquellos antepasados nuestros que
decidieron abandonar la caverna para construir viviendas, El
pariente más cercano de las chinches, el Cemex lectularius, es
un parásito de los murciélagos que viven en grutas, lo que
indica que ese era también el nicho ecológico originario de las
chinches, La araña de patas largas (Pholcus phalangioides), que
vive en las casas de todo el mundo, se siente a gusto en los
espacios cerrados, húmedos y de superficie dura. Como es
natural, suele vivir en grutas y en cuevas. Para esta araña, los
espacios huecos que ocupamos en el interior de un caparazón
de ladrillo y hormigón (las “casas”) no resultan ni mejores ni
peores que su hábitat subterráneo en la vida silvestre.
Pero hay otras preadaptaciones que resultan más difíciles de
comprobar. Por ejemplo, los múltiples accidentes causados por
el tráfico. “Nosotros vemos y oímos los coches que se acercan —
dice Vermeij-, pero los animales atropellados en las carreteras
nos demuestran que algunas aves no los oyen ni los ven. Pero
entonces, ¿cómo es que hay especies que chocan contra los
parabrisas y otras que no? Esa es una pregunta muy
interesante. Además, ciertas aves, como los cuervos, parecen
ser las campeonas globales de la supervivencia en la ciudad y el
extrarradio. ¿Y por qué el zorzal robín es un ave urbana en
América del Norte, cuando no lo es ningún otro miembro de su
familia?”.
Una forma de indagar esta cuestión de la preadaptación, tan
difícil de explicar, consiste en buscar una pauta común a lo
largo de diversas ciudades. Las ecólogas Carmen Paz Silva y
Olga Barbosa, de la Universidad Austral de Chile, usaron ese
método en tres ciudades de tamaño medio del sur de Chile:
Temuco, Valdivia y Osorno. Estas ciudades (que tienen entre
cien mil y trescientos cincuenta mil habitantes) se hallan en un
área muy rica en biodiversidad, la llamada Ecorregión del
Bosque Templado Valdiviano. Silva, Barbosa y sus colegas
empezaron dibujando sobre cada ciudad y sus alrededores una
cuadrícula dividida en celdas de doscientos cincuenta metros
cuadrados de amplitud. Luego eligieron al azar ciento diez
celdas de la cuadrícula en cada ciudad y cincuenta en las áreas
rurales aledañas (por lo tanto, cuatrocientas ochenta celdas en
total), y después fueron a comprobar qué pájaros aparecían por
allí. Para hacerlo elegían un lugar en el centro de la cuadrícula
y esperaban durante seis minutos, por la mañana, consignando
todas las aves que veían u oían durante ese tiempo.
El trabajo, que se prolongó durante toda la temporada de
cría del año 2012, demostró que las aves de estas tres ciudades
no se correspondían con una selección al azar de la avifauna de
la campiña adyacente. En cada ciudad dominaba un mismo
conjunto de aves urbanas, compuestas por especies como la
golondrina chilena (Tachycineta meyeni) y el chimango
(Milvago chimango), además de los cosmopolitas gorrión común
y paloma bravía. Por el contrario, un ave como el chucau
tapaculo (Scelorchilus rubecula), que es muy común en las
zonas silvestres de Chile, nunca se adentraba en la ciudad, igual
que el diucón de ojos rojizos (Xolmis pyrope) y el
extraordinario comesebo patagónico (Phrygilus patagonicus).
Por otra parte, había muchas aves que no presentaban unas
diferencias tan acusadas: se las veía dentro y fuera de las
ciudades, solo que en una proporción ligeramente distinta,
Para averiguar cuáles eran las preadaptaciones
fundamentales a la vida urbana, Silva y Barbosa clasificaron las
especies entre carroñeras, carnívoras, omnivoras o las que se
alimentan de frutas, semillas, insectos o néctar. Luego
identificaron su hábitat silvestre: bosque, espacios abiertos,
terrenos pantanosos o acuáticos o bien ubicuos. Y por último
realizaron una serie de pruebas estadísticas para descubrir
cómo debería haber sido la avifauna urbana si se hubiera
llevado a cabo una selección al azar entre todos los tipos
posibles de aves, dependiendo tanto del hábitat como de las
preferencias de alimentación. Este análisis reveló que la
avifauna urbana no tenía nada que ver con una selección al
azar. Las aves urbanas del sur de Chile han demostrado ser
omnívoras oO comedoras de semillas y no demasiado
tiquismiquis con respecto al hábitat en el que viven. Es lógico:
como ya hemos visto en el capítulo anterior, las ciudades son
mosaicos de hábitats, de modo que una especie que ya está
adaptada a un entorno variable e impredecible (por ejemplo,
lugares dinámicos e inestables como los terrenos inundables o
los claros en los bosques) está bien preparada para la vida en la
ciudad. Pero ¿por qué las especies que comen semillas? Pues
por la sencilla razón de que los seres humanos también son,
fundamentalmente, una especie que come semillas. Gran parte
de nuestra dieta se basa en los cereales, así que buena parte de
nuestros desechos (cortezas de pan, el arroz que se queda
pegado a la sartén, y también las galletitas saladas a medio
comer y las migas de galleta dulce) se adapta perfectamente a
la dieta de estas aves que suelen comer semillas y frutos secos,
De manera que entre las aves urbanas abundan las que
tienen preferencia por los sustratos rocosos o enmarañados,
además de las que comparten nuestros gustos alimentarios o no
se muestran demasiado quisquillosas en cuanto al lugar de
habitación. Pero hay más razones, aparte de la comida y la
flexibilidad de costumbres, para que un ave se convierta en ave
urbana. Pensemos en la comunicación: muchas aves se
comunican a través del sonido. Pero ¿cómo lo hacen en medio
del estruendo del tráfico, las sirenas, las alarmas, los gritos de
la gente y los equipos de música? Clinton Francis, colega de
Silva y Barbosa en la Universidad de Colorado, se propuso
averiguar qué clase de aves se habían adaptado mejor a los
ruidos humanos. Sorprendentemente, no llevó a cabo su
experimento en el centro de una gran ciudad, sino que se
dirigió al desierto del norte del estado de Nuevo México.
En el desierto de Rattlesnake Canyon no hay ningún
asentamiento humano, pero sí hay ruidos de origen humano.
Esa zona, una de las reservas de combustibles fósiles más
importantes de la nación, cuenta con unos veinte mil pozos de
extracción de gas y petróleo. Muchos de esos pozos están
equipados con ruidosos compresores que día y noche extraen el
gas y lo bombean a los tanques de almacenamiento. Otros
pozos carecen de compresor y por tanto funcionan en un
silencio maravilloso. Francis vio que esa zona era un
“laboratorio natural” ideal para estudiar los efectos del ruido en
las aves, sin tener que enfrentarse a los problemas de comparar
las reacciones obtenidas en el campo y en la ciudad. Al fin y al
cabo, el ruido urbano es inseparable de otros cambios
medioambientales que ya hemos ido viendo. De modo que si
descubrimos que los sinsontes son menos abundantes en las
ciudades que en las áreas silvestres, no hay forma de saber si
eso se debe al ruido humano, ya que pudiera deberse a otros
factores que determinan el hábitat de las ciudades, Pero en el
desierto hay un único entorno formado por bosques de enebro y
pino piñonero, esté presente o no el ruidoso compresor que
funciona a todas horas. Se trata del paraíso del biólogo.
Francis y su equipo hicieron un experimento muy parecido
al que llevaron a cabo Silva y Barbosa: eligieron varias zonas
de extracción ruidosa y otras de extracción silenciosa, y luego
dedicaron siete minutos en cada una a observar y a escuchar
las aves. En las zonas de los pozos ruidosos, convencieron a los
responsables de las compañías para que desconectaran los
compresores durante esos siete minutos, ya que los ruidos les
habrían impedido escuchar a los pájaros. Los resultados no
dejaban lugar a dudas: las aves que se comunicaban con
llamadas de timbre grave, como la huilota (Zenaida macroura),
no aparecían en las zonas de compresores ruidosos. El ruido de
las máquinas era tal que estas aves no podían comunicarse y
por lo tanto tuvieron que abandonar la zona. En cambio, las
aves de timbre agudo no tenían problemas para habitar el
mismo lugar: las llamadas en tono de soprano del chimbito
común (Spizella passerina) no tenían problemas para traspasar
los pesados tonos de barítono de los pozos de gas, Incluso había
un ave, el colibrí gorginegro (Archilocus alexandri), que
prefería construir los nidos cerca de los compresores, y cuanto
más cerca, mucho mejor. Francis cree que eso se debe a que los
predadores del colibri, las charas de collar (Aphelocoma
woodhouseii), no pueden soportar el ruido. O lo que es lo
mismo: que el ruido ofrece buena protección a los chimbitos.
Sorpresa, sorpresa: en las ciudades, donde el ruido suele ser
de baja frecuencia, las aves más comunes son las que poseen
voces con registros más altos. Pero hubo que demostrar con las
investigaciones en el desierto la relación que hay entre la
contaminación acústica y la preadaptación de las Mariah Carey
de las aves.
La preadaptación, por lo tanto, es imprescindible para el
ecosistema urbano. Determina qué especies pueden atravesar el
fino cedazo de los automóviles y del hormigón, la basura y la
suciedad, y así crear un hogar entre los rótulos callejeros, La
flora y la fauna urbanas se componen de especies autóctonas y
exóticas que han logrado adaptarse a desafíos similares
planteados por el entorno.
Y ahora volvamos un segundo a los mirmecófilos, esos
animales que han logrado adaptarse a la vida en el interior de
los hormigueros; ya hemos hablado de ellos al comienzo de este
libro. Ellos tampoco son el resultado de una selección casual
entre los insectos y otros invertebrados. En un artículo
publicado en la revista Myrmecological News, Joe Parker, del
California Institute of Technology, sostiene que la
preadaptación explica las claves de la mirmecofilia. Según
Parker, muchos mirmecófilos son escarabajos histéridos que
tienen unos gruesos estuches para proteger las alas, lo que les
da el aspecto de un vehículo acorazado y los protege de los
ataques de las hormigas. Gracias a ello han podido introducirse
en los hormigueros en los que otros insectos han fracasado. Del
mismo modo, muchos mirmecófilos pertenecen a la subfamilia
Pselaphinae de la familia de los estafilínidos, que cuenta con
protectores corporales internos que les permiten soportar los
ataques y los revolcones de las iracundas hormigas sin sufrir
eraves daños. Otros mirmecófilos son Aleocharinae, con una
elándula en el extremo posterior del dorso que les permite
lanzar una ofensiva química contra las hormigas.
De manera que lo que está sucediendo en las ciudades se
parece mucho a lo que sucedió hace millones de años, cuando
unas pequeñas criaturas terrestres tuvieron la osadía de
penetrar en las primeras colonias de hormigas. Las especies que
estaban preadadaptadas a las tribulaciones de la vida en el
hormiguero fueron las que la evolución pudo moldear y adaptar
hasta que se convirtieron en mirmecófilas expertas. Si se
compara el largo proceso evolutivo que permitió la adaptación
de las especies mirmecófilas a las necesidades de la vida en un
hormiguero, los animales y las plantas preadaptadas apenas
están empezando a asentarse en las ciudades humanas. Pero
eso no significa que la fase inicial de una mejora evolutiva en
el grupo urbano no se esté produciendo ya.
segunda parte
PAISAJES URBANOS
Nada vemos de estos cambios lentos
y progresivos hasta que la mano del tiempo
ha marcado el transcurso de las edades,
Charles Darwin,
El origen de las especies (1859)
No estoy de acuerdo.
Homey D. Clown,
en el programa de televisión
In Living Color (1990)
He aquí los hechos
Albert Brydges Farn nació en 1841. La entrada que le
dedica The Aurelian Legacy, una especie de “Quién es quién”
de los coleccionistas británicos de lepidópteros, lo describe
como un “naturalista todoterreno” y “hombre de vigor y coraje,
dotado de un tempestuoso sentido del humor”. También lo
describe como un “deportista”, cosa que en aquellos días no
significaba que se le viera haciendo jogging por los caminos
rurales ni jugando al rugby con los chicos del pueblo, sino que
alude más bien a su reputación de persona muy aficionada a
disparar a los murciélagos con un rifle del calibre 22, o capaz
de abatir a treinta agachadizas con treinta disparos seguidos
mientras cazaba en los terrenos de lord Walsingham. Farn,
hablando claro, disfrutaba matando animales.
Pero lo que más mató en su vida fueron mariposas y
polillas, que luego clavaba con un alfiler, montaba, etiquetaba,
identificaba y organizaba con extrema precisión. Cuando murió,
en 1921, dejó lo que muchos consideran la mejor colección de
lepidópteros de la Gran Bretaña de su época. Por desgracia, la
colección se vendió por piezas en una subasta y acabó repartida
en varios sitios. Una gran parte de los especímenes, según
Adam Hart, de la Universidad de Gloucestershire, se encuentra
ahora “en las tripas del Museo de Historia Natural de Londres”.
Aunque no está seguro del todo, a Hart le gusta imaginar que
entre las polillas que se conservan allí está el annulet (Charissa
obscurata) que Farn capturó cerca de Lewes en la década de
1870,
El annulet es una especie más bien anodina, muy pálida si la
comparamos con otras posesiones de Farn, como la
espectacular mariposa tornasolada (Apatura iris) que capturó
en el sur de Gales, o como los muchos ejemplares de la
mariposa europea Araschnia levana, una hermosa especie de
color negro, naranja y blanco, procedente de la Europa
continental, que Farn se propuso exterminar él solito cuando la
introdujeron ilegalmente en el bosque de Dean, en 1912, ya que
el coleccionista se oponía a la presencia de especies exóticas,
por muy bellas que fuesen. Sin embargo, a pesar de su aspecto
poco llamativo, el annulet es la especie que ha hecho famoso a
Farn. Aunque, eso sí, la fama le llegó con ciento treinta años
de retraso.
En 2009, Hart, profesor de Comunicación de la Ciencia,
estaba visitando la Galería de Arte y Museo Municipal de
Gloucester para preparar unas clases. “Estaba examinando los
especimenes guardados en el depósito en busca de alguno que
enseñar a mis alumnos”, dijo. Y allí se encontró con la copia
impresa de una carta fechada el 18 de noviembre de 1878, La
carta era de Farn, y la copia estaba en el almacén porque el
museo posee un libro anotado que en su día perteneció a Farn
y el bibliotecario se había interesado en él. Pero la razón de
que aquella carta hubiera sobrevivido e incluso estuviese
transcrita y colgada en la red no era el nombre del autor, sino
el nombre del destinatario: Charles Darwin.
En 1878, el anciano Darwin era uno de los cientificos más
famosos de Inglaterra. Toda una generación había crecido ya
con El origen de las especies, de modo que el autor era
incontestablemente Míster Evolución. Colegas de todo el
mundo mantenían correspondencia con él y Darwin llevaba un
meticuloso registro de las cartas que recibía y enviaba (y no por
razones sociales, sino puramente científicas), dado que todo lo
que le contaban sus corresponsales era esencial para su trabajo.
Y tal como explican los archiveros que han llevado a cabo el
proyecto Correspondencia de Darwin, puesto en marcha por la
Universidad de Cambridge (donde se conserva casi toda su
biblioteca), Darwin “repasaba algunas cartas una y otra vez
mientras trabajaba en sus distintos proyectos, y además
garabateaba ideas en las mismas cartas con lápices de colores, y
luego las recortaba para poder archivar las partes que
contenían notas importantes, o bien las guardaba en su libro de
experimentos. Darwin diseccionaba las cartas como si fueran
especimenes, les extraía cada pequeño fragmento de
información útil y luego lo incorporaba todo a sus propias
publicaciones”.
Por lo que sabemos, Albert Farn solo escribió una vez a
Darwin. La carta se conservó en la biblioteca de Darwin, el
proyecto Correspondencia de Darwin la transcribió y luego
colgó el texto en la red, y fue una copia impresa de ese texto la
que Hart encontró en el depósito de colecciones de Gloucester.
Se trata de una nota breve, y por lo que parece, Darwin no hizo
nada con ella ni le envió contestación.
Farn escribió:
Querido señor,
la creencia de que pueda relatarle algo que sea de su interés
es la excusa que me sirve para importunarle con esta carta,
Entre todos los lepidópteros de Gran Bretaña tal vez no
haya otra especie que varíe tanto, según sea el emplazamiento
donde se la localiza, como la [mariposa annulet]. Es casi negra
si se encuentra entre la turba del New Forest; gris si está entre
rocas calizas; casi blanca si se halla cerca de las formaciones de
tiza de Lewes; parda cuando se la ve en suelo arcilloso o en el
terreno rojizo de Herefordshire.
¿Se deben estas variaciones a la 'supervivencia de los más
aptos?”. Creo que sí.
Fue por eso que me sorprendió encontrar ejemplares muy
oscuros de esta especie en una ladera caliza en New Forest, y
he intentado hallar una solución. ¿Podría ser esta?
Es un hecho curioso, relacionado con estos especímenes
oscuros, que en este último cuarto de siglo la ladera caliza en la
que se aparecen reciba el impacto de grandes cantidades de
humo negro procedente de los hornos de cal situados al pie de
la ladera. Las hierbas, aunque crecen de forma abundante,
están tiznadas por el color negro.
También he sido informado de que los especímenes de color
más claro son mucho menos frecuentes en Lewes, donde desde
hace años también han empezado a funcionar unos hornos de
cal,
Estos son los hechos que deseo someter a su consideración.
Suyo siempre, señor, su respetuoso y fiel,
A. B. Farn
“Debo reconocer que para mí fue uno de esos momentos en
que uno grita eureka -—escribió Hart-. Esta carta llevaba
circulando mucho tiempo pero nadie se había dado cuenta de
su importancia”. La importancia, tal como Hart señaló en un
artículo dirigido a la comunidad científica, y publicado en
Current Biology, se debe a que la carta con las observaciones
de Farn puede ser el primer caso registrado de un proceso de
selección natural en curso. Lo que Farn sugería era que las
annulet de color claro, que en un principio se camuflaban muy
bien entre las rocas calizas de color blancuzco, se estaban
convirtiendo en presa fácil en un entorno mayoritariamente
tiznado de hollín, de modo que las aves y otros predadores las
capturaban con mayor facilidad. Mientras tanto, una mutación
genética de alas de color oscuro había aparecido y había
quedado “naturalmente seleccionada” porque no destacaba
tanto como sus antepasados de color claro, Si Farn estaba en lo
cierto, sería el primer caso en el que se observaba en directo la
evolución de las especies. Tal como supuso Farn, Darwin debió
de emocionarse al leer aquello, Pero entonces, ¿por qué ignoró
la carta de Farn?
Bueno, tal vez Darwin estuviera muy ocupado aquel 13 de
noviembre de 1378, Quizá cuidaba de sus orquídeas o jugaba
con sus nietos o se hallaba postrado, en uno de sus arrebatos de
malestar existencial. Pero es mejor pensar que hay una
explicación mucho más interesante de la falta de respuesta de
Darwin. Mi conjetura es que Darwin infravaloraba el potencial
de su propio descubrimiento -la selección natural-, y que le
costaba imaginar que esta pudiera observarse en un periodo tan
breve como eran unos pocos años o décadas, Al fin y al cabo,
en el capítulo iv de El origen de las especies había escrito:
“Nada vemos de estos cambios lentos y progresivos hasta que
la mano del tiempo ha marcado el transcurso de las edades”.
En las páginas precedentes de su gran obra, Darwin había
establecido las bases de su teoría en cuatro fases sencillas e
inalterables. Uno: siempre están produciéndose variaciones;
cada individuo es, en muchas maneras (a menudo
imperceptibles), distinto del siguiente. Dos: estas variaciones
son hereditarias, las crías se parecen a sus padres, Tres:
siempre hay un excedente, muchas crías no logran sobrevivir.
Cuatro: se produce una selección, la supervivencia no es una
cuestión de azar, sino que favorece a los que están más
adaptados al medio en el que viven. Para la mente de Darwin —
y para todos los que desde entonces han captado la grandeza de
sus intuiciones, la selección natural es una ley de la
naturaleza. Tal como dejó escrito: “Puede decirse
metafóricamente que la selección natural está haciendo en todo
el mundo, diariamente e incluso hora a hora, el escrutinio de
las variaciones más pequeñas; desechando las que son malas,
conservando y acumulando las que son buenas”.
Y aun así, a pesar de ese “diariamente y hora a hora”,
Darwin no creía que la selección natural pudiera observarse en
tiempo real. Tal vez porque carecía de los conocimientos
matemáticos necesarios para la proeza de calcular el tiempo
que la selección natural tardaba en llevar a cabo su obra. Hubo
que esperar hasta la década de 1920 para que biólogos
matemáticos como J. B. S. Haldane y Ronald Fisher hicieran el
cálculo. Convirtiendo las teorías de Darwin en fórmulas
matemáticas, se podía comprobar si su pesimismo estaba bien
fundado o no.
Los resultados demostraron que no. El error de Darwin
probablemente estribaba en que daba por hecho que la
evolución era un proceso lineal. Su idea era la siguiente:
imaginemos una población de cien mil polillas con alas de color
claro. De pronto aparece una mutación con alas oscuras que
disfruta de una ventaja minúscula, digamos que de un
imperceptible 1%. Eso significa que por cada cien polillas de
alas negras que nacen, sobreviven y se reproducen, hay otras 99
con alas de color claro. Es una diferencia muy pequeña. De
modo que ¿cuánto tiempo les llevará a las cien mil polillas de
alas claras que han incorporado una mutación de alas negras
evolucionar hasta convertirse en una población completa de
polillas de alas negras? Toda la eternidad, ¿no? Error: eso solo
tarda en suceder unas trescientas o cuatrocientas generaciones.
Y es así porque la selección natural no es un proceso lineal,
Al principio, cuando las polillas de alas negras son muy
escasas, su población aumenta muy despacio, tan solo de una
en una. Pero cuando la frecuencia de ejemplares de alas negras
alcanza un tanto por ciento mínimo, el proceso se acelera
porque todos esos miles de polillas de alas oscuras disfrutan de
la misma ventaja y depositan su descendencia en la reserva
enética, que va haciéndose cada día más oscura,
Eso se puede comprobar haciendo una simulación digital. La
Universidad de Radford, por ejemplo, tiene una página web a la
que se le puede suministrar el dato del tamaño de una
población, añadir la ventaja de una mutación (eso que se
denomina “el coeficiente de selección”), y la frecuencia inicial
de incidencia de la mutación. Al instante se observará la
evolución de la población virtual en una bonita curva en forma
de $. Si uno se pone a jugar con los datos introducidos, verá
que no hay diferencias entre una población de diez mil o de
cien mil o de un millón de ejemplares alados: todos los grupos
evolucionarán hasta convertirse en una especie de alas oscuras
en menos de mil generaciones, aunque solo disfruten de una
ventaja evolutiva del 1%. Si aplicamos un coeficiente de
selección del 5%, todo eso sucede en doscientas generaciones.
Para muchas especies de polillas, un lapso de doscientas
generaciones supone menos de un siglo. De modo que, al menos
en teoría, incluso un factor muy débil de selección natural
puede tener efectos demoledores antes de que la mano del
tiempo haya empezado a marcar el transcurso de las edades.
Parece ser que Darwin nunca llegó a creer que fuera posible
esa capacidad de aceleración evolutiva. Aunque... si en las
primeras cuatro ediciones de El origen de las especies el
naturalista hacía mucho énfasis en estar “convencido de que la
selección natural actúa siempre muy despacio”, en la quinta
edición, que se publicó diez años después de la primera, Darwin
sin embargo cambió el “siempre” por un “generalmente”, así
que tal vez había empezado a poner en duda que la selección
natural fuese un proceso muy lento. Sea como fuere, se
equivocó al no detectar la información clave que le estaba
suministrando Farn, y tuvo que ser la siguiente generación de
naturalistas la que revelara la velocidad asombrosa del
“melanismo industrial”. Y no fue con la polilla Charissa, sino
con la mariposa del abedul, Biston betularia. La mariposa del
abedul es un manual completo de la evolución urbana y
probablemente el lector haya oído hablar de ella en el colegio.
Pero en estos últimos tiempos se han producido tantos giros
sorprendentes en el guion que me perdonará si ahora vuelvo a
contar la historia entera,
viii
Leyendas urbanas
Solemos creer que el vertiginoso crecimiento urbano es un
fenómeno actual, pero entre 1770 y 1850 la ciudad de
Manchester creció a un ritmo propio de una megalópolis del
siglo xxi: pasó de tener veinticuatro mil habitantes a tener
trescientos cincuenta mil. La industria textil de la ciudad,
alimentada con energía producida por el carbón, absorbía
trabajadores de todas las regiones colindantes y a su vez iba
arrojándoles grandes cantidades de contaminación. Inmensas
cantidades de hollín, sulfuros y gases nitrosos salían de las
chimeneas de las fábricas. Estas sustancias oscurecían el cielo y
ocultaban el sol, así que en los días sin viento había una capa
de bruma tan espesa que los transeúntes apenas podían
reconocer al vecino que pasaba por la calle. Una película de
partículas de hollín se posaba permanentemente sobre todas las
cosas: casas, aceras, incluso en los árboles de las zonas rurales
que rodeaban la ciudad.
Imaginemos un día de otoño de 1819. En un bosque de las
afueras de Manchester está sucediendo algo así. Una oruga de
la mariposa del abedul, Biston betularia, va descendiendo por
la corteza cubierta de hollín de un abedul, pues debe llegar al
suelo para iniciar la fase de pupación. Como hacen todas las
orugas, se aferra a la corteza con sus patas marchadoras (las
delanteras), luego tira de sus blanduzcas patas falsas (en el
extremo trasero de su largo cuerpo en forma de ramita) hasta
que alcanzan sus patas normales, y entonces dobla el cuerpo
hasta formar una omega. Luego suelta las patas marchadoras,
se aferra a la corteza solo con las patas falsas y se estira hacia
delante, recoge las patas traseras, forma la omega, se estira, se
encoge, se suelta, se aferra, se estira... y así continúa sin parar
hasta que llega al pie del árbol.
Aunque las orugas sean criaturas inmaduras biológicamente,
sus testículos ya se han formado y están creando células de
esperma para que, tras la fase de pupación, el animal se
metamorfosee en un adulto sexualmente activo de mariposa del
abedul, con las características alas salpicadas de motas negras
sobre un fondo blanco. O al menos ese era el aspecto que
tenían sus padres y todas las mariposas del abedul de Gran
Bretaña hasta ese día. Pero cuando nuestra oruga da el último
salto que la lleva hasta la hierba del terreno, un hecho anómalo
sucede en una célula testicular. Y eso que ocurre va a cambiar
el curso evolutivo de la mariposa del abedul. Mientras la
maquinaria celular está separando los cromosomas y los agrupa
en lo que va a convertirse en una célula de esperma, una
partícula de adn se libera de uno de los cromosomas. Se trata
de lo que suele denominarse un transposón, un “gen saltarín”
capaz de desprenderse de un cromosoma y reinsertarse en otro,
Y eso es exactamente lo que hace este transposón. Sin que lo
sepa la oruga, que ahora mismo está muy ocupada abriéndose
paso entre las raíces del subsuelo, las denominadas enzimas del
transposón abren un boquete en la secuencia de veintidós mil
letras del adn y se insertan justo en medio del córtex, el gen
que controla la pigmentación de las alas de las polillas.
Al mismo tiempo que la oruga abre un túnel subterráneo, y
luego se transforma en pupa, hiberna y al final sale
transformada en una polilla, la célula de esperma mutante
permanece a la espera, al acecho de su oportunidad. Como es
su deber, se une a miles de otras células de esperma no
mutantes en una de las bolsas de esperma de la polilla, y en el
transcurso de una de las más exitosas cópulas de la polilla
macho con un ejemplar hembra, por un golpe de suerte, logra
fertilizar uno de los huevos. El huevo fertilizado se convierte
en una joven oruga fabricada con células que transportan una
copia del gen mutante del córtex. A lo largo del verano, la
oruga mutante, junto con todas sus hermanas, va devorando
hojarasca hasta que llega la hora de enterrarse en el suelo y
convertirse en pupa.
Pero durante el tiempo en que la crisálida permanece
enterrada entre las raíces, su apariencia durmiente experimenta
un cambio revolucionario. En las alas que están formándose, y
que todavía están escondidas bajo el caparazón de color caoba
de la pupa, el transposón alojado en el gen córtex se comporta
como un obstáculo para el proceso que crea normalmente un
delicado dibujo de alas blancas moteadas de negro. En este
caso, por el contrario, cuando la polilla sale de la pupa, toma
fuerzas y se aferra a la rama de un abedul, las alas que
despliega y que van endureciéndose muy deprisa resultan ser de
un color tan negro como la antracita. Un color, por cierto, muy
parecido al hollín que tiñe esa misma rama.
Nuestra Biston betularia de alas negras sobrevive y se
reproduce. Va generando una descendencia todavía poco
numerosa de polillas de alas negras. Los entomólogos de
Manchester a comienzos del siglo xix ya detectan algunas, pero
la primera captura registrada por la literatura científica es una
polilla apresada y etiquetada en 1848 por R, $, Edleston,
coleccionista de Manchester. A partir de ese momento, los
hechos se suceden a un ritmo vertiginoso y empiezan a
proliferar las polillas negras. En la década de 1860, en ciertas
zonas de Manchester, las polillas mutantes de alas negras son
más numerosas que las de alas claras. Y desde el santuario de
Manchester, el gen negro se desplaza a otras partes de
Inglaterra. En la década de 1870, se avistan polillas negras en
Staffordshire, a setenta kilómetros al sur de Manchester, y
también en Yorkshire, hacia el noreste. A finales del siglo xix,
el gen original de las alas claras había desaparecido casi por
completo de la población británica de mariposa del abedul, con
la excepción de algunas áreas del sur del país. El continente
europeo y Norteamérica sucumbieron pocos años después,
Los expertos en polillas de la época no logran entender este
proceso y los debates airados se suceden en las publicaciones
especializadas. Hay quien especula con cambios en la humedad
y en la alimentación, y también hay quien especula con la idea
de la “poderosa impresión que los objetos circundantes ejercen
en las hembras” durante la procreación (es la época en que
todavía no se conocen los genes ni su funcionamiento). Pero es
el eminente entomólogo victoriano J. W. Tutt quien, en su libro
British Moths [Polillas británicas], publicado en 1896, acuña de
forma incuestionable el concepto que ahora conocemos como
melanismo industrial:
Veamos ahora si podemos entender cómo ha sucedido todo
esto. [...] En nuestros bosques del sur los troncos son de color
claro y la polilla tiene una alta probabilidad de escapatoria,
pero si ponemos la mariposa del abedul con su color claro
adaptado a un suelo blanquecino sobre un tronco tiznado de
negro, ¿qué pasaria? Se volvería, como suele decirse, muy
lNamativa, así que sería una presa fácil para cualquier ave que
pudiera verla. Pero estas mariposas del abedul tienen una
coloración más negra que las demás, y resulta fácil entender
que cuanto más negras sean, más se parecerán al color del
tronco y mayor será la dificultad de detectarlas. O sea que las
cosas suceden así: las aves se comen a las claras, pero las
negras logran escapar.
199
“O sea que las cosas suceden así”. Muchos biólogos
evolutivos de hoy estarían de acuerdo con la explicación de
Tutt (que también estaba implícita en los razonamientos de
Farn) acerca de la aparición del melanismo industrial. La lluvia
ácida mató a los líquenes, el hollín tiñó las ramas de negro y la
coloración moteada de la mariposa del abedul, junto con la de
otras especies de insectos, se volvió muy poco eficaz como
camuflaje. Pero aparecieron unas mariposas mutantes con el
cuerpo más oscuro, que antes nunca podrían haber sobrevivido
y que resultaron ser mucho más resistentes a los predadores
sobre un fondo oscuro. Luego, la selección natural hizo el resto,
Pero esta teoría tuvo una historia tan moteada como las
alas de la mariposa de la Biston betularia. Al fin y al cabo, la
opinión de un prestigioso lepidopterólogo no bastaba para
demostrar un hecho. Y antes de que la teoría de Tutt se
aprobara como primer caso demostrado de la existencia de un
proceso evolutivo en acción hacian falta comprobaciones y
verificaciones.
El primero en poner a prueba la hipótesis de la mariposa del
abedul fue el biólogo matemático J. B. S. Haldane. En 1924 usó
el tiempo que habían tardado las polillas oscuras en colonizar
Manchester (cincuenta años) para calcular el coeficiente de
selección, es decir, la desventaja relativa de las polillas claras
con respecto a las oscuras. Dio con una cifra del 50%, lo que
suponía que por cada dos polillas claras que sobrevivían a los
ataques de las aves y a los problemas de cría había tres oscuras.
En su momento, muchos colegas de Haldane objetaron la idea
de que la selección natural pudiera ser tan drástica. Además, la
relación entre el camuflaje y las aves era muy débil: nadie
había visto un ave silvestre comiendo mariposas del abedul.
Tuvieron que pasar otros treinta años para que el debate
siguiera avanzando.
La primera persona que vio un ave comiéndose a una
mariposa del abedul fue Hazel Kettlewell. Ocurrió el 1 de julio
de 1953, cuando Hazel estaba observando con los prismáticos
una mariposa del abedul que se había posado sobre un tronco
en la reserva de aves de Cadubry, un bosquecillo superviviente
en medio del humeante tráfago de Birmingham. De repente, un
acentor común saltó desde un helecho, atrapó a la polilla y se
perdió de vista,
Fue un descubrimiento trascendental. No solo porque fue la
primera vez que se tuvo constancia de un hecho fundamental -
que las aves sí se alimentaban de mariposas del abedul posadas
en el tronco de los árboles-, sino porque ocurrió en el
transcurso de uno de los más famosos experimentos de la
biología evolutiva. Hazel era esposa de Bernard Kettlewell,
médico de profesión y zoólogo autodidacta, a quien la
Universidad de Oxford acababa de contratar para hacer
trabajos experimentales sobre la selección natural y el
melanismo industrial. Una elección muy acertada. Kettlewell,
enérgico, preparado y culto, era muy amigo del fundador de la
Escuela de Genética Ecológica de Oxford (una institución no
oficial), E. B. (“Henry”) Ford. Después de muchos años de
intentos infructuosos, Ford había conseguido por fin reunir el
suficiente dinero para convencer a Kettlewel de que
abandonara su exilio voluntario en Sudáfrica. Ford creía que si
alguien podía resolver el problemas de las piezas que faltaban
en el rompecabezas de la mariposa del abedul (¿se alimentan
las aves de polillas?, ¿cazan las aves menos polillas si estas se
camuflan con el entorno?, ¿y es la diferencia lo bastante
sienificativa para convertirse en fuerza impulsora de la
evolución de las alas?), esa persona era Kettlewell.
De modo que Kettlewell y su familia pasaron una buena
parte del año 1952 instalados en una caravana en Wytham
Woods, un bosque que pertenecía (y sigue perteneciendo) a la
Universidad de Oxford. Allí recolectaron unas tres mil orugas
de las mariposas del abedul, las alimentaron con sumo cuidado
hasta que alcanzaron el estado de pupas y cuidaron de ellas
todo el invierno. En junio del año siguiente, poco antes del
momento en que debían hacer eclosión, Kettlewell llevó las
pupas -—bien envueltas en gasa- en la parte trasera de su
Plymouth a la reserva de aves de Cadbury.
Había elegido Cadbury porque estaba lo bastante cerca de
Birmingham para hallarse cubierta de hollín industrial.
Kettlewell montó un laboratorio de campo en su caravana y
durante once días seguidos trabajó sin descanso con ayuda de
Hazel. Pusieron marcas individuales en las alas de las polillas
recién salidas de las pupas, colocaron los insectos en ramas de
árbol e instalaron dos clases de trampas nocturnas para
polillas: lamparas de vapor de mercurio y bolsitas de gasa con
hembras sexualmente receptivas, dos métodos fiables para
atraer polillas (el último, por supuesto, solo servía para
ejemplares de macho). La previsión era que, durante esos once
días, las aves comerían más polillas claras, por estar mucho
peor camufladas, que polillas negras, mucho más difíciles de
detectar, y que esa diferencia en la depredación se vería en las
cifras de las dos categorías de polillas supervivientes que
caerían en las trampas.
Fue uno de esos días cuando Hazel avistó al acentor común
atrapando a una polilla Y después llegarían más
descubrimientos. A lo largo de los días siguientes vieron a
varios ejemplares de acentor y de petirrojo engullendo
mariposas del abedul oscuras y claras. Hicieron rondas por el
bosque para anotar qué polillas puestas en libertad por la
mañana seguían en su percha por la noche. El 63% de las
polillas de alas negras seguían en la misma percha donde las
habían visto por la mañana, mientras que las polillas de alas
claras solo llegaban a un porcentaje del 46%, La diferencia se
correspondía casi exactamente con el cálculo que había hecho
Haldane. Poco después, Kettlewell explicó, en un famoso
artículo titulado “Selection Experiments on Industrial Melanism
in the Lepidoptera” [Experimentos de selección acerca del
melanismo industrial en lepidópteros], que aquello se debía a
que “las aves actúan como agentes selectivos, tal como postula
la teoría evolutiva”.
Pero las trampas nocturnas también estaban facilitando
muchos datos. Durante los once días en que las trampas
estuvieron en funcionamiento, los Kettlewell liberaron 630
machos de mariposa (una mitad de alas claras y la otra de alas
negras), de los cuales volvieron a capturar 149, Pero estas
mariposas no respondían a dos mitades exactas entre las claras
y las oscuras. De las polillas de alas claras, solo capturaron el
13%, y en cambio capturaron el doble de polillas de alas negras
(en total el 283%). Una vez más, resultaba evidente que las
polillas de alas claras desaparecían a un ritmo mucho mayor
que las de alas negras. Y todo parecía indicar que eso se debía a
las aves,
Dos años después, Kettlewell puso en marcha un contra-
experimento, liberando a unas ochocientas polillas marcadas en
un bosque no contaminado de Dorset, y tal como se esperaba,
se encontró con los resultados a la inversa. En aquel bosque
eran las polillas negras las que se destacaban sobre las limpias
ramas cubiertas de líquenes de los abedules, mientras que las
claras eran mucho más difíciles de detectar. Por lo tanto, estas
últimas sobrevivían mucho mejor (el 14%) que las negras, que
solo alcanzaron el 5%. En esta ocasión, Kettlewell hizo el
trabajo de campo con ayuda de un biólogo conductista
holandés, más tarde ganador del Premio Nobel, Niko
Tinbergen, que ya estaba ganando fama por sus estudios sobre
la conducta de las aves y que era un pionero en el uso de la
cinematografía para los trabajos de campo. Mientras Kettlewell
trajinaba con sus bolsitas de muselina y sus lámparas de vapor
de mercurio, Tinbergen se apostaba en un escondrijo con su
cámara y filmaba unas imágenes extraordinarias de papamoscas
erises, trepadores azules y escribanos cerillo dándose un
atracón con las Biston betularia —tanto oscuras como claras-
que habían soltado.
La película y las fotos de Tinbergen, los trabajos de
Kettlewell (anotó todas sus investigaciones en Dorset y también
publicó una edición revisada de su estudio sobre Birmingham
en Heredity, en 1956), y la publicidad que Henry Ford, su
mentor, hizo de Kettlewell y de sus polillas, lograron que la
mariposa del abedul se convirtiera en el caso célebre del
estudio de la evolución en acción. A mediados de la década de
1960, la mariposa del abedul empezó a aparecer en
conferencias, documentales y artículos sobre la evolución, y
durante las décadas siguientes no hubo manual de biología que
no publicara fotos de las polillas oscuras o claras sobre cortezas
de árbol también oscuras o claras, De hecho, este caso pionero
de evolución urbana es tan conocido y está tan manoseado que
yo no lo habría sacado a colación si no fuera por un giro en la
trama que se produjo en la década de 1990, Es posible que el
lector haya oído hablar un poco del asunto, y que mientras iba
leyendo las páginas anteriores notara una especie de molesto
zumbido en la base del cráneo que le recordaba que ya había
oído o leído algo bastante turbio sobre este ejemplo de
evolución vertiginosa.
La parte turbia de la historia empieza en 1998, cuando el
biólogo evolutivo de Cambridge Michael Majerus publica el
volumen Melanism: Evolution in action [Melanismo: Evolución
en acción]. El núcleo del libro es el caso de la mariposa del
abedul presentado con mucha mayor riqueza y profundidad de
la que había tenido hasta entonces. Majerus señala algunas
cuestiones que habían quedado sin respuesta y que otros
autores también habían señalado. Las mariposas del abedul,
¿reposan únicamente en la corteza del árbol o bien usan otras
perchas donde el color de sus alas les ofrece protección? Y en
vista de que las polillas son insectos nocturnos, ¿no serían los
murciélagos, en vez de las aves, su enemigo natural? ¿Y eran las
poblaciones de polillas artificialmente infladas que usaba
Kettlewell en sus estudios experimentales una forma fiable de
estudiar la selección natural? El propósito de Majerus era
incitar a sus colegas a repensar el caso de la mariposa del
abedul y a no darlo por cerrado, con vistas a emprender nuevos
estudios que despejasen las dudas y aclarasen todas las
incógnitas. De hecho, él mismo estaba estudiando las polillas,
Pero en vez de impulsar nuevas investigaciones sobre el
melanismo de la Biston betularia, el libro de Majerus —para su
eran consternación— tuvo el efecto no deseado de azuzar las
críticas contra toda la teoría. Una reseña del libro en Nature,
obra del genetista Jerry Coyne, sostenía que “de momento
debemos descartar a la Biston como un ejemplo bien estudiado
de la evolución en acción”, y en otro lugar afirmaba que “por
desgracia, Majerus demuestra que este ejemplo clásico no ha
sido bien investigado”. Tal interpretación tomó por sorpresa a
muchos colegas de Majerus, que conocían sus verdaderas
intenciones. Uno de ellos escribió: “Si no hubiera sabido muy
bien de qué libro estaba hablando, habría pensado que la reseña
se refería a otro”.
Pero el daño ya estaba hecho. Empezaron a publicarse
artículos en la prensa con titulares tan sensacionalistas como:
“Los científicos descubren las trampas de la teoría de
darwiniana y las polillas”, o bien “Adiós, mariposas del abedul”.
Pero lo peor estaba aún por llegar. En 2002, la periodista
Judith Hooper lanzó una bomba titulada Of Moths and Men:
Intrige, Tragedy, and the Peppered Moth (De polillas y
hombres: intrigas, tragedias y la mariposa del abedul]. Era un
estudio bien documentado y bien escrito sobre el caso de las
polillas, en el que la autora analizaba las complicadas
relaciones que reinaban entre los estudiosos británicos de las
polillas y donde se insinuaba que los experimentos de
Kettlewell estaban tergiversados por su dependencia servil
hacia los gigantes intelectuales de Oxford que financiaban sus
estudios. Básicamente, Hooper acusaba a Kettlewell de haber
cometido un fraude para complacer a sus superiores. Y aunque
no ofrecía ni una sola prueba sólida de malas prácticas, logró
que su crítica feroz desacreditara las investigaciones sobre la
polilla. De inmediato, el libro se convirtió en un referente para
la comunidad creacionista de Estados Unidos, lo que
probablemente había sido el objetivo de la autora desde el
principio. El Instituto de Investigaciones sobre la Creación
publicó un ensayo en el que se decía: “Qué buen momento para
ser creacionista, cuando hasta la mejor demostración de la
evolución en acción se descubre como un invento que no resiste
la prueba de la verdad”.
El libro de Hooper y el escándalo que ocasionó sirvieron al
menos para que Majerus entrara en acción. Se propuso
emprender una serie de experimentos a gran escala como los
que Kettlewell había llevado a cabo, evitando las posibles
trampas, para zanjar la cuestión de una vez por todas. Lugar:
su propio jardín de una hectárea cerca de Cambridge. Tiempo:
entre los años 2002 y 2007, Actores principales: 4.364
mariposas del abedul (casi diez veces más que las usadas por
Kettlewell en sus experimentos), todas residentes, por voluntad
propia, en el jardín de Majerus. (Kettlewell había criado las
polillas y luego las había trasladado a los lugares elegidos para
el trabajo de campo, que estaban a centenares de kilómetros,
un procedimiento que recibió numerosas críticas porque
abarrotaba el lugar de la investigación con muchas más polillas
de las que normalmente vivirían allí, y buena parte de ellas no
eran las más aptas para aquel entorno).
Otra cosa que Majerus modificó fue que, en vez de colocar
las polillas en los árboles, dejó que fuesen buscando ellas
mismas el lugar en el que quisieran posarse. Majerus le ponía
una marca a cada polilla y luego la dejaba en libertad, por la
noche, en una gran jaula que rodeaba el tronco y las ramas del
árbol. Por la mañana, antes del amanecer, Majerus quitaba la
jaula, apuntaba dónde estaba la polilla y cuatro horas más
tarde comprobaba si la polilla seguía allí. Si se había ido,
asumía que un petirrojo, un acentor común, un mirlo o
cualquier otra ave insectívora presente en el jardín se la había
comido, cosa que Majerus, observando los árboles con los
prismáticos desde el cobertizo de su jardín, vio suceder en un
mínimo de 276 ocasiones,
¡Imagínense por un momento la dedicación! Majerus tenía
doce jaulas, así que solo podía liberar doce polillas cada noche.
Eso significa que a lo largo de los seis años que duró su
experimento tuvo que pasarse cuatrocientas noches poniendo
las jaulas, tomando notas, despertándose antes del amanecer en
los largos días de primavera, quitando las jaulas y luego
sentándose con una taza de café y los prismáticos a observar a
los pájaros. Piensen que tuvo que llevar a cabo su investigación
al mismo tiempo que seguía dando clases y realizaba trabajo
administrativo en la universidad; un esfuerzo persistente y
hercúleo destinado a demostrar sin lugar a dudas que las
polillas de alas negras habían evolucionado por selección
natural ante la acción conjunta de la polución ambiental y de
las aves predadoras.
Y bien que logró demostrarlo. O más bien lo que demostró
fue que la mariposa del abedul estaba evolucionando de nuevo
hacia su estado original. Desde que, en las décadas de 1950 y
1960, habían entrado en vigor leyes contra la contaminación
industrial, los árboles tiznados de la Inglaterra industrial se
habían convertido en una antigualla. El aire estaba mucho más
limpio, los líquenes brotaron de nuevo en las cortezas y las
tornas se volvieron contra la polilla de alas negras. En muchos
lugares de Inglaterra las alas oscuras ya no ofrecían protección,
sino más bien todo lo contrario, y poco a poco su ventaja fue
desapareciendo. En consecuencia, entre 1965 y 2005, al mismo
ritmo en que se había propagado un siglo antes, la población de
alas negras fue decreciendo. Y hoy es tan rara como lo era en
1848,
Los experimentos de Majerus se llevaron a cabo al final de
este declive evolutivo. A lo largo de los seis años que dedicó a
su estudio, la proporción de polillas de alas oscuras que había
en su jardín cayó desde el 10% en 2001 hasta el 1% en 2007, Y
el resultado de sus experimentos lo corroboró: cada día, el 30%
de polillas oscuras caía en poder de las aves, frente al 20% de
alas claras.
Majerus presentó los resultados de sus investigaciones en
una conferencia que dio en Suecia en 2007, pero por desgracia
no tuvo tiempo de publicarlos en una revista científica. A
finales de 2008 cayó enfermo a causa de un tipo especialmente
agresivo de mesotelioma y murió, con apenas cincuenta y
cuatro años, en enero de 2009, Poco después de su muerte, su
familia autorizó a cuatro de sus amigos a que usaran sus
apuntes de trabajo para la conferencia de Suecia y todas sus
diapositivas. Con este material publicaron un estudio en
Biology Letters, que apareció en 2012 con el título de
“Selective bird predation on the peppered moth: the last
experiment of Michael Majerus” [Predación aviar selectiva en
la mariposa del abedul: el último experimento de Michael
Majerus]. La última frase del ensayo decía lo siguiente: “Los
nuevos datos, combinados con los abrumadores datos ya
existentes, demuestran convincentemente que el melanismo
industrial en la mariposa del abedul sigue siendo uno de los
ejemplos más nítidos y fáciles de entender de la evolución
darwiniana en acción”,
Y eso es justo lo que es. El último triunfo de la mariposa
del abedul llegó en 2016, cuando se publicó en Nature un
estudio realizado por un amplio equipo de genetistas y dirigido
por Jlik Saccheri, de la Universidad de Liverpool. Estos
demostraron que la mutación responsable de las alas negras era
en realidad una larga secuencia de veintidós mil letras de
código genético “saltarín” que se había cortado y pegado por sí
misma en el gen córtex que controla la coloración de las alas de
las mariposas y las polillas. El estudio detallado de la
estructura genética y de las zonas adyacentes de los
cromosomas demostraba que el melanismo industrial en la
mariposa del abedul se remontaba a un salto genético
individual en el adn que, según cálculos de los investigadores,
había ocurrido en el norte de Inglaterra hacia el año 1819, es
decir, tal como dice Saccheri, “justo en mitad de la primera
parte de la revolución industrial”.
Las nuevas pruebas reunidas en estos últimos años han
restituido el valor de los trabajos de Bernard Kettlewell y han
vuelto a hacer de la mariposa del abedul el caso de manual
para explicar la evolución por selección natural. Además, es el
primer caso estudiado de evolución urbana, o hablando en
términos más precisos, de salto evolutivo rápido inducido por
el hombre (hirec, por sus siglas en inglés). Y ha demostrado que
los seres humanos, especialmente las densas aglomeraciones
urbanas de seres humanos, pueden ejercer sobre los animales y
las plantas silvestres una nueva presión selectiva inusualmente
fuerte, que alcanza un nivel del 10% o incluso más, El
vertiginoso ascenso y caída de la mutación oscura en el gen
córtex de la Biston betularia no es sino el primer anuncio de un
incipiente cambio sistémico en la naturaleza urbana. El caso de
la mariposa del abedul ha demostrado ser un balancín evolutivo
de carácter reversible: un único gen se elevó y después cayó, y
gracias a ello se ha convertido en ejemplo célebre por su
sencillez y por su nitidez, y a pesar de todas las controversias,
también por lo fácil de entender que es.
ix
O sea que las cosas suceden así
Apesar de las disputas recientes, la mariposa del abedul ha
recuperado el lugar que merece como caso de manual de la
evolución urbana en acción, al haber pasado de tener un color
claro a otro oscuro durante el apogeo de la revolución
industrial y sus altos grados de contaminación, y al haber
recuperado el color claro cuando se disiparon los peores efectos
de la degradación ambiental. Su caso ha demostrado que un
único cambio en el adn de un organismo, causado por
poderosos condicionantes introducidos por los seres humanos,
puede propulsar un abrupto salto evolutivo. En este capítulo
quiero dar cuenta de otros animales y plantas que han sufrido
rápidos y sorprendentes cambios de aspecto tras haberse
adaptado a un entorno urbano. Pero antes necesito señalar un
último aspecto del melanismo industrial en la mariposa del
abedul: a saber, que se trata de la versión urbana de un proceso
evolutivo por otra parte muy corriente y natural entre las
polillas,
De hecho, Bernard Kettlewell escribió un libro entero sobre
las polillas melánicas. Solo en Reino Unido, docenas de especies
han evolucionado hasta adoptar dos o más tonos distintos de
eris, Y ello no se ha debido a los troncos de árbol tiznados de
hollín, sino a que cada uno de esos tonos se adecua mejor a los
diversos hábitats o las distintas regiones del país. En la carta
que le escribió a Darwin, Albert Farn ya hablaba de estas cosas
cuando se refería a que la mariposa del abedul: “Es casi negra
si se encuentra entre la turba del New Forest; gris si está entre
rocas calizas; casi blanca si se halla cerca de las formaciones de
tiza de Lewes; parda cuando se la ve en suelo arcilloso o en el
terreno rojizo de Herefordshire”. Pero si tuviera que
proporcionar el mejor camuflaje para cada tipo particular de
suelo, la selección natural habría creado distintos genes para el
color de las alas en cada zona. Y si dos zonas se solaparan, la
costumbre de las polillas de alejarse de su comarca y de
aparearse a cierta distancia de donde nacieron habría
diseminado los genes de alas claras en New Forest, o los de
alas negras en Herefordshire, pero sin llegar a confundir los
esquemas de color necesarios para cada zona, ya que las polillas
con el moteado erróneo serían presa fácil de la avifauna local.
Kettlewell también estudió el melanismo “natural” (que él
prefería llamar “melanismo rural” en vez de “melanismo
industrial”), Uno de sus antiguos alumnos, Stephen Sutton,
recuerda que se unió a Kettlewell en 1960 para participar en
una expedición a las islas Shetland, donde estudiaron el
melanismo rural en una polilla llamada rústico otoñal
(Eugnorisma glareosa): “Me tocó montar guardia en las dunas
de arena (fondo blanco) y otros ayudantes se apostaron a
intervalos regulares en el largo trecho que nos separaba de los
malditos páramos de Unst. En mis dunas, [las polillas] eran de
color muy claro, y en cambio muy oscuras en las turberas a
cielo abierto de Unst. Las gaviotas empezaban a buscar comida
con la luz crepuscular de junio y continuaban durante toda la
noche, y resultaba evidente que camuflarse en el entorno era
un factor clave para la supervivencia”.
De modo que la mancha negra de polillas moteadas
melánicas que se extendió por el mapa inglés de finales del
siglo xix y comienzos del xx no se diferenciaba mucho, en
cierta forma, de las manchas que desde tiempo inmemorial les
habían salido a las polillas moteadas en las turberas de New
Forest o a las rústicos otoñales de color negro vivísimo que
vivían en los páramos de las islas Shetland. Probablemente,
todas estas polillas habían evolucionado gracias, por un lado, a
una mutación que les cambiaba la coloración de las alas como,
por otro, a las aves que se basan en la vista para cazar, aunque
la melánica industrial de las mariposas del abedul, también
llamadas polillas moteadas, había evolucionado mucho más
deprisa, ya que el paisaje había cambiado también muy rápido y
de forma drástica. Tan deprisa, de hecho, que hemos visto
cómo ocurrían estos cambios ante nuestros propios ojos.
Esencialmente, la contaminación urbana dio lugar a la
evolución de las polillas de la misma manera -solo que mucho
más rápida-— en que las polillas habían ido evolucionando en
condiciones naturales durante miles de años, con las aves como
intermediarias en el proceso. Pero las propias aves pueden
haberse visto afectadas por la evolución urbana. Para averiguar
lo que ocurrió, deberíamos detenernos un segundo en
Shakespeare.
En la primera parte de Enrique IV, Hotspur se propone
volver loco al rey Enrique haciendo que un estornino repita sin
parar el nombre del cuñado de Hotspur, Mortimer. Y Hotspur
cavila así: “Es más, haré que enseñen a hablar a un estornino, y
que no diga más que 'Mortimer”, y luego se lo regalaré y así
mantendré viva su rabia”. En 1877, esta oscura referencia al
Sturnus vulgaris, el estornino europeo, logró que el ave
obtuviera una plaza en la lista de animales y plantas a las que
se permitiría entrar como inmigrantes en Estados Unidos. En
ese año, a Eugene Schieffelin, un fabricante de químicos, lo
nombraron presidente de la Sociedad de Aclimatación
Americana, un grupo de idealistas que se habían propuesto
“mejorar” Estados Unidos introduciendo “las variedades
foráneas del reino animal y vegetal que puedan resultar útiles o
interesantes”. Y por alguna razón desconocida, la lista que
confeccionó Schieffelin con los animales que veía adecuados
para aclimatarse en América incluía al estornino mencionado
en la obra de Shakespeare.
Schieffelin alcanzó su mayor éxito con los estorninos de
Hotspur. En 1890 y 1891 hizo que le enviaran desde Inglaterra
unas ochenta parejas reproductoras y las soltó en Central Park,
en Nueva York. En vez de dedicarse a repetir nombres de la
realeza, las aves no perdieron el tiempo y ocuparon enseguida
el nicho vacante entre las criaturas aladas que vivían en las
ciudades americanas. Los investigadores han calculado que,
desde el momento de la suelta, se multiplicaron y se
expandieron a una velocidad de unos ochenta y cinco
kilómetros al año, saltando de las ciudades a los pueblos y de
los pueblos a las aldeas. En 1920 ya ocupaban toda la costa
este norteamericana. Al final de la Segunda Guerra Mundial
habían cruzado las grandes llanuras, Para la década de 1960 se
habían establecido en la costa oeste, y en 19783 llegaron a
Alaska. Hoy en América del Norte hay tantos estorninos como
personas.
Puesto a elegir, y espoleado por el mandato shakespeariano,
el Sturnus vulgaris decidió ser en vez de no ser. Pero
establecerse en todas esas ciudades norteamericanas planteaba
erandes exigencias a un cuerpo tan frágil. Y estas exigencias, tal
como demostraron dos estudiosos canadienses, eran diferentes
de las que habían diseñado el cuerpo de los colonizadores
originarios traídos de Inglaterra. Para comprobarlo, los
investigadores consultaron colecciones de aves de ocho museos
de historia natural de Norteamérica y midieron la longitud de
las alas de 312 estorninos, embalsamados a lo largo de los
ciento veinte años que habían pasado desde que los soltaran en
Central Park en 1890,
Pierre-Paul Bitton y Brendan Graham, biólogos de la
Universidad de Windsor en Canadá, descubrieron una cosa muy
interesante. Con el paso del tiempo, las alas de los estorninos
se habían ido redondeando, ya que las plumas secundarias de
vuelo (las que están en la parte baja de las alas y más cerca del
cuerpo) se habían alargado el 4%,
La forma del ala no es algo que la evolución pueda tomarse
a la ligera: está íntimamente vinculada a la existencia del ave.
Las alas puntiagudas son mejores para el vuelo rápido en línea
recta, mientras que las alas cortas y redondeadas son mejores
para hacer giros bruscos y para el despegue rápido. Por eso
mismo, el halcón peregrino, que es un cazabombardero, tiene
las alas puntiagudas, en tanto que una acróbata aérea como la
avefría las tiene redondeadas. Una de las razones por las que
fueron evolucionando los primeros estorninos llegados a
Norteamérica pudo ser la ventaja que las alas redondeadas les
proporcionaban en el movimiento rápido. Conviene tener en
cuenta que, en estos ciento veinte años, la población humana de
la parte occidental de Norteamérica (la parte del continente a
la que se fueron expandiendo los estorninos) se multiplicó por
cincuenta. Cuando los estorninos llegaron tan solo había
pequeños asentamientos urbanos, que fueron desarrollándose
hasta convertirse en metrópolis en unas pocas décadas. Y con
la urbanización llegaron nuevos peligros para las aves: los gatos
y los coches. Es muy probable que fueran estas amenazas las
que provocaron la evolución en la forma del ala del estornino
americano, para que pudiera esquivar los ataques de los gatos o
los vehículos que se abalanzaban a toda velocidad contra ellos.
En el caso de la rápida evolución de los estorninos solo
podemos especular sobre las causas que la provocaron. Pero en
el caso de la golondrina risquera americana las conocemos sin
ninguna duda.
Bendita el ave a la que un o una bióloga le dedica su vida
entera. En el caso de la golondrina risquera americana
(Petrochelidon pyrrhonota), han sido tanto un biólogo como
una bióloga. Desde 1982, Mary Bomberger-Brown y Charles
Brown han pasado los tres meses de la primavera estudiando
las colonias de esa ave en Nebraska. Cuando iniciaron el
estudio, las golondrinas acababan de adoptar el hábito de
construir su nido en forma de calabaza, que antes construían en
saledizos rocosos poco firmes o en las laderas de los barrancos
arenosos, en unos nuevos emplazamientos -firmes y
compactos- situados en los puentes de hormigón de las
autopistas o en los túneles de drenaje de las carreteras. “Les
hemos construido un risco mucho mejor”, explicaba
Bomberger-Brown. A lo largo de estos años, aleunas colonias
han llegado a alcanzar los seis mil nidos construidos en estas
estructuras artificiales. Y cada año, los dos biólogos han hecho
un seguimiento de las colonias: han conducido por las mismas
carreteras durante los mismos días de trabajo de campo, y han
usado mallas especiales para capturar las golondrinas, medirlas
y colocarles anillas de identificación en las patas. También han
ido recogiendo los cadáveres de golondrina que han encontrado
en las carreteras y han tomado medidas como la longitud de las
alas,
Como suele ocurrir en las investigaciones científicas, la
meticulosidad, la dedicación y la pasmosa resistencia al
aburrimiento dieron sus resultados. En un artículo de dos
páginas publicado en Current Biology en 2013, los Brown
reunieron todos los datos que les habían aportado treinta años
de mediciones de alas de golondrinas. En la década de 1980,
cuando las aves acababan de empezar a construir sus nidos en
las estructuras artificiales de las carreteras, todos los pájaros,
vivos o muertos, tenían prácticamente la misma longitud de
alas: 10,80 centímetros. Pero a medida que pasaba el tiempo,
descubrieron que las alas de los pájaros vivos se habían vuelto
más cortas, a razón de unos dos milímetros por década. Podría
parecer un descubrimiento insignificante tras tantos esfuerzos,
si no fuera porque la investigación con las aves muertas
atropelladas demostró exactamente la tendencia opuesta: en la
primera década del nuevo milenio (hasta 2010), las alas de las
aves muertas en carretera eran medio centímetro más largas
que las de las aves vivas que seguían revoloteando sobre la
autopista. Y aunque la densidad del tráfico seguía siendo la
misma o incluso había aumentado, las mediciones demostraron
que el número de aves muertas había descendido en el 90%.
La conclusión es inevitable: solo las golondrinas risqueras
que tuvieran alas lo suficientemente cortas para poder despegar
verticalmente del asfalto cuando se acercaba un vehículo
habían conseguido esquivar el peligro y esparcir sus genes de
alas cortas en la reserva genética. En cambio, las golondrinas
más lentas, las de alas más largas, habían acabado como
exgolondrinas dispersas por las cunetas, con sus genes
excluidos de la reserva genética. A medida que las golondrinas
supervivientes se iban adaptando a esquivar los vehículos, la
cantidad de víctimas iba cayendo en picado.
Al otro lado del Atlántico, en el sur de Francia, el
despiadado asfalto también impulsa la evolución. Y en este
caso no se trata de aves sino de plantas. Pierre-Olivier
Cheptou, un botánico de la delegación en Montpellier del
Centro Nacional de Investigaciones Científicas (cnrs), ha
estudiado las hierbas que crecen en el asfalto urbano. O más
bien en los alcorques de un metro cuadrado donde están
plantados los árboles de las aceras. En uno de sus trabajos,
Cheptou ha escrito lo siguiente: “Estos alcorques están
distribuidos a lo largo de toda la ciudad (los hay a millares) y a
intervalos regulares, a una distancia el uno del otro de entre
cinco y diez metros, dependiendo de la calle”. Y la verdad es
que ahora mismo, mientras desciendo sobre Montpellier en una
nave espacial llamada Google Earth, esos espacios cuadrados de
terreno se ven por toda la ciudad en la pantalla de mi
ordenador. Como trocitos de Versalles, el trazado geométrico
de la rue Auguste Broussonet, de la avenue Henri Marés y del
Chemin des Barques parece un experimento ecológico a escala
urbana. Y así exactamente es como Cheptou y sus colegas lo
han estudiado,
Casi un centenar de distintas especies de plantas crecen en
los alcorques. Una de ellas es la crepis sagrada (Crepis sancta),
que se parece a un diente de león, pero con unas flores
amarillas que se insertan en varios tallos ramificados en lugar
de en uno solo, Igual que el diente de león, la flor de la crepis,
después de la floración, se convierte en una semilla con pelusas
filamentosas. Estas semillas suelen ser pequeñas y livianas y
poseen una delicada sombrilla que actúa como un paracaídas.
Otras semillas, en cambio, carecen de paracaídas y son mucho
más pesadas. Esta dualidad en la apariencia de las semillas es
la forma en que la crepis sagrada se permite nadar y guardar la
ropa en la cuestión de la dispersión de semillas. Las semillas
más pesadas caen enseguida al suelo, donde es seguro que van
a encontrar un terreno fértil al pie de la planta. Pero las
semillas con paracaídas se elevan en el aire con cada ráfaga de
viento o con cada manotazo que les da un niño, y flotan en el
aire hasta que caen en algún sitio muy alejado del suelo
paterno. Con un poco de suerte encuentran un pedacito de
terreno libre.
Esto, al menos, es lo que ocurre con la crepis silvestre. Sin
embargo, en el centro de Montpellier “un poco de suerte” no se
consigue con facilidad. Si se exceptúan unas pocas grietas en la
acera, €sos alcorques llenos de excrementos de perro,
envoltorios de chucherías y colillas de Gauloises son los únicos
lugares adecuados para la germinación de las semillas, Es decir:
aunque la planta logró colonizar el centro de la ciudad por
medio de las semillas desperdigadas con paracaídas que
tuvieron la suerte de aterrizar en un suelo favorable, una vez
colonizadas las calles, las semillas más pesadas que caían
directamente al suelo eran la única posibilidad segura de
reproducción,
Por lo tanto, el desarrollo evolutivo de la crepis urbana le
exigía producir más semillas pesadas y menos semillas con
forma de paracaídas. Y eso es justamente lo que han hecho,
según ha descubierto Cheptou. El biólogo hizo un muestreo de
semillas de crepis recogidas en alcorques del centro de siete
ciudades, Y luego hizo lo mismo con las semillas de las plantas
que crecen en cuatro prados y viñedos diferentes de la campiña
que rodea la ciudad. Luego se las llevó al laboratorio del cnrs y
las cultivó en el mismo invernadero y en las mismas
condiciones.
Cuando las plantas terminaron de florecer, contó las
semillas pesadas y las semillas con paracaídas que había en
todos los lechos de flores. Las plantas urbanas producían como
mínimo 1,5 veces más semillas pesadas que las plantas
silvestres. Y en cuanto al número de semillas con paracaídas,
ocurría justo lo contrario. En otras palabras, en la ciudad las
plantas habían evolucionado sacrificando la producción de
semillas paracaídas en favor de las semillas más pesadas.
Basándose en la pérdida de progenie y en el nivel de
producción de semillas determinado por la genética, Cheptou
calculó que el salto evolutivo debió de tardar unas doce
eerminaciones. Estas plantas germinan una vez al año, y
teniendo en cuenta que las calles que Cheptou usó para su
estudio se habían reasfaltado entre diez y treinta y tres años
antes, eso supone un caso extremadamente rápido de evolución
urbana.
Pero lo que ha hecho la evolución con estas plantas, por
muy urbano y vertiginoso que parezca, no es nada novedoso.
Simplemente, esas crepis de Montpellier se han convertido en
plantas insulares. Los alcorques de un metro cuadrado forman
un archipiélago en un mar impermeable de asfalto y hormigón,
y la evolución de la crepis en materia de semillas imita la
conducta de las plantas que viven en las islas auténticas, a las
que rodea un océano. De hecho en 1980, Martin Cody y Jacob
Overton, de la Universidad de California en Los Ángeles,
descubrieron algo muy parecido en las semillas de otra planta
similar al diente de león, la hierba del halcón (Hypochaeris
radicata), tras estudiarla en veintinueve islas diminutas del
estrecho de Barkley en Canadá. A diferencia de la crepis, estas
plantas producen una única semilla, colgada de un paracaídas.
Pero cuando Cody y Overton midieron el tamaño de la semilla
y el del paracaídas, descubrieron que las plantas insulares
producían semillas mucho más pesadas, y dotadas de
paracaídas mucho más pequeños, que las plantas de la misma
especie que crecían en tierra firme. La explicación es la misma
que para la crepis de Montpellier: las plantas que producían
semillas livianas perdieron su progenie en el mar, de modo que
las castigó la selección natural, que prefería un desarrollo
evolutivo que produjera semillas cada vez más pesadas que
colgasen de unos paracaídas cada vez más enclenques.
Los lagartos anolis también han contribuido con un giro
evolutivo urbano a su ya formidable patrimonio evolutivo
convencional. Solamente superados por las dos mil especies de
peces cíclidos que viven en los grandes lagos africanos, los
anolis del Caribe, América Central y Sudamérica han alcanzado
una de las mayores diversidades evolutivas de los animales
vertebrados, Este ejemplo clásico de “radiación adaptativa” se
ha diversificado en cuatrocientas especies distintas con su
propia especialización y su propio hábitat. Los anolis pueden
ser diminutos, de apenas unos centímetros, o bien llegar a
medir medio metro, Pueden ser de un hermoso color verde o
más bien turquesa, o tener estrías grises y marrones. En cuanto
al hocico, puede ser romo como el del Anolis nitens, o bien tan
largo que le ha granjeado el apodo de “lagarto Pinocho”, como
el anolis cornudo (Anolis proboscis). Algunos son tan robustos
como un camaleón y pueden aplastar la concha de los caracoles
o las pupas de las polillas. Hay elegantes especies acuáticas que
cazan cangrejos de río, y también un sinfín de especies
arbóreas: los anolis que viven en los troncos tienen patas largas
para saltar al suelo y capturar a las presas, los que viven en las
ramas tienen patas cortas que se aferran a las ramitas. Los
habitantes del dosel arbóreo tienen almohadillas en los dedos
para mantener el equilibrio en las hojas resbaladizas. (Aparte
de los geckos, los anolis son los únicos lagartos que pueden
sostenerse colgando de un solo dedo). También hay especies
que viven en un medio de hierbas y arbustos y que tienen patas
muy largas y franjas a lo largo del cuerpo, también muy largas,
así que su aspecto es el de un tallo de hierba. Todos estos tipos
de anolis han evolucionado constantemente en distintas islas.
“¡Lo han hecho por cuadruplicado en las cuatro islas de las
Antillas Mayores!”, exclama Jonathan Losos, de la Universidad
de Harvard, el principal experto mundial en la evolución de los
anolis,
Aunque esta diversificación evolutiva ha tardado cincuenta
millones de años en producirse, ello no significa que los anolis
evolucionen lentamente. En un famoso experimento que se
inició en 1977, los investigadores recolectaron y midieron
ejemplares de Anolis sagrei en la pequeña isla de Staniel Cay,
en las Bahamas, y luego soltaron un puñado de machos y
hembras en catorce islotes de los alrededores en los que no
había anolis. Al cabo de diez años regresaron, atraparon y
midieron a los descendientes de los colonizadores, Descubrieron
que, comparada con la población original de Staniel Cay, los
nuevos colonos habían evolucionado. En general tenían las
patas más cortas y las almohadillas de los pies más grandes, y
en mucha mayor medida si la vegetación de su nuevo hogar era
arbustiva. Y esto era así porque para correr con rapidez sobre
los grandes troncos de los árboles de Staniel Cay, su isla
originaria, los lagartos necesitaban patas largas y almohadillas
muy estrechas. Sin embargo, para desenvolverse entre las
ramitas y las hojas de hierba de los nuevos hogares es muy
importante aferrarse bien a los largos tallos resbaladizos, y la
mejor forma de hacerlo es poseer unas patas largas y unos
dedos pegajosos. (Todo eso se confirmó en el laboratorio
cuando se hizo un experimento persiguiendo a los lagartos por
varias pistas en pendiente de diversa amplitud).
El experimento de Staniel Cay demostró que los lagartos
anolis pueden evolucionar muy deprisa. Pero ¿con qué rapidez?
Los biólogos evolutivos han creado una unidad para medir la
rapidez evolutiva: el darwin. Un darwin viene a ser un aumento
o una disminución del 0,1% por cada mil años. Los lagartos de
Staniel Cay evolucionaron a razón de una cifra que va de los 90
a los 1.200 darwins (lo que equivaldría aproximadamente a 1,2
kilodarwins, si preferimos usar esa imagen mental). No es el
récord del mundo, pero se trata de una cantidad impresionante
en términos evolutivos,
Estos descubrimientos han abierto nuevas perspectivas para
el estudio de la evolución urbana. Y hay que tener en cuenta
que los anolis no evitan las ciudades, como ha demostrado otra
investigadora, Kristin Winchell. Winchell decidió estudiar el
anolis crestado de Puerto Rico (Anolis cristatellus), un pequeño
anolis adaptado al tronco de los árboles que se da en toda la
isla de Puerto Rico, tanto en el campo como en la ciudad. Para
el estudio, Winchell eligió varias zonas residenciales en tres de
las mayores ciudades de la isla, y luego escogió un bosque
situado al final de todas estas urbanizaciones para comparar.
En cada uno de estos seis emplazamientos atrapó cincuenta
lagartos con un lazo de seda en miniatura —como un lazo de
cowboy colocado en la punta de una caña de pescar—, luego les
arrancó un pedacito de la cola, los metió en una máquina
portátil de rayos X, les examinó los pies en un escáner de cama
plana y anotó una cifra minúscula en las escamas. Después, los
atónitos lagartos volvieron a su percha originaria (y
probablemente todavía estén contándoles a sus nietos lo que les
ocurrió aquel día en que los abdujeron los extraterrestres).
El estudio de Winchell (publicado en Evolution en 2016)
aportó una prueba incontestable de evolución urbana: los
lagartos urbanos tenían los miembros más largos y también
más lamelas en la parte inferior de las almohadillas. Y aun así,
el adn extraído de las colas mostró que los lagartos urbanos de
cada ciudad estaban más emparentados con los lagartos del
bosque autóctono que con los de otras ciudades. Por lo tanto,
habían evolucionado independientemente pero de manera
similar en los tres casos. Para comprobar que las diferencias en
los miembros y en las almohadillas fueran realmente genéticas,
Winchell se llevó un centenar de lagartos urbanos y lagartos del
bosque a su laboratorio de Boston, esperó a que pusieran
huevos y dejó que la progenie creciera en las mismas
condiciones. Al examinar a las nuevas crías expatriadas, se vio
que las de padres urbanos tenían las patas más largas y más
lamelas en las almohadillas que la descendencia de los lagartos
de bosque, lo que demostraba que las diferencias se hallaban en
el adn, y no se debían únicamente a su crecimiento en el medio
urbano,
En resumidas cuentas, este trabajo de investigación
demuestra que los lagartos urbanos se han adaptado a las
perchas urbanas, que por lo general son paredes en las que,
para evitar el peligro, deben correr más deprisa que cuando
están en un tronco. Además, las perchas urbanas suelen ser
muy lisas (muros de hormigón o de metal), lo que exige unas
almohadillas más resistentes para poder aferrarse bien. De
hecho, una década antes, otros investigadores ya habían
descubierto que los lagartos urbanos se caían más a menudo (y
sobre unas superficies mucho más duras) que los lagartos de
bosque, lo que provocaba más heridas e incluso más muertes,
Para ellos también vale decir que la mayor parte de los
accidentes son domésticos.
Los lagartos anolis, las crepis, los estorninos y las
eolondrinas risqueras nos demuestran que la evolución urbana
ocurre muy deprisa y puede observarse claramente. Aunque en
los siguientes capítulos veremos que la evolución urbana
también puede ser compleja, tortuosa y opuesta a todo lo que
nos dice la intuición. Pero antes debemos prestar un poco de
atención al tema de la fragmentación. ¿Cómo puede imponerse
la evolución si todas las barreras que creamos en las ciudades
cortan y despedazan en fragmentos minúsculos las reservas
enéticas?
Ratón de ciudad, ratón de campo
Unas agujas largas y afiladas salen de las cabezas de mármol
de la Reina Matilde, María i de Escocia y todas las demás
estatuas del Jardín de Luxemburgo, en el centro de París,
Aunque esto pueda hacernos creer que todas están conectadas
por vía inalámbrica a la nave nodriza de la aristocracia
francesa que orbita en el cielo, las “antenas” se han colocado
para evitar que las aves del parque se posen sobre las estatuas
y cubran sus testas coronadas de innobles deyecciones. Así y
todo, una cotorra de Kramer indiferente a la amenaza se posa
en la cabeza de la reina Berta, suelta sus heces insolentes sobre
sus mejillas y sale volando para unirse a una ruidosa bandada
de cotorras que revolotean en zigzag entre los altos plátanos de
sombra.
¿Cotorras en París? Podría ser el título de un hipnótico
cuadro de Matisse, pero desde la década de 1970 se trata de
una imagen muy realista en la capital francesa. De hecho, la
cotorra de Kramer (Psittacula krameri) es una de las aves que
más éxito ha tenido en la invasión de las ciudades europeas (y
en menor escala, de las ciudades de Japón, América del Norte,
Oriente Medio y Australia). Originaria de la India y de África,
esta cotorra de color verde vivo, pico rojo y cola muy larga (y
en los machos, con un collar negro-rosáceo y una cola azul
celeste), ha sido una especie muy solicitada a lo largo del siglo
xx en el comercio de mascotas exóticas. Las cifras de ventas
han sido tan apabullantes (desde la década de 1980 se han
importado a Europa unos cuatrocientos mil ejemplares) que las
poblaciones originarias en los trópicos han disminuido, y por
otro lado, la especie se ha establecido en todas las ciudades de
Europa a partir de los inevitables escapes de aves que han ido
formando colonias cada vez más numerosas.
Las cotorras han recibido un trato de gran indulgencia en
varias ocasiones memorables. Se dice que Jimi Hendrix soltó
una pareja en Carnaby Street, en Londres, a finales de los años
sesenta, que contribuyó a crear la enorme población de cotorras
que hay ahora en Londres. Y al liberar a cuarenta cotorras en
Bruselas, en 1974, “porque a Bélgica le hace falta un poquito de
color”, el dueño de un zoo fundó él solito la población actual,
que alcanza las treinta mil aves, de las cuales unas cuatro mil
duermen cada noche en la calle De Neck, Tanto verde, rojo,
naranja, amarillo y azul quizá sea demasiado color para lo que
tenía en mente Guy Florizoone, el director del zoo que las soltó
en primer lugar.
lgual que el cuervo indio, la cotorra de Kramer es otro
ejemplo clásico de ave tropical que se ha convertido,
aparentemente sin esfuerzo alguno, en un ave urbana del norte
de Europa. Estas aves se aprovechan de las islas de calor que
crean las ciudades y del hecho de que en invierno abunde la
comida (en especial les gustan los cacahuetes que la gente deja
a la vista para otras aves más pequeñas). También les ha
beneficiado que su hábitat originario incluyera las estribaciones
del Himalaya, lo que las ha ayudado a adaptarse a los climas
fríos. Gracias a estos factores, las ruidosas y veloces bandadas
de cotorras constituyen ahora una imagen habitual para casi
todos los urbanitas europeos. En París las veo pelear por los
troncos huecos de Versalles y Zigzaguear en grupos
estruendosos por el cielo crepuscular del Boulevard
Montparnasse, cuando vuelan hacia su retiro nocturno
preferido en el parque Montsouris. Revolotean por el Jardin
des Plantes y por entre los plátanos del Jardín de Luxemburgo.
Ariane le Gros, bióloga del Museo Nacional de Historia
Natural, dice: “Cada vez ocupan más y más parques de París
porque la población se expande muy deprisa”.
Le Gros está entre los biólogos que han empezado a estudiar
cómo se estructuran las reservas genéticas de las especies
urbanas, y para ello usa una técnica llamada “filogeografía”. La
filogeografía se inició en la década de 1980 con el propósito de
hacer un seguimiento de la historia evolutiva de las poblaciones
naturales de animales y plantas. Suele consistir en examinar un
vasto número de marcadores genéticos, esos segmentos
variables en el adn de las especies, en un gran número de
ejemplares procedentes de las diversas áreas de distribución de
una misma especie. Los filogeógrafos usan esa valiosa
información sobre la herencia genética para rastrear la historia
de la especie, y así se puede calcular la ruta más probable de
colonización, o bien se puede averiguar si se han registrado
descensos de población en algún momento del pasado, y si es
así, en qué momento exacto. Por ejemplo, aunque no se hubiera
hallado ni un solo fósil humano, el análisis filogeográfico del
adn humano actual podría revelarnos que evolucionamos en
África, las rutas que seguimos para colonizar el resto del
mundo, qué montañas y desiertos obstaculizaron nuestro
camino, y cuántos colonizadores participaron en cada fase
migratoria. También nos diría en qué momento del pasado
tuvieron lugar estas fases. Y nos diría además que la reserva
genética del norte de Europa está muy mezclada, debido a una
larga historia de viajes e intercambios comerciales y
entrecruzamientos entre gentes de diversos continentes. En
cambio, el interior de Nueva Guinea mostraría un patrimonio
genético mucho más fragmentado a causa de la
impenetrabilidad del terreno montañoso y selvático. En otras
palabras, la filogeografía es una forma de analizar el pasado de
una especie a través de sus genes actuales,
En estos últimos tiempos los filogeógrafos han empezado a
estudiar las especies de las ciudades. Analizando el adn de la
flora y la fauna urbanas, pueden despejarse ciertas incógnitas
que no se resolverían de ninguna otra manera. Lo que Ariane le
Gros quería averiguar, por ejemplo, era de dónde venían las
cotorras de París, y también si formaban una única población
variada o si se distribuían en varias tribus distintas. Para
descubrirlo, capturó unas cien cotorras en jardines cercanos al
Parc de Sausset, al norte de París, y en el Parc de Sceaux, al
sur de la ciudad. Le Gros tomó muestras de adn de la sangre y
de las raíces de las plumas del pecho, y las usó para obtener
dieciocho “marcadores” cromosómicos que le sirvieran para
realizar su estudio.
Para su sorpresa, Le Gros descubrió que las cotorras del sur
de París son tan distintas de las del norte como lo son de las
de otras ciudades europeas, lo que le permitió llegar a la
conclusión de que las cotorras de París procedían de al menos
dos linajes distintos. Eso supone que las cotorras se escaparon
o fueron puestas en libertad al menos dos veces en París, o
bien —aunque esa hipótesis es menos probable que una o las
dos estirpes llegaron desde otro lugar (las cotorras del norte de
París son muy parecidas a las de Marsella, mientras que las del
sur tienen un genoma único en Europa). Sea como fuere, lo que
resulta evidente es que no se mezclaron mucho desde que se
aposentaron en sus nuevos barrios de la ciudad. Esto puede
parecer sorprendente, dado que las aves vuelan a gran
velocidad y pueden recorrer fácilmente los veinte kilómetros
que las separan,
Pero esto no es del todo cierto, dice Le Gros. A pesar de
que estas aves pueden volar unos quince kilómetros al día, no
les gusta cruzar las zonas habitadas porque, a diferencia de
muchas otras especies urbanas, ellas solo pueden vivir en los
árboles. Los necesitan como percha nocturna, ya que sus patas
no están hechas para adaptarse a las superficies rocosas, como
las de las palomas. Y también los necesitan para construir sus
nidos, ya que se empeñan, incluso en la ciudad, en anidar en
troncos huecos y en las oquedades de los árboles. En una
ciudad de piedra como París, en la que hasta las zonas
ajardinadas como la Place des Vosges, en las Tullerías, no
tienen más que unos pocos senderos de arena y unas escasas
hileras de árboles polvorientos —muy poca cosa para una zona
verde—, es difícil encontrar un hábitat adecuado. Y los
kilómetros de paisaje urbano sin árboles que separan los
parques de París en los que las cotorras sí se sienten como en
su casa son lo suficientemente disuasorios para impedir que las
poblaciones de la ciudad se crucen genéticamente.
Y si eso pasa con las aves, imaginemos lo que ocurre con
animales urbanos mucho más pegados al suelo, para quienes el
fenómeno de la fragmentación genética se intensifica. El lince
rojo (Lynx rufus), por ejemplo. Este lince pertenece a la
especie más pequeña de las cuatro que están presentes en
Norteamérica. Tiene más o menos el doble de tamaño que un
gato doméstico, y aunque en el pasado —y todavía ahora- fue
objeto de caza intensiva, tanto por deporte como para la venta
de su suave pelaje delicadamente moteado, el lince rojo ha
logrado sobrevivir y en estos últimos años se está
reintroduciendo. Y así, están apareciendo más y más linces
rojos en las afueras de las ciudades, donde a veces los perros
los persiguen hasta los troncos de los árboles. Hasta se están
atreviendo a penetrar de vez en cuando en el centro de la
ciudad, aunque su hábitat favorito es el lindero del bosque
donde abundan los conejos y los roedores.
En el sur de California, la bióloga de la vida salvaje Laurel
Serieys emprendió un estudio filogeográfico de los linces rojos
que viven en Los Ángeles y en las zonas del norte y del
noroeste de la ciudad. Estas zonas son una vasta extensión de
urbanizaciones, campos de cultivo, colinas llenas de vegetación
y áreas residenciales. Y por supuesto, de carreteras: montones y
montones de carreteras. La zona de 50 por 90 kilómetros que
estudió Serieys está dividida en cuatro cuadriláteros por el
trazado de dos de las autopistas que tienen más tráfico de
Estados Unidos: la ruta 101, que va de este a oeste, y la
interestatal 405, que va de norte a sur. Entre las dos, estas
autopistas de diez carriles, en las que se filman muchas
persecuciones automovilísticas de Hollywood, soportan el
tráfico de unos setecientos mil vehículos diarios, que se
desparraman en Otras muchas carreteras secundarias y
terciarias distribuidas por la zona. Pero lo que Serieys
descubrió es que estas arterias, aunque conectan a la población
humana, también están desconectando a las diversas
poblaciones de lince rojo.
Usando un arsenal de trampas que no fueran dañinas para
los animales (trampas almohadilladas, jaulas y trampas para
ratas vivas), y recogiendo muestras de animales atropellados,
Serieys y sus colegas extrajeron muestras de adn de unos
cuatrocientos linces rojos que vivían en la zona. El genoma de
los linces reveló que las carreteras determinan el hábitat. Los
linces del margen oriental de la interestatal 405 y del lado sur
de la ruta 101, en el extremo septentrional de Los Ángeles
(Beverly Hills, Hollywood y los alrededores del Hollywood
Bowl) formaban una tribu, muy distinta genéticamente de los
que vivían al norte de la ruta 101, residentes en la ciudad
planificada de Thousand Oaks, que hasta 1969 albergó el
rancho Jungleland donde se filmó Tarzán. Y a su vez, los linces
rojos de Thousand Oaks presentaban diferencias genéticas con
respecto a los que vivían al sur de la ruta 101, solo que al oeste
de la Interestatal, en las montañas no urbanizadas de Santa
Mónica.
Los linces rojos no saben cruzar las autopistas, pero sí son
capaces de cruzar con facilidad otras carreteras más pequeñas.
Por lo tanto, la estructura genética de su población está
determinada únicamente por la existencia de autopistas. Pero
hay mamíferos más pequeños, como los ratones, que ni siquiera
pueden cruzar una calle muy estrecha. En Nueva York, el
z0Ólogo Jason Munshi-South, de la Universidad Fordham, se ha
ganado un eran prestigio al cartografiar la estructura
filogeográfica exacta de los ratones silvestres que viven en la
ciudad.
Cuando conocí a Munshi-South, en 2005, era un delgado
ecólogo de bosques tropicales que hacía su doctorado sobre
pequeños mamiferos selváticos en la misma universidad del
Borneo malayo donde yo trabajaba. Ahora, cuando vuelvo a
hablar con él —a través de Skype- en 2017, me encuentro con
un hombre muy distinto. Ha sustituido el atuendo de
explorador tropical por un jersey con camisa, la actitud
relajada del trópico por la contundencia de una barba urbana, y
conversa conmigo desde el respetable escritorio de roble de su
despacho en Fordham. Pero la parafernalia rodentológica que
ocupa la pared de atrás delata que sigue siendo un zoólogo de
campo; solo que ahora el “campo” ya no es el bosque tropical,
sino los parques de Nueva York,
“Al principio fue solo un proyecto marginal —me dice al
hablarme del comienzo de su investigación sobre el ratón de
patas blancas (Peromyscus leucopus), que inició en 2007-.
Conocí a unos profesores que daban una conferencia sobre la
ciencia urbana y los pequeños mamíferos de Nueva York, y así
fue como empecé a interesarme. Luego reuní un grupo de
estudiantes y aquel mismo verano empecé a poner trampas”.
El ratón de patas blancas (de grandes ojos negros y acuosos,
y pelaje marrón grisáceo con vientre y patas de un blanco
deslumbrante) —nos recuerda Munshi-South- “no es el ratón
que vemos corretear por nuestros apartamentos. Este ratón es
una especie autóctona que ya vivía aquí mucho antes de que
llegaran los seres humanos”, Hace cien o doscientos mil años,
en la época que Eric Sanderson ha recreado en el Proyecto
Manhattan del que hemos hablado en el capítulo i, toda el área
de Nueva York estaba cubierta de bosques y praderas y había
ratones de patas blancas por todas partes. Seguramente estos
ratones formaban una especie continua, con una reserva
genética bien mezclada en la que el adn fluía con libertad,
como todavía ocurre en las áreas no urbanas de la costa este de
Norteamérica. En la Nueva York de comienzos del siglo xxi, lo
único que queda de los ratones de patas blancas y de su hábitat
originario son las poblaciones que viven en esos parches
aislados donde sigue habiendo vegetación y que reciben el
nombre de parques. Los más grandes son Central Park en
Manhattan y Prospect Park en Brooklyn, pero estos ratones
también viven en parques pequeños como el Willow Lake de
Queens.
Aunque estén encarcelados (solo se desplazan fuera si
pueden ocultarse entre la vegetación, pero los parques no
suelen estar conectados por vías verdes), los ratones no viven
nada mal, sobre todo en los parques pequeños en los que no
hay predadores como búhos oO zorros. “Tampoco hay
competidores directos —dice Munshi—, como los ciervos [...] que
destruyen el sotobosque allí donde la población es abundante,
lo que reduce muchísimo los recursos alimenticios de los
ratones de patas blancas. Pero en la ciudad casi no tienen
competidores”.
En consecuencia, los parques de Nueva York tienen una
buena población de ratones de patas blancas, y esto ha sido así
desde que todos estos parques quedaron aislados por el gran
crecimiento urbano a finales del siglo xix. Munshi-South y sus
estudiantes, tras atrapar cientos de ratones en jaulas con
trampas para pájaros distribuidas a lo largo de catorce parques,
han descubierto que estos ciento veinte años han sido
suficientes para que los ratones de cada parque desarrollen un
adn específico. Al capturar un ratón, le cortaban un centímetro
de la punta de la cola y volvían a soltarlo. Ese corte no dañaba
demasiado al animal y suministraba el tejido suficiente para
llevar a cabo el estudio. Las pruebas demostraron que la
población de ratones de cada parque, incluidos los que estaban
muy cerca el uno del otro, poseía su propia firma genética. Eso
es algo que solo ocurre en la vida salvaje en áreas mucho más
extensas, del tamaño de un estado. “Si alguien nos traía un
ratón sin decirnos de dónde era, nosotros podíamos adivinar al
instante de qué parque venía. Así de distintos se han vuelto
unos de otros”, dice el investigador.
Lo que el caso de los ratones de patas blancas de Nueva
York demuestra, como ocurre con los linces rojos de Los
Ángeles y las cotorras de París, es que el medio urbano está
tan compartimentado que las reservas genéticas de la vida
silvestre adaptada a la ciudad se fragmentan en una multitud
de segmentos diminutos. Eso no resulta nada sorprendente en
un mundo que tiene treinta y seis millones de kilómetros de
carreteras asfaltadas, y en el que en una quinta parte de la
superficie terrestre la densidad de carreteras es tan alta que no
quedan zonas libres que midan más de un kilómetro cuadrado,
Por lo general, son esas largas barreras en línea recta que
forman las carreteras asfaltadas —junto con las vías férreas y
las pasarelas peatonales, con el tráfico que transportan y los
edificios que las bordean— las que segmentan las reservas
yenéticas, impidiendo que los animales o las plantas se crucen
con plena libertad.
En ocasiones, es la infraestructura misma la que forma el
hábitat de una especie, como en el caso del mosquito del metro
de Londres del prólogo, en el que cada línea del subterráneo
tiene su propia población de mosquito. O como la araña de
patas largas (Pholcus phalangioides) que Martin Scháfer, de la
Universidad de Bonn, estudió en los edificios de cinco ciudades
europeas. Schifer descubrió que las arañas que vivían en
distintas habitaciones dentro de un mismo edificio formaban
una única reserva genética, pero que cada edificio tenía la suya
propia: las arañas cambiaban de habitación, pero no de edificio.
La opinión tradicional entre los biólogos es que la
fragmentación de la reserva genética es perjudicial para la
supervivencia de la especie, ya que estas poblaciones aisladas y
reducidas presentan un alto índice de endogamia: el
apareamiento se produce entre familiares y si un familiar tiene
un defecto genético, lo más probable es que el otro también lo
tenga y ambos lo trasmitan a su descendencia común. Al
mismo tiempo, la variedad genética tiene más posibilidades de
desaparecer por circunstancias fortuitas: si el 5% de una
población animal lleva una misma variante genética, el 5% de
una población extensa puede suponer varios cientos de
ejemplares. No es muy probable que todos esos ejemplares se
extingan sin dejar descendencia. Pero en una población
diminuta, de apenas una docena de ejemplares, los pocos que
llevan ese gen, si se produjera una desgracia fortuita, podrían
dejar de reproducirse en un año concreto, lo que supondría que
ese gen singular se fuera con ellos a la tumba. Esa tendencia en
los genes de una pequeña población a volverse más y más
uniformes se llama “deriva genética”. La deriva y la endogamia
deterioran la “salud genética” de una población. Las
enfermedades genéticas pueden hacerse endémicas y la pérdida
de variabilidad puede suponer que la población no sepa
adaptarse a las nuevas condiciones de vida si estas cambian.
De ahí que los conservacionistas se empeñen en establecer
corredores que conecten las poblaciones de especies
amenazadas. Y explica también por qué hay especies que no
pueden sobrevivir en el entorno compartimentado que crean las
ciudades. Pero mientras estas especies sigan sobreviviendo, el
azar de la deriva y de la endogamia ocasiona que cada
población aislada disponga de una mezcla diferente de genes. Y
así es como se puede detectar el rastro de la fragmentación
enética al explorar el genoma de los linces rojos, las cotorras,
los ratones de patas blancas y cualquier otra especie cuya
reserva genética ya no esté desparramándose, feliz, por el
mundo.
Según Munshi-South, no sucumben todas las especies que
tengan fragmentada su reserva genética. “Hay otras especies,
sobre todo las especies en que nunca pensamos porque están
siempre ahí, [...] que me parecen muy interesantes”. Sus ratones
de patas blancas son una de estas especies supervivientes. A
pesar de estar tan divididas que cada parque tiene su propia
firma genética, las poblaciones de ratón no parecen estar
sufriendo las secuelas de la endogamia ni de la deriva. Por el
contrario, parecen prosperar. “Creo que las especies que pueden
alcanzar densidades de población relativamente elevadas en
ciertos lugares de la ciudad por lo general sobreviven bien”.
La razón por la cual la población de ratones de cada parque
posee un distintivo genético propio, dice Munshi-South, no
consiste únicamente en que sean endogámicas o en su deriva,
sino también a lo que él llama la “adaptación local”. Cada
parque posee su propio grupo aislado de ratones. Y dado que
los ratones no se mueven de allí, nada les impide evolucionar
de acuerdo con las condiciones locales,
Para estudiar esta atractiva hipótesis, Munshi-South y su
alumno Stephen Harris emprendieron un proyecto novedoso.
Capturaron ratones en varios parques de Nueva York y también
en algunas zonas rurales fuera de la ciudad. El propósito del
estudio no era buscar al azar unos cuantos marcadores en el
genoma, sino estudiar un gran número de genes en activo en los
órganos de los roedores. Por deseracia, los ratones de la
muestra tuvieron que sacrificar por el bien de la ciencia urbana
algo más que la punta de la cola. Así que los investigadores
mataron a todos los ejemplares capturados, les extirparon el
hígado, el cerebro y las gónadas, y extrajeron de esos órganos
todo el arn mensajero. El ácido ribonucleico mensajero (arnm)
es lo que está trascrito en un gen antes de que el gen use su
código para producir una proteína. Por lo tanto, la reserva de
arnm extraída de un organismo revela qué genes se están
usando en un cuerpo y cuál es su código exacto de adn.
Después, con esta gigantesca reserva de información
genética, fueron seleccionando todos los genes que se
diferenciaban más, entre un parque y otro, de lo que era
atribuible al puro azar, ya que esos genes eran los que parecían
haber evolucionado en diferentes direcciones por estar en
distintos parques. En Central Park, por ejemplo, los ratones
tenían un gen anómalo akr
: Este gen se encarga de neutralizar la aflatoxina, una
sustancia tóxica y cancerígena producida por un hongo que
suele crecer en los frutos secos y en las semillas. Por alguna
razón (¿quizá comida desechada?), los ratones de Central Park
parecen estar más expuestos a esta sustancia. Otro gen que
había evolucionado de forma sorprendente era el fadsl, que
interviene en el control de las dietas ricas en grasa, lo que
demuestra que estos ratones de patas blancas habían
evolucionado para adaptarse a la dieta típica de Central Park,
Otros genes de otros parques eran llamativamente distintos, y
casi todos estaban relacionados con el control de la dieta, o
bien con la contaminación. También había diversos genes
relacionados con la inmunidad, cosa lógica, según Munshi-
South, “porque es muy fácil que las enfermedades se propaguen
en una comunidad tan reducida”.
Insertemos ahora un plano de los linces rojos de Hollywood.
Allí donde la población está segmentada por el trazado de las
autovías, cada grupo parece haber desarrollado su propio
sistema inmunológico. Entre 2002 y 2005, los linces rojos de la
ciudad de Thousand Oaks, separados del resto de la población
por la ruta 101, sufrieron una epidemia de sarna, enfermedad
cutánea causada por ácaros parasitarios. Las investigaciones del
Servicio de Parques Nacionales demostraron que la enfermedad
atacaba a los linces que ya se estaban débiles a causa de los
raticidas domésticos y los plaguicidas, ampliamente utilizados.
Los roedores muertos servían de alimento a los linces, lo que
afectaba su sistema inmune, volviéndolos más susceptibles a
contraer la sarna. Esta enfermedad puede ser letal a largo
plazo, y de hecho lo fue para tantos linces que impulsó un
proceso vertiginoso de selección natural, ya que en muy pocos
años el índice de mortalidad cayó del 80% a solo el 20, El
sistema inmune de la población evolucionó tan deprisa que la
señal genética se pudo detectar en los datos recogidos por
Laurel Serieys. La investigadora descubrió que los linces
capturados antes de la epidemia de sarna tenían un porcentaje
muy distinto de genes mhc y tlr que los linces capturados
después de la epidemia. Esos genes producen proteínas que
reconocen los microorganismos que causan enfermedades,
como los ácaros o las bacterias que se introducen en la piel
después de que los ácaros la hayan perforado. Por lo que
parece, solo los linces rojos que tenían la combinación
adecuada de genes inmunes sobrevivieron al ataque y pudieron
seguir adelante, cosa que cambió la composición genética de la
población de linces de ese territorio en concreto,
Eso, por supuesto, si damos por hecho que la epidemia de
sarna afectó a los linces que vivían al norte de la ruta 101
porque ya estaban debilitados por la deriva genética y por la
endogamia. Pero al mismo tiempo, al tratarse de una población
reducida, los linces pudieron adaptarse muy rápidamente a los
desafíos que les presentaba un hábitat concreto. Y eso no
habría sido posible en una población mucho más numerosa, ya
que los genes no adaptados habrían llegado por todas partes.
Lo mismo ocurrió con los ratones de patas blancas: adaptarse
al medio especifico de Central Park solo es posible si los
ratones de Central Park están lo bastante aislados de los
ratones que viven en otros parques. Incluso en París, las
cotorras que viven al norte de la ciudad presentan pequeñas
diferencias en la forma de la cabeza y en las alas con respecto
a las que viven al sur de la ciudad. Eso puede deberse a que las
aves que fundaron esas colonias eran distintas, pero también
podría deberse a que unas condiciones ligeramente diferentes
en los distintos barrios de la ciudad han obligado a la población
a adaptarse al nuevo medio,
Para Munshi-South, resulta muy tentador cambiar de
enfoque y dejar de considerar la fragmentación genética como
un flagelo para la vida silvestre urbana, y empezar a verla en
cambio como una oportunidad para que cada segmento de la
población se adapte a las necesidades de cada zona. “Es una
cuestión muy interesante —dice-, Ahora mismo, lo que quiero
hacer es examinar un amplio espectro de la población, tanto en
la ciudad como en la zona de transición que lleva a las áreas
suburbanas y rurales, para ver si la adaptación local puede
considerarse un fenómeno común a todas las poblaciones de
Nueva York, Y una vez que tengamos la tecnología adecuada,
podremos estudiar el mismo fenómeno en todas las demás
ciudades. Creo que la ecología urbana debería moverse hacia
ahí, Es una pregunta trascendental que todavía no ha
encontrado una respuesta incontrovertible”.
Envenenar palomas en los parques
Douglas Adams, en Hasta luego, y gracias por el pescado (el
cuarto volumen de su divertidísima y famosa trilogía sobre el
autoestopista galáctico), describe en aleún lugar el sueño que
tiene su protagonista, Ford Prefect, sobre el East River de
Nueva York, “tan estrafalariamente contaminado” que está
creando nuevas formas de vida que ahora ya exigen ayudas
sociales y derecho de voto. Me gustaría pensar que el difunto
Adams, que era zoólogo aficionado y conservacionista, se
habría emocionado al comprobar cómo la realidad se va
acercando a sus visiones de ciencia ficción.
Aunque muchos países actuales estén cambiando sus
pésimos hábitos y ya estén empezando a prohibir el uso
arbitrario de elementos contaminantes, debemos asumir el
hecho de que jamás podrá evitarse la contaminación en un
entorno humano. La densidad y la intensidad del vasto abanico
de las actividades humanas entrañan ¡inevitablemente la
emisión de sustancias en concentraciones demasiado elevadas.
Y aunque los contaminantes más tóxicos se están sustituyendo
por otros menos perjudiciales, y aunque su uso se está
regulando en la medida de lo posible, los animales y las plantas
silvestres que vivan en un entorno urbano se enfrentarán a un
conjunto de elementos químicos más denso y más variado que
el que deben afrontar sus hermanos que vivan en zonas no
contaminadas. Y todas estas circunstancias pueden suponer
serios obstáculos para el buen funcionamiento fisiológico de
animales y plantas.
En consecuencia, resistir a una eran variedad de
contaminantes que siempre están cambiando es uno de los
mayores requisitos para la supervivencia de las especies
urbanas. Hace más de medio siglo, cuando Rachel Carson
escribió las primeras páginas de Primavera silenciosa, su
diatriba de 1962 contra los pesticidas, que ahora ya se ha
convertido en un libro de cabecera, no había ninguna razón
para sentir algo que no fuera un pesimismo absoluto con
respecto a este asunto. Carson escribió en su libro:
Si se le da tiempo —un tiempo no medido en años sino en
milenios—, la vida siempre consigue adaptarse [...]. El tiempo es
el elemento esencial [...] Pero la celeridad de los cambios y la
rapidez con que se crean nuevas situaciones sigue el impetuoso
e irreflexivo ritmo del hombre más que el prudente ritmo de la
naturaleza [...]. Adaptarse a estos productos químicos requeriría
un tiempo ajustado a la escala de la naturaleza; no requeriría
los años de la vida de un hombre, sino las vidas de muchas
generaciones.
Pero hoy sabemos que la naturaleza, en lo que se refiere a
las sustancias contaminantes, no está tan indefensa como creía
Rachel Carson. La polución más nociva puede hacer que las
especies evolucionen de forma que les permita salir indemnes
de la ciénaga tóxica, ya que muchos animales y plantas han
conseguido hacer lo mismo que los ratones de patas blancas de
Nueva York. Es decir, apañárselas para recomponer su
mecanismo fisiológico si la polución intenta destrozárselo,
Un caso muy conocido de animal que ha conseguido
recomponer su engranaje interno para enfrentarse a la polución
es el fúndulo, un pez que tiene un nombre que podría haber
surgido de la mente de Douglas Adams, sobre todo porque fue
el primer pez enviado a una misión espacial. Conocido por los
ictiólogos como Fundulus heteroclitus, el fúndulo es un pez
vigoroso de aguas salobres que tiene el tamaño de un dedo
índice, con hermosas bandas transversales plateadas sobre el
lomo pardo aceitunado. Vive en la costa este de Norteamérica,
por lo general en estuarios y marismas, desde Florida hasta
Nueva Escocia. Un hábitat tan vasto en el que demuestran su
tolerancia y resistencia, características por las cuales ha sido
objeto de estudio desde finales del siglo xix. En 1973 incluso se
incluyó el fúndulo entre los pasajeros del Skylab, con objeto de
que participara en los experimentos sobre el equilibrio y la
orientación con gravedad cero.
La naturaleza también ha hecho sus propios experimentos
con el fúndulo. Ya que su área de distribución incluye algunas
de las ciudades más grandes de Norteamérica y los puertos más
activos, este pececillo ha tenido que soportar una buena
cantidad de contaminación. Vive en los fondos limosos del
puerto de New Bedford, en Massachussets, y en el puerto de
Bridgeport, la mayor ciudad de Connecticut: dos lodazales
industriales cuyas aguas contienen hasta veinte miligramos de
policloruros de bifenilo (pcb) por kilo de sedimento, como
resultado del vertido descontrolado, durante una gran parte del
siglo xx, de los desechos industriales directamente al mar.
Veinte miligramos pueden parecer poca cosa, pero los pcb, una
vez usados ad libitum en los lubricados, en los procesos de
enfriamiento y de impresión, así como en otras muchas
actividades industriales, forman una de las sustancias más
tóxicas y más duraderas producidas a lo largo del siglo xx. Las
aguas urbanas en las que vive el fúndulo también contienen
otros compuestos de nombre melodioso pero de consecuencias
malignas, como los hidrocarburos aromáticos policíclicos (pah).
La razón de que los pcb y los pah resulten tan nocivos es
que se acoplan con una proteína llamada ahr (receptor de
hidrocarburos de arilos). Y estas proteínas, tanto en los seres
humanos como en los peces, actúan como interruptores que
ponen en marcha o interrumpen los programas de desarrollo de
embriones. Cuando un animal se enfrenta a altos índices de peb
y pah, estas moléculas alteran constantemente el ahr, así que
los programas se activan demasiado pronto o no consiguen
activarse a tiempo cuando es necesario. Las consecuencias de
todo ello son las malformaciones congénitas, sobre todo los
problemas de desarrollo del corazón o de los vasos sanguíneos.
Las crías de fúndulo expuestas a los pcb suelen presentar
hemorragias en la cola y un corazón hiperdesarrollado (o por el
contrario, atrofiado), de modo que suelen morir antes de llegar
a la edad adulta. De hecho, los fúndulos son una de las especies
de peces más sensibles a los efectos de la contaminación por
pcb y pah.
Pero estamos hablando únicamente de la media de las crías
del fúndulo. Porque los fúndulos que viven entre los lodos
contaminados de Bridgeport o de New Bedford (y al menos en
otras dos ciudades portuarias de la costa este norteamericana
que presentan índices muy altos de contaminación) no forman
parte de la media. Ellos, a diferencia de sus congéneres, han
evolucionado para evitar la toxicidad de los productos
químicos.
Andrew Whitehead, biólogo de la Universidad de California
en Davis, ha estudiado la conducta evolutiva del pez
comparando sus propiedades en lugares muy contaminados
(lugares denominados “Superfund”, por el programa federal que
tiene previsto descontaminarlos) y en otros lugares cercanos
donde el agua está limpia. A unos setenta kilómetros al
sudoeste del puerto de New Bedford se halla Block Island, una
bonita isla libre de contaminación, con niveles de pcb casi
imperceptibles, es decir, ocho mil veces más bajos que los
niveles detectados en New Bedford. Y a quince kilómetros al
sur de los brebajes tóxicos de Bridgeport, al otro lado del
estrecho de Long Island, los fúndulos chapotean felices en el
hermoso estanque de Flax Pond, en el que ni siquiera hay
rastros de pcb.
Whitehead capturó fúndulos en estos sitios y en otros dos
escenarios con aguas contaminadas y limpias, y aplicando un
test de adn, comprobó si los peces de cada par de
emparejamientos resultaban ser familiares próximos. Los
resultados fueron los previstos: los peces de Flax Pond y de la
cercana Bridgeport compartían un antepasado común, igual que
los de New Bedford y Block Island. Pero ahí terminaba el
parecido, ya que en otros muchos aspectos, los fúndulos de los
lugares contaminados habían evolucionado de una forma
totalmente distinta a como lo habían hecho los que vivían en
ubicaciones libres de contaminación. Ante todo, Whitehead
descubrió que eran resistentes a unos índices considerados
letales de pcb. Las concentraciones de pcb que habrían hecho
que un pez de Block Island se quedara tieso diez veces seguidas
ni siquiera les hacia mover las agallas a los robustos peces de
New Bedford. Y lo mismo ocurría con la comparativa para
Bridgeport-Flax Pond y los otros lugares estudiados,
En un estudio publicado en Science en 2016, Whitehead y su
equipo demostraron que el pez había logrado salir adelante. En
cada uno de los ocho emplazamientos, leyeron el genoma (la
secuencia completa de los cromosomas, letra por letra) de unos
cincuenta fúndulos. Resultó que los peces provenientes de
emplazamientos contaminados presentaban mutaciones
(reescritura y pérdida de fragmentos del código genético) en los
genes que codifican las proteínas del ahr; y otros también
presentaban mutaciones en los genes de las proteínas con las
que interactúa el ahr. Lo interesante es que muchas de estas
mutaciones variaban en función de los diferentes
emplazamientos contaminados, lo que significa que la evolución
ha producido de forma reiterada e independiente tolerancia a
los pcb,
También se estudió el efecto de estas mutaciones en los
peces vivos, y se descubrió que en líneas generales la presencia
del ahr había disminuido en los fúndulos tolerantes a la
contaminación. Si se exponían a los pcb, el ahr ya no se
activaba de forma tan intensa como en los peces de aguas
limpias. O sea que el pez había creado mecanismos para seguir
desarrollándose y funcionando, al mismo tiempo que eliminaba
unas pocas piezas vulnerables. Posiblemente, para que esto
sucediera, otros componentes tuvieron que insertarse en otras
partes del código, o bien el organismo no funcionaba tan bien
como debería, pero el punto esencial de todo esto es que,
eracias a la rápida evolución urbana, los fúndulos han
sobrevivido en lugares donde el sentido común nos dice que no
podrían haber sobrevivido. “¿No es extraordinario? —pregunta
Whitehead de manera retórica-. ¡Y esa evolución por selección
natural ha ocurrido en apenas dos o tres docenas de
eeneraciones!”.
Los pcb son un ingrediente más del cóctel de sustancias
químicas que invaden nuestras ciudades. Pero pensemos
también en los vertidos de sal para controlar el hielo de las
carreteras. Echar grandes cantidades de cloruro de sodio en el
hielo es práctica habitual en los lugares más fríos del mundo,
Únicamente en Estados Unidos, veinticinco mil millones de
kilos de sal se esparcen cada invierno por las carreteras. Al año
eso supone, en tamaño, un bloque de sal de mesa que mida una
décima parte de un kilómetro cúbico. No es de extrañar que la
sustancia altere el entorno: se han encontrado muestras de sal a
dos kilómetros de distancia de las carreteras que se intentaban
descongelar (y también a sesenta pisos por encima de ellas). En
consecuencia, el agua de los ríos y los canales de las grandes
ciudades se está volviendo salada durante el invierno.
Para casi todas las formas de vida, la salinidad suele ser
problemática. Tal como nos enseñaron en el instituto, la
ósmosis hace que el agua se mueva hacia donde haya mayor
concentración salina. Y por eso mismo, en un medio salino, las
células de los animales y las plantas tienen que trabajar más
para regular el flujo del agua que se pierde y evitar quedarse
secos. Y hay otro factor de peligro. Químicamente, el sodio es
muy parecido al potasio. El potasio es imprescindible para
muchos procesos celulares, pero esos mismos procesos no salen
bien si el sodio sustituye al potasio. Y si hay más sal en el
medio, el sodio que se interpone en los procesos activados por
el potasio puede convertirse en un problema muy grave.
Los organismos adaptados al entorno salino han
desarrollado mecanismos para contrarrestar la presencia de sal
en las células. Y cuando el entorno específico recibe una gran
cantidad de sal en forma de vertidos de carretera, esas especies
se adueñan de los nichos que han dejado libres las especies que
carecen de tales mecanismos. Como ya he dicho antes, eso
explica que algunas plantas marinas colonicen los arcenes y
cunetas de las carreteras de mayor tráfico y expulsen a las
especies autóctonas. Pero también se da el caso de que los
animales y las plantas que ya están presentes en ese lugar
hayan desarrollado tolerancia a la sal como consecuencia de los
erandes vertidos invernales.
Para probar esta hipótesis, la estudiante de doctorado Kayla
Coldsnow y sus colegas del Instituto Politécnico Rensselaer en
Troy, Nueva York, hicieron un experimento de laboratorio con
la pulga de agua (Daphnia pulex). Usando el mismo grupo de
animales, introdujeron estos diminutos crustáceos de agua
dulce en unos mesocosmos (tanques de confinamiento que
reproducen las condiciones reales de un ecosistema con
plancton, plantas, almejas, caracoles y crustáceos). Algunos
mesocosmos eran de agua dulce y otros eran de agua salada
(con un tercio de la salinidad del agua de mar). Otros tenían
concentraciones salinas de nivel medio. Después dejaron que
las pulgas de agua vivieran allí durante diez semanas (un
periodo que para la prolífica Daphnia equivale a entre cinco y
diez generaciones). Al final, para asegurarse de que los cambios
eran genéticos y no se debían al efecto del agua salada, sacaron
a aleunos de los descendientes de los mesocosmos y los
tuvieron durante tres generaciones más en un acuario de agua
dulce. Luego hicieron pruebas con cada nueva cepa para
comprobar su nivel de tolerancia al agua salada. Resultó que
las pulgas de agua habían adquirido la firma evolutiva de
haberse adaptado al agua salada. Si las metían en agua salada
con 1,3 gramos por litro, las cepas de Daphnia que habían
vivido con concentraciones medianas de sal en el mesocosmos
sobrevivieron mejor (en una proporción de entre el 75 y el
90%), mientras que las que no habían tenido contacto con la sal
solo sobrevivieron en el 46%.
Por supuesto, solo se trata de un experimento de
laboratorio, pero es muy probable que la misma adaptación
evolutiva a los vertidos de sal en las carreteras ocurra entre los
animales y las plantas silvestres que viven en los márgenes de
las carreteras, y que estemos ocasionando que la flora y la
fauna urbana de las partes más frías del planeta estén
evolucionando hasta convertirse en una especie de bioma
marino.
Un bioma marino, sí, pero quizá también un bioma de zona
minera. Los metales pesados (zinc, cobre, plomo) son elementos
muy poco habituales en la naturaleza. Se presentan en vetas de
mineral en las rocas y en circunstancias naturales solo
interactúan con el medio si esa veta llega a la superficie y se va
erosionando lentamente. Pero todo esto ha cambiado desde que
los seres humanos descubrieron la bendición mixta (buena y
mala a la vez) de los metales. Desde las hachas de cobre de la
antigiedad, pasando por los combustibles cargados de plomo
del siglo xx, hasta llegar al cobalto, la plata, el oro, el
manganeso, el itrio, el estaño, el antimonio y el galio que se
ocultan en nuestros teléfonos inteligentes... los seres humanos
han sido los máximos acaparadores de metales pesados. Y una
eran parte de ese acopio se produce en las ciudades o en sus
alrededores.
Los metales pesados suelen ser tóxicos porque sus
moléculas tienden a unirse con las enzimas y otras proteínas —y
con el adn- lo que interfiere en el funcionamiento normal del
organismo. Y dado que los metales pesados se dan muy rara
vez en circunstancias naturales, la mayoría de animales y
plantas no han tenido la oportunidad de adaptarse a ellos, de
modo que no los toleran bien. Pero un día aparece el Homo
sapiens con sus vertederos repletos de objetos de cobre, su
vasolina rebosante de plomo y sus postes y torretas de
electricidad con revestimiento de zinc, y de repente los metales
pesados están por todas partes. Y una vez más, las especies
tienen que adaptarse si no quieren desaparecer.
Una especie que se ha adaptado es la flor mono amarilla
(Mimulus guttatus). En la mina de cobre abandonada de
California que lleva el maravilloso nombre de Copperopolis,
esta especie de planta silvestre, muy extendida por el oeste de
Norteamérica, ha desarrollado formas de asimilar las altas
concentraciones de cobre del subsuelo por medio de una
versión mutante del gen Multicopper Oxidase. Esta mutación,
que probablemente contribuye a expulsar las moléculas de
cobre de las células, se ha convertido en una característica
permanente de todas las flores mono que crecen en los
vertederos de escombros, en los que han logrado sobrevivir
desde que se abrió la explotación de la mina hace ciento
cincuenta años.
Algo parecido ha ocurrido en Estados Unidos con las plantas
y hierbas que crecen bajo las torretas de electricidad con
revestimiento de zinc: el zinc que se descascarilla de las
estructuras y cae al suelo ha hecho que las concentraciones de
este metal en el subsuelo sean cincuenta veces más altas de lo
normal. En 1983, Sedik Al-Hiyali y sus colegas de la
Universidad de Liverpool estudiaron cinco especies de hierbas
que crecían a los pies de las torretas eléctricas —construidas
entre dieciocho y trece años atrás, y las compararon con
hierbas recogidas en terrenos muy alejados de allí. Para
calcular la tolerancia al zinc de estas plantas, las cultivaron en
laboratorio en un suelo con alta presencia de zinc y luego
midieron la longitud de las raíces. Resultó que las cinco
especies de hierbas que crecían bajo las torretas se
desarrollaban espléndidamente, con raíces cinco veces más
largas que las hierbas recogidas en lugares sin presencia de
Zinc.
No solo las plantas, sino también los animales urbanos han
desarrollado mecanismos para asimilar los metales pesados.
Entre 2000 y 2004, la genetista rusa N. Yu. Obukhova viajó por
toda Europa anotando las características físicas de unas nueve
mil palomas urbanas. Al examinar cada ejemplar, comprobaba
si era de color claro o de un color grisáceo que parecía tiznado
de hollín, una variable que en las palomas tiene orígenes
senéticos. Este trabajo de clasificación colombófila reveló que
las aves “melanistas” oscuras —las que tienen el pigmento
oscuro de la melanina en las plumas- eran más comunes en las
erandes ciudades que en las áreas no urbanizadas, lo que le
llevó a preguntarse si ello se debía a una mezcla genética con
las palomas más sofisticadas o bien a otra razón distinta.
En la Sorbona de París, Marion Chatelain estudia las
palomas que tan bien encajan en el paisaje urbano de color zinc
para despejar la incógnita planteada por Obukhova. Sabedora
de que la melanina se une a los átomos metálicos, Chatelain
intuyó que las palomas más oscuras se dan más
abundantemente en la ciudad porque están mejor adaptadas a
asimilar contaminantes metálicos como el zinc, por el sencillo
procedimiento de transferir el material a las plumas. De modo
que envió a una integrante de su equipo, Lisa Jacquin, a
capturar un centenar de palomas parisinas. Después, Chatelain
les midió el plumaje en función de su coloración más o menos
oscura, las identificó anillándoles una pata, le arrancó dos
plumas a cada ejemplar y a continuación las depositó en un
aviario libre de contaminación por zinc. Tras pasar un año en el
aviario, las plumas habían vuelto a crecer. Chatelain arrancó
otras dos y las sometió a un análisis químico para comprobar si
las aves habían podido expulsar el zinc del cuerpo
transfiriéndolo a las alas durante el año que habían pasado sin
tener contacto con el metal. Los resultados del experimento
demostraron que las aves más oscuras habían logrado transferir
el 25% más de zinc a las alas.
En un estudio posterior, Chatelain atrapó otro centenar de
palomas y las llevó a su aviario. Volvió a anillarlas y a
arrancarles plumas, pero esta vez no las instaló a todas en un
aviario contaminado con metales pesados. Las dividió en dos
grupos: un grupo en un aviario que contenía en el agua que se
le suministraba pequeñas cantidades de plomo, zinc o de los
dos metales a la vez, y el otro en dos aviarios libres de
contaminación. Los resultados demostraron que las aves más
oscuras almacenaban más plomo y más zinc en las alas que las
aves más pálidas, pero también demostraron que las crías
supervivientes que habían sido expuestas a los metales —al igual
que sus padres- tenían plumas más oscuras que las que habían
crecido en un aviario libre de contaminación. Eso indica que las
crías más claras habían muerto en las primeras etapas de la
vida, lo que demuestra que las plumas oscuras proporcionan
una gran ventaja evolutiva en un medio contaminado.
Las investigaciones de Chatelain pueden significar que las
palomas urbanas están desarrollando un plumaje más oscuro
eracias a las propiedades descontaminantes de las plumas
cargadas de melanina. Pero tal vez la teoría sea mucho más
compleja, ya que los genes que producen melanina también
están relacionados con la regulación hormonal del estrés y el
sistema inmune. De modo que la coloración de las aves no
tiene por qué deberse a una correspondencia unívoca con un
entorno altamente contaminado por los metales pesados, sino
que es un aspecto de un proceso mucho más amplio: al fin y al
cabo, el sistema inmune y de respuesta al estrés de las aves
urbanas es muy distinto del de las aves silvestres, Volveremos
a tratar este asunto más adelante.
El caso es que, aunque parezca mentira, algunos animales y
plantas han evolucionado para adaptarse a las sustancias más
horribles y nocivas que los seres humanos arrojamos a su
hábitat. Como veremos más adelante, eso no afecta a todas las
especies, ya que muchas son incapaces de adaptarse y acaban
sucumbiendo. Y por otra parte, las especies que se adaptan
tienen que pagar un precio muy alto. No obstante, es una
prueba del enorme poder de la rápida evolución urbana que al
menos unas cuantas especies hayan podido resistir a la
contaminación química que ha destruido su medio ambiente.
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Luces brillantes de la gran ciudad
Cada año, Nueva York conmemora las vidas perdidas
durante los ataques del 11 de septiembre con un “Homenaje de
luz”, Ochenta y ocho luces de xenón, cada una de ocho mil
vatios, crean dos torres traslúcidas de color azul celeste que se
elevan por encima de esa zona permanentemente desgarrada
del bajo Manhattan. Es un asombroso recordatorio de la
destrucción ocasionada aquel día de 2001. El productor de la
instalación, el difunto Michael James Ahern, la definió una vez
con estas palabras: “Desata un sinfín de emociones y de
recuerdos y de cosas a las que todos aspiramos, cosas que no
plantean conflictos ni crean agravios”.
Pero aun así, igual que sucede con casi todas las empresas
humanas, incluso este proyecto lumínico aparentemente puro y
etéreo ocasiona su cuota de destrucción. Porque cada año,
decenas de miles de aves canoras migratorias, que suelen volar
de noche, quedan atrapadas en esa jaula de luz. A mediados de
septiembre llega a su apogeo el periodo migratorio otoñal, y la
punta de Manhattan funciona como un embudo por el que
pasan las rutas migratorias de múltiples especies de reinitas
que vuelan hacia el sur, de modo que cada 11 de septiembre la
exhibición lumínica se ve afectada por un sinfín de bandadas
de reinitas que vuelan de foco en foco soltando una estridente
cacofonía de gritos de llamada. Sobre el terreno siempre hay un
grupo de voluntarios de la Audubon Society que recogen a los
ejemplares exhaustos de colirrojo tizón, de reinita hornera, de
chipe trepador y de parula norteño. Después, estos voluntarios
les dicen a los organizadores del homenaje cuándo tienen que
apagar las luces momentáneamente para permitir que las aves
se orienten y sigan con su migración hacia el sur. En cualquier
caso, la proyección lumínica causa muertes, o como mínimo,
acentúa el estrés y la fatiga de unas aves ya muy cansadas por
el agotador viaje hacia el sur.
Un acontecimiento masivo de contaminación lumínica con
efectos en la migración animal, aunque muy distinto desde el
punto de vista emocional, fue la final de la Eurocopa de Fútbol
de 2016. El partido entre Francia y Portugal se celebró en el
eleantesco Stade de France, en París, la calurosa noche del 10
de julio. La noche anterior, por motivos de seguridad, el
personal del estadio había dejado encendidas las luces, Atraídas
por los enormes haces de luz, bandadas y bandadas de polillas,
sobre todo de plusias (Autographa gamma, así llamada por el
brillante contorno en forma de gamma griega, y, que se dibuja
en la parte negruzca de las alas anteriores), se posaron sobre la
estructura vacía, en forma de copa, del estadio. La plusia es
una polilla migratoria. Cada primavera, millones de ejemplares
emprenden un viaje al norte desde el sur de Europa, volando a
una altitud de doscientos o trescientos metros sobre el nivel del
mar, en busca de la cosecha tardía, retrasada por el clima frio,
de coles, patatas y otros cultivos. Algunos años se producen
más migraciones estivales que cruzan el oeste y el norte de
Europa, y fue una de estas bandadas la que se desvió de su
camino por culpa de la iluminación del estadio. Miles de
polillas murieron abrasadas por las lámparas, y las que
quedaban, confusas y mareadas, acabaron posándose sobre el
césped del terreno de juego, Por la mañana, cuando las luces se
apagaron, se quedaron dormidas,
Por la noche, a la hora del partido, cuando los ochenta mil
espectadores ocuparon sus asientos y se encendieron las luces,
las polillas salieron del letargo. El precalentamiento de los
jugadores fue interrumpido por el revoloteo de miles de polillas
que volaban muy bajo sobre el terreno de juego. Cuando llegó
la hora del saque inicial, a las nueve de la noche, había millares
de insectos Zigzagueando entre los jugadores. Las fotos que se
tomaron aquella noche muestran a los enojados funcionarios de
la uefa ahuyentando las polillas que se habían posado sobre sus
americanas azul marino, las polillas que obstaculizaban la
visión de las cámaras de televisión, o docenas de polillas
colgando en racimos de los travesaños de las porterías. Los
empleados del estadio tuvieron que pasar la aspiradora sobre
las líneas de demarcación del terreno de juego para que
pudieran verse. En el minuto 24 —momento cumbre- se ve a
Cristiano Ronaldo llorando sobre el césped por una lesión de
rodilla, mientras una polilla solitaria le sorbe una lágrima.
Las bandadas de aves atrapadas por el Tribute in Light y las
masas de polillas que se posaron en la final del campeonato de
Europa de 2016 son dos ejemplos significativos de animales
nocturnos atraídos por las luces artificiales. En realidad, estos
hechos ocurren continuamente, y en todas partes, cada vez que
alguien conecta las luces incandescentes, las pantallas led, las
lámparas de descarga gaseosa o cualquier otra clase de
iluminación que hayamos inventado para evitar la oscuridad
nocturna. Y desde que la gente hace estas cosas, la iluminación
ha tenido la indeseada consecuencia de interferir
negativamente en la conducta y los biorritmos de los animales
nocturnos e incluso de las plantas.
Todo el mundo sabe que las polillas y otros insectos activos
durante la noche suelen ser presa fácil de la confusión causada
por la luz. Si encendemos una vela en el porche una cálida
noche de verano, los insectos llegan volando de todas las
direcciones, revolotean alrededor de la llama, se abrasan las
alas y a veces hasta se lanzan de cabeza, como kamikazes,
contra la cera ardiente. Los científicos todavía no han
conseguido averiguar por qué lo hacen. Es evidente que durante
los millones de años de evolución de los insectos no hubo luces
artificiales, de modo que la atracción hacia la luz debe de ser
consecuencia de una conducta innata activada por la luz
natural. Hay una teoría muy conocida que sostiene que los
animales nocturnos usan la luna y las estrellas para orientarse
durante la navegación. Dado que los astros se hallan tan lejos
de la tierra y se mueven tan despacio por el firmamento, su
posición tiene que parecerle estática a un insecto en
movimiento, cosa que le permitiría volar en línea recta sin
hacer otra cosa que mantener un ángulo fijo con respecto a la
luna o a la estrella radiante. Los primeros insectos que se
encontraron con una luz artificial debieron de reaccionar de la
misma manera. En cualquier caso, las luces artificiales que
iluminan el suelo no sirven como guías fijas, a diferencia de los
astros, porque se hallan demasiado cerca. Por lo tanto,
mantener un ángulo fijo con respecto a una bombilla o a una
vela supone acercarse cada vez más al objeto, volando en
círculos cada vez más estrechos, hasta que uno acaba
achicharrándose en una nube de humo. Tal como dijo
Shakespeare: “Y así fue como la vela quemó a la polilla”.
Sea cual fuere la causa, durante todo el tiempo en que los
seres humanos hemos alumbrado nuestro hábitat nocturno con
hogueras, antorchas, velas, lámparas de esperma de ballena y
luces eléctricas, los insectos han perecido en cantidades
ingentes. Y los insectos mueren porque se queman a muy corta
distancia por el calor que emiten esas fuentes de luz, o bien
porque caen presa de los murciélagos, búhos o lagartos que han
descubierto que es muy fácil encontrar víctimas cerca de los
lugares iluminados. Y si no se queman ni son devorados, todo el
tiempo que pierden mirando embobados la luz es tiempo que
no dedican a buscar pareja o salir en busca de comida, cosa que
puede hacerles morder el polvo en la lucha por la vida.
Si pensamos en el gran número de insectos que revolotean
en torno a las farolas callejeras y que caen atrapados en los
haces de luz o que forman la capa de desechos adheridos a las
tulipas de las lámparas de los porches, es inevitable
preguntarse por el impacto que la iluminación artificial tiene en
la vida de toda clase de animales (insectos, mamíferos, aves
migratorias, tortugas, peces, caracoles, anfibios, ¡incluso
plantas). Todos desarrollan su actividad de noche y todos
acaban igualmente hipnotizados por la luz.
Hasta hace muy poco, la ciencia no se hacía esta pregunta y
se limitaba a recopilar algunos datos anecdóticos: cincuenta mil
aves murieron en la base aérea de Warner Robins, en Georgia,
por ir siguiendo las luces de aterrizaje hasta el mismo suelo, en
1954, y en una sola noche de 1981 más de diez mil pájaros se
estrellaron contra las chimeneas iluminadas de una planta
industrial de Kingston, Ontario. En cuanto a los insectos, dos
entomólogos ingleses capturaron más de cincuenta mil polillas
en una sola lámpara en la noche del 20 de agosto de 1949, y en
otra ocasión, alrededor de un millón y medio de efímeras
aparecieron muertas bajo las luces que iluminaban un único
puente alemán.
En los últimos quince años, varios científicos han intentado
hallar números fiables sobre el impacto del alan (luz artificial
por la noche, por sus siglas en inglés: la contaminación lumínica
va tiene su propio acrónimo en la literatura científica). El
investigador alemán Gerhard Eisenbeis, de la universidad
Johannes Gutenberg en Mainz, se ha propuesto estudiar lo que
denomina “el efecto aspiradora”. En cuanto el alan alcanza una
zona que antes estaba a oscuras, “los insectos son absorbidos de
su hábitat natural como si actuara una aspiradora, lo que
destruye la población local”, según explica Eisenbeis, El efecto
aspiradora, por ejemplo, es el causante de que las gasolineras
iluminadas en un lugar apartado de una autopista atraigan al
principio a un gran número de insectos, pero al cabo de dos
años más o menos, el número de insectos atraídos disminuye
muy deprisa. Extrapolando datos de insectos que han sido
víctimas de diversas clases de alan, en noches con o sin luna y
en diversos emplazamientos urbanos, Eisenbeis ha elaborado
una estimación de unos cien mil millones de insectos muertos a
causa del alan cada verano en toda Alemania. Se trata de una
cifra apabullante, pero equivalente a la cantidad de insectos
muertos por culpa del tráfico.
A pesar de que hay mucha más gente observando aves que
observando insectos, es difícil calcular las muertes de aves
causadas por alan. Una de las escasas fuentes fiables de datos
proviene del Observatorio de Aves de Long Point, en la orilla
del lago Erie, en Canadá. Durante décadas, el observatorio ha
efectuado un recuento diario de las aves que aparecían muertas
en el faro que hay en el extremo de la punta de la península de
Long Point, que tiene veinticinco kilómetros de longitud. A lo
largo de las décadas de 1960, 1970 y 1980, cada año se
contabilizaban unas cuatrocientas muertes durante la migración
otoñal, y aproximadamente la mitad en la migración de
primavera, con picos ocasionales de hasta dos mil aves en una
sola noche. Pero en 1989, cuando se instalaron unos focos más
débiles que emitían un haz de luz mucho más pequeño, las
muertes se redujeron a un porcentaje mínimo en comparación
con las cifras anteriores.
Kevin Gaston, el ecólogo urbano al que ya hemos conocido
en el capítulo v -—estudia la biodiversidad de los jardines
urbanos—, también ha asumido el reto de estudiar el impacto
del alan con sus experimentos. Ahora mismo estoy viéndolo
mientras da una conferencia en la Universidad de Leiden: de
aspecto amable pero imponente, muy bronceado, más parecido
a un bombero de Nueva York que a un profesor de ecología,
“Se ha introducido la iluminación artificial a gran escala en
lugares y en horarios y en formas que nunca antes se habían
conocido”, dice. Y además, continúa, “estamos pasando de un
espectro luminoso más bien pobre, el de las lámparas de sodio,
a un espectro mucho más rico, como las lámparas led. Y todo
esto está afectando a una vasta gama de sensibilidades
biológicas. Sus consecuencias se extienden a casi todo”,
Teniendo en cuenta el impacto masivo de alan, así como el
efecto aspiradora y el crecimiento vertiginoso de la iluminación
artificial, le pregunto a Gaston si se está obligando a los
organismos a desarrollar algún tipo de resistencia hacia la
atracción de la luz. Gaston se muestra dubitativo. “Es algo que
estos organismos no han visto nunca y que está afectando sus
ciclos tradicionales de reacción a la luz. Y además, todo está
sucediendo muy deprisa. No estoy muy seguro de que la
adaptación sea un proceso tan sencillo. Los sistemas de
reacción a las fuentes de luz están muy arraigados
evolutivamente en los organismos y es muy posible que no
consigan adaptarse a nuevas fuentes”. De todos modos añade,
es algo que no se ha estudiado mucho.
Tiene toda la razón. En total solo hay dos estudios en toda
la literatura sobre biología urbana que traten el tema de la
reacción evolutiva a alan. Es asombroso, sobre todo si
pensamos en lo fácil que resulta montar un experimento de
comprobación. Lo único que hace falta es elegir una especie de
animal atraído por la luz, atrapar algunos ejemplares de esa
especie en un área rural con muy poca contaminación lumínica,
y luego compararlos con los ejemplares de una zona urbanizada
con gran presencia de alan; después solo hay que comprobar si
se dan diferencias en la forma en que unos y otros se orientan
hacia la luz, y ¡bingo!, ya está hecho el experimento evolutivo.
De hecho, eso es lo que hizo el investigador suizo Florian
Altermatt, de la Universidad de Zúrich. Altermatt, experto en
biodiversidad de agua dulce, es en su tiempo libre un
apasionado lepidopterólogo. “Mis pasatiempos son, como dijo
en cierta ocasión Vladímir Nabokov, los más intensos que
pueda conocer un ser humano: escribir y cazar mariposas (con
la cámara ;-)”. Eso dice en su página web. Desde que era un
chico en el instituto, Altermatt ha usado luces portátiles de
vapor de mercurio para atraer polillas y mariposas por toda
Europa Central, y desde entonces está intrigado por conocer
cómo funciona el mecanismo cerebral de la polilla que la atrae
irresistiblemente hacia la luz.
Altermatt ideó un experimento muy sencillo. Como objeto
de estudio eligió la armiño blanca (Yponomeuta cagnagella),
una mariposa que tiene unos lunares negros distribuidos
regularmente a lo largo de las alas, que son de un blanco
purísimo, igual que las pieles de armiño que los monarcas
lucían en sus mantos reales. Fue una elección muy inteligente,
ya que las orugas construyen nidos comunales en los evónimos
y resultan muy fáciles de localizar. Donde hay un evónimo,
enseguida se ven los nidos sedosos llenos a rebosar de orugas.
Por eso le resultó muy fácil a Altermatt recorrer la ciudad de
Basilea y llegar al otro lado de la frontera, en Francia,
buscando crías de oruga en diez emplazamientos distintos.
Como es natural, buscó las orugas en cinco zonas urbanas con
mucho impacto lumínico, y la otra mitad en zonas rurales
donde de noche todo estaba oscuro.
Después metió todas las orugas provenientes de un mismo
lugar en una bolsa de plástico repleta de hojas de evónimo y
dejó las diez bolsas en el laboratorio hasta que las larvas se
convirtieran en pupas y luego en mariposas. Cuando
eclosionaron, las marcó para diferenciar a las urbanas de las
que procedían de un cielo oscuro, y luego las soltó todas juntas
eran 320 mariposas rurales y 728 urbanas- en una habitación
a Oscuras que tenía en un extremo una trampa con una
bombilla fluorescente. La idea, por supuesto, era comprobar
cuántas acababan atrapadas por la luz. Los resultados,
publicados en 2016 en la revista Biology Letters, demostraron
que existe una clara firma evolutiva en las mariposas urbanas:
mientras que el 40% de las mariposas rurales volaron
directamente hacia la luz, solo una cuarta parte de las urbanas
hizo lo mismo, ya que el resto se quedó inmóvil.
Este sencillo experimento, realizado con un muestreo casual
de mariposas, demostraría que alan ha estado depurando los
genes atraídos por la luz de las poblaciones urbanas. ¿Podría
ser una Situación habitual en otros insectos? ¿Están
desarrollando todos los insectos urbanos la capacidad de
resistirse a la atracción de la luz? No lo sabremos hasta que
Altermatt repita sus experimentos con otras especies y a una
escala mucho más amplia.
En otros lugares de Europa Central se ha descubierto un
nuevo giro en la evolución urbana ante la contaminación
lumínica. A finales de la década de 1990, Astrid Heiling,
aracnóloga de la Universidad de Viena, estuvo estudiando la
araña urbana Larinioides sclopetarius. También conocida como
araña de los puentes, suele construir el nido cerca del agua (y
casi siempre en los puentes), tanto en entornos rurales como
urbanos de todo el hemisferio norte. Pero Heiling no hizo su
estudio en diversos emplazamientos del hemisferio. Se limitó a
estudiar un puente peatonal de sesenta metros que cruza un
canal del Danubio en el corazón de Viena.
Las arañas habían construido los nidos en los espacios libres
que quedaban en la barandilla. En el puente, según explicó
Heiling en un artículo publicado en Behavioral Ecology and
Sociobiology, había cuatro barandillas: dos de ellas estaban
iluminadas con fluorescentes, mientras que las otras dos
estaban a oscuras. Durante todo un verano, Heiling recorrió el
puente peatonal haciendo un recuento diario de las arañas que
había en las barandillas. Desentendiéndose de las miradas
curiosas de los transeúntes, fue tomando notas que le
permitieron descubrir que las arañas solían construir el nido
cerca de las luces: a comienzos del otoño, las barandillas
iluminadas tenían unas mil quinientas arañas bien alimentadas
-con una media de cuatro por metro cuadrado, hasta el punto
de que las telarañas a menudo quedaban entrelazadas-,
mientras que las barandillas sin iluminar solo albergaban unos
centenares de arañas. Y lo que es más importante: las arañas
que vivían en el “hábitat” artificialmente iluminado atrapaban
cuatro veces más presas que las que vivían a oscuras, cosa nada
sorprendente si se tiene en cuenta que los insectos suelen volar
hacia la luz,
A diferencia de lo que ocurre con los insectos, la luz no
suele atraer a las arañas. Más bien sucede todo lo contrario:
suelen huir de la luz artificial y se refugian en los lugares no
iluminados. Por tanto, lo que Heiling quería averiguar era cómo
habían logrado las arañas encontrar las mejores fuentes de luz
para construir sus nidos. ¿Se habían ido desplazando de un lado
a otro hasta encontrar un lugar muy visitado por sus posibles
presas, es decir, una fuente de luz? ¿O acaso habían
desarrollado ellas mismas una nueva atracción hacia la luz?
Para comprobarlo, Heiling ideó un experimento. Atrapó una
cantidad considerable de arañas y las colocó, en su laboratorio,
en unos depósitos con un solo extremo iluminado. Para filtrar
el posible resultado de que las arañas aprendiesen a detectar
los beneficios de la luz en lugar de evolucionar según ella, hizo
lo mismo con arañas adultas que había criado ella misma, a
oscuras, en su laboratorio. Casi todas las arañas, tanto las que
procedían de las barandillas iluminadas como las inexpertas
que no habían visto nunca una luz artificial, fueron
directamente hacia la luz encendida que Heiling había colocado
en un extremo de los depósitos y construyeron allí sus nidos.
Por desgracia, Heiline no llevó a cabo el experimento con
arañas de puente atrapadas en zonas rurales sin presencia de
iluminación artificial. Sin embargo, a pesar de que los
resultados no son irrefutables, su experimento parece
demostrar que las arañas han desarrollado una atracción por la
luz para aprovecharse de la gran cantidad de insectos alados
que constituyen sus presas y que se mueven por atracción hacia
la luz artificial.
La atracción y repulsión hacia el alan que han descubierto
Heiling y Altermatt está clamando a gritos por unos estudios
complementarios que refuercen los resultados. La iluminación
artificial causa una mortandad astronómica entre los animales
nocturnos y produce también efectos más sutiles en todos los
organismos vivos, de modo que cierta resistencia a la luz y su
atracción tiene que ser un desarrollo evolutivo en marcha en
todo el mundo. Pero a pesar de su importancia, hasta ahora
muy pocos biólogos se han interesado por el funcionamiento de
esta evolución urbana. Ya va siendo hora de que los nuevos
estudiosos vean la luz.
¿Es realmente evolución?
En 2016, The New York Times me pidió que escribiera un
artículo sobre la evolución urbana. Cuando se publicó, recibi
docenas de correos electrónicos de lectores curiosos, muchos de
los cuales me comunicaban sus propias observaciones sobre la
vida salvaje en la gran ciudad. El señor Spanier, que había
vivido muchos años en Santiago de Chile, me contó su
experiencia con los perros callejeros. Una vez, un pasajero que
iba en su coche exclamó: “Ese perro ha mirado en las dos
direcciones antes de cruzar la calle”. El señor Spanier se
preguntaba si esa conducta podía deberse a la evolución.
Es posible que muchos de ustedes se hayan hecho la misma
pregunta al leer los capítulos anteriores. O tal vez hayan
dudado de que los ejemplos suministrados se deban realmente
a la evolución. Al fin y al cabo, con unas pocas excepciones
(que relataré más adelante), no estamos hablando de la
evolución de unas formas de vida completamente nuevas. La
evolución urbana es un proceso mucho más sutil porque ocurre
en periodos muy cortos de tiempo. Las mariposas armiño de
Basilea que resultan menos atraídas por la luz solo lo son en un
porcentaje reducido cuando se comparan con sus congéneres de
las zonas rurales. El desarrollo de semillas pesadas en las crepis
de Montpellier solo es un poco mayor que en las áreas rurales,
Es mensurable y estadísticamente significativo, sin duda, pero
sigue siéndolo en proporciones minúsculas. No es suficiente
para quedarse patidifuso ante las claras diferencias entre una
crepis rural y otra urbana. Al ojo no experimentado podrían
parecerle exactamente iguales.
Es más, las alteraciones genéticas que permiten la evolución
urbana no siempre están ocurriendo por primera vez. Las
plumas oscuras, por ejemplo, esas que están ayudando a las
palomas urbanas a combatir la presencia de metales pesados, se
oscurecen debido a un gen mutante que también existe en las
palomas salvajes y que actuaba mucho antes de que estas aves
fueran domesticadas por el hombre, escaparan de su entorno
natural y se convirtieran en aves urbanas. Y los genes que
permiten crecer a las plantas en un suelo urbano muy
contaminado por metales pesados son exactamente los mismos
que estas poblaciones han tenido durante miles de años, y que
se han conservado justamente porque permitían resistir la
presencia de vetas de cobre o zinc.
En realidad, los genetistas siempre se han sorprendido,
desde que empezaron a estudiar los cromosomas, ante la
asombrosa variedad genética que posee la mayoría de las
especies. Fijémonos en un gen, en cualquier gen, de una especie
salvaje, como el gen que incide en la longitud de las patas de
los lagartos anolis de las ciudades de Puerto Rico.
Normalmente, ese gen consiste en una secuencia de varios
miles de “letras” de un código genético propio de adn. Este
código genético determina la estructura exacta y la forma de la
proteína. En el caso del gen de la longitud de las patas de los
anolis, esta proteína permite que las células del embrión se
dividan al ritmo y en la dirección necesaria para producir un
crecimiento extra de las patas.
El problema es que el código genético de un gen nunca suele
coincidir exactamente con el de los demás individuos de la
especie. Es muy posible, por ejemplo, que si leyéramos el
código del gen de las patas largas de un millar de anolis
capturados en una ciudad de Puerto Rico, nos encontráramos
con treinta o cuarenta versiones del mismo código. La mayoría
solo se diferenciarían en pequeños detalles, tal vez una letra
cambiada aquí o allá, o quizá un fragmento de código borrado o
duplicado, todo ello a resultas de los errores de trascripción que
se produjeron en el organismo de un lagarto ancestral hace
cientos de generaciones. Y en la mayoría de los casos, estas
variantes seguirían produciendo los mismos efectos: en este
caso, crear una pata de lagarto en un embrión. Eso explica que
hayan ido trasmitiéndose sin problemas de generación en
generación. Pero pudiera ocurrir que una variante produjera
una pata un poco -solo un poco- más delgada, o al contrario,
una pata un poquito más gruesa, o bien una que tardara un
poco más en crecer durante el desarrollo del animal.
Esta abundante paleta cromática de variantes genéticas que
se diferencian de forma muy sutil, hasta el punto de que
muchas de ellas no tienen consecuencias en la evolución de una
especie, se denomina “variabilidad genética”. Esta paleta es la
que usa la selección natural para crear nuevas obras de arte
urbano. Porque cuando el entorno cambia y de repente ofrece
al lagarto anolis una nueva ventaja que antes no poseía por
tener las patas un poco más largas, esas variantes genéticas
capaces de realizar el trabajo ya existían en la población,
siempre dispuestas a aceptar el reto de adaptarse a las
posibilidades de la selección natural.
De ahí que la variabilidad genética sea el capital evolutivo
más importante de una especie. Es esa variabilidad la que le
permite bucear en sus reservas genéticas hasta encontrar la
combinación más adecuada para el cambio de entorno con que
se enfrenta. Eso hace que la evolución urbana pueda actuar tan
deprisa: los animales y las plantas que necesitan adaptarse a un
nuevo entorno alterado por los seres humanos no tienen que
esperar a que se produzcan las mutaciones necesarias. Por lo
general las variantes genéticas que hacen falta están ya
presentes, esperando su oportunidad en la amplia paleta de la
variabilidad. Y para que salgan a la luz solo hace falta que la
selección natural les dé una oportunidad.
La evolución que se sirve de variantes genéticas
preexistentes es la que los biólogos denominan “selección
suave”. Pero la evolución urbana puede usar también nuevos
genes mutantes que aparecen aquí y allá (la “selección dura”).
Para diferenciar la selección dura de la suave, los genetistas
analizan a fondo los códigos genéticos que intervienen en la
adaptación urbana. En el caso, por ejemplo, del fúndulo
tolerante a la contaminación por pcb, Andrew Whitehead ha
descubierto que hay varios genes involucrados en función de los
distintos puertos de la costa este norteamericana donde ha
llevado a cabo el estudio. E incluso en un mismo puerto, la
misma variante genética que ofrece protección contra los pceb
puede aparecer, en otros ejemplares de fúndulo, flanqueada por
códigos genéticos distintos por cada lado. Eso es una prueba
evidente de que la variante genética resistente a los pcb ya
existía hace mucho tiempo y desde entonces se ha desgajado de
sus genes vecinos debido a las frecuentes rupturas de
cromosomas y a los entrecruzamientos que se producen durante
la reproducción. Por lo tanto, la resistencia del fúndulo a la
contaminación de los pcb ha evolucionado por vía de la
selección suave, usando la variabilidad genética ya existente.
Pero como ya hemos visto en un capítulo anterior, la
mariposa del abedul de Inglaterra vivió una historia muy
distinta. Se adaptó a los troncos tiznados de hollín en función
de una mutación que tuvo lugar en el gen córtex justo al
comienzo de la revolución industrial. En toda Inglaterra, las
polillas de alas negras poseen la misma variante en el córtex y
también tienen las regiones adyacentes del gen completamente
idénticas. Eso es una señal inequívoca de selección dura: el
nuevo gen córtex ofrecía una ventaja tan significativa que se
propagó por toda la población como un incendio voraz, de
forma tan rápida e invasiva que arrastró consigo todos los
eenes vecinos, antes de que tuvieran tiempo de desacoplarse
por medio de la ruptura de cromosomas.
O sea, que los rápidos cambios urbanos pueden ocurrir de
forma muy sutil. También pueden usar genes que ya estaban
flotando en el patrimonio genético de la especie. Sin embargo,
sea como sea, se trata de evolución pura y simple.
Uno de los lectores de mi artículo de The New York Times
no estaba de acuerdo con esa idea. Cornelius Hunter, bloguero
de Darwin's God (El Dios de Darwin], usó mis análisis de
evolución urbana como excusa para una bonita pieza de
literatura creacionista, en la que llegaba a afirmar: “La
adaptación y la evolución son dos cosas distintas. La
adaptación biológica se funda en la preexistencia de [...] genes,
alelos, proteínas, [...] etcétera. La evolución, por otra parte, es
[...] el origen de todas estas cosas”.
En otras palabras, Hunter el creacionista hacía una
distinción entre la selección suave, que veía como un proceso
físico inevitable que se fundaba en materiales ya existentes, y
el origen de algo completamente nuevo, unos genes nuevos y
unos “nuevos tipos de organismos”. Solo estos últimos
organismos, en opinión de Hunter, merecerían el calificativo de
evolutivos (un proceso, no hace falta decirlo, en el que Hunter
no cree).
Es muy divertido comprobar cómo los creacionistas, cuando
tienen que enfrentarse a conocimientos evolutivos que se van
ampliando día a día, reaccionan acercando un poquito más los
postes de las porterías para reducir el espacio de lo que ellos
consideran “evolución”. Por fortuna esta cuestión no es un
asunto meramente opinable. Los biólogos tienen una definición
muy precisa de la evolución, a saber: el cambio, a lo largo del
tiempo, en la frecuencia de variantes genéticas. Y el origen de
esas variantes genéticas, al contrario de lo que les gusta creer a
los lectores del blog Darwin's God, no es la evolución. Es la
química, es decir, los errores en la copia del adn que se
producen en los bloques estructurales moleculares de la célula.
Pero la selección natural que provoca que estas variantes
genéticas producidas por la química sean muy comunes o muy
raras, eso constituye la materia de la evolución. A lo largo de
periodos de tiempo muy extensos, esos pasos evolutivos muy
pequeños que se van produciendo a corto plazo se fusionan
hasta crear unos cambios evolutivos que afectan a multitud de
genes, lo que a su vez provoca la aparición de nuevas especies.
Pero incluso alguien que no sea un fanático creacionista y
que se dé perfecta cuenta de que las crepis, el fúndulo, los
anolis, las arañas de los puentes, los armiños blancos y todas
las demás criaturas que han salido a relucir en estas páginas
han seguido un proceso evolutivo, a veces puede albergar
dudas. Al fin y al cabo, para que un rasgo evolucione tiene que
ser genético y haberse almacenado en el adn del organismo. Y
los biólogos que constatan un cambio en el aspecto o en la
conducta de un organismo urbano no siempre tienen la
evidencia incuestionable de que haya evolución.
El color y los patrones de coloración de los animales, por
ejemplo, suelen ser genéticos. Nuestros propios cuerpos lo
demuestran: el color del pelo, la piel y los ojos viene
determinado por los genes que hemos heredado de nuestros
padres. Pero también sabemos que el sol puede broncear la piel
y aclarar el pelo, y además el color de los ojos a veces cambia
con los años. Los genes, por lo tanto, no lo son todo. En
muchos aspectos de nuestra apariencia física interviene tanto lo
innato como lo adquirido. Y eso también es aplicable a los
animales, Por ejemplo, cuando los saltamontes del género
Tetrix (unos saltamontes de color anodino que practican el
camuflaje) se posan sobre un terreno de color arenoso pálido,
el color de su cuerpo es más claro que cuando se posan sobre
una arena más oscura. Se trata de una forma de “plasticidad”:
el mismo adn puede dar varios resultados distintos. De modo
que resulta fácil imaginar que, si se produce una diferencia en
la coloración entre los ejemplares de una especie que viven en
la ciudad y los que viven en el campo, alguien pueda deducir
erróneamente que se trata de un proceso evolutivo, cuando en
realidad solo se trata de plasticidad.
La conducta es especialmente engañosa. Si algunas especies
de aves, por ejemplo, se comportan de forma más agresiva en
las ciudades que en las áreas rurales, eso no significa
necesariamente que la reserva genética urbana sea abundante
en genes que determinan una conducta agresiva. Todo podría
deberse a que esas aves han aprendido que compensa ser más
agresivo en un entorno en el que hay que disputarse la comida
y en el que no es necesario ser cauteloso con los predadores.
Por el contrario, las aves silvestres pueden haber aprendido
que en la vida salvaje sale más a cuenta ser circunspecto, en
tanto que las aves urbanas se han vuelto mucho más
desenvueltas.
Sabemos que la conducta de muchos animales puede estar
determinada genéticamente, pero también sabemos que pueden
haberla aprendido y haberla transmitido de un individuo a la
siguiente generación a través de la instrucción y la imitación,
Para averiguar cuánto hay de contribución relativa de una u
otra causa -la innata o la adquirida— hay que realizar unos
experimentos muy complejos que exigen cría, entrecruzamiento
y reproducción de ejemplares, cosas que no siempre son
factibles. Si Astrid Heiling, en el capítulo anterior, se tomó la
molestia de incubar huevos de araña de los puentes y crio a las
crías en un laboratorio, lo hizo para asegurarse de que la
atracción de la araña por la luz fuera innata y no un hábito
adquirido al vivir en un entorno artificialmente iluminado. Y
aun en el caso de que la conducta urbana sea enteramente
atribuible a la capacidad de aprendizaje del animal, eso no
significa que la evolución no pueda acabar interviniendo de
algún modo. Si, por ejemplo, la audacia resulta beneficiosa para
un ave, al proceso de aprender a ser audaz a lo largo de
muchas generaciones lo pueden sustituir unos genes que
determinen que el animal sea más atrevido desde el día mismo
de su nacimiento, inculcándole de forma automática una
conducta beneficiosa que de otro modo necesitaría desarrollarse
a lo largo de toda una vida,
Y ahí aparece la epigenética. Pido perdón por ensuciar este
capítulo con tantos términos novedosos, pero prometo que la
epigenética será el último. Podría ser un término importante.
Todavía no lo sabemos bien, porque la epigenética es una
disciplina muy reciente en la investigación evolutiva,
El significado del término “epigenética” no vino a
establecerse hasta 2008, durante una conferencia en el
laboratorio de Cold Spring Harbor. La epigenética designa un
cambio en las características de un animal o de una planta que
se deba a “cambios en un cromosoma que no hayan alterado la
secuencia del adn”. Eso puede sonar raro porque los
cromosomas están hechos con adn, ¿no es así? Bueno, en
realidad sí y no. Los cromosomas contienen el adn, pero son
mucho más que adn: también contienen proteínas y otras
moléculas que envuelven el adn como si fueran plástico de
burbujas. Y solo cuando se desprende el envoltorio que deja a
la vista el adn desnudo puede el gen hacer su trabajo. Tal como
se produce el proceso, una parte del material envolvente se
puede añadir o extirpar durante la vida de un animal o de una
planta para amortiguar o amplificar, por así decir, la voz de un
een.
Es más, en ocasiones la prole puede heredar ciertos aspectos
de la configuración del material envolvente. Y así, si la lucha
por la supervivencia plantea grandes exigencias a un gen, puede
eliminarse una parte del envoltorio y hacer que este gen
produzca proteínas a un ritmo mucho más rápido. En estas
circunstancias, la descendencia puede heredar el adn de los
padres sin el envoltorio, lo que le permitirá tener más
posibilidades en la vida. De esta forma, la epigenética puede
acentuar o suprimir un cierto gen durante varias generaciones
seguidas. Es fácil imaginar que esto pueda llevar a engaño a un
biólogo evolutivo urbano. Si un aspecto de un organismo es
beneficioso y genético, el aumento de la presencia de este
aspecto concreto en un medio urbano podría interpretarse
como muestra evidente de que está evolucionando. Pero a lo
mejor el adn no ha sufrido ningún cambio y la “evolución” no
es más que una intervención de la epigenética,
La resistencia a la sal de las pulgas acuáticas Daphnia que
estudió Kayla Coldsnow podría atribuirse a la epigenética. Se
sabe que cuando estos animales están expuestos a productos
químicos tóxicos, se activan en ellos unos genes que les ayudan
a desintoxicar el cuerpo. Y parece que su prole nace con el
interruptor epigenético ya activado. Si lo mismo ocurre con la
sal, este proceso podría explicar la rápida adaptación a la sal
que descubrió Coldsnow. Pero solo si se identificaran y se
secuenciaran los códigos de los genes que intervienen en el
proceso podría solventarse definitivamente el problema,
En un artículo que analiza esta cuestión, Kevin Gaston
expone que casi ningún estudio de la evolución urbana ha
diferenciado la adaptación genética de los efectos de la
epigenética. “Superar estas limitaciones será el mayor desafío al
que se enfrente la ecología urbana en el futuro”. Por el
momento, la mayoría de los expertos cree que la rápida
evolución urbana se debe a los cambios en el adn más que a la
epigenética, pero casi nadie se atreve ya a expresar esta opinión
sin un atisbo de duda, y en los próximos años es muy posible
que la epigenética se convierta en una disciplina que habrá que
tener en cuenta.
Espero que el lector disculpe este breve ensayo sobre la
epigenética, la plasticidad, la selección suave y dura y todas las
demás cuestiones laberínticas que rodean la evolución urbana.
Cuando un proceso es tan sutil, y al mismo tiempo tan
importante para la supervivencia de la biodiversidad en nuestro
mundo urbanizado del futuro, resulta fundamental conocer la
moderna biología evolutiva. Y ahora ya está listo el lector para
adentrarse en el siguiente nivel de la evolución urbana. Entra
en escena la Reina Koja.
tercera parte
Encuentros urbanos
—Bueno, en mi país —dijo Alicia, todavía un poco jadeante-,
si una corre un rato, tan deprisa como lo hemos
hecho nosotras, generalmente acaba llegando
a un lugar distinto.
—¡Un país bien lento! —dijo la Reina—, Aquí, como ves,
se ha de correr a toda marcha simplemente
para seguir en el mismo sitio. Y si quieres llegar
a Otra parte, por lo menos has de correr
el doble de rápido.
Lewis Carroll,
Alicia a través del espejo (1571)
xlv
Encuentros urbanos cara a cara
El lector probablemente habrá visto esas escenas de orcas
asesinas que se abalanzan sobre las playas de la Patagonia para
atrapar focas desprevenidas; esas secuencias truculentas de los
elegantes en blanco y negro que emergen de las olas y atrapan a
las focas como si fueran galletitas han aparecido en un sinfín
de documentales sobre la naturaleza. Si nos concentramos en la
imagen y la reducimos, podemos imaginar algo muy parecido a
lo que los biólogos franceses empezaron a presenciar en la
ciudad de Albi en 2011.
Albi es una pequeña ciudad en el sudeste de Francia, capital
del departamento de Tarn, que lleva el nombre del río cuyos
lentos meandros atraviesan el centro medieval de la localidad,
patrimonio de la humanidad en el catálogo de la unesco. En el
corazón de la ciudad, el Pont Viex cruza el río Tarn. El puente
conecta dos distritos muy poblados que ocupan ambas riberas.
Como todas las zonas urbanas del mundo, estos distritos
albergan las habituales bandadas de palomas. En esta ciudad,
sin embargo, las palomas tienen problemas más acuciantes que
la acumulación de plomo y zine en las plumas de las que
hablamos anteriormente. Y es que cada día, cuando se reúnen
varios grupos de palomas en un islote de grava bajo el Pont
Vieux para beber y acicalarse, reciben los ataques de lo que los
biólogos Julien Cucherousset y Frédéric Santoul denominan
“las orcas asesinas de agua dulce”.
Estas orcas asesinas, tal como Cucherousset y Santoul han
explicado en un artículo publicado en la revista plos one, son
los ejemplares de siluro europeo (Silurus glanis). El siluro es el
pez de agua dulce de mayor tamaño de Europa: puede llegar a
medir fácilmente más de metro y medio de longitud, y no es
infrecuente avistar ejemplares de más de dos metros. Los
siluros son originarios del este de Europa y de las Zonas
occidentales de Asia, y no aparecieron en Europa occidental
hasta que los pescadores no empezaron a soltarlos en los ríos,
Un club de pesca de la ciudad soltó los primeros ejemplares de
siluro en el río Tarn en 1983, El pez se adaptó muy bien y se
reprodujo muy deprisa, gracias a una dieta a base de peces más
pequeños, cangrejos, lombrices y moluscos que viven en el
fondo limoso del río, Pero un buen día los siluros urbanos de
Albi empezaron a hacer algo que ningún otro siluro había
hecho antes: emergían del agua, se abalanzaban sobre las
palomas que estaban dándose un baño en el río, las atrapaban
por las patas y las arrastraban hacia el fondo, donde se las
tragaban de un bocado, plumas cargadas de plomo incluidas.
Durante un verano entero, Cucherousset, Santoul y los
estudiantes de su equipo se turnaron para observar el
espectáculo desde el Pont Vieux y grabaron un total de setenta
y dos horas de encuentros cara a cara entre palomas y siluros.
Los vídeos, con su plano cenital, ofrecen un espectáculo
apasionante. Vemos a una bandada de palomas pasando un
buen rato en la playa de grava: las palomas beben metiendo los
picos en el agua y sacuden felices las alas mientras juegan a
arrojarse agua del río, ajenas a cualquier peligro. Mientras
tanto, una amenazadora silueta oscura va acercándose bajo la
superficie. Cuando el siluro alcanza la orilla en la que las aves
están rociándose agua (hay que imaginar la música inquietante
de la banda sonora), el pez extiende las largas barbillas bucales
para detectar con toda precisión las vibraciones de su presa,
Elige un ave que tenga las patas metidas en el agua y entonces,
dando unas bruscas sacudidas con la cola, se arroja sobre la
playa, agarra por la pata a la paloma y se retira rápidamente a
su hábitat acuático, llevándose al ave que agita desesperada las
alas, a la que engulle dando un par de bocados con su
monstruosa boca. Las otras palomas se apartan, consternadas,
pero vuelven enseguida a su zona de baño como si no hubiera
ocurrido nada. Muy pronto, un segundo siluro realiza la misma
maniobra con otra paloma. En total, los biólogos grabaron
cincuenta y cuatro ataques, de los cuales al menos un tercio
tuvo éxito. Un análisis químico de los siluros, las palomas y
otros animales que sirven de alimento a los siluros (peces
pequeños y cangrejos) demostró que las palomas constituyen
una cuarta parte de la dieta de los siluros, y más aún, que
algunos ejemplares de siluro obtienen la mitad de sus
nutrientes de los pájaros.
Devorando palomas. Y lo que es más, ¡lanzándose a tierra
para atraparlas! Alto ahí. Rebobinemos. De acuerdo con los
manuales de zoología, los siluros se alimentan de peces y de
invertebrados acuáticos que atrapan en el limo del fondo. Ese
es su nicho ecológico. Su evolución no los ha adaptado para
arrojar el corpachón contra la orilla a fin de atrapar a unas
criaturas aladas a las que no permiten escapar volando. Pero
aun así, ahí los tenemos: los seres humanos hemos traído
palomas y sSiluros a las ciudades, hemos hecho las
presentaciones entre unos y otras, y así hemos preparado el
terreno para una oportunidad ecológica que antes no existía,
En los capítulos anteriores hemos visto que los animales y
las plantas se adaptan a las características físicas de las
ciudades: a su frío semblante de acero y de hormigón, al ritmo
mortal de sus arterias rebosantes de tráfico, al manto radiante
de luces artificiales con que se envuelve y a los vertidos tóxicos
que suelta por sus poros. Todos estos sucesos evolutivos
resultan del encuentro cara a cara entre el entorno urbano y los
animales y las plantas silvestres. Llamémoslo encuentro en la
primera fase: el organismo que está evolucionando es la parte
móvil, la característica física es la parte estática,
En 2017, por ejemplo, Sarah Diamond, de la Universidad
Case Western Reserve, descubrió que las hormigas de la bellota
(Temnothorax curvispinosus) se han adaptado a la isla urbana
de calor. Una colonia de hormigas de la bellota de cuerpo
moteado cabe en un único ejemplar de bellota de roble, y dado
que hay robles tanto dentro como fuera de las ciudades,
Diamond y sus colegas pudieron investigar la resistencia de la
hormiga a las altas temperaturas mediante el sencillo método
de coger bellotas con hormigas dentro y cambiarlas de
emplazamiento, llevándolas a sitios más cálidos o más frescos,
Su estudio demostró que las hormigas urbanas podían soportar
el calor un poco mejor que sus parientes rurales y que esta
diferencia tiene un origen parcialmente genético. Una vez más,
aquí tenemos un bonito ejemplo de evolución urbana, muy
parecido a otros que ya hemos visto. Pero es fundamental
recordar que esta adaptación se produce tan solo en una
dirección. La isla urbana de calor no experimenta ningún
cambio por el hecho de que un animal se haya adaptado a ella,
Es evidente que no se produce interacción alguna entre la
capacidad evolutiva de la hormiga para soportar el calor
urbano y la isla de calor misma. Pero esta verdad no puede
aplicarse automáticamente a los encuentros en la segunda fase
como las dramáticas interacciones entre los siluros y las
palomas de Albi. En este caso se crea una situación nueva en la
que ambas partes pueden adaptarse a la otra. El siluro puede
evolucionar para mejorar su técnica predatoria de palomas,
mientras que la paloma puede evolucionar para comportarse
con mayor cautela cuando está en la orilla del agua. Por el
momento no hay ninguna evidencia de que alguna de las dos
especies esté evolucionando pero, en cualquier caso, todo está
preparado para que se produzca algún día esta evolución en las
dos direcciones.
Que se trate de una evolución en una sola dirección o en las
dos crea una diferencia importante entre los encuentros en la
primera y en la segunda fase. Pero aún hay más. Los
encuentros en la primera fase podrían estar llegando a un
punto muerto. En el momento en que, por ejemplo, el fúndulo
de Bridgeport alcance el máximo de resistencia a los pceb, el
proceso evolutivo se habrá completado. El fúndulo
evolucionado y adaptado a los pcb seguirá viviendo en aguas
contaminadas durante el tiempo que quiera. Pero es muy
posible que ese estancamiento evolutivo no se alcance jamás en
los encuentros en la segunda fase. Si las palomas desarrollan
una personalidad mucho más cautelosa, puede que los siluros
desarrollen a su vez una mayor velocidad de ataque, de modo
que las palomas vayan desarrollando una mayor capacidad de
reacción con vuelo rápido, lo que a su vez podría dar lugar a
una mayor sensibilidad en las barbillas bucales del siluro, y así
hasta el infinito. No es probable que esto ocurra, sobre todo
porque el siluro no depende exclusivamente de las palomas
para alimentarse, y también porque es muy probable que las
palomas encuentren lugares sin siluros donde llevar a cabo sus
abluciones diarias. Pero en teoría podríamos asistir a un ciclo
inagotable de evolución urbana en dos direcciones, con ataques
de siluros y estrategias de defensa por parte de las palomas.
El ciclo infinito de la adaptación evolutiva, cuando un
organismo no se adapta a una circunstancia física sino a otro
organismo vivo que a su vez puede evolucionar, es lo que hace
que esta segunda clase de evolución sea tan rica. La evolución
de un miembro de la pareja pone en marcha la evolución del
otro, lo que genera que los dos vivan trabados en una misma
interacción ecológica, como dos países obligados a emprender
una incesante carrera armamentística para intentar evitar que
el otro lo destruya. Por esta razón, los biólogos evolutivos
denominan esta adaptación antagónica “la Reina Roja”, por el
personaje de Alicia a través del espejo que le decía a Alicia:
“Aquí, como ves, se ha de correr a toda marcha simplemente
para seguir en el mismo sitio”.
Pero los dos miembros de la pareja evolutiva no necesitan
ser enemigos para influenciarse recíprocamente. Todas las
especies de animales y plantas que viven en un entorno urbano
son nudos en un tapiz gigantesco de interacción ecológica
siempre cambiante. Por supuesto que hay especies en este
vasto ecosistema urbano que viven en un enfrentamiento
perpetuo. Pero también las hay que se limitan a pelear por un
poco de espacio en las grietas de las aceras, o que se ayudan a
establecerse en algún lugar concreto. Pensemos en los gorriones
que anidan en la hiedra que crece en las fachadas de los
edificios, o en los colémbolos que encuentran cobijo en las
plantas suculentas que crecen en los jardines de las azoteas.
Sea cual sea la interacción que se produzca entre ellos, lo más
probable es que si una especie evoluciona, esta evolución tenga
consecuencias en alguna de las demás especies que están
interrelacionadas por la vasta red ecológica urbana. Ninguna
especie es una isla por sí misma.
Como ya hemos visto, las ciudades actúan como los
científicos locos que crean sus propios brebajes demenciales
mezclando toda clase de elementos autóctonos y foráneos en
una misma olla, Nuestros jardines, balcones y parques tienen
plantas de todas las partes del mundo, que a su vez proveen de
alimento a una vasta variedad de animales procedentes de los
cinco continentes. En París, las cotorras de Kramer comen
semillas de la falsa acacia de Norteamérica. En las ciudades de
Malasia, las palomas europeas comen capullos de hibisco de los
arbustos plantados en las aceras. En Perth, la ardilla india de
las palmeras -—que alguien liberó en la ciudad en 1898-
conforma una saludable población gracias a las abundantes
palmeras datileras africanas y otras palmeras exóticas que
abundan en la ciudad,
El telar urbano teje redes alimenticias de diversa urdimbre y
trama, que dependen del azar y unen a las especies en un
diseño nuevo y emocionante. Dado que esas interacciones
ecológicas son matrimonios de conveniencia en vez de
emparejamientos elegidos por los dioses, las especies que
quedan así ligadas pueden desarrollar adaptaciones que les
permitan interactuar con sus nuevas parejas ecológicas.
Algunos de los mejores ejemplos se dan entre los animales
herbívoros, es decir, los que comen plantas. En Florida, por
ejemplo, es fácil ver ejemplares de una especie autóctona, la
chinche rojinegra (Jadera haematoloma). Este insecto se
alimenta de semillas de una planta trepadora también
autóctona, la parra de los farolillos (Cardiospermum corindum),
así llamada porque guarda las semillas diminutas en una
cápsula verde de unos dos centímetros de diámetro, y la
chinche rojinegra usa su trompa de nueve milímetros de
longitud para agujerear la cápsula y así llegar hasta el corazón
de las semillas.
Hacia 1955, el árbol de la lluvia (Koelreuteria elegans),
originario de Taiwán, se convirtió en una de las especies
exóticas que las autoridades de Florida empezaron a plantar en
los parques y en los arcenes de las carreteras. El árbol de la
lluvia está emparentado con la parra de los farolillos, pero
tiene una cápsula para las semillas mucho más pequeña y
plana. En un momento dado, la chinche rojinegra empezó a
comerse también las semillas del árbol de la lluvia. Y tal como
descubrió Scott Carroll, de la Universidad de California, en la
década de 1990, las chinches que vivían en los árboles de la
lluvia evolucionaron hasta el punto de convertirse en una
especie casi distinta. Solo cuarenta años después de que el árbol
de la lluvia empezara a ser una imagen corriente en las calles
de Florida, las chinches que vivían en el árbol ponían más
huevos, pero más pequeños, y además crecían más deprisa y
resultaban atraídas por el olor de los árboles de la lluvia y no
por el de la parra de los farolillos. Pero la diferencia más
llamativa afecta a las trompas, que son más cortas en las
chinches del árbol y tan solo miden de 6,5 a 7 milímetros,
mucho menos que las de sus antepasados que vivían en la parra
de los farolillos (de hecho, resultarían demasiado cortas para
ser de utilidad con las cápsulas de la parra), pero lo bastante
largas para alcanzar las semillas del interior de las cápsulas del
árbol de la lluvia. Y más aún, Carroll demostró que todas estas
diferencias entre la nueva y la antigua versión de la chinche
rojinegra ya están almacenadas en su código genético,
En 2005, Carroll anunció un giro aún más curioso para esta
historia. Y es que la misma secuencia de acontecimientos se
produjo en Australia, solo que -—como corresponde a las
antípodas- todo ocurrió al revés, En Brisbane, otra especie de
chinche rojinegra, Leptocoris tagalicus, vivía sobre todo en el
rambután lanudo (Alectryon tomentosus) hasta que la parra de
los farolillos se introdujo en la flora local y acabó
convirtiéndose en una plaga nacional hacia 1960. Más o menos
por aquellas fechas, la chinche rojinegra australiana, atraída
por la abundancia de la parra de los farolillos, se pasó a esta
trepadora. Carroll midió la longitud de la trompa de los
ejemplares de Leptocoris que se conservaban en los museos de
historia natural de Australia y descubrió que antes de 1965
tenían unas trompas muy cortas. Sin embargo, a partir de aquel
año, empezaron a aparecer individuos con la trompa más larga.
Estas chinches de trompa larga que ya existían antes de 1965
debieron de ser las primeras en colonizar y adaptarse a la vida
en las parras de los farolillos. Y hoy, según ha descubierto
Carroll, los Leptocoris tagalicus que viven en las parras tienen
una trompa más larga que los que viven en el rambután lanudo:
lo bastante largas, claro está, como para alcanzar las semillas
del interior de las cápsulas.
Las trompas de las chinches rojinegras que crecen 0
decrecen como la nariz de Pinocho son un ejemplo clásico de la
evolución de los herbívoros que se adaptan a la nueva planta
que les sirve de alimento. Muchos casos de este tipo proceden
de la agricultura, porque el cambio a un nuevo cultivo suele
acarrear la aparición de una nueva plaga. En el valle del río
Hudson, en Estados Unidos, la mosca de San Marcos autóctona
produjo una nueva especie que se adaptó a la manzana
introducida por los colonos llegados de Europa. La mosca
gusano de la manzana (Rhagoletis pomonella) se ha vuelto tan
distinta de la mosca de San Marcos que muchos estudiosos la
consideran una especie diferente. Y en Europa, la polilla
autóctona Ostrinia scapulalis, que taladra los tallos de las
plantas autóctonas de artemisa, también originó una especie
nueva, Ostrinia nubilalis (el taladro del maíz), cuando el maíz
llegó a Europa desde América en el siglo xvi. En estos
quinientos años, el taladro europeo del maíz ha ido
desarrollando múltiples adaptaciones a este, incluida una
particularmente deliciosa. A finales del verano, las orugas que
devoran los tallos de la planta entran en una fase de
“diapausa”, que supone un periodo de muy baja actividad, como
una especie de vacaciones antes de que empiece el trabajo duro
de la metamorfosis. Las orugas de la Ostrinia scapulalis
excavan un túnel a media altura en los tallos de la planta, pero
los de la Ostrinia nubilalis se entierran en la parte inferior del
tallo, muy cerca del nivel del suelo. ¿Por qué? Basta pensar en
las décadas y décadas de selección natural causadas por el
asalto de las cosechadoras de maíz que se ponen en marcha al
final del verano, y todos tendremos claro el porqué.
Los científicos ya han reunido las suficientes evidencias
sobre docenas de herbívoros que colonizan una planta exótica y
a partir de ese momento evolucionan siguiendo una pauta muy
parecida la de la chinche rojinegra, la mosca gusano de la
manzana y el taladro del maíz. Mis alumnos y yo también
hemos contribuido a estos hallazgos: hemos descubierto que en
el norte de los Países Bajos el escarabajo de las hojas
Gonioctena quinquepunctata se ha desplazado del serbal
autóctono (Sorbus aucuparia) a la especie invasiva del cerezo
negro americano (Prunus serotina), un cambio de conducta que
se ha producido en muy poco tiempo (empezó a ocurrir hacia
1990), pero que ya ha dejado cambios en los genes del
escarabajo.
Los animales herbívoros que se adaptan a una nueva planta
como fuente de alimentación conforman uno de los aspectos
del juego de la Reina Roja. El inverso —el de las plantas que se
adaptan a un animal herbívoro- forma el otro. La espartina,
por ejemplo, es una robusta herbácea que crece en las
marismas de todas las costas del océano Atlántico. Teniendo en
cuenta su mala reputación y el nombre científico, Spartina, que
da bastante miedo, ha sido la elegida para fabricar las dianas
de los tiros al blanco y ha demostrado ser lo bastante resistente
para viajar con los seres humanos a colonizar las marismas de
todo el mundo. El espartillo de cangrejal (Spartina alterniflora)
es una especie de la costa este norteamericana, pero los seres
humanos la han transportado involuntariamente a la costa
oeste, donde ahora prospera en lugares como la incontaminada
Willapa Bay en el estado de Washington (donde lleva viviendo
desde 1900) y las áreas urbanas de la bahía de San Francisco
(donde llegó hacia 1970).
Vivir en un entorno rural o urbano no es la única diferencia
existente entre los dos nuevos hogares de esta herbácea. En
Willapa Bay, la hierba no tiene que soportar la presencia de
plagas de insectos, mientras que en San Francisco hay unos
saltaplantas, Prokelisia marginata —un insecto de la costa este
tan ajeno a la ciudad como la gente que la llama Frisco-, que
le chupan las hojas y la dejan seca. Dos investigadores, Curtis
Daehler y Donald Strong, han estudiado en un invernadero si la
diferencia en las condiciones de vida había hecho que el
espartillo del cangrejal evolucionara de forma distinta en los
dos lugares. Y en efecto, descubrieron que las plantas de San
Francisco, al ser atacadas por los saltaplantas, solo perdían el
20% de las hojas y seguían viviendo felizmente, mientras que
las plantas de Washington, dos estados más arriba, al no estar
evolutivamente preparadas para convivir con el insecto,
perdían el 80% de las hojas y morían en una proporción de casi
la mitad. Por lo visto, las dos colonias de espartillo habían
desarrollado una resistencia opuesta a las plagas, tal vez
relacionada con las sustancias químicas que algunas plantas
secretan para conseguir que las hojas tengan mal sabor.
En un nuevo giro de la historia recién descubierto, las
sustancias químicas que las plantas usan para defenderse de los
insectos herbívoros pasan por manos humanas y luego los
pájaros las empiezan a usar como insecticida natural con el que
fumigan sus nidos. Bueno, vamos a ver, esa oración parece
extremadamente enrevesada, ¿no? Tendremos que leerla otra
vez. Pues bien, imaginemos lo intrigada que se quedó la
ornitóloga mexicana Monserrat Suárez-Rodríguez cuando, en
2011, empezó a descubrir colillas abandonadas en los nidos de
los gorriones y pinzones mexicanos que había en el campus de
la Universidad Nacional de México, en Ciudad de México. Las
colillas son uno de esos engendros urbanos que nos
encontramos por todas partes. En la escuela se nos enseña a no
tirar basura en la calle, pero los fumadores parecen haber
tomado la decisión colectiva de que esta norma no se aplica al
resto estiloso y fotogénico de lanzar el cigarrillo al suelo con un
rápido movimiento de los dedos. En todo el mundo se fuman al
año cinco billones de cigarrillos con filtro (sí, se trata de un
cinco con doce ceros), y muchos de esos filtros terminan
arrojados al medio ambiente, donde tardan años en degradarse.
No es raro que las aves urbanas de Ciudad de México hayan
sido incapaces de resistirse a mezclarlos con otros materiales
de construcción de sus nidos. Suárez-Rodríguez contó hasta
cuarenta y ocho colillas por nido. En realidad, estas aves
estaban empollando huevos en un cenicero.
Pero Suárez-Rodríguez se preguntó si aquel material había
llegado por casualidad al nido, o si por el contrario había
intervenido algún otro factor. Después de todo, algunas aves
incorporan al nido plantas de hoja verde porque los
compuestos químicos de las hojas ahuyentan a los ácaros, las
pulgas y los piojos. Y dado que los cigarrillos se fabrican con
hojas de la planta de tabaco, que cuentan con el poderoso
agente contra insectos de la nicotina, tal vez las aves del
campus se beneficiaran indirectamente de la tendencia humana
a disfrutar de ese compuesto químico. Para averiguarlo, Suárez-
Rodríguez y sus colegas contaron la cantidad de colillas
halladas en unos sesenta nidos y también hicieron un recuento
de los ácaros presentes. El estudio descubrió que había una
hermosa relación en negativo: cuantas más colillas, menos
ácaros, en tanto que las aves que se negaban a convertir el nido
en un antro de fumadores pagaban un alto precio por su
limpieza, ya que tenían que compartir espacio con un centenar
de ácaros chupasangre, mientras que los nidos que contaban
con más de diez gramos de material proveniente de los
cigarrillos prácticamente carecían de ellos,
Por desgracia, no sabemos aún lo que podría explicar la
existencia de este equivalente aviar del insecticida. Pudiera ser
que las aves perciban la nicotina en las colillas y las usen como
si fueran hojas verdes de la planta que de otro modo habrían
usado para construir el nido. O pudiera ser que, después de
varias generaciones, las aves descubrieran que los nidos con
más colillas resultaban mucho más confortables, O bien pudiera
ser que la conducta tuviera un componente genético y fuese
una defensa evolutiva contra los insectos. Si es así, los
investigadores deberían averiguar si los ácaros urbanos están
desarrollando una defensa evolutiva contra la nicotina,
Por supuesto que lo que he contado en este capítulo no
demuestra la existencia de un ciclo completo evolutivo según
las normas de la Reina Roja. Hemos visto herbívoros que se
adaptan a las plantas que los seres humanos han introducido en
su entorno, y hemos visto otras plantas que se adaptan a los
herbívoros que se alimentan de ellas como consecuencia de la
intervención humana. Incluso hemos visto pájaros que
mantienen a raya a los ácaros parasitarios por medio de
insecticidas derivados de plantas reales y que los hábitos
urbanos de los fumadores han puesto a su disposición. Pero lo
que todavía no tenemos son los casos paradigmáticos de una
interacción ecológica que siga los sucesivos ciclos evolutivos del
ataque, la defensa, el contraataque y la contradefensa. Quizá se
deba a que la mayoría de los biólogos son o bien zoólogos o
bien botánicos (de modo que investigan la interacción
únicamente desde el punto de vista de la planta o del
herbívoro), y no tanto a una escasez real de hechos que
apuntalen un paradigma. En cualquier caso, ya hemos
constatado que fragmentos de dichos ciclos están sucediendo en
diversas especies, o sea que es muy probable que estén
produciéndose nuevas relaciones ecológicas urbanas según un
esquema de adaptación del ojo por ojo y diente por diente, y
que eso esté ocurriendo aquí delante y ahora mismo.
Auto-domesticación
Un muro que se cae a pedazos, una rampa y una vasta
extensión de asfalto por la que varias berlinas idénticas, de
color gris plateado, están dando vueltas y zigzagueando entre
los conos de tráfico. Puede que no parezca gran cosa, pero para
los biólogos urbanos la autoescuela de Kadan, en la ciudad
japonesa de Sendai, es territorio sagrado. Nosotros cuatro (los
estudiantes de biología Minoru Chiba y Yawara Takeda, la
bióloga Iva Njunjió y yo) llevamos varias horas apostados al
lado de ese muro que se cae a pedazos, esperando ver lo que ha
hecho famoso a este lugar.
Fue aquí donde, en 1975, las cornejas negras autóctonas
(Corvus corone) descubrieron cómo usar los coches a modo de
cascanueces. A las cornejas les gustan mucho las nueces del
nogal japonés (Juglans ailantifolia), un árbol que crece por
todas partes en esta ciudad. Las nueces, que son un poco más
pequeñas que las que comemos y tienen un bonito interior en
forma de corazón, son demasiado duras para que las cornejas
negras puedan abrirlas con el pico, así que desde tiempos
inmemoriales las han dejado caer para que se abran al impactar
contra el suelo. En la ciudad se ven por todas partes
aparcamientos llenos de cáscaras vacías: las cornejas arrojan
las nueces durante el vuelo o bien las llevan a la azotea de los
edificios contiguos y luego las lanzan al asfalto.
Pero el proceso es muy fatigoso y en ocasiones hay que
arrojar las nueces varias veces antes de que se rompan. De
modo que un día unas cornejas tuvieron una idea mejor: lanzar
las nueces al paso de los coches que iban despacio y luego
recoger los frutos tras el paso del vehículo. Esto empezó en la
autoescuela Kadan, donde había muchos coches que se movían
despacio, y luego otras cornejas la imitaron hasta que se
extendió por toda la ciudad, en la que abundaban aquellos
cascanueces gigantes que avanzaban a escasa velocidad, sobre
todo en las curvas de noventa grados y en los cruces de
carreteras. En esos lugares, en vez de arrojar las nueces desde
el aire, las cornejas se posaban en el arcén y luego colocaban
las nueces con mayor precisión en la carretera, Desde entonces
esta costumbre se ha extendido a otras ciudades de Japón.
Un zoólogo de la Universidad Tohoku de Sendai, Yoshiaki
Nihei, la estudió en detalle. Nihei observó que las cornejas se
posaban frente a un semáforo, esperaban a que se pusiera en
rojo, luego se colocaban delante de los coches, depositaban las
nueces, volvían saltando a la acera y esperaban a que el
semáforo se pusiera en verde. Cuando los coches se iban,
volvían al asfalto para apoderarse de su botín. El trabajo
revelaba una gran finura en el uso de sus “herramientas”. Las
aves, por ejemplo, desplazaban las nueces unos centímetros si
los coches tardaban demasiado en aplastarlas. En una ocasión,
Nihei incluso llegó a ver que una corneja negra se interponía en
el trayecto de un coche, le obligaba a frenar y acto seguido
metía una nuez debajo de las ruedas.
Estas fascinantes observaciones languidecieron en oscuras
revistas científicas japonesas hasta 1997, Aquel año, la bbe
envió un equipo a Sendai a filmar las cornejas para el
programa de David Attenborough La vida de las aves. La voz
en off de sir David tuvo un éxito inmediato: “Se sitúan en los
pasos de peatones o esperan a que el semáforo se ponga en
rojo. ¡Y entonces cogen las nueces aplastadas sin exponerse a
ningún peligro!”.
Ya que habíamos venido a esta ciudad para conocer sus
famosas cornejas urbanas, mi divertida banda de biólogos ha
dedicado el día a enseñárnoslas. Minoru y Yawara nos cuentan
que en Sendai todo el mundo conoce los trucos de las cornejas,.
De hecho, uno de los pasatiempos favoritos de la gente es
arrojar nueces a las cornejas y observar sus movimientos. Así
que, provistos de un saco de nueces que hemos traído de los
Países Bajos, nos ponemos a la tarea. Pero las cornejas no
quieren cooperar. Nos hemos pasado toda la mañana apostados
frente a los semáforos de los cruces, sentados en sillitas
plegables, a la vista de una infinidad de conductores que nos
observan, esperando estúpidamente que ocurra algo, pero hasta
ahora todo ha sido en vano. Y ahora nos hemos venido al
famoso epicentro del fenómeno, a la autoescuela Kadan. Está
empezando a hacer mucho calor y todos estamos hambrientos y
cansados. Con los ojos vidriosos, miramos las pilas de nueces
que hemos colocado en varios lugares de la pista de pruebas.
Los estudiantes de la escuela las esquivan con mucho cuidado y
las cornejas las sobrevuelan sin siquiera fijarse en ellas. Así es
como funciona el trabajo de campo urbano.
A lo mejor, reconocen finalmente Minoru y Yawara, no es la
época adecuada del año. Las nueces todavía no están del todo
maduras, a las jóvenes crías les acaba de salir el plumaje
adulto y las bandadas de cornejas recorren la ciudad en busca
de otra clase de alimentos, como las moras maduras que están
por todas partes. Suelto un suspiro y sigo mirando. Pero de
pronto oigo un crujido detrás de mí. Me doy la vuelta y
sorprendo a Iva comiéndose nuestras nueces. Me mira
desafiante. “¿Qué pasa? Pero si de todos modos no van a
venir”.
La corneja negra no solo está presente en Japón. También
es muy común en Europa occidental, donde abundan los
coches, los semáforos y las nueces. Y sin embargo, las cornejas
negras europeas no han aprendido a aprovecharse del tráfico
urbano mediante el complejo sistema de Rube-Goldberg que
han inventado en Japón. Eso no significa que los seres
humanos europeos estén a salvo de que las aves los manipulen,
tal como ha demostrado a lo largo de medio siglo el famoso (y
tedioso) caso de los pájaros que han aprendido a destapar
botellas de leche: los herrerillos, unas alegres aves canoras con
hermosas bandas de color amarillo, negro y azul (en el
herrerillo azul, Cyanistes caeruleus), y de color verde oliva (en
el carbonero común, Parus major).
Ningún herrerillo -o mejor dicho, ningún ave- puede
asimilar la leche. A diferencia de los mamíferos, las aves
carecen de las enzimas necesarias para descomponer la lactosa.
Pero la película de leche cremosa que quedaba atrapada en el
cierre de las botellas antiguas de leche no homogeneizada
contenía muy poca lactosa, y un ave hambrienta, en invierno,
no le hacía ascos a complementar su ingesta de grasas con un
poquito de crema robada de las tapas de los envases. Y eso es
justamente lo que los herrerillos hacían a finales del siglo xix y
comienzos del siglo xx en Inglaterra y en otras partes de
Europa, época en que los lecheros todavía dejaban las botellas
de leche, por la mañana, frente a la puerta de las casas. Antes
de que el mamífero que vivía en la casa abriera la puerta y
recogiera las botellas, un herrerillo se abalanzaba sobre ellas,
aterrizaba sobre el cierre y metía el pico en la leche que había
debajo, consumiendo hasta una pulgada del manjar oculto.
Por desgracia, las primeras fases de la lucha de desgaste que
se desarrolló entre las aves y los seres humanos se han perdido
en la noche de los tiempos. Probablemente los seres humanos
empezaran a correr hacia la puerta de casa en cuanto veían
llegar el carro del lechero para que los herrerillos no tuvieran
tiempo de robarles la leche. Pero los herrerillos, lejos de
rendirse, se apostarían cerca de la puerta antes de que llegara
el lechero. En cualquier caso, en aleún momento a comienzos
del siglo xx los distribuidores de leche empezaron a sellar las
botellas con cera. Lo cual supuso un respiro únicamente
temporal, pues en 1921, los herrerillos de Southampton
empezaron a arrancar el cierre de cera, o bien aprendieron a
deshacer la tapa de cartulina, capa por capa, hasta que la tapa
se volvía tan delgada que podían agujerearla con el pico.
Cambiar las tapas de cartulina por unas de aluminio tampoco
logró evitar los robos: hacia 1930, los herrerillos de diez
ciudades de toda Inglaterra habían aprendido a abrir los cierres
metálicos. Si se encontraban con uno de estos, abrían un
agujero en la tapa y luego iban arrancándola a tiritas. También
habían aprendido a retirar la tapa y salir volando con ella,
sujetándola con una garra, hasta un lugar seguro donde
engullían la leche pegada a la parte inferior. Al pie de los
árboles favoritos de los herrerillos iba formándose un
montoncito de tapas desechadas, todas limpias y abandonadas.
Pero a veces la codicia de las aves era su perdición. Dos
ornitólogos ingleses que estudiaban la conducta de los
herrerillos, Robert Hinde y James Fisher, encontraron a
menudo “herrerillos azules ahogados por haber metido la
cabeza en el cuello de la botella, probablemente tras haber
perdido el equilibrio cuando intentaban llegar hasta la leche de
abajo”.
Hinde y Fisher descubrieron estos casos porque, en un
proyecto científico ciudadano avant la lettre, que empezó en
1947, enviaron cientos de cuestionarios a naturalistas,
observadores de aves, lecheros y consumidores de leche, así
como a médicos y otras personas “con conocimientos
científicos”. A partir de las respuestas, consiguieron reconstruir
una historia detallada de los ataques a las botellas de leche por
parte de los herrerillos, pero también de las medidas de
contraataque que habían adoptado los seres humanos, primero
en las Islas Británicas, y después, una vez enviado el
cuestionario correspondiente, en el resto del continente
europeo,
En un artículo que apareció en British Birds se publicaron
fragmentos de las respuestas obtenidas, que revelaban la
magnitud de la frustración humana por una guerra de astucia
contra un enemigo del tamaño de un ratón. La gente estaba
furiosa por la rapidez con que los herrerillos se abalanzaban
sobre las botellas de leche, con frecuencia a los pocos minutos
de que el lechero las hubiera dejado en su sitio. ¡Daba la
impresión de que los pájaros estuvieran esperando su llegada!
(Lo más probable es que fuera así: un lechero se quejó de que
unos herrerillos ni siquiera esperaban a que dejase las botellas
frente a la puerta, asaltaban el carromato mientras él estaba
dejando algún pedido. Y cuando volvía corriendo al carromato,
otros herrerillos ya estaban abalanzándose sobre las botellas
que acababa de repartir). En un asalto a gran escala, una
bandada de herrerillos logró abrir cincuenta y siete botellas de
las trescientas que acababan de entregarse a una escuela antes
de que el director tuviera tiempo de ahuyentarlos. En algunas
zonas, la gente colocaba tapas de metal, rocas o trapos para
ocultar las botellas de leche, pero los pájaros se las ingeniaban
para vencer estos obstáculos.
Los mapas que Hinde y Fisher adjuntaron al artículo
mostraban cómo se había ido generalizando la habilidad de las
aves para abrir botellas. Curiosamente no se habían
generalizado de forma gradual desde el foco de la investigación
en Southampton. Más bien parecía que los pájaros que atacaban
botellas surgían de forma independiente en numerosos pueblos
y ciudades, y que desde allí su conducta iba extendiéndose
localmente. Los herrerillos no suelen moverse de un radio de
unos diez o veinte kilómetros al año, pero aun así, otras
localidades que estaban a más de veinte kilómetros del último
lugar afectado por los ataques recibían de repente la visita de
los herrerillos hambrientos de crema de leche. Por lo tanto, lo
más probable es que múltiples herrerillos particularmente
inteligentes inventaran esta conducta de forma independiente y
que luego los demás empezaran a imitarles. En la localidad
valesa de Llanelly, por ejemplo, a cientos de kilómetros del
lugar más cercano donde se había detectado un ataque de
herrerillos, una sola casa entre trescientas sufrió el ataque de
un herrerillo ladrón en 1939. Siete años más tarde, todos los
herrerillos de la zona estaban haciendo lo mismo. En
Ámsterdam, Niko Tinbergen vio carboneros abriendo botellas
de leche antes y después de la Segunda Guerra Mundial, aunque
durante el conflicto y al comienzo de la posguerra no hubo
reparto de leche, y a pesar de que en 1947, cuando los lecheros
volvieron a efectuar sus rondas de reparto, ya no debía de
sobrevivir ningún herrerillo anterior a la guerra.
En las últimas décadas, los herrerillos parecen haber sido
derrotados por sus adversarios humanos consumidores de leche.
En primer lugar, la leche descremada y homogeneizada, que no
deja una capa de crema en la boca de la botella, se ha ido
introduciendo más y más en el mercado. Durante un tiempo,
los herrerillos esquivaron el problema al descubrir el color de la
tapa que identificaba a la antigua leche entera. Pero desde
entonces los envases de vidrio con cierres de aluminio se han
sustituido por otra clase de envases, y el reparto de leche
también ha desaparecido, ya que ahora todas las compras se
hacen en el supermercado. Hoy, poca gente experimenta la
indignación de comprobar que los pájaros del vecindario han
atacado su leche,
La cuestión de los pájaros y las botellas sirve aún de
inspiración a los biólogos urbanos, porque todavía quedan
muchos misterios por resolver. ¿Cómo fue pasando de pájaro
en pájaro la destreza necesaria para abrir las botellas? ¿Están
las aves urbanas mejor equipadas para el aprendizaje rápido de
trucos nuevos o para cambiar de gustos alimentarios que sus
congéneres rurales? Y si es así, ¿por qué?
Una investigadora australiana, Lucy Aplin, que trabaja en la
universidad de Oxford, encontró hace poco la respuesta a la
primera pregunta: ¿cómo es posible que un nuevo truco
descubierto por un pájaro muy inteligente haya pasado a los
demás? Las investigaciones de Aplin tienen lugar en Wytham
Woods, el mismo bosque cercano a Oxford en el que Bernard
Kettlewell (en el capítulo viii) vivió en una caravana y
recolectó mariposas del abedul. Pero hoy los científicos usan
una tecnología mucho más sofisticada que las bolsitas de gasa
de Kettlewell. Aplin distribuyó por todo el bosque unas “cajas
rompecabezas” monitorizadas y computerizadas. La caja
rompecabezas es la taimada forma que han ideado los biólogos
para comprobar las habilidades de los animales en la resolución
de problemas. Se trata de un artilugio que exige realizar un
conjunto determinado de acciones antes de ofrecer una
recompensa en forma de comida. En el caso de los herrerillos
de Aplin, la caja rompecabezas consistía en un baúl de plástico
con una percha en la que posarse. Al lado de la percha había
una puerta corredera que el pájaro podía abrir deslizándola
hacia la derecha o la izquierda con un simple empujón del pico.
Detrás de la puerta había un platito con deliciosos gusanos de
la harina vivos.
Y eso no era todo. Al vivir tan cerca de una congregación de
científicos inquietos, los carboneros de Wytham Woods son un
erupo de aves que se ha estudiado intensivamente. Todos
llevan una pata anillada con un chip transpondedor. Y
colocando antenas en las cajas para anidar y para alimentos,
los investigadores pueden rastrear la historia personal de cada
ave: no solo la edad que tiene y con quién ha construido el
nido, sino quiénes son sus amigos y con qué otras aves le gusta
relacionarse. En el caso de Aplin, por medio de una antena
oculta en la percha de la caja rompecabezas que registraba los
códigos individuales de identificación cada vez que un
carbonero se posaba en ela Al mismo tiempo, unos
interruptores en la puerta de plástico detectaban si el pájaro
había logrado abrirla, y si —cosa fundamental en la
investigación, como veremos más adelante- la había abierto
desplazándola hacia la izquierda o hacia la derecha,
Wytham Woods, en lo que se refiere a los carboneros, está
dividido en ocho secciones, cada una de las cuales alberga un
centenar de ejemplares que interactúan entre sí mucho más que
con los pájaros de las demás secciones. Los observadores de
aves de Oxford denominan “subpoblaciones” a estas secciones.
Pues bien, en cinco “subpoblaciones”, Aplin capturó a dos
machos que tuvieron el honor de ser los pioneros en el uso de
la caja rompecabezas: Aplin enseñó a estos diez machos a abrir
la puerta de la caja, dejándoles ver cómo lo hacían otros
pájaros cautivos que ya conocían el secreto. A algunos los
había adiestrado para que abrieran la puerta moviéndola hacia
la derecha y a otros hacia la izquierda, y se aseguró de que los
dos carboneros de cada subpoblación aprendieran la misma
versión del rompecabezas (los dos la empujarían por igual hacia
la derecha o hacia la izquierda). Después, Aplin dejó en libertad
a los pájaros que habían aprendido el truco para que volvieran
a su subpoblación natal a anunciar la buena nueva de la caja
rompecabezas, mientras que la investigadora iba distribuyendo
un montón de cajas, bien provistas de gusanos, por todo el
bosque.
Durante cuatro semanas, los circuitos de interruptores,
antenas y señales digitales instalados en las cajas rompecabezas
fueron activándose y registrando las idas y venidas de los
pájaros que movían la puerta hacia la derecha o hacia la
izquierda. Cuando se terminó el festín, Aplin recogió todas las
cajas, descargó los datos acumulados y empezó a analizarlos,
Descubrió que la mayoría de los carboneros, en las cinco
subpoblaciones en las que había liberado a los pájaros que ya
conocían el truco de la puerta, habían aprendido también a
abrir la puerta. Pero en las subpoblaciones en las que no hubo
un pájaro “adiestrador”, solo unos pocos pájaros consiguieron
abrir la puerta; en un caso, ni siquiera llegaban al 10%.
El experimento también demostró que este nuevo
conocimiento iba pasando por la subpoblación a través de los
pájaros amigos: los mejores amigos de los pájaros que ya
conocían el secreto eran los primeros en aprenderlo y luego
comunicarlo a otros. Dado que el dispositivo preparado por
Aplin podía filmar el momento en que cada ave aprendía el
truco, la investigadora pudo observar directamente cómo el
meme se iba esparciendo a través de la red social de las aves
hasta que casi todo el mundo lo conocía. Si Aplin había
dispuesto dos alternativas, con una puerta que se movía hacia
la derecha y otra hacia la izquierda, era justamente para
estudiar la transmisión del conocimiento en cada subpoblación.
Y su experimento demostró que en cada una se había
introducido el hábito de abrir la puerta hacia un lado u otro en
función del modo en que habían sido adiestrados los pájaros
pioneros. Si habían aprendido a abrir la puerta hacia la derecha,
así fue como aprendieron a abrirla los demás carboneros de su
subpoblación. Aplin comprobó que el hábito de abrir la puerta
seguía activo incluso un año después del experimento.
Lo que demuestran los herrerillos británicos es que algunos
animales pueden aprender a descifrar los códigos de los seres
humanos y contarles el secreto a sus amigos, al menos hasta
que a los seres humanos se les ocurre una contramedida: así es
como los seres humanos y los animales urbanos están siempre a
la gresca. Pero para que los animales adquieran esa
información y la transmitan a otros son esenciales ciertas
facultades. En primer lugar, los animales necesitan tener una
cierta inteligencia capaz de resolver problemas; el mismo tipo
que ayuda a los herrerillos y los carboneros a comprender que
si rompen la tapa de aluminio de una botella pueden acceder a
la deliciosa crema que se esconde debajo. En segundo lugar,
necesitan tener neofilia: una atracción hacia los objetos
desconocidos. Cuando aparecieron las primeras botellas de
cristal algunos herrerillos, en lugar de espantarse, debieron de
empezar a examinarlas en busca de posibles ventajas
nutricionales. Y, finalmente, necesitaban ser tolerantes a los
lecheros enfadados, a los clientes que cubrían la leche con
paños y a la cercanía a la gente en general.
Es evidente que los herrerillos que destapaban las botellas
de leche o los que aprendieron a usar las cajas rompecabezas
de Lucy Aplin se beneficiaron del hecho de ser ejemplares
tolerantes, con atracción por lo nuevo y con alta capacidad
para resolver problemas. Pero esto no siempre ocurre. En
circunstancias más naturales, a menudo resulta provechoso
mostrarse tímido, conservador y alérgico a las novedades. Si un
entorno permanece estable durante mucho tiempo, lo más
aconsejable es evitar el contacto con los seres humanos y con
los animales de gran tamaño, ya que todos pueden ser
peligrosos y, además, los objetos fabricados por los seres
humanos suelen contener piezas móviles que resultan letales,
así que lo mejor es mostrarse cauteloso si uno no quiere tener
que lamentarlo,
Sin embargo, estas viejas muestras de sabiduría tradicional
no tienen la misma utilidad en las ciudades. Los seres humanos
traen consigo una gran abundancia de comida, crean
habitáculos y nuevos emplazamientos para anidar, y por lo
eeneral ofrecen un montón de nuevas oportunidades. Además,
sobre todo en las ciudades, suelen tener una predisposición
favorable hacia los pequeños animales y mamíferos y no suelen
hacerles daño (aunque sus mascotas sí que pueden atacarles). Y
encima, los seres humanos no paran de crear cosas. En
ocasiones, como ocurre con los envases de helados McFlurry en
los que los erizos se quedan atascados cuando meten la cabeza,
estos objetos pueden ser peligrosos, pero en otros casos —basta
pensar en las botellas de leche— las ventajas son muy
superiores a los peligros. Dicho de otro modo, tenemos que
hacernos a la idea de que los animales urbanos van a
evolucionar para adaptarse a todas las formas posibles de
explotar a los seres humanos. Pero eso no ocurre porque un
buen día empiece a circular un gen que les permita abrir las
tapas de las botellas de leche (lo más seguro es que no exista
ese gen), sino porque la tendencia genética a ser más tolerantes
y más inquisitivos (y esos genes sí que existen) enseña a los
animales a aprovecharse de los seres humanos y de sus
costumbres siempre cambiantes. Al permitir un aprendizaje
más rápido, estos genes se propagan muy deprisa y la especie
evoluciona en la ciudad hasta que se convierte en una variante
mucho más espabilada que su conservadora y anticuada
contrapartida rural,
Tenemos pruebas de que así ocurre, es decir, sabemos que
los animales urbanos se han acostumbrado a solucionar
problemas, han perdido el miedo y han desarrollado una
inclinación por lo nuevo. Algunas de estas pruebas provienen
de la isla-estado de Barbados, donde la Universidad McGill, de
Montreal (Canadá), tiene un centro experimental. Situado en las
afueras de la ciudad de Bridgetown, ha sido allí donde varias
reneraciones de profesores y estudiantes de McGill han
enseñado y han llevado a cabo sus investigaciones. El centro
experimental tiene una estupenda cantina, pero ¡atención!, se
levanta en las riberas paradisiíacas del Caribe, y justo al lado
está el suntuoso Colony Club, así que los investigadores se
pasan muchas horas, antes y después de su trabajo de campo,
ganduleando por allí, Y fue justamente en las inmaculadas
mesas del Colony Club, en el año 2000, donde los biólogos de la
universidad notaron que unas aves, los impertinentes semilleros
de Barbados (Loxigilla barbadensis), habían aprendido a abrir
las bolsitas de azúcar destinadas al consumo humano. De una
forma similar a como hacían los herrerillos británicos con las
botellas de leche, un semillero de Barbados cogía una bolsita
con la garra y usaba el duro pico para agujerear el envoltorio y
tragarse unos bocaditos de azúcar antes de emprender el vuelo,
Más tarde, los biólogos vieron que los semilleros sabían usar el
menaje de otros restaurantes. Por ejemplo, abrían los
azucareros de cerámica (desplazando las pesadas tapas con el
pico) o robaban la leche en polvo para el café, “Cuando te
sientas a tomar café en una terracita de Barbados, casi seguro
que vas a tener que compartirla con los semilleros”, dice el
estudiante de posgrado Jean-Nicolas Audet.
A Audet y al investigador posdoctoral Simon Ducatez,
estudiar la conducta de los semilleros les permitió buscarse una
excusa —como si hiciera falta— para pasarse horas y horas entre
las mesas del restaurante del Colony Club. Al final, incluso
tuvieron que convencer al director de su investigación para que
les permitiera llevar a cabo el trabajo “de campo” en las
mismas mesas del Colony Club, y también en las del cercano
Coral Reef Club y en las del majestuoso Royal Pavillion. Pero
Barbados no es únicamente una isla de hoteles y centros
urbanos. Aunque está muy poblada (tiene una densidad de unos
setecientos habitantes por kilómetro cuadrado) y muy
urbanizada, el extremo nororiental de la isla sigue siendo rural.
Así que a Audet le pareció interesante comprobar si los
semilleros de las zonas rurales habían desarrollado las mismas
habilidades que los de las zonas urbanas.
Para averiguarlo, ideó dos clases de cajas rompecabezas.
Ambas eran de plástico transparente y tenían una provisión de
semillas como recompensa, pero una de ellas (la “caja con
cajón”) podía abrirse o bien tirando del cajón o bien deslizando
la cubierta, en tanto que el otro tipo de caja (“la caja con
túnel”) exigía las dos acciones: primero tirar del cajón y luego
deslizar la cubierta. Audet atrapó veintiseis semilleros urbanos
y veintisiete semilleros rurales, y los puso a prueba en el centro
experimental para averiguar si eran capaces de resolver el
rompecabezas (y en ese caso, cuánto tiempo tardaban en
hacerlo). El resultado fue que todas las aves conseguían abrir el
cajón, pero los semilleros urbanos eran el doble de rápidos en
hacerlo. En cambio, solo trece semilleros urbanos consiguieron
abrir la caja con túnel, mientras que los rurales dieron
resultados mucho peores: solo siete lograron hacerlo, y además
les costó de media tres veces más tiempo que a los semilleros
urbanos. De modo que resulta evidente que los semilleros
urbanos están mucho mejor adaptados para alimentarse de la
comida destinada a los seres humanos. Todavía está por
averiguarse si los semilleros urbanos poseen genes para
resolver problemas que no posean sus congéneres rurales.
Audet sospecha que la isla es demasiado pequeña y que los
pájaros son demasiado peripatéticos. En cualquier caso, si los
beneficios son lo bastante grandes, la selección natural podrá
actuar, por así decir, a contracorriente y empezar a desarrollar
diferencias genéticas.
En estos rápidos procesos de aprendizaje, el rasgo
fundamental es la capacidad de resolver problemas. Pero un
animal, para desarrollar esta capacidad, antes tiene que
mostrarse menos cauteloso con respecto a los objetos nuevos
que aparezcan en su entorno. Dicho de otro modo, necesita ser
neófilo, es decir, predispuesto a observar y a investigar todo
cuanto se salga de lo corriente. En otras palabras, debe ser
curioso,
A lo largo de los años, los biólogos experimentales han
hecho su agosto (literalmente) ideando experimentos que
midieran la neofilia de los animales urbanos. ¿Qué otra cosa
puede ser más divertida que montar unos objetos rarísimos que
no se parecen a ninguna otra cosa en el mundo y ponerlos en
contacto con unos animales desprevenidos para estudiar sus
reacciones? Es una especie de cámara oculta para biólogos. En
nombre de la biología conductista urbana, los minás comunes
de Australia han tenido que relacionarse con cepillos de pelo de
color verde y cintas adhesivas amarillas; los cuervos ingleses,
con obras de arte moderno fabricadas con bolsas de patatas
fritas, tarros de compota y envases de poliestireno de los
contenedores de comida rápida; y las cigarras de Tennessee,
con hermosas torres construidas con bloques de Duplo. En la
mayoría de los casos, las aves urbanas se acercaron a estos
extraños objetos con mucha mayor rapidez e interés que sus
congéneres rurales,
Vale la pena mencionar uno de estos estudios porque fue
realmente exhaustivo. Piotr Tryjanowski y sus colegas
estudiaron ciento sesenta comederos de aves instalados en
ciudades polacas y en sus alrededores. Como prueba, colocaron
en la mitad de estos comederos “un objeto verde chillón hecho
de goma con un puñado de pelos”, según lo describían en el
artículo que publicaron en Scientific Reports. “Nunca habíamos
visto en el campo nada igual, lo que hacía muy probable que a
las aves les pareciera enteramente novedoso”. En cambio, los
demás comederos se dejaron intactos. Y mira por dónde, de las
cuatro especies que visitaban con más frecuencia los comederos
(carbonero, herrerillo azul, verderón común y gorrión arbóreo),
los ejemplares rurales eran neófobos y evitaban el adefesio
verdoso, mientras que los urbanos hacían justo lo contrario y
resultaban inmediatamente atraídos por los comederos
tuneados.
Además de la capacidad de resolver problemas y de la
neofilia, el tercer rasgo de personalidad que el entorno urbano
selecciona es la tolerancia: la disminución del miedo a los seres
humanos. En un artículo aparecido en 2016 en Frontiers in
Ecology and Evolution, un equipo liderado por Matthew
Symonds, de la Universidad Deakin en Australia, comparó
cuarenta y dos especies de aves en relación al denominado fid:
distancia de iniciación del vuelo (por sus siglas en inglés), o la
distancia media a la que puede acercarse un ser un ser humano
a un ave antes de que esta emprenda el vuelo,
El estudio descubrió que, en todas estas especies de aves, la
variante urbana era mucho más tolerante que la procedente de
un medio rural. Y no solo eso, sino que la diferencia se hacía
considerablemente mayor si las aves llevaban mucho más
tiempo viviendo en las ciudades. Por ejemplo, la erajilla
occidental (Corvus monedula) solo se asusta en las ciudades,
que ha colonizado desde 1880, si los seres humanos se acercan
a menos de ocho metros, mientras que en las áreas rurales
emprenden el vuelo a los treinta metros. Y por otra parte, el
pico picapinos (Dendrocopos major), que solo vive en las
ciudades desde aproximadamente 1970, tiene un fid muy
parecido tanto en la ciudad como en el campo: ocho y doce
metros, respectivamente.
Esta relación positiva con el tiempo que ha pasado desde la
primera colonización de la ciudad es muy importante porque
demuestra que la tolerancia ha evolucionado. Es improbable
que la cautela vaya disminuyendo a lo largo de las generaciones
porque cada generación de aves haya aprendido a ser un poco
menos recelosa con los seres humanos de lo que lo fueron sus
padres, porque en este caso habría ocurrido más rápido. Por el
contrario, si resulta beneficioso ser más tolerante, los genes de
la tolerancia se van acumulando hasta que la personalidad de la
especie evolucione. Esta explicación es la más plausible porque
los mismos investigadores descubrieron que la tolerancia de un
ave no tiene nada que ver con el tamaño de su cerebro: las aves
que lo tienen más grande no se han vuelto más tolerantes con
los seres humanos que aquellas que lo tienen... bueno, más
propio de un ave.
Es muy probable que la capacidad de resolver problemas, la
neofilia y la tolerancia a los seres humanos sean cualidades que
favorecen la evolución urbana, y más adelante iremos viendo
ejemplos de todo ello cuando presente los platos fuertes del
menú evolutivo. De momento, conviene recordar que un
aspecto importante de la presión evolutiva que soportan los
animales urbanos es la continua carrera armamentística que
tienen que disputar con los seres humanos urbanos para ganar
acceso a la comida y a otros recursos.
Ahora ya casi hemos visto todo el paisaje evolutivo de una
ciudad. Existen los encuentros en la primera fase: con la cruda
pero estática estructura física y química de la ciudad (calor,
luces, contaminación, superficies impenetrables y las demás
características urbanas que ya hemos visto en la segunda parte
del libro). La evolución que se produce como consecuencia de
estos encuentros puede llegar a un punto muerto cuando ya se
ha alcanzado la adaptación perfecta. Después existen
encuentros tanto más interesantes en la segunda fase. Estos se
producen cuando las plantas y los animales urbanos interactúan
con determinados aspectos de la ciudad que no son estáticos, es
decir, en los que están involucrados otros animales y plantas,
incluidos los seres humanos (y en los que todos ellos, en
principio, pueden reaccionar transformándose). Estos
encuentros resultan tan emocionantes porque pueden causar
una evolución “a lo Reina Roja”: una carrera armamentística
evolutiva en la que ambas partes no paran de buscar nuevas
formas de ganar preponderancia sobre la otra. En teoría, esta
clase de evolución no se detiene nunca,
Pero aún queda una zona de este paisaje evolutivo urbano
que no hemos analizado. En los capítulos anteriores hemos
visto encuentros en la segunda fase en los que se producía una
interacción entre especies. Pero ¿qué pasa con los encuentros
íntimos dentro de la misma especie? Los machos y las hembras
de la misma especie también evolucionan para adaptarse unos
a otros: a este fenómeno lo llamamos selección sexual. Sería
muy ingenuo creer que no existe ninguna clase de impacto
urbano en el animal amoroso.
Las canciones de la ciudad
Cada año, en septiembre, organizo un curso de orientación
ene ral para los nuevos alumnos que entran en la Universidad
de Leiden para estudiar biología. Durante la primera semana de
curso, damos una clase práctica de ecología urbana relacionada
con la evolución. Salimos a buscar caracoles moro usando una
aplicación de smartphone que comprueba si las conchas de los
caracoles son más brillantes en la isla urbana de calor
(hablaremos más de todo esto al final del libro). También
damos una clase práctica muy poco corriente. Casi todos los
alumnos se quedan perplejos cuando ven el nombre de la clase
en el programa de actividades previsto para el día. “¿Qué es
la... ehhh... ecología... acústica... urbana?”, preguntan. Esperaos
y veréis. Nos reunimos frente al edificio principal de la facultad
de biología y esperamos a que llegue el instructor de esa clase
práctica, mi colega Hans Slabbekoorn, que es... sí, ya lo han
adivinado: un ecólogo acústico urbano.
Aparece a la una y media de la tarde. Camisa y pantalón
corto de color caqui, larga melena eris y (cosa curiosa
tratándose de un ecólogo acústico) unos prismáticos colgando
del cuello. Se cuelga al hombro el macuto, adornado con
diseños nativos de la costa noroeste del Pacífico, se sitúa
delante del grupo de unos treinta estudiantes y explica la
actividad que vamos a llevar a cabo. Los seres humanos, dice,
somos seres orientados hacia lo visual. Nos relacionamos con
nuestro entorno fundamentalmente a través de los ojos, Pero
también es muy importante para un biólogo conocer el paisaje
acústico, ya que muchos animales se comunican a través de los
sonidos. Slabbekoorn explica que, para ejercitar la atención del
grupo, “iremos a dar un paseo en silencio. Caminaremos en fila
sin decir nada ni hacer ningún gesto, para ser más conscientes
de la gran variedad de sonidos que nos rodean”. Sería mucho
mejor, concluye, si pudiéramos caminar con los ojos cerrados,
pero eso nos plantearía demasiados riesgos de navegación.
Así que se pone en marcha y nos lleva por un área
residencial cercana a la universidad y luego hasta un parque
próximo. Los alumnos no tienen más remedio que seguirle y yo
voy recogiendo a los rezagados. Al principio se oyen unas
cuantas risitas y exclamaciones pidiendo silencio, pero
enseguida el grupo se trasforma en una cadena de presos
taciturnos que van caminando por la calle. Los coches que
aparecen por las bocacalles nos dejan pasar mientras suben de
revoluciones y los peatones se detienen a observar esa extraña
hilera de gente que camina en completo silencio por el arcén de
una avenida muy concurrida. Algunos transeúntes imitan el
eraznido de los patos para reírse de nosotros, pero nosotros
seguimos caminando en silencio haciendo lo que Slabbekoorn
nos ha pedido que hagamos: escuchar el paisaje acústico de la
ciudad,
Y funciona. Oímos cosas que de otro modo nunca habríamos
oído: los diversos gruñidos de los vehículos con motores diésel
o de gasolina, los chirridos y tintineos de las bicicletas viejas
que pasan a nuestro lado, los aviones que vuelan por el cielo, el
estruendo incesante de un edificio en proceso de demolición...
Pero también oímos el viento que sopla entre los juncos, el
rumor de las hojas de los álamos, un petirrojo que canta una
canción que suena como una pequeña cascada, los golpeteos de
un pájaro carpintero, el sonido burbujeante de un trepador
azul, los estridentes graznidos de las cotorras de Kramer que
pasan volando por encima de nosotros... Y otros detalles más
sutiles: el ruido de nuestros pasos que cambia cuando pasamos
del asfalto de la carretera a los senderos tapizados de conchas
del parque, o la débil canción de un saltamontes que se calla
justo cuando pasamos.
Al final nos reunimos en un campo rodeado de árboles muy
altos, y a nuestras espaldas queda la vieja residencia del
hospital universitario en demolición. Slabbekoorn dice: “Este
lugar solía ser uno de los más tranquilos de Leiden, El edificio
alto de la residencia no dejaba llegar el ruido de la carretera y
aquí estamos muy lejos del centro urbano”. Pero estos días la
zona se ha vuelto muy ruidosa: aparte de los trabajos de
demolición, los sonidos de la ciudad llegan ahora muy
fácilmente al parque. Cuando Slabbekoorn les pregunta, los
alumnos dicen qué cosas les han llamado la atención. Un
estudiante comenta que el ruido del tráfico parecía aumentar
cuando hemos entrado en el parque. “Eso se debe a la inversión
térmica”, le contesta Slabbekoorn. En el espacio arbolado el
suelo está más frío que en la calle, y el ruido del tráfico queda
atrapado en una capa de aire fresco a la altura del oído.
“Ahora vamos a cerrar los ojos un instante -—dice
Slabbekoorn- y vamos a escuchar los sonidos urbanos”. Por
descontado que al principio solo oímos los porrazos de la
pesada maquinaria que está demoliendo la residencia de
estudiantes, y los petardeos en stacatto de las motos de gran
cilindrada, pero Slabbekoorn nos pide que jgegnoremos esos
sonidos estridentes y nos fijemos en el ruido de fondo de la
ciudad. Y entonces sí, cuando adiestramos nuestros oídos lo
suficiente para captarlos, percibimos que entre los sonidos
urbanos aislados hay un tapiz casi imperceptible de zumbidos
constantes, de tono grave y de baja intensidad, que aumentan y
disminuyen siguiendo un ritmo irregular, Es el aliento de la
ciudad: una cacofonía compuesta por la mezcla de las ondas
sonoras que surgen de los motores, frenos y cláxones de
incontables motos y automóviles, el acero que chirría sobre el
acero de las vías del tren, los motores de reacción de los
aviones, los compresores del aire acondicionado y de otras
máquinas, los andamios de las obras, los gritos y las voces, la
música que sale de los altavoces, y así sucesivamente, todo
mezclado en esa masa grisácea que llamamos ruido,
amortiguado y canalizado por el laberinto de edificios y de
calles. En Europa, el 65% de la población humana está expuesta
al ruido de fondo de las ciudades, que es más fuerte que un
aguacero continuo. Y los animales que tienen que hacerse oír en
la ciudad están obligados a competir con esos mismos ruidos.
La competencia con el ruido de fondo no es un fenómeno
nuevo. Los hábitats naturales también pueden ser muy
ruidosos. Las ranas que viven cerca de los ríos y cascadas, o las
aves que viven en despeñaderos donde todos los sonidos
quedan amplificados por la caja de resonancia del eco, también
conocen muy bien este problema. O si no, imaginemos a un
erillo que intenta hacerse oír por otro grillo en medio de una
jungla tropical rebosante de aullidos, aleteos, zumbidos y
bordoneos. Slabbekoorn nos explica que las soluciones que los
animales adoptan en estos entornos virginales se parecen
mucho a las que desarrollan los animales urbanos. Y entonces
nos hace escuchar el sonido agudo, jadeante, como de una
bomba de bicicleta, de un macho de carbonero que está
cantando en un álamo, justo detrás de nosotros: “didu, didu,
didu”. Es un sonido muy nítido en medio de los zumbidos
incesantes del ruido de fondo urbano.
Fue ese “didu”, junto con todas las variaciones acústicas
posibles que los machos de carbonero emiten para atraer a las
hembras y para ahuyentar a los demás machos, lo que le deparó
la fama a Slabbekoorn, cuando empezó a erabar, en la
primavera de 2002, con la ayuda de su alumna Margriet Peet,
el canto de los carboneros (Parus major) por toda la ciudad de
Leiden. Desde abril a julio de aquel año, el profesor y la
alumna se convirtieron en una imagen habitual para los
residentes en la ciudad, cuando cargaban con su equipo de
sonido —un micrófono direccional y otro omnidireccional fijado
en una barra de cinco metros de largo-, e iban de barrio en
barrio como una pareja de acróbatas ambulantes. Slabbekoorn
y Peet colocaron los micrófonos en treinta y dos lugares, que
comprendían desde las tranquilas áreas residenciales como el
parque donde estábamos dando nuestra clase práctica, hasta los
bulliciosos cruces del centro de la ciudad y los arcenes de las
carreteras, con el propósito de grabar a los machos de
carbonero (las hembras no cantan) con el micrófono
direccional, mientras captaban con el omnidireccional los
sonidos de fondo (desde el punto de vista del carbonero, claro
está, y de ahí la necesidad de usar una barra de cinco metros).
Para calcular los cambios según la hora del día, hicieron las
erabaciones en tres turnos: antes, durante y después de la hora
punta,
Los resultados, que Slabbekoorn y Peet publicaron en un
artículo muy influyente aparecido en Nature en 2003 (más de
setecientas publicaciones lo han citado desde entonces),
pusieron de manifiesto los enormes esfuerzos del carbonero por
hacerse oír en medio del estruendo del tráfico. La modulación
del sonido jugaba un papel fundamental. Casi todos los ruidos
urbanos se concentran en una banda de baja frecuencia de
hasta 3 khz. El rango de frecuencia del carbonero abarca desde
los 2,5 hasta los 7 kHz, con la particularidad de que las notas
más bajas coinciden con las de los sonidos urbanos de fondo.
Slabbekoorn y Peet descubrieron que los carboneros de las
zonas más ruidosas de Leiden se enfrentan a este desafío
elevando el tono de voz hasta en 3 kHz para evitar que los
sonidos de la ciudad anulen su canto, mientras que los
carboneros de las zonas más silenciosas usan tonos más bajos
que llegan a ser inferiores a los 2,0 kHz.
Ya en la década de 1970, los zoólogos que estudiaban el
comportamiento de los carboneros de Wytham Woods habían
descubierto que las aves ajustan el canto a su entorno: las aves
de un bosque abierto cantan en tono más agudo que en los
bosques cerrados porque la densa vegetación tiende a absorber
las notas más altas. Pero Slabbekoorn fue el primer
investigador en descubrir que las aves aplican la misma
estrategia al entorno urbano. Desde que publicó su
revolucionario estudio, se ha comprobado que docenas de otras
especies de aves, en ciudades de países muy diversos, hacen
exactamente lo mismo: en Asia, el bulbul chino (Pycnonotus
sinensis); en Norteamérica, el gorrión melódico (Melospiza
melodía); en Sudamérica, el chingolo común (Zonotrichia
capensis); en Australia, el anteojitos dorsigrís (Zosterops
lateralis)... En todo el mundo, las aves urbanas cantan en un
tono más alto, y probablemente también a mayor volumen, que
las mismas especies en las zonas rurales. Y no solo las aves.
También la rana arborícola marrón de Australia (Litoria
ewingii) croa más alto en Melbourne que en las áreas rurales, y
los saltamontes de la especie Chorthippus biguttulus que viven
en las zonas próximas a las autopistas cantan de forma más
penetrante que sus congéneres de las praderas.
A pesar de que sus investigaciones han impulsado
muchísimos estudios recientes, Slabbekoorn dice que quedan
muchas cuestiones por resolver. ¿Evolucionan en las ciudades
los genes que determinan el canto de las aves porque los
machos que poseen un tono inaudible de barítono se muestran
incapaces de seducir a las hembras, mientras que los tenores se
las quedan todas para ellos? ¿O más bien aprenden a rebajar los
tonos más graves de su repertorio? Y si aprenden a hacerlo, ¿lo
hacen por simple imitación de lo que hacen sus padres o los
machos rivales, o bien porque se dan cuenta del impacto que
tienen los distintos tipos de canto? ¿Y qué pasa con la
plasticidad? ¿Podría suceder que los animales que se crían en
un entorno muy ruidoso desarrollen automáticamente voces
más agudas? Slabbekoorn y sus colegas de la ecología acústica
de las ciudades todavía no tienen una respuesta para estas
preguntas, ya que todo parece depender de cada animal en
concreto.
Una de las alumnas de Slabbekoorn, Machteld Verzijden, se
llevó los pesados micrófonos del laboratorio a la ruidosa
autopista A4 que conecta Róterdam con Ámsterdam y pasa por
Leiden. Allí, a pesar del estruendo, un sinfín de machos de
mosquitero común (Phylloscopus collybita, una elegante ave
canora de color pardo grisáceo) marcan el territorio por medio
de un canto monótono —una especie de “chif-chaf”- que repiten
a lo largo de toda la estación reproductora. Igual que pasó con
el carbonero, las grabaciones demostraron que las frecuencias
de cada “chif” y cada “chaf” eran 0,25 kHz más elevadas que
las de los mosquiteros que vivían junto a un arroyo tranquilo, a
un kilómetro de allí. Pero Verzijden no limitó su trabajo a esas
erabaciones. Se llevó un equipo de sonido portátil al arroyo y
empezó a emitir a todo volumen, mientras los mosquiteros
rurales cantaban, los ruidos del tráfico que tienen que soportar
sus congéneres que viven en los márgenes de la autopista. ¿Los
resultados? Un mosquitero individual eleva inmediatamente el
tono de su canto si oye ruido a su alrededor, ya que los
mosquiteros rurales también lo elevaron en unos 0,25 kHz en
cuanto la investigadora puso en marcha su equipo de sonido,
Está claro que ahí no interviene la evolución: el mosquitero
de tonos graves del arroyo y el de tonos agudos de la autopista
no son genéticamente distintos; simplemente han adaptado su
canto al ruido ambiental. Pero en el caso de otros animales las
cosas no son tan sencillas. El canto de las ranas y el de muchas
aves que no son canoras, como las palomas y los papamoscas,
está más sujeto a un estereotipo invariable, programado desde
el nacimiento, de modo que no puede cambiarse fácilmente en
respuesta al ruido creado por los seres humanos. Y lo mismo
puede decirse de las llamadas (emisiones cortas de sonido que
avisan del peligro o que sirven para mantener la comunicación
entre los componentes de la bandada) de las aves canoras. Pero
aun así, el canto de las ranas y de las especies no canoras, al
igual que el de las especies canoras, tiene un tono más agudo
en las ciudades, cuando es menos probable que se deba a
simples ajustes hechos por el animal mismo.
Los resultados de los estudios del departamento de biología
evolutiva de la universidad de Bielefeld, que ha investigado la
conducta de los saltamontes Chorthippus biguttulus en los
márgenes de las autopistas, son sorprendentes. La doctoranda
Ulrike Lampe recogió machos inmaduros (que aún no cantan)
tanto en los márgenes ruidosos como en tranquilos entornos
rurales y se los llevó al laboratorio, donde los colocó en cajas
separadas y los dejó crecer hasta que llegaron a la madurez y
pudieron cantar. Las mediciones del canto revelaron que los
saltamontes de los márgenes de la autopista cantaban 0,35 kHz
más alto que sus apacibles congéneres rurales. Eso supondría
una prueba inequívoca de evolución urbana, ya que dichos
insectos nunca habían tenido la oportunidad de entrar en
contacto con el ruido urbano, y aun así, nada más hacerse
adultos empezaron a cantar en un tono mucho más agudo. De
todos modos, la realidad es mucho más complicada de lo que
parece. Y es que, cuando Lampe dividió a los insectos
inmaduros en dos grupos, y metió a un grupo en un laboratorio
silencioso, y al otro lo expuso a ruidos de tráfico, los
saltamontes del laboratorio ruidoso empezaron a cantar en un
tono ligeramente superior que el de sus congéneres del
laboratorio silencioso, con independencia de que su hábitat
originario fuera rural o urbano. En otras palabras, la acústica
urbana del saltamontes tiene un doble origen: en parte es
evolutiva (innata por naturaleza) y en parte se debe a la
plasticidad (adquirida por crianza).
Pero habíamos quedado en que este capítulo trataba de
sexo, así que si no hablamos más que de la acústica urbana del
género masculino que envía una señal sexi, solo estamos
contando la mitad de la historia. O mejor dicho, no estamos
contando ninguna historia, porque para contarla bien debemos
considerar cómo afectan estos cantos de amor a todos sus
posibles receptores.
Para un macho de carbonero que canta porque quiere
marcar territorio hay múltiples clases de receptores. En primer
lugar, los machos rivales que viven en las inmediaciones y que
siempre están dispuestos a meterse en tu jardín o a mantener
una relación adúltera con tu mujer. Y en segundo lugar, están
las hembras. ¡Ah, las hembras del carbonero! Para que
construyan el nido contigo tienes que camelártelas. Y luego,
cada día, tras la primera puesta, tienes que convencerlas para
que te dejen inseminarlas a ti en vez de a los otros candidatos
al acecho; y además hay que contar con todas las hembras
disponibles en los alrededores a las que te gustaría seducir para
un poco de sexo rápido. Este enorme escenario de
oportunidades sociosexuales del carbonero, con sus amenazas,
decisiones rápidas e interacciones continuas, se desarrolla
durante el coro del amanecer, cuando los machos territoriales
revolotean inquietos y propagan a los cuatro vientos sus
llamadas “didu”, al mismo tiempo que miran con ojos lascivos a
todas las hembras del entorno.
¿Qué pasaría con este teatro de infinita rivalidad sexual si el
medio que desempeña el papel principal estuviera condicionado
por los ruidos urbanos? Esta es la pregunta que Hans
Slabbekoorn y sus colegas se han estado planteando durante los
últimos diez años. Y como suele suceder con las cuestiones
acuciantes que obsesionan a los académicos, se la endosaron a
dos estudiantes de doctorado. La primera, Millie Mockford, por
entonces en la universidad de Aberystwyth, se centró en los
machos rivales. En veinte ciudades a lo largo del Reino Unido,
Mockford colocó un altavoz en el territorio de un carbonero
urbano y emitió un canto de baja frecuencia grabado fuera de
la ciudad y otro de alta frecuencia proveniente de un ave
urbana. A continuación, la investigadora observó las reacciones
del macho ante este rival artificial Y también hizo el
experimento en sentido contrario: difundió cantos urbanos y
rurales en el territorio de un macho rural, Lo que vio con los
prismáticos fue que los machos se agitaban mucho más cuando
oían un canto proveniente de su mismo hábitat. Dicho de otro
modo, un carbonero urbano se sentía mucho más amenazado
por un canto urbano que por uno rural, y viceversa,
El otro estudio, que se centró en la reacción de las hembras,
fue obra de un alumno de Slabbekoorn, Wouter Halfwerk, Este
demostró que los carboneros urbanos se enfrentan a un dilema
muy doloroso. Actuando como un espía del servicio secreto,
Halfwerk observó atentamente una población de carboneros,
durante la estación reproductora, en treinta cajas-nido
distribuidas a lo largo de los Países Bajos. Revisando
periódicamente las cajas-nido, el investigador sabía en qué
momento eran fértiles las hembras y cuándo iban a poner los
huevos. Las pruebas posteriores de adn le revelaron qué
polluelo era hijo del macho en cuyo territorio se encontraba la
caja-nido. Por si este espionaje no bastara como caso flagrante
de invasión de intimidad, el investigador también colocó
micrófonos dentro de la caja-nido y fuera de ella. De este modo
podía grabar los cantos del macho y las alentadoras respuestas
en voz baja de la hembra, al igual que los reveladores arañazos
y aleteos que se producían cuando la hembra abandonaba el
nido por la mañana, lista para su cópula matutina,
Esta operación de espionaje permitió a Halfwerk descubrir
que las hembras quedaban prendaaadas de los machos de voz
erave, Cuanto más grave era el canto de un macho, más
posibilidades tenía de que una hembra buscara su compañía en
el momento en que estaba esperando poner un huevo. Puede
sonar romántico, pero el reverso de la moneda de esta historia
es que las hembras de los machos que no tenían una voz lo
suficientemente sexi y profunda se escabullían de la caja-nido
antes del amanecer en busca de otro macho. Y prueba de ello
fueron los análisis de adn posteriores que demostraron que a
los machos de canto más agudo los habían engañado: un
polluelo, o incluso más, de los que estaban criando en el nido
era hijo del vecino,
Ahora bien, todas las cajas-nido de Halfwerk estaban
distribuidas en un bosque tranquilo. Para comprobar el efecto
de los ruidos urbanos tuvo que emitirlos por sí mismo. Por lo
tanto, usando otra táctica del servicio secreto, sometió a los
carboneros a una descarga continua de ruido hasta que le
confesaron sus secretos. Sobre las cajas-nido colocó altavoces
conectados a un convertidor de mp3 que bombardeaban a los
pobres pájaros con ruidos de tráfico. Luego, desde un altavoz
situado fuera de la caja-nido, fue emitiendo cantos de un
macho de voz aguda o de voz grave. Las hembras solo salían
cuando el canto lograba hacerse oír por encima del ruido del
tráfico que sonaba dentro de la caja-nido, esperando que las
montara el macho (solo que no había ningún macho, solo
Wouter Halfwerk y sus altavoces).
Lo que revelan estos dos estudios es que la evolución sexual
del carbonero puede estar siguiendo dos rumbos distintos
dentro y fuera de la ciudad. Los cantos, el nivel de monogamia
y los estímulos que provocan una respuesta positiva tanto en
los machos como en las hembras podrían estar alejándose de lo
que hasta ahora era la norma establecida fuera de la ciudad. Y
es probable que cosas muy parecidas estén ocurriendo con otras
aves canoras urbanas cuyas voces hayan tenido que
intensificarse a la fuerza.
Durante la larga charla de Slabbekoorn, algunos alumnos se
han tumbado sobre la hierba y otros no paran de moverse,
inquietos. Claramente se ha agotado su capacidad de atención
con respecto a los carboneros, los altavoces, las frecuencias del
canto e incluso las cópulas matutinas, así que quizá haya
llegado el momento de dar por concluida esta clase práctica,
Slabbekoorn capta el mensaje e inicia el camino de regreso a la
universidad. Pero se detiene al borde del pequeño canal que
separa la carretera, flanqueada de álamos, del departamento de
biología, y entonces introduce el giro final a su historia,
“No solo se trata del tono del canto —dice-. Los ruidos
urbanos pueden afectar de muchas formas la acústica de las
aves”, El anteojitos australiano, por ejemplo, no solo canta en
un tono más agudo sino que sus cantos son más breves y
espacian mucho más los elementos musicales, posiblemente
para permitir que vayan extinguiéndose los ecos de su canto en
los edificios, por la misma razón que un orador que interviene
en un gran estadio habla más despacio para evitar que sus
palabras se confundan con su propio eco. Los petirrojos de las
zonas más ruidosas de la ciudad de Sheffield (e imaginamos
que también los de otras ciudades) cantan más por las noches,
cuando todo está más tranquilo. Y no podemos olvidar los
aviones de la llanura española. En las llanuras inundables del
río Jarama, en Madrid, el coro de las aves canoras se inicia
mucho más temprano en los tramos en los que el río discurre
cerca de las pistas del aeropuerto. Para evitar el estruendo del
tráfico de los primeros aviones que aterrizan y despegan, las
currucas capirotadas, las reinitas, los cuclillos y los pinzones
adelantan hasta cuarenta y cinco minutos su despertador
interno.
Pero a pesar de todo, nos explica Slabbekoorn, hay
interacciones entre algunos animales urbanos y el ruido
ambiental que no son posibles. Entonces señala la acequia que
hay detrás de él. “Según la legislación holandesa, no se puede
construir en un sitio si el proyecto urbanístico exige dragar un
canal que contenga ejemplares del pez dojo, que es una especie
protegida. Pero el ruido de las obras que se llevan a cabo al
lado de este canal va a matarlos de todas formas: la
transducción del sonido por vía acuática es muy buena, y
también lo es la transferencia del sonido al cuerpo acuático del
pez. El ruido de las demoliciones les destrozará los oídos o les
reventará la vejiga natatoria”. Dicho esto, nos damos la vuelta
y volvemos a ponernos en movimiento, silenciosos de nuevo,
pero esta vez por razones muy distintas.
xvii
Sexo en la ciudad
En una pasarela peatonal en las afueras de San Diego hay
una bicicleta roja de mujer con la cadena oxidada, aparcada
entre otras bicicletas y algunas herramientas de jardinería. En
el portabultos trasero hay un asiento de niño, de color blanco y
azul, y en su interior, vuelto del revés, un casco de poliestireno,
Un viernes por la tarde, una madre volvió a su casa después de
haber recogido a su hijo del colegio, aparcó la bici y ayudó a
bajarse del sillín al niño, que inmediatamente quiso irse a jugar
al jardín. “Oye, cariño, te olvidas del casco”, exclamó la madre,
que ayudó al niño impaciente a quitarse el casco y luego lo dejó
en el portabultos trasero. Pero el lunes siguiente, por la
mañana, cuando se iniciaba la frenética operación de la vuelta
a clase, todo el proceso tuvo que interrumpirse porque se había
producido un giro inesperado: “¿A que no te imaginas lo que ha
pasado, cariño? Un pajarito ha hecho el nido en tu casco”.
Así es como imagino que sucedieron los hechos que
precedieron a la toma de la foto que apareció publicada en la
página 189 del ejemplar de abril de 2006 de la revista Trends
in Ecology and Evolution. La razón de que una instantánea
familiar saliera publicada en esta prestigiosa revista científica
es que el ave que había elegido alojarse en aquella residencia
de San Diego no era un ave cualquiera. Era el junco ojioscuro
(Junco hyemalis), que en aquella parte de Norteamérica solo
suele anidar en los bosques de coníferas de las montañas. Hasta
1983, el área de reproducción del junco ojioscuro estaba a
cientos de kilómetros de San Diego, en zonas elevadas de entre
mil quinientos y tres mil metros. Pero aquel año, para sorpresa
de los observadores de aves, los juncos empezaron a anidar en
los terrenos ribereños y urbanizados del campus de la
universidad de California. Aquellos primeros colonos debían de
ser unas pocas aves de montaña que habían pasado el invierno
en zonas cercanas a la costa, pero que, a diferencia de los
visitantes invernales que les habían precedido, decidieron no
volver a las montañas cuando llegó la primavera. En contra de
sus costumbres, las aves se quedaron allí y empezaron a anidar
en arbustos ornamentales dispersos entre los edificios del
campus; y claro, al final acabaron anidando también en los
cascos de las bicicletas. A lo largo de los siguientes años, la
colonia fue creciendo de forma constante y en 1998 contaba ya
con ciento sesenta aves. Fue aquel mismo año cuando la
bióloga Pamela Yeh empezó a estudiarlos para su tesis
doctoral.
Esos pájaros no son nada atractivos: del tamaño de un
eorrión, tienen un plumaje que va del marrón anodino al gris
pizarroso, con un poquito de blanco en la punta de las plumas
de la cola. Pero esas plumitas blancas fueron las que
interesaron a Yeh, ya que juegan un papel importante en la
vida amorosa del pájaro. Cuando un junco macho quiere
impresionar a una hembra, intenta seducirla dando saltitos,
dejando colgar las alas y desplegando la cola para exhibir esas
banderolas blancas. En los años noventa, unos biólogos que
estudiaban la conducta del junco en su hábitat natural
demostraron la eficacia de esta exhibición por medio de un
sencillo experimento de cortar y pegar. Cortaron las plumas
blancas de las colas de los machos y las realzaron o las
atenuaron pegándoles otras plumas que eran mucho más o
mucho menos blancas que las plumas originales, y descubrieron
que las hembras seguían a los machos que tuvieran la cola más
blanca. Esta hacía que el corazón de las hembras latiera más
aceleradamente, fuera blanco natural o no.
Ahora bien, ¿por qué ocurre una cosa así? ¿Qué beneficios
puede obtener una hembra si elige como pareja a un pájaro con
un poquito más de blanco en las alas? Y ya que estamos, ¿qué
beneficios obtiene si elige un pájaro de voz más grave, como
los carboneros del capítulo anterior? Para responder a estas
preguntas, tenemos que profundizar en el terreno de la
selección sexual. Después ya tendremos tiempo de volver a los
juncos de Pamela Yeh.
Después de la selección natural (en la que el medio hace la
selección), la selección sexual (en la que el sexo opuesto hace la
selección) es la segunda fuerza impulsora de la evolución.
Cualquier propiedad genética que haga que un organismo
resulte más atractivo, y por lo tanto consiga más o mejores
parejas, tiene que obtener una mayor representación en la
siguiente generación. Tal como hemos aprendido, estos cambios
en la representación genética son, por principio, la evolución.
De modo que la selección sexual, al igual que la selección
natural, es lo que hace que una especie evolucione.
Pensemos, por ejemplo, en el urogallo de las artemisas
(Centrocercus urophasianus), que tiene una cola estrafalaria que
se despliega formando una estrella puntiaguda, una gorguera
blanca, unos sacos pectorales de piel amarillenta y una tiara de
plumas en la cabeza. A lo largo de miles de años, las hembras
de urogallo (que son una versión sin ornamentos del macho) se
sentían más atraídas por aquellos machos que desplegaban más
llamativamente la cola, que tenían la gorguera más blanca, los
sacos pectorales más vistosos y las plumas más largas en la
cabeza. Esos eran los machos que engendraban la prole de las
hembras, de modo que los machos menos atractivos se
quedaban sin descendencia y sus genes menos sexis acababan
aparcados en un callejón sin salida.
Pero hay otra forma en la que se puede desarrollar la
selección sexual, y esta no consiste en que el sexo opuesto tome
la decisión activa de elegir, sino en una lucha encarnizada entre
rivales sexuales para que, al final, el ganador se quede con
todo. Imaginemos unos machos de escarabajo rinoceronte que
tengan unos cuernos tan grandes que puedan derribar a todos
sus competidores y por tanto aparearse con todas las hembras
disponibles. Estos machos trasmitirán a la siguiente generación
sus genes de grandes cuernos, en detrimento de los genes de los
machos menos dotados, de modo que el tamaño medio de los
cuernos de la especie irá aumentando con el paso del tiempo, al
menos hasta que los cuernos se vuelvan tan grandes que se
conviertan en un inconveniente, porque entonces tendrá que
intervenir la selección natural eliminando los genes de esos
cuernos ridículamente grandes,
En estos dos casos, la selección sexual actúa en los machos,
pero la selección sexual también puede actuar en ambas
direcciones. Tanto machos como hembras seleccionan a la
pareja más adecuada para producir camadas cuantiosas y de la
mejor calidad. Sin embargo, en la práctica hay diferencias
sustanciales entre los dos sexos en relación a lo que cada uno
se juega al seleccionar una “buena” pareja. En muchas especies,
la hembra invierte muchísimo tiempo y energía en criar a una
prole muy pequeña. Para esta hembra, elegir al mejor padre
posible con el mejor esperma es una cuestión de la máxima
importancia (si hace mal la elección, sus crías heredarán unos
genes de peor calidad). Los machos, en cambio, no invierten
tanto como las hembras. Para muchos machos, elegir a una
hembra inadecuada solo les supone el gasto insignificante de
una eyaculación y una mínima pérdida de tiempo. En
consecuencia, la evolución procura recompensar a la hembra
que haya elegido mejor al macho adecuado, en vez de proceder
a la inversa.
Pero ¿cómo se elige a un buen macho? La respuesta a esta
pregunta depende ante todo de lo que sea relevante para la
ecología de cada especie en particular. En algunas especies lo
importante es conseguir un macho que sea buen defensor del
territorio; en otras especies, uno que sepa conseguir comida
para la madre y las crías; y en otras, en fin, los machos no
hacen nada de esto y lo único que se necesita de ellos es su
esperma. De todos modos, saber lo que se necesita de ellos no
solventa el problema, porque ¿cómo se puede saber si un
macho es buen luchador o buen proveedor de alimentos, o buen
cuidador, o buen donante de esperma, sin haberlo visto nunca
en acción? Lo que necesita la hembra es una “señal segura”,
una especie de “distintivo” que le sirva de garantía para
calibrar las cualidades del macho.
Y eso nos devuelve a la cola del junco ojioscuro. Esos
bonitos ribetes blancos en la cola del macho no solo resultan
estéticamente atractivos para las hembras, sino que significan
mucho más. Tal como descubrió uno de los colegas de Pamela
Yeh, los machos que están genéticamente predispuestos a tener
más color blanco en la cola son también los que poseen más
niveles de testosterona y los mejores a la hora de competir
contra un macho rival. Aún no está del todo claro cómo se
produce esta correlación, pero lo que sí está probado es que las
hembras pueden usar la decoración de la cola como un indicio
muy útil para averiguar qué ejemplar de macho posee más
testosterona. Y en el mercado matrimonial del junco ojioscuro,
esta cuestión es muy importante. En las montañas de
California, la época de crianza es muy corta. El breve periodo
en el que abundan los insectos con que alimentan a sus crías
solo da tiempo para una o a lo máximo dos puestas. Eso
supone que posesionarse de un territorio con un surtido
abundante de insectos y lograr defenderlo reviste la máxima
importancia. Por lo tanto, lo que desea la hembra de junco es
un macho corpulento que pueda hacer las dos cosas a la vez. Y
las plumas de la cola proporcionan una clave esencial para
descubrirlo,
Ahora bien, las investigaciones de Yeh han demostrado que
la vida de los juncos del campus de San Diego es muy distinta.
En vez de enfrentarse a las limitaciones del frío en los bosques
de montaña, el clima mediterráneo del campus es tan agradable
que las aves pueden empezar a anidar en febrero y, gracias a
un sistema de irrigación que evita sequías veraniegas, pueden
seguir anidando durante el verano y parte del otoño, lo que les
permite tener hasta cuatro nidadas al año. El problema de la
vida en el campus, sin embargo, es que el junco se convierte en
una presa fácil. El terreno ofrece poca protección. Y las
extensiones de césped, de aparcamientos o de calles en línea
recta ofrecen claras líneas de visión para los halcones, que a
cada rato se abalanzan sobre aquellos juncos que se aventuran
a salir a los espacios abiertos. En estas circunstancias, las
hembras urbanas, que necesitan menos del macho protector,
tendrían que desarrollar una preferencia por los machos de
color mate, porque además los machos con más blanco en la
cola se convertirían en presas mucho más fáciles para las aves
de presa. Yeh hizo el cálculo de que, si estas dos fuerzas
evolutivas empujaban en la misma dirección, los juncos
urbanos deberían evolucionar hasta tener menos color blanco
en la cola. Y eso fue justo lo que descubrió. Comparando los
juncos urbanos con los de montaña, los que vivían en el
campus presentaban el 20% menos de color blanco. Pero eso
ocurría en 2002. ¿Ha seguido desarrollándose desde entonces
esa misma tendencia evolutiva? Yeh responde: “Es una buena
pregunta, pero de momento no lo sabemos. Tras un largo
periodo sin hacer trabajos de campo, volveremos a hacer un
control en 2018”,
Algo muy parecido parece estar ocurriendo entre, mira por
dónde, el ave favorita de los biólogos urbanos, el carbonero
común. Juan Carlos Senar, del Museo de Historia Natural de
Barcelona, descubrió que en el centro urbano de la ciudad
condal los carboneros presentan una corbata más estrecha que
sus congéneres rurales. Hay que tener en cuenta que la corbata
es el mayor símbolo del poder para un macho de carbonero. La
amplitud de la franja vertical de viviísimo color negro que se
extiende por el pecho está casi enteramente determinada
genéticamente, y al igual que ocurre con los ribetes blancos en
la cola del junco, también está directamente relacionada con la
virilidad. Las aves que presentan las corbatas más amplias son
las más agresivas y dominantes, las más capacitadas para
construir nidos y las que suelen emparejarse con las mejores
hembras. En otras palabras, los carboneros de grandes corbatas
son los que mandan,
Entonces, ¿qué sentido tiene que los carboneros urbanos
luzcan unas corbatas más estrechas y que por lo tanto les
privan de sus grandes atributos de macho? Pudiera ser que la
ciudad se haya convertido en un lugar de refugio para los
machos más débiles que, llegados de las zonas rurales, no
habían conseguido defender su territorio frente a los matones
de corbata más ancha. Pero los estudios de Senar han
demostrado que esta hipótesis no es correcta, Anillando a unos
quinientos machos cuyo grosor de corbata tenía registrado, el
biólogo pudo averiguar qué categoría sobrevivía mejor. Y el
resultado fue que, según lo previsto, cuanto mayor era la
corbata de los carboneros de las zonas rurales, más grandes
eran las posibilidades de supervivencia. Pero en la ciudad la
situación se invertía: los machos de corbata más estrecha salían
mejor parados que los de corbata ancha, que morían a millares.
De modo que la ciudad parece tener sus propias normas sobre
lo que define a un buen macho.
Lo que nos revelan los casos del carbonero común y el
junco ojioscuro es que las cualidades que son más útiles a un
macho en las zonas rurales dependen de circunstancias
diferentes de las que se dan en la ciudad. En estos dos casos,
los machos más camorristas, más aptos físicamente y más
valorados en el bosque parecen ser, por alguna razón, los
menos útiles en la ciudad. Si es así, cabe esperar que los gustos
de las hembras evolucionen siguiendo este mismo modelo, de
modo que las hembras urbanas empezarán a despreciar a los
machos más machotes. Esto, a su vez, provocará un cambio en
el grado de ornamentación del ave, es decir, en las señales que
permiten a las hembras calibrar las cualidades del macho, y
esto, a la larga, hará que las aves de dentro y de fuera de la
ciudad empiecen a parecer distintas, tal vez hasta el punto de
que evolucionen transformándose en especies diferentes (algo
de lo que hablaremos en el capítulo siguiente).
Si el lector tiene la impresión de que la ciudad promueve
aspectos evolutivos más “metrosexuales” en los machos,
conviene que sepa que también se dan los casos contrarios. Ya
hemos dicho en los capítulos anteriores que la fragmentación es
el sello distintivo de los animales y las plantas que viven en las
ciudades. Eso es lo que ocurre en las zonas boscosas (pensemos
en los parques de Nueva York, donde el ratón de patas blancas
vive rodeado de un paisaje urbano hostil), pero también en los
espacios acuáticos. Los caballitos del diablo, por ejemplo,
necesitan estanques rodeados de vegetación donde perchear,
patrullar en busca de presas y poner los huevos bajo la
superficie del agua. Más aún, las larvas llevan una vida
enteramente subacuática. De modo que si los caballitos del
diablo quieren colonizar estanques, canales y otras pequeñas
vías de agua urbanas, van a tener que hacer viajes de larga
distancia.
Nedim Tizún y Lin Op de Beeck, dos estudiantes de
doctorado de la Universidad de Lovaina, en Bélgica, intuyeron
que esta necesidad de ser viajeros resistentes tenía que
manifestarse a la fuerza en los estanques urbanos. Para
comprobar la hipótesis, atraparon a unos seiscientos machos de
caballito del diablo azul (Coenagrion puella) en espacios
acuáticos dentro y fuera de tres ciudades belgas, y después
pusieron a prueba la resistencia al vuelo de cada macho en un
túnel de vuelo simulado. El túnel era un tubo de plexiglás de
dos metros de longitud y medio metro de diámetro, cerrado por
un extremo y colocado sobre un plano inclinado. Los
investigadores metían un caballito del diablo en un envase, lo
soltaban en la boca del túnel y luego lo dejaban volar por el
interior hasta que se cansaba y volvía a la entrada. Los
caballitos rurales se cansaban después de haber volado una
media de tres minutos y medio, mientras que los urbanos
resistían más del doble de tiempo. Por lo tanto, el experimento
demostró que la intuición de los dos investigadores era la
correcta: los caballitos que habían colonizado los espacios
acuáticos de la ciudad tenían que ser mejores voladores, cosa
que había dejado su firma en la capacidad de vuelo,
Pero ¿qué tiene esto que ver con el sexo? En el caso de los
caballitos, el juego erótico se lleva a cabo por medio de la
competencia entre rivales. Cuando se ven invadidos por el
deseo de amar, los machos vuelan en zigzag por encima del
agua y se abalanzan sobre la primera hembra que aparezca. El
primer macho que la atrapa le sujeta el cuello con un par de
pinzas que tiene en la punta del cuerpo y luego se la lleva a un
lugar apartado para aparearse con ella, al mismo tiempo que se
defiende del ataque de otros machos. Tiiziin y Op de Beeck
llevaban un registro de las circunstancias en que habían
atrapado a cada uno de los machos: si había sido in flagrante
delicto o bien cuando estaba solo, sin pareja. Después de
medirles la resistencia al vuelo, descubrieron que los machos de
estanques urbanos capturados en compañía femenina tenían
una resistencia al vuelo unos cuarenta segundos más larga que
los que habían capturado en estado de soltería. Dicho de otro
modo, la selección natural hacía que estos insectos urbanos
evolucionaran primero para ser mucho más resistentes al vuelo,
y después este rasgo se amplificaba por medio de la selección
sexual. Y así, los caballitos que volaban más no solo eran los
primeros en colonizar los estanques urbanos, sino también los
primeros en conseguir hembras.
Volvamos atrás y repasemos la imagen del sexo en la ciudad
que hemos elaborado hasta ahora. En primer lugar, como en
todas partes, los animales hacen cuanto pueden para anunciarse
como parejas deseables, En principio, la red de citas de la
ciudad funciona con los mismos reclamos que en el hábitat
originario: hermosos sonidos, colores vistosos, acciones
llamativas. Pero si observamos más de cerca, vemos que el
animal urbano valora cosas distintas en su pareja. De modo que
las preferencias sexuales evolucionan al igual que las cualidades
que se valoran más en el sexo contrario. Un junco ojioscuro
desesperado que enviara una carta a la sección de mensajes
personales del Boletín para aves del campus diría tal vez una
cosa así: “Macho afectuoso sin apenas ribetes blancos en la cola
busca conocer a hembra para criar varias nidadas en un
acogedor casco de ciclista. Mal luchador pero excelente cazador
de mosquitos”. En cambio, los viriles lectores montañeses del
Diario del junco de la Alta Sierra se burlarían de este delicado
junco urbano.
En segundo lugar, la forma en que se envían estas señales
sexuales puede variar a causa de las interferencias provocadas
por el entorno urbano, El ruido y la contaminación lumínica
pueden alterar o cambiar el ancho de banda que permite
transmitir señales acústicas o visuales. O incluso puede darse el
caso de que una señal sustituya por completo a otra. Veamos
un ejemplo: usando una “ardilla robot” accionada por control
remoto (y de aspecto ciertamente ridículo), un equipo de
z0Ólogos del Hampshire College de Massachusetts descubrieron
que la ardilla gris (Sciurus carolinensis) de las zonas urbanas
suele usar, cuando quiere avisar a sus congéneres del peligro
potencial, el movimiento oscilatorio de la cola en vez de los
chillidos de alarma. Pero en las ardillas rurales ocurre justo al
revés. Probablemente sea otra consecuencia del ruido urbano, y
lo más lógico es deducir que esta misma tendencia evolutiva,
que se desplaza del sonido hacia la vista, se halle presente en
los mensajes sexuales de otros animales,
También se está dando un desplazamiento del olfato hacia
la vista. En su hábitat natural, el jerbillo de la India (Tatera
indica) se encuentra muy rara vez con sus congéneres, así que
tiene que dejar un rastro olfativo, un “indicador” químico de su
presencia. En las ciudades, en cambio, los jerbillos viven en
colonias, así que ya no parecen necesitar una comunicación
olfativa a larga distancia. A resultas de todo ello, los jerbillos
urbanos están perdiendo las glándulas que producían la marca
territorial del olor.
La intromisión del medio urbano en los mensajes que guían
la vida sexual de los animales puede resultar más insidiosa,
Desde varias fuentes se vierten contaminantes químicos que
tienen nombres tan exóticos como organoclorados, ftalatos,
alquilfenoles, policloruros de bifenilo y dibenzodioxinas
policloradas. Son pesticidas, aditivos de la industria del plástico
o desechos industriales. Todas estas sustancias comparten la
cualidad de perdurar mucho tiempo en el medio ambiente.
Muchas de ellas se han prohibido, pero como su periodo de
semidesintegración puede durar varios siglos, estas sustancias
contaminantes formarán parte del paisaje urbano durante
mucho tiempo. Otra cualidad compartida por tales
contaminantes es que afectan a la sexualidad. Y ello se debe a
que imitan ciertas hormonas sexuales necesarias para el
desarrollo sexual de los animales, tanto en términos físicos
como conductuales. Las consecuencias son las aberraciones
sexuales que vemos, por ejemplo, en los machos de caimán que
viven en lagos contaminados por ddt, que presentan un pene
más corto y niveles de testosterona más bajos. Y a la inversa,
las hembras del pez mosquito que viven en los alrededores de
las fábricas de celulosa presentan características corporales
propias de los machos y una conducta mucho más agresiva y
dominante. Y a partir de aquí ya solo podemos hacer conjeturas
sobre cómo la evolución por selección sexual intentará
adaptarse a unas intromisión de esta magnitud, si acaso es
posible,
Otra clase de injerencia antropogénica en el delicado
mecanismo de la vida sexual de los animales es la llamada
“trampa evolutiva”. Sin darnos cuenta, los seres humanos
creamos objetos que se adaptan perfectamente a las formas
tradicionales en que se lleva a cabo el cortejo de determinados
animales, Veamos el caso del capulinero satinado de Australia
(Ptilonorhynchus violaceus). Como todos los capulineros, los
machos de esta especie fabrican unas asombrosas obras de arte
para persuadir a las hembras de aparearse con ellos. Y así,
crean algo muy parecido a un jardín ornamental al que no le
faltan los senderos, las vías de entrada ni la decoración en
forma de unos adornos muy vistosos y coloridos fabricados con
objetos del entorno. Antes de que su hábitat fuera invadido por
los seres humanos, los capulineros usaban piedras, conchas,
flores, alas de mariposa y élitros de escarabajo. Pero hoy, los
seres humanos suministran un catálogo inagotable de objetos
artificiales que pueden usarse como adornos. El capulinero
siente una atracción especial por las cosas de color azul vivo,
como las anillas de plástico que sujetan los tapones de algunas
botellas y que se desprenden una vez abiertas.
Por desgracia, estas anillas han resultado ser, en todo el
sentido de la palabra, una trampa evolutiva. A veces, el macho
se excita tanto al encontrar un adorno tan preciado que, al
llevarlo en el pico, la anilla se desliza hacia atrás y se le queda
enganchada en la cabeza, amordazándolo de tal manera que al
final se asfixia o muere de hambre. Nuestra involuntaria
injerencia en sus hermosos hábitos estéticos ha provocado su
perdición,
Por curioso que parezca, hay otra costumbre australiana
relacionada con la bebida que ha destruido la vida amorosa de
algunos animales. En 1983, dos entomólogos australianos
publicaron un breve artículo en el Journal of Australian
Entomological Society, titulado “Beetles on the bottle”
[Escarabajos en la botella]. En mitad del artículo se veían dos
fotos de un escarabajo joya de gran tamaño y de color pardo
amarillento, de la especie Julodimorpha bakewelli, intentando
copular con una clase de botella de cerveza que en Australia
recibe el nombre de stubby [regordeta]. El animal se había
subido a la base curva de la botella y estaba intentando —tan
furiosa como inútilmente- penetrar la superficie de cristal con
su largo pene de color marrón. A la botella y a su amante los
habían encontrado cerca de una autopista, en las afueras de a
ciudad de Dongara. Cuando los dos biólogos exploraron los
alrededores, encontraron otras botellas con los mismos amantes
fogosos en forma de escarabajos joya agarrados a ellas,
No es probable que los insectos se sintieran atraídos por la
cerveza que había quedado en el interior de la botella por la
sencilla razón de que, como explicaban los autores en su
artículo, ningún australiano tiraría jamás una botella sin haber
apurado hasta la última gota de cerveza. Por lo tanto, los
escarabajos debieron de sentirse atraídos por el color y el brillo
del vidrio, la curvatura del diseño, y sobre todo, la textura:
todas las botellas tenían grabado en la base un relieve formado
por varios puntos granulados distribuidos en espacios regulares.
Estos rasgos físicos se parecían tanto al dorso de una hembra
de Julodimorpha bakewelli que las botellas abandonadas
resultaban irresistibles para los machos de escarabajo. Cuando
los entomólogos dejaron varios ejemplares de botellas de la
misma marca por la zona, a los pocos minutos ya había machos
de escarabajo intentando montarlas.
Las “regordetas” australianas forman una trampa evolutiva
no porque maten a los escarabajos, sino porque los distraen de
su tarea de copular con hembras de verdad. Incluso es posible
que los machos crean haber encontrado una hembra tan
particularmente lustrosa, grande y deseable que todas las
demás les parezcan muy poca cosa al compararlas con ella. Si
hay muchas de estas superhembras (supersexis, sí, pero también
superestériles) en un entorno determinado, la única forma de
superar esta trampa evolutiva sería que aparecieran machos
que no se excitaran al ver una botella de cerveza (tal vez
porque se fijasen en otros rasgos de las hembras, como el olor).
Dado que solo estos escarabajos conseguirían reproducirse, a la
larga ocasionarían una nueva evolución en las señales y
preferencias sexuales de los escarabajos. No sería la primera
vez que un matrimonio se salvase al dar con la fórmula para
apartar al marido de las botellas de cerveza.
“Turdus urbanicus'
Las Galápagos: un puñado de conos de ceniza volcánica
arrojado al Pacífico, donde la evolución ha creado un
ecosistema único con algunos pocos ingredientes de flora y
fauna llegados desde tierra firme sudamericana. Un mundo
encerrado en sí mismo, con árboles evolutivos autóctonos en el
caso de las tortugas, los cactus gigantes y enanos, los sinsontes,
las iguanas, los caracoles Bulimulus, los escarabajos
tenebriónidos, y por supuesto, los habitantes más famosos de
las islas: las catorce especies de pinzón de Darwin, cada una de
las cuales tiene un pico adaptado a su peculiar modo de vida,
En realidad no son pinzones, sino tanagros o escribanos (los
ornitólogos no están seguros). Y se les dio el nombre de
pinzones de Darwin en 1936, más de un siglo después de que el
eran naturalista los descubriera en su viaje del Beagle. De todas
formas, los pinzones de Darwin se han convertido en iconos de
la evolución. Y no solo porque Darwin los puso como uno de
los ejemplos palmarios de su teoría —“uno puede imaginar
realmente que, dada la escasez original de aves en este
archipiélago, una fuera elegida y modificada con varios fines”,
escribió, sino porque también han ocupado el escenario en los
debates evolutivos más punteros de los últimos cuarenta y
cinco años.
Desde comienzos de la década de 1970, una dinastía entera
de científicos, casi todos radicados en la Estación Científica
Charles Darwin en Santa Cruz -la segunda isla más grande del
archipiélago—, han estudiado esas aves y han descrito, con toda
clase de detalles, cómo los pinzones de Darwin siguen
evolucionando. Los investigadores llevan el recuento de cada
nacimiento y cada muerte, de las citas amorosas y de las peleas,
de las aficiones culinarias y el emplazamiento de los nidos, y
año tras año van registrando el tamaño y la forma de picos y
de cuerpos. También toman muestras de sangre, graban los
cantos y analizan el adn. Este trabajo agotador permite
observar los cambios e incluso predecir el momento, en tiempo
real, en que los pinzones van a cambiar de forma. Cada
alteración en los rigores del clima, o cada cambio en la
disponibilidad de alguna clase de comida, se traduce en un
cambio evolutivo en el físico del ave. A menudo no son nada
más que unas milésimas de milímetro, pero son mensurables y
reales,
Por ejemplo, en la isla de Santa Cruz, el pinzón terrestre
mediano (Geospiza fortis) está en proceso de convertirse en dos
especies distintas. Basta fijarse en el pico para darse cuenta.
Muchos ejemplares tienen el pico pequeño y otros muchos lo
tienen más grande (casi del doble de tamaño), pero muy pocos
lo tienen de tamaño intermedio. El tamaño del pico está
relacionado con la clase de semillas que tienen que partir con
él. Los pinzones de pico grande tienen una potencia de pico
tres veces superior a la de los pinzones de pico pequeño, de
modo que pueden consumir las duras semillas del abrojo rojo,
mientras que los de pico fino se alimentan con las semillas más
pequeñas y delicadas de las herbáceas. En cambio, los de pico
intermedio se quedan entre dos aguas: los picos que tienen no
son lo suficientemente fuertes para partir semillas grandes, y
tampoco son lo bastante pequeños para manipular con destreza
las diminutas semillas de, por ejemplo, las herbáceas. En estas
condiciones, tienen muchas más probabilidades de morir de
hambre en tiempos de escasez, así que la selección natural va
apartándolos sin piedad. Además, el tamaño del pico también
tiene consecuencias en la esfera sexual: los machos de pico
erande tienen un canto distinto, y las hembras de pico grande
prefieren emparejarse con machos de pico grande. Como las
hembras de pico pequeño prefieren a los de pico pequeño, hay
menos entrecruzamiento genético entre ambas variedades. En
otras palabras, se está produciendo la especiación: la aparición
de dos especies nuevas y distintas donde antes solo había una.
Si el pinzón de Darwin se ha convertido en emblema de la
especiación en la vida silvestre, entre las especies urbanas ese
papel le pertenece al mirlo, Turdus merula,
En 18283, el mismo año en que Darwin trabó amistad con
John Stevens Henslow, el profesor de Cambridge que lo
organizó todo para que el joven Darwin participara en el viaje
del Beagle, se publicó un librito en Italia titulado Specchio
Comparativo delle Ornitologie di Roma e di Filadelfia, El autor
era Charles Lucien Bonaparte. Sobrino descarriado del
miembro más conocido de la familia Bonaparte, Charles Lucien
llevó una incorregible vida de zoólogo. Como había pasado su
juventud en Roma, y después de casarse vivió la década de
1820 en Filadelfia, su “espejo” (specchio) recogía estudios de la
avifauna de ambas ciudades.
El espejo consta de dos columnas. Las aves de Roma están
en la columna de la izquierda, las de Filadelfia en la de la
derecha, y todo se encuentra cuidadosamente ordenado según
las directrices de la clasificación oficial de las aves que se
usaba en aquel momento (y en la que el propio Charles Lucien
era una de las mayores autoridades). En la página 32, en la
columna de Roma, leemos la siguiente entrada: “69. turdus
merula. L. Merlo, Merla. Comunissimo. Permanente; alcuni
individui migratori. Se ne fa caccia. Cantore”. (Es decir: “Mirlo,
Muy común. Residente; algunos ejemplares migratorios.
Cazador. Cantor”).
De modo que el sobrino de Napoleón vio mirlos residentes
en Roma. ¿Es un dato importante? Después de la paloma
bravía y los gorriones, estas aves estilizadas y de pico afilado
(las hembras tienen el plumaje pardo y el pico del mismo color;
los machos, el plumaje negro y el pico y el anillo ocular
anaranjados; no hay que confundirlas con el ave que en Estados
Unidos llaman mirlo aunque se trate de un zorzal) son las que
más abundan en las ciudades, al menos en Europa y en la parte
occidental de Asia. En China y en América del Norte, unos
parientes cercanos, el mirlo chino (Turdus mandarinus) y el
zorzal robín (Turdus migratorius) ocupan su lugar y se
comportan de forma muy parecida,
La importancia de esta breve entrada en el Specchio de
Bonaparte radica en que se trata de la mención más antigua en
atestiguar que los mirlos ya estaban anidando y pasando el
invierno en una ciudad. En las ciudades bávaras de Bamberg y
Erlangen, los mirlos frecuentaban el centro urbano en la década
de 1820, pero todavía no habían empezado a anidar en la
ciudad. En el resto de Europa, por aquellas fechas, los mirlos
seguían haciendo lo que habían hecho desde tiempo
inmemorial: llevar una vida discreta en el corazón de los
bosques más tupidos, ya que eran tan tímidos que habrían
hecho lo que fuera para no dejarse ver en compañía de seres
humanos, y una vez que se terminaba la estación reproductora,
emprendían la ruta migratoria hacia el Mediterráneo para pasar
ahí el invierno.
Pero todo esto cambió en los dos siglos siguientes. Al
principio ocurrió despacio: al final del siglo xix, los mirlos
urbanos se veían con frecuencia por toda Europa central. Sin
embargo, a lo largo del siglo xx el proceso se aceleró: los mirlos
llegaron a Londres hacia 1920, y más tarde, en la década de
1980, a Islandia y el norte de Escandinavia. Al final casi todas
las ciudades de Europa sucumbieron a la invasión de los mirlos,
con excepción de algunas zonas indómitas en el sur de Francia,
Rusia y los estados bálticos. Durante este periodo, la tendencia
urbanizadora fue avanzando a razón de una velocidad media de
unos ocho kilómetros al año.
De todos modos, esto no significa que los mirlos empezaran
a volverse urbanos en Roma y que desde allí fueran invadiendo
las demás ciudades europeas. De entrada, algunas subespecies
de mirlos que vivían en las islas del Atlántico, muy lejos del
bastión de la especie en el continente, emprendieron de forma
independiente la misma migración hacia las ciudades. Por
propia iniciativa, en algún momento a mediados del siglo xx, el
Turdus merula azorensis y el Turdus merula cabrerae, dos
variantes de mirlo más pequeñas y oscuras que vivían
únicamente en las islas Azores (azorensis) y en Madeira y en
las Islas Canarias (cabrerae), también habían empezado a
instalarse en los pueblos y ciudades de estas islas, Y lo mismo
había sucedido mucho antes con la subespecie africana Turdus
merula mauritanicus, que a mediados del siglo xix vivía en el
centro de la ciudad de Túnez. O sea que, del mismo modo en
que los carboneros de toda Inglaterra aprendieron a abrir las
tapas de las botellas de leche sin que nadie les enseñara, así
también fueron llenándose las ciudades de Europa de mirlos
residentes.
Nadie sabe explicar por qué esta tendencia urbana se
expandió entre los mirlos de una forma tan lenta pero
continuada. ¿Por qué se inició hacia 1820 y no antes ni después,
y qué tenían Roma, Bamberg y Erlangen que las hiciera
adecuadas para el mirlo un siglo antes de que lo fueran
Londres o Bruselas? ¿Y por qué hay ciudades como Marsella o
Moscú que no tienen mirlos ni siquiera hoy?
Evidentemente, muchas ciudades eran tan pequeñas que no
podían conformar un hábitat practicable para los mirlos, pero
esta respuesta no basta: de hecho, a comienzos del siglo xix no
había mirlos en Londres aunque la ciudad tenía una extensión
de treinta kilómetros cuadrados, extensión mucho mayor que la
de las ciudades alemanas donde los mirlos ya habían empezado
a anidar en los cobertizos y dar saltos sobre el pavimento de las
calles. Los parques y los espacios verdes parecen importantes
para explicar la migración, pero muchas ciudades que los tenían
en abundancia no vieron aparecer mirlos hasta fechas
relativamente tardías. Por lo tanto, cabe considerar que el
crecimiento de las ciudades y los espacios verdes, el clima
templado de las islas urbanas de calor, una mayor población (lo
que significaba una mayor provisión de comida a lo largo de
todo el año), amén de una mayor seguridad frente a cazadores,
predadores, enfermedades y parásitos, fueron circunstancias
propicias a la aparición de un nicho urbano atractivo para los
mirlos.
Lo que sí resulta evidente es que el proceso trascurrió en
dos fases. Primero, los mirlos empezaron a invernar en una
ciudad. Y después, en algunos casos varias décadas más tarde,
unos pocos visitantes invernales se quedaron hasta la
primavera y poco a poco empezaron a reproducirse en la
ciudad, abandonaron las rutas migratorias y se convirtieron en
aves urbanas residentes. Exactamente lo mismo que hicieron
los juncos ojioscuros del capítulo anterior.
Eso es todo lo que puede averiguarse leyendo guías de
campo e informes de ornitólogos. Pero si queremos saber qué
diferencia al nuevo mirlo urbano de su antepasado, el que vivía
en los bosques primigenios, conviene repasar los estudios que
los investigadores sobre el mirlo urbano han ido publicando en
cadena a lo largo de estos últimos veinte años. Muchos aspectos
de la evolución urbana que hemos ido viendo confluyen en esta
única especie urbana, de modo que las ciudades europeas se
han convertido en una versión urbana de las islas Galápagos y
el Turdus merula es ahora nuestro pinzón de Darwin. Por eso
mismo, en casi todas las ciudades europeas hay equipos de
biólogos urbanos que estudian el mirlo y han contribuido a
crear una especie de festival de investigaciones evolutivas
sobre dicha especie, que es ahora uno de los animales urbanos
más antiguos. Y todas estas investigaciones parecen señalar en
una misma dirección: el mirlo urbano está evolucionando hacia
una especie distinta; es decir, he ahí un caso de verdadera
especiación.
Hablamos de especiación cuando múltiples características de
un animal o una planta —bien sea simultánea o sucesivamente-—
evolucionan diferenciándose del tipo originario hasta el punto
de que un taxonomista (el biólogo que analiza y clasifica la
biodiversidad) las consideraría propias de una especie distinta.
Esto significa que la forma del cuerpo, la estrategia sexual y la
elección del momento en que ocurren los mayores
acontecimientos de la vida empiezan a diferenciarse de las de
sus antecesores. En otras palabras, la especiación llega cuando
se produce un reajuste completo del genoma. Pero esto no
basta. Al menos algunos de estos cambios deben hacer posible
que el nuevo fondo genético y el originario se mantengan
separados y no se entremezclen, un fenómeno que
denominamos “aislamiento reproductivo”. (Hay mucha más
información sobre este asunto en mi libro Frogs, Flies, and
Dandelions: the Making of Species [Ranas, moscas y dientes de
león: el origen de las especies)).
En la vida silvestre, la especiación se acelera cuando una
especie coloniza un nuevo nicho que hasta entonces estaba
desocupado. Las exigencias que impone el nuevo entorno hacen
que la selección natural introduzca cambios en el físico, la
resistencia y la conducta. Cuando el antepasado del primer
pinzón de Darwin aterrizó en las Galápagos, había un sinfín de
nichos nuevos sin usar: un enorme abanico de plantas y otras
clases de comida que suponían una bendición nutricional. Desde
el primer momento se hizo evidente que el pinzón que
demostrara una mayor capacidad para especializarse en una
dieta concreta obtendría un mayor beneficio (un proceso que,
como hemos visto al comienzo de este capítulo, todavía sigue
produciéndose). Y dado que la forma del pico determina la voz
de un pájaro, la especialización en una clase específica de
comida también supuso el aislamiento reproductivo: las aves
con picos distintos tienen cantos distintos y ya no interactúan
con las que tienen un pico diferente.
Las ciudades son los nuevos nichos sin explotar, y el mirlo
es la especie que mejor se ha embarcado en la senda de la
especiación para aprovechar los beneficios de este cuerno de la
abundancia que sus introvertidos antepasados rehuian. Ahora
vamos a explorar las formas en que el mirlo urbano se ha ido
haciendo distinto, tal como han ido descubriendo los equipos de
biólogos que han estudiado el asunto por toda Europa. (Los
llamaremos la Patrulla del Mirlo; hay demasiados equipos,
instituciones y personas involucradas como para mencionarlas
individualmente. Quien desee conocer los detalles puede
consultar las notas finales).
Empezaremos por lo más evidente pero también lo más
desconcertante: el aspecto del mirlo. Al principio parecía
inconfundible. Pero los biólogos holandeses y franceses que se
dedicaron a medir mirlos urbanos y silvestres descubrieron que
los primeros tenían el pico más resistente, mayor peso, el
intestino más largo y las alas y las patas más cortas. Sin
embargo, cuando Karl Evans, alumno de Kevin Gaston,
examinó mirlos de once ciudades de Europa y el norte de
África, descubrió que aquello no era así en todas partes. En
algunas ciudades tenían las alas más largas, pero en otras las
tenían más cortas. Y en cuanto al peso y a la longitud de las
patas, los resultados eran igual de confusos. Evans no midió los
intestinos. La única característica física consistente en todas
esas ciudades era la forma del pico: en todas partes, los mirlos
urbanos tenían picos más cortos y rechonchos que los mirlos
silvestres, cosa que posiblemente se debiera a que les resultaba
más fácil encontrar comida en los comederos para aves y otros
lugares urbanos donde el alimento no hay que partirlo,
examinarlo o agujerearlo.
La Patrulla del Mirlo no ha investigado todavía si esos picos
distintos marcan diferencias en la voz, pero es seguro que los
mirlos urbanos cantan de forma distinta. Los machos poseen un
vasto repertorio de cantos melódicos que lanzan al amanecer y
al atardecer desde sus perchas (ramas y saledizos rocosos si
están en el bosque, antenas de televisión y canaletas de desagiie
para la lluvia si están en las ciudades). La partitura de cada
canto, tanto urbano como silvestre, consiste en un motivo más
o menos elaborado, seguido por un gorjeo emitido en tono muy
agudo. Como ocurre con las demás aves canoras que viven en
la ciudad (véase el capítulo xiv), los ruidos urbanos de fondo
obligan al mirlo a cambiar el tono y el ritmo. Erwin
Ripmeester, alumno de Hans Slabbekoorn, descubrió tras
erabar a casi tres mil ejemplares que los conciertos de mirlos
urbanos se interpretan en un tono más agudo que los conciertos
del bosque, y además sus gorjeos tienden a ser más largos. Y un
equipo de estudiosos alemanes averiguó que —tal como había
profetizado Paul McCartney- los mirlos urbanos cantan en
mitad de la noche. En el centro de Leipzig empiezan a cantar
tres horas antes de la salida del sol, mucho antes de que
empiece el estruendo de los tranvías y los coches, mientras que
los mirlos de bosque esperan hasta el amanecer para empezar a
cantar.
Pero esto no es lo único que los mirlos urbanos hacen
mucho antes. También empiezan a reproducirse primero que
sus parientes silvanos. Una de las razones consiste en que sus
relojes biológicos van adelantados por algo más de un mes. En
los machos jóvenes urbanos, la producción de la hormona
luteinizante (que estimula la descarga primaveral de
testosterona en la sangre) llega a su apogeo a mediados de
marzo, en tanto que los mirlos de bosque sienten la llamada de
la primavera hacia mediados de mayo. Eso lo descubrió Jesko
Partecke, del Instituto Max Planck de Ornitología de
Seewiesen, cerca de Múnich.
Lo que hizo Partecke fue saquear diez nidos de mirlos
urbanos en un cementerio metropolitano y otros diez nidos de
mirlos rurales que vivían en un bosque lejos de la ciudad. Cogió
treinta polluelos de cada emplazamiento y se los llevó a su
laboratorio. Allí hizo uno de los experimentos que se
denominan “de jardín común”. Los experimentos de jardín
común —el lector seguramente los recordará de los capítulos
anteriores- son una manera de verificar que las diferencias
entre organismos tienen un origen genético. En el caso de los
mirlos, el truco consiste en criar de forma natural a los
polluelos secuestrados, siempre en circunstancias idénticas, y
ver qué diferencias se siguen produciendo entre ellos. De esta
forma, Partecke podía estar seguro de que las diferencias
hormonales que descubrió entre los jóvenes mirlos no se debían
a la contaminación lumínica o a la isla urbana de calor -—o a
cualquier otro estímulo externo-, sino que eran la consecuencia
de un salto predeterminado genéticamente en el reloj que
regula el cuerpo de las aves urbanas.
Otra razón por la cual los mirlos urbanos inician antes la
estación reproductora es que ya no tienen que emigrar. Si pasan
el invierno en la ciudad, disfrutando de la isla urbana de calor
y alimentándose tranquilamente con lo que encuentran en los
comederos, pueden empezar a aparearse cuando les dé la gana.
En cambio, los mirlos de bosque siguen siendo aves
migratorias: para huir del frío y la escasez de alimentos tienen
que pasar el invierno en el sur, y solo cuando regresan a su
hogar pueden empezar a reproducirse. Á esas alturas los mirlos
urbanos ya estarán cómodamente repantigados en los nidos. Y
como descubrió Partecke con las aves que crio en el
laboratorio, el cambio en las tendencias migratorias también
tiene una base genética,
Dado que las aves vivían en cautividad, el biólogo no podía
dejar que emigrasen para llevar a cabo el estudio, así que debió
monitorizar su Zugunruhe, Este vocablo alemán significa
“inquietud migratoria”, y en el argot de los ornitólogos y de los
cuidadores de aves se aplica a la agitación nocturna que se
apodera de las aves enjauladas cuando el reloj biológico les
recuerda que ha llegado la hora de emigrar, aunque los barrotes
de la jaula se lo impidan. Partecke colocó sensores de
movimiento en las jaulas para comprobar si había indicios de
Zugunruhe en las aves. Y como era de prever, en otoño y en
primavera los mirlos de bosque estaban muy inquietos: por las
noches se movían sin parar y saltaban continuamente de las
perchas. Por el contrario, los mirlos urbanos dormían a pierna
suelta tanto si estaban en la época migratoria como si no. Y no
solo eso, sino que los mirlos de bosque acumulaban grandes
reservas de grasa para poder resistir el viaje que tenían
previsto emprender, mientras que los urbanos seguían igual de
flacos. De todos modos, la observación reveló un detalle
curioso: solo engordaron los machos, en tanto que apenas hubo
diferencias entre las hembras urbanas y las de bosque.
En su experimento de jardín común, Partecke hizo otros
descubrimientos fascinantes sobre las diferencias entre los
mirlos urbanos y los de bosque. Por ejemplo, que los mirlos
urbanos viven mucho más relajados. Eso salió a la luz cuando
Partecke los sometió a la prueba de estrés que consiste en
sacarlos de la jaula y meterlos en un saco de tela durante una
hora. Cada cuarto de hora, abría el saco y tomaba una muestra
de sangre. Al medir el nivel en sangre de la hormona
corticosterona, descubrió que los mirlos de bosque se asustaban
mucho más, cuando estaban metidos en el saco, que los mirlos
urbanos, cuyo nivel de corticosterona solo aumentaba la mitad.
Recordemos que estas aves no habían visto jamás una ciudad o
un bosque, de modo que los mirlos urbanos son más sosegados
por naturaleza. Eso también explicaría por qué dejan que los
seres humanos se les aproximen tres veces más cerca, sin
asustarse, que los mirlos de bosque.
Una de las razones podría deberse a un gen llamado sert, un
acrónimo de serotonine transporter, transportador de
serotonina. El sert se encarga de eliminar la serotonina, la
hormona que regula los estados de ánimo, de los
neuroconectores de las células nerviosas. Eso explica que
muchos antidepresivos funcionen bloqueando el sert. Por lo que
parece, los mirlos de bosque suelen tener un gen de sert que
presenta variaciones con respecto al de los mirlos urbanos.
Por lo tanto, existen un montón de diferencias entre los
mirlos urbanos y los de bosque: el aspecto, la conducta y la
personalidad, el reloj biológico... ¿Qué significa todo esto? En
los resúmenes de sus publicaciones científicas, los miembros de
la Patrulla del Mirlo exhiben la habitual prudencia académica,
pero yo me atrevo a dar la cara y a decir claramente que, a lo
largo de este último siglo, el Turdus merula ha desarrollado una
nueva especie, llamémosla Turdus urbanicus. Todavía no es un
hecho incuestionable, del mismo modo que las dos especies de
pinzones de las Galápagos todavía no han evolucionado de
modo independiente, pero falta poco para que se complete el
proceso. El Turdus urbanicus solo estaba esperando el
momento.
Y no solo puede alardear de un amplio inventario de
características nuevas, sino que también posee su propia
reserva genética. Los mirlos suelen hacer el nido a una
distancia de menos de tres kilómetros del lugar donde han
nacido, circunstancia que facilita que sus reservas genéticas
sean distintas. Y aunque un mirlo de bosque terminara por
casualidad en la ciudad, estaría tan mal adaptado para su nueva
vida que le resultaría muy difícil sobrevivir. Lo sabemos con
seguridad porque se han hecho intentos infructuosos de
introducir mirlos de bosque en las ciudades polacas de
Biatystok y Olsztyn, en tanto que los intentos de aclimatarlos
en ciudades como Lublin y Kiev tuvieron éxito porque se
usaron mirlos urbanos. Otra razón por la que los genes urbanos
se quedan en la ciudad y los genes rurales se quedan en el
bosque es que los mirlos urbanos inician la estación
reproductora con mucha mayor antelación, cuando los mirlos
de bosque todavía no han regresado de sus cuarteles de
invierno.
Para comprobarlo basta observar directamente esas reservas
genéticas, como hizo Karl Evans. Con la técnica de las huellas
genéticas, analizó el adn de mirlos urbanos y de bosque en doce
lugares distintos de Europa y del norte de África. En todos
esos lugares los mirlos urbanos eran genéticamente distintos de
los mirlos de bosque, aunque también resultaba evidente que en
todas partes los mirlos urbanos descendían de los mirlos de
bosque autóctonos. O sea que todavía no se han producido los
suficientes desplazamientos de mirlos entre varias ciudades
distintas (a veces los mirlos se trasladan a vivir más allá del
perímetro de los tres kilómetros) para que hayan formado una
reserva genética urbana homogénea. Eso explica que la Patrulla
del Mirlo todavía no se haya atrevido a validar la aparición de
una nueva especie evolutiva, el Turdus urbanicus,
Sin embargo, todos los estudios de la Patrulla del Mirlo
demuestran con evidencia abrumadora la aparición de una
nueva especie adaptada al medio urbano. Y probablemente no
sea la única que ha aparecido. En este libro ya hemos visto
muchos casos de especies que han desarrollado nuevas
adaptaciones genéticas a las condiciones urbanas. Y gracias a la
isla de calor —entre otras muchas causas—-, muchas de esas
plantas y animales florecen o se aparean mucho antes que sus
congéneres del campo. Eso bastaría para demostrar que se está
produciendo una separación de la reserva genética y una
incipiente especiación urbana.
Y también significa que los biólogos urbanos ya no tienen
que viajar a las remotas islas Galápagos en busca del santo
erial de la biología evolutiva: asistir en directo al momento
mismo de la especiación. ¡Ese proceso tiene lugar ante sus
propias narices en las ciudades donde viven y trabajan!
Aunque parezca raro, también está teniendo lugar el proceso
inverso, porque las islas Galápagos se han convertido en un
escenario adecuado para estudiar la evolución urbana. Y es que
las islas ya no son el archipiélago remoto y abandonado que
conoció Darwin cuando desembarcó allí por vez primera. Ahora
mismo viven unas veintiseis mil personas en el archipiélago y
cada año lo visitan centenares de miles de turistas. La ciudad
de Puerto Ayora, que está en la isla de Santa Cruz —donde el
lector recordará que el pinzón de Darwin Geospiza fortis está
atravesando un proceso de especiación que lo transformará en
dos especies distintas—, tiene una población de diecinueve mil
habitantes, a la que hay que añadir una invasión anual de
doscientos mil turistas. La ciudad tiene aeropuerto, autopista
(recta como un palo), hoteles, campos de fútbol, agencias de
viajes (El tour de la Selección Natural), cafés (omg! Galápagos)
y un montón de restaurantes.
Durante las últimas décadas, los pinzones de Darwin han
empezado a frecuentar esos restaurantes. Gracias a su
mansedumbre (una característica que comparten con otros
muchos animales del archipiélago), no arrugan la nariz a la hora
de meter el famoso pico en los platos que quedan en las mesas.
Y la ironía del asunto es que esta costumbre está empezando a
alterar el proceso de especiación que se había iniciado. Desde la
década de 1970, la división entre pinzones de pico grande y
pequeño está desapareciendo en Puerto Ayora. Investigadores
como Luis Fernando de León, de la Universidad de
Massachusetts en Boston, que se dedican a estudiar los
pinzones de Darwin urbanos, creen que ese cambio de
tendencia se debe a que los pinzones se han habituado a la
comida rápida.
De León y sus colegas han estudiado los hábitos
alimentarios de los pinzones de Darwin urbanos y silvestres, y
han descubierto que los que viven en la ciudad (donde se han
uniformado las dos formas de los picos) se alimentan de pan,
patatas fritas de bolsa, cucuruchos de helado, arroz y judías.
También beben agua del grifo. En cambio, los pinzones que
viven en el campo (donde se mantienen los dos picos
diferenciados) siguen alimentándose, como hacían sus
antepasados, de semillas y plantas silvestres. Además, los
pinzones urbanos manifiestan cambios de personalidad propios
de las características evolutivas urbanas: así, por ejemplo, todos
se mostraron muy curiosos cuando De León les enseñó unas
bandejas llenas de alimentos extraños, y no se mostraron
recelosos cuando varias personas se acercaron a ellos y
abrieron una bolsa de patatas fritas. Los pinzones silvestres,
por el contrario, no mostraron ningún interés en los seres
humanos ni en su comida,
Así ocurre la evolución urbana. Nos da una nueva especie
de mirlo en Europa mientras nos arrebata una vieja especie de
pinzón de Darwin en el otro extremo del mundo. Pero estos
casos y otros que hemos repasado deberían hacernos ver que la
evolución urbana está alterando por completo nuestros
ecosistemas. ¿Qué significa eso para el futuro? ¿De qué forma
podemos estudiar o incluso canalizar el proceso? ¿Qué papel
podría tener en todo ello la ciencia ciudadana? ¿Y podríamos
tal vez controlar el poder de la evolución urbana por medio de
una arquitectura y un diseño que fueran inclusivos con la
naturaleza?
cuarta parte
La ciudad de Darwin
La necesidad de disfrutar de la belleza de la naturaleza
se manifiesta en esos jardines diminutos que los pobres
tienen en el alféizar de la ventana, así se trate de un
esqueje de geranios metido en una taza rota,
del mismo modo en que se manifiesta en los
jardines rebosantes de rosas y de lirios
que tienen los ricos.
John Muir,
The Yosemite (1912)
xix
La evolución en el mundo teleconectado
Uno de mis remedios preferidos para el bloqueo de escritor
(o seamos sinceros, para cuando me apetece dejar las cosas
para más adelante) es dar un paseo alrededor de la manzana. El
diseño urbano del centro de Leiden, mi ciudad natal, es tan
antiguo que no responde a un plan geométrico, así que mis
paseos siguen un trazado sinuoso. Me bajo de mi cubículo en el
desván, donde tengo el estudio de trabajo, giro a la derecha
nada más salir por la puerta de la calle y entro en Weddesteeg,
el callejón donde nació Rembrandt. Dando pasos lentos y
cuidadosos, intentando liberar mi mente, cruzo el puente
colgante que atraviesa un brazo muerto del Rin y giro a la
izquierda, y después vuelvo a girar a la izquierda para volver a
eruzar el río, esta vez por el puente del ferrocarril. Todo el
terraplén que separa el puente de las vías férreas está cubierto
de bambú japonés (Fallopia japonica), una planta emparentada
con el ruibarbo que, cuando se trajo por vez primera a los
Países Bajos, era muy apreciada por sus racimos de flores
blancas, ricas en néctar. Por los esquejes se pagaban grandes
cantidades de dinero. Hoy, la reputación del bambú japonés se
ha visto muy desfavorecida por su alarmante capacidad de
reproducirse por todas partes y la potencia con que sus raices
destrozan el asfalto y las paredes de ladrillo. Sin mucho éxito,
se la combate como especie invasiva en Leiden y en casi
cualquier otro lugar de Europa, Norteamérica, Nueva Zelanda y
Australia.
Mi paseo me devuelve a la ribera izquierda del Rin y entro
en el Rapenburg, considerado el canal más bonito de los Países
Bajos, flanqueado por las suntuosas residencias de los antiguos
nobles que vivían allí. Una de estas casas es el número 19 del
Rapenburg, un coloso del siglo xvi en el que todas las puertas y
las ventanas centrales están rodeadas de molduras de escayola,
y que por su aspecto y tamaño empequeñece las casas más
modestas, de delicados gabletes, que la flanquean. Y existe una
relación entre este edificio y las plantas de bambú japonés que
crecen en el terraplén, a menos de un tiro de piedra calle abajo.
Esta es la casa en la que se estableció el médico, botánico,
etnógrafo y japanólogo Philipp Franz von Siebold cuando lo
expulsaron de Japón en 1829,
Von Siebold es un personaje muy interesante. En el Japón
actual es una figura inmensamente famosa (se le recuerda con
cariño como “Shiboruto-san”, y la historia de la vida de su hija
japonesa Oine se ha convertido en un manga muy conocido), ya
que fue el único explorador occidental al que se le permitió
entrar en el país durante los dos siglos de sakoku, la época en
que Japón cortó todo contacto con el mundo exterior. Cuando
trabajaba como médico militar en la avanzadilla comercial
holandesa establecida en la isla artificial de Dejima, frente a
Nagasaki, reunió una gigantesca colección de fauna y sobre
todo flora local. También empezó a coleccionar objetos de
interés etnográfico, y además —eso fue su perdición reunió una
colección de mapas. Las autoridades japonesas descubrieron los
mapas y acusaron a Von Siebold de espionaje, lo colocaron
bajo arresto domiciliario y al final lo obligaron a regresar a los
Países Bajos.
Pero al irse se llevó también su colección de especímenes
vivos y muertos, ya que para él significaban una pensión de
jubilación digna. Al regresar a Leiden, vendió las partes más
valiosas de su colección, escribió libros, creó un museo japonés
en su propia casa y montó un negocio de venta por correo de
las plantas que había traído de Japón, entre ellas un brote de
bambú japonés. Los esquejes de ese brote fueron el principio
de una invasión que se ha extendido por todo el mundo.
Cuando crucé el puente del ferrocarril que atraviesa el río, a
doscientos metros de la casa de Von Siebold, pasé por delante
de sus descendientes directas. Y lo mismo puede decirse de
cualquier planta de bambú japonés que se vea por el mundo,
pues han llegado tan lejos como hasta Nueva Zelanda,
Además del bambú japonés, von Siebold introdujo otras
cien especies de plantas japonesas en los jardines y parques de
toda Europa y medio mundo, Con el tiempo, algunas de estas
plantas empezarían a crecer en condiciones de vida silvestre.
La Wisteria, la Rosa rugosa, la hortensia (Hydrangaea
macrophylla) y el privet de Corea (Ligustrum ovalifolium), que
ahora abundan en todos los espacios verdes, descienden del
jardín de Von Siebold. Incluso la viña virgen (Parthenocissus
tricuspinata) que da nombre a la lvy League -esas ocho
prestigiosas universidades estadounidenses que exhiben una
parra virgen en su emblema y albergan a muchos de los
biólogos que han aparecido en este libro- era originariamente
una planta japonesa que Von Siebold trajo de Japón e
introdujo en el resto del mundo.
Philipp Franz von Siebold fue pionero en un proceso que se
ha vuelto global. Desde que, hace casi doscientos años, abrió su
tienda de flora oriental en Leiden, millones de vonsiebolds han
seguido sus pasos. El comercio global de plantas y mascotas
está causando que cada día aumente la difusión de especímenes
desde su hábitat originario hasta los centros urbanos de todo el
mundo. Y no hay que olvidar, por otra parte, el transporte
involuntario de semillas, hongos, microbios y animales
diminutos que se lleva a cabo en la ropa, en el equipaje, en los
zapatos o en los vehículos de turistas, emigrantes y demás
viajeros. Por último hay que recordar el transporte de
ecosistemas enteros que llevan a cabo los barcos de carga
cuando llenan los tanques con agua de lastre para mejorar su
estabilidad y luego los vacían en el puerto de atraque.
Escribo estas líneas durante una residencia de dos meses en
la universidad Tohoku de Sendai, en Japón (donde viven las
cornejas cascanueces). Los paseos para superar el bloqueo
creativo me llevan por el campus de la universidad y el centro
de la ciudad. Aquí, en Sendai, donde también hay plantas
autóctonas, paso frente a terraplenes llenos de bambú japonés,
setos cargados de Wisteria, arbustos de privet de Corea y
fachadas de edificios tapizadas de viñas vírgenes, igual que me
ocurre durante mis paseos por Leiden. Pero también me
encuentro con plantas europeas que han hecho el viaje en
sentido contrario al de la colección de Von Siebold. Entre el
césped descuidado que rodea la estación de metro de Kawauchi
veo una mata de bolsa de pastor (Bursa capsella-pastoris) con
sus extrañas vainas de semillas, y también un trébol blanco
(Trifolium repens). En el arcén de la calzada de la calle Jozenji
crecen una acedera (Rumex acetosa) y una retama negra
(Cytisus scopiarius). Y no solo se trata de plantas. Por encima
de la ciudad vuelan las palomas bravías, y sobre los lechos de
trébol blanco vuelan los abejorros (Bombus terrestris). En las
noches de lluvia, las babosas Lehmannia valentiana se
desplazan entre los muros del santuario sintoista, tan tranquilas
como si estuvieran en su propia casa. En realidad, los hábitats
urbanos de Leiden y Sendai se parecen mucho más y
comparten muchas más especies que en la época de Von
Siebold.
También veo esas especies invasoras de tan amplia
distribución que los ecologistas las llaman “especies
supertramp”: entre la hierba del campus crece la festuca alta
(Festuca arundinacea), originaria de Europa pero que ahora se
ve en todas las extensiones de césped que hay entre los dos
polos (incluyendo los jardines del lado sur de la Casa Blanca). Y
las paredes del húmedo baño de mi apartamento alquilado
tienen manchas anaranjadas del hongo Aureobasicum pullulans,
un hongo que ha creado una gigantesca reserva genética en
todo el mundo y que se mezcla continuamente gracias a la
gente que transporta artículos de higiene de un cuarto de baño
a Otro,
Esta homogeneización global de los ecosistemas urbanos es
ubicua, más de lo que pueden dar a entender estos ejemplos. El
inventario de la ecología urbana demuestra sin lugar a dudas
que millones de manos invisibles están convirtiendo las
ciudades del mundo entero en vasos comunicantes para toda
clase de organismos. Por ejemplo, una asociación científica
internacional que se hace llamar gluseen (red global sobre la
educación y la ecología de los suelos urbanos, por sus siglas en
inglés) ha llevado a cabo análisis de adn en microbios del
subsuelo de ciudades y áreas naturales de África, América del
Norte y Europa, y ha descubierto que la composición de las
especies que viven en todos esos subsuelos se está mezclando
muy deprisa. Al estudiar las doce mil clases de hongos y las
tres mil setecientas especies de un microbio llamado Archaea
encontradas en la muestra, comprobaron que las comunidades
subterráneas de las ciudades se parecían mucho más entre sí
que las de las áreas rurales. Y un equipo de investigadores de la
Universidad de Nuevo México analizó por su parte toda la
información recogida gracias a la costumbre americana del
Recuento de Aves del Día de Navidad. Científicos ciudadanos
de miles de localidades distintas hacen un recuento de todas las
aves que han visto en un perímetro de veinticuatro kilómetros
a lo largo de veinticuatro horas, y a partir de los datos
recogidos se ha descubierto que hay ciudades que están a cuatro
mil kilómetros de distancia pero que comparten la mitad de las
aves, en tanto que la avifauna de las áreas naturales separadas
por esa misma distancia suele ser completamente diferente.
Por último, dos científicos alemanes, Riidiger Wittig y Ute
Becker, han hecho un análisis de las plantas que crecen en los
alcorques que ellos llaman Baumscheiben (discos de árboles),
esas isletas de tierra que rodean a los árboles urbanos. Al igual
que ha ocurrido con los estudios de las aves urbanas, las
ciudades de todo el continente comparten una proporción
mucho más grande de flora de alcorque que las áreas de
vegetación silvestre elegidas al azar en el campo. Incluso en
Baltimore, Estados Unidos, el 80% de las plantas que crecen
entre las raíces de los árboles callejeros son idénticas a las que
crecen en las ciudades europeas.
Esto significa que el ecosistema de las ciudades de todo el
mundo es cada vez más similar; las comunidades de plantas y
de animales, hongos, organismos unicelulares y virus se están
mezclando en una única biodiversidad urbana globalizada con
múltiples objetivos. Y aunque no todas las especies sean
idénticas de una ciudad a otra, siempre nos encontramos con
una especie similar desempeñando un papel equivalente. En
mis paseos por Sendai, por ejemplo, veo a la araña del surco
(Larinioides cornutus) tejiendo telarañas cerca de los focos que
hay en los puentes que cruzan el río Hirose. Se trata de una
especie distinta de la araña de los puentes europea (Larinioides
sclopetarius) que Astrid Heiling vio haciendo lo mismo en los
puentes de Viena que cruzaban el Danubio.
El caso es que cada especie urbana, sea cual sea su lugar en
el mundo, acabará encontrando un conjunto de cohabitantes
muy parecido. En un capítulo anterior denominamos este
fenómeno “encuentros urbanos en la segunda fase”: son los
engranajes vivientes del reloj ecológico urbano que a su vez
también pueden evolucionar. Y a medida que esos mecanismos
vayan confluyendo en muchas ciudades distintas, irán
produciéndose avances evolutivos similares, que darán una
respuesta equiparable a los desafíos que plantea la vida urbana
en todo el planeta.
Pero también se produce la homogeneización que resulta de
lo que he denominado “los encuentros urbanos en la primera
fase”, es decir, la adaptación a los distintivos físicos y químicos
del entorno urbano. Y para estos componentes del entorno
urbano también se producen conexiones globales e invisibles.
Durante los últimos años, la visionaria científica urbana Marina
Alberti, de la universidad de Washington, ha estudiado este
proceso, que ella denomina “teleconexión”. Cuando la
entrevisto por Skype, Alberti me explica su formación
académica: “Sí, soy urbanista, pero mi currículum es muy
complejo porque también he estudiado biología”. Su idea
fundamental, me cuenta, es la de que los seres humanos
formamos parte de la naturaleza. “Mi obra intenta poner en
cuestión los principios de la ecología y el urbanismo porque
ambas ciencias todavía consideran que los seres humanos no
forman parte de los sistemas ecológicos”.
Y continúa: “Las ciudades están interconectadas mucho más
allá de sus límites físicos”. Para Alberti, las ciudades no solo se
intercambian especies, sino inventos humanos que las hacen
funcionar y a los que tienen que adaptarse los organismos
urbanos. Tomemos el caso de la iluminación nocturna (alan),
por ejemplo. La innovación lumínica ha ido extendiéndose por
el mundo, saltando de ciudad en ciudad. Primero fue la luz de
gas, luego las lámparas incandescentes, luego las lámparas de
sodio de alta presión, después las de vapor de mercurio y ahora
las led. Cada clase de iluminación tiene un espectro distinto de
luz, e investigadores como Kevin Gaston en el Reino Unido y
Kamiel Spoelstra en los Países Bajos están descubriendo que
los animales nocturnos reaccionan de forma diferente a los
diversos espectros. Por lo tanto, podemos deducir que si los
animales están evolucionando para adaptarse al alan, cada
nueva ¡innovación lumínica traerá consigo una nueva
transformación evolutiva. Y dado que la innovación tecnológica
se extiende muy deprisa de ciudad en ciudad, así también se
extenderán las transformaciones evolutivas, bien sea porque los
animales mejor adaptados son los que se asientan y aumentan
en número en las ciudades (como hizo la mariposa del abedul al
adaptarse a los cambios de la contaminación industrial), o bien
porque las mismas soluciones para los mismos problemas van
evolucionando de forma independiente en distintos lugares
(como parece suceder con los mirlos urbanos y con los fúndulos
resistentes a los contaminantes pcb).
Alberti imagina que esta teleconexión interurbana afectará a
todas las innovaciones en materia de transporte, carreteras,
construcciones ferroviarias, arquitectura, creación de espacios
verdes, etcétera. Y más aún si tenemos en cuenta que las
ciudades de todo el mundo están empezando a intercambiar
información y a emprender acciones conjuntas con mucho más
entusiasmo que los propios países de los que forman parte. En
su libro Conectografía: mapear el futuro de la civilización
elobal, el estratega global Parag Khanna cita el ejemplo de las
C
y red global de megaurbes que buscan conjuntamente
una solución al cambio climático. “Dado que las ciudades se
definen [...] por su conectividad en mucha mayor medida que
por su soberanía -—dice Khanna-, podemos imaginar una
sociedad global que surgirá con mucha más rapidez de las
relaciones interurbanas que de las relaciones internacionales”.
En otras palabras, la naturaleza urbana del futuro será un
ecosistema disperso pero globalmente homogeneizado, habitado
por un conjunto dinámico y a la vez compartido de organismos
que estarán evolucionando constantemente, intercambiando
especies y genes e innovaciones para competir con las nuevas
tecnologías con que los seres humanos están equipando las
ciudades. Eso no significa que los ecosistemas urbanos vayan a
estar completamente separados de los ecosistemas rurales: la
vida silvestre seguirá funcionando como fuente de especies y de
genes preadaptados que los ecosistemas urbanos sabrán
aprovechar de algún modo. Pero aun así, a medida que el
entorno urbano vaya expandiéndose, irá convirtiéndose en un
ecosistema por derecho propio que dicte sus propias normas
evolutivas y marque su propio ritmo evolutivo.
Alberti señala que estas normas y este ritmo evolutivo
empiezan a diferenciarse cada vez más de las normas y el ritmo
que hemos conocido hasta ahora en el mundo natural. En los
bosques vírgenes, en los desiertos, en los pantanos y en las
dunas alejadas de toda influencia humana, los cambios
evolutivos se deben a la presión de fuerzas naturales que
vienen funcionando desde tiempo inmemorial. Sin embargo, a
medida que los ecosistemas silvestres se hacen más grandes y
complejos, y a medida que los organismos van ocupando todos
los nichos ecológicos, surgen menos oportunidades y la
evolución se ralentiza. En las ciudades, en cambio, ocurre todo
lo contrario, tal como indica Alberti, ya que el ritmo de la
evolución viene marcado por las oportunidades ecológicas que
surgen de la interacción con los seres humanos. Y a medida que
las ciudades se vuelven cada vez más grandes y complejas, van
produciéndose más y más interacciones sociales con los seres
humanos, cada vez más intensas, y debido a las cuales el
entorno va cambiando mucho más deprisa... y acto seguido, la
teleconexión se encarga de difundir estos cambios por la vasta
red de las ciudades del mundo. Y las especies tendrán que
acelerar el ritmo evolutivo en la olla a presión del cambio
medioambiental si no quieren extinguirse sin remedio,
Aquellas especies que no puedan mantener el ritmo
frenético impuesto por el desarrollo urbano tendrán que
desaparecer, pero el resto seguirá adaptándose y tal vez
dividiéndose a medida que los seres humanos vayan
poniéndoles nuevos obstáculos o proporcionándoles nuevos
medios de vida. En 2017, en la revista Proceedings of the
National Academy of Sciences, un equipo científico dirigido por
Alberti publicó un análisis global de más de mil seiscientos
casos de cambios “fenotípicos” (es decir, transformaciones en el
aspecto, el desarrollo o la conducta de una especie que pueden
tener o no una causa genética). Al factorizar un conjunto de
“impulsores” medioambientales (tanto urbanos como naturales),
descubrieron lo que Alberti denomina una “señal inequívoca de
urbanización”. Los datos ponían de manifiesto el cambio
fenotípico ocurre mucho más deprisa en las ciudades que en las
zonas rurales, y que los impulsores más potentes son los
encuentros en la segunda fase (interacciones con seres humanos
o con otros organismos introducidos en la ciudad por los seres
humanos).
Y eso nos lleva a hacernos una pregunta a la que ya he
aludido en un capítulo anterior: ¿y qué pasa con nosotros, los
seres humanos? ¿Estaremos evolucionando también? Al fin y al
cabo, el entorno urbano es tan ajeno a nuestros cuerpos y
mentes como lo es para el cuervo indio, el bambú japonés y el
fúndulo. Durante los cientos de miles de años que hasta ahora
han configurado nuestra evolución, nunca hemos vivido en
condiciones ni remotamente parecidas a las que tenemos ahora.
Por otra parte, si hubo alguna vez un momento que ofreciera
las condiciones para un nuevo salto evolutivo, ese momento es
el actual. Reflexionemos un instante: cuando hay casi ocho mil
millones de habitantes en el mundo, y cuando cada día nuestros
cuerpos producen un trillón de células sexuales, la probabilidad
de que aparezca una nueva mutación crucial en nuestro genoma
resulta muchísimo más elevada que cuando éramos una especie
amenazada que se buscaba el sustento en unos pocos lugares
del mundo. ¿Estamos evolucionando los seres humanos para
adaptarnos al nuevo entorno urbano, igual que están haciendo
los animales y plantas que cohabitan con nosotros? Es una
pregunta fascinante, para cuya respuesta ahora contamos con
las herramientas adecuadas.
Del mismo modo que los científicos investigaron el genoma
de la mariposa del abedul para comprobar la mutación del gen
córtex que se expandió por el mundo industrial en el siglo xix,
nosotros también podemos analizar el genoma de un conjunto
cada vez más grande de personas para averiguar cómo ha ido
evolucionando la población humana en estos últimos años. La
tecnología del adn está desarrollándose tan deprisa que, dentro
de poco, tendremos la información confidencial de nuestro
eenoma guardada en el disco duro y/o podremos permitir a los
investigadores examinarla. Pero incluso con la modesta
cantidad de un millón de genomas a la que tienen acceso los
investigadores, hoy ya se han detectado indicios de que la
evolución humana sigue su curso,
Los proyectos de investigación uk10k y Biobank, por
ejemplo -—dos iniciativas científicas que se han propuesto
secuenciar el genoma de decenas de miles de ciudadanos
británicos—, han puesto de manifiesto que en los últimos siglos
se han producido cambios evolutivos en los genes relacionados
con la altura, el color de la piel y los ojos, la tolerancia a la
lactosa, el deseo intenso de consumir nicotina, el tamaño de la
cabeza de los niños, la amplitud de la cintura de las mujeres y
la edad de la maduración sexual femenina. Es probable que
ninguno de estos cambios tenga que ver directamente con el
hecho de vivir en las ciudades, pero otros investigadores sí han
descubierto evidencias de que está produciéndose una evolución
propia de las ciudades. Allí donde empezó antes la
urbanización, por ejemplo, hay más personas cuyos genes del
sistema inmune contribuyen a combatir la tuberculosis.
Históricamente, los organismos que causan o contribuyen a
propagar enfermedades de ese tipo actúan -incluso hoy-, con
mayor eficacia en los lugares donde la gente vive hacinada, de
modo que todo eso afectará la evolución de nuestro sistema
inmunológico.
Otra idea apasionante es la del cambio en la sexualidad
humana. Durante millones de años, cualquier ser humano tenía
que conformarse con un puñado de parejas posibles a lo largo
de toda una vida. Sin embargo, hoy el urbanita medio puede
encontrar todos esos candidatos potenciales sin mayor esfuerzo
que el de dar un paseo por la calle. Eso significa una mayor
competencia y una selección sexual mucho más intensa. Si a
eso se le suma un gran cambio en las preferencias —como el
que ha experimentado el carbonero común- en cuanto a las
características ideales de una pareja, ¿quién sabe cómo van a
evolucionar en el futuro esas preferencias y las señales que
emitimos para atraer sexualmente?
Dicho esto, en el futuro que prevemos es más probable que
los seres humanos influencien la trayectoria evolutiva de la
flora y de la fauna urbana a que veamos el fenómeno inverso,
Dice Alberti: “Creo que la especie humana está cambiando la
configuración genética del planeta. Tenemos la responsabilidad
y a la vez la oportunidad de coevolucionar con otros
organismos. Ahora bien, si los seres humanos van a asumir ese
desafío, eso no lo sé”. Alberti plantea un reto que implicaría
enormes consecuencias en la forma en que diseñamos y
administramos nuestros entornos urbanos. ¿Seremos capaces de
canalizar el potencial de la evolución urbana y usarlo para
hacer que las ciudades sean mucho más habitables en el futuro?
Diséñalo con Darwin
Ami hija se le dan mejor estas cosas.
Me presento sin avisar en el mostrador de recepción de
Roppongi Hills, el suntuoso “complejo de desarrollo urbanístico
integral” que se levanta en el corazón de Tokio, y pregunto si
puedo echar un vistazo a sus famosas cubiertas ajardinadas. Me
dan una guía en papel couché que se titula Roppongi Hills
Town Guide y me ofrecen un montón de disculpas, pero no, lo
sentimos mucho, solo pueden verse cuando se celebran
“eventos” o en las ocasiones especiales. Desmoralizado, vuelvo
a la entrada, donde están esperándome mi hija y mi novia,
“¿Les has dicho que estás escribiendo un libro?”, me pregunta
mi hija Fenna, al tiempo que me empuja a volver. Sus sonrisas,
su persistencia y la colección de tarjetas de visita y de
identificación de universidad que logro materializar consiguen
que el recepcionista llame por teléfono a la oficina de
mantenimiento de los jardines del hotel pero ellos, también,
rechazan nuestra petición. Con libro o sin él, debes solicitarlo
por escrito.
Pero Fenna tiene ganas de pelea. “Vamos a ver si podemos
acercarnos”, dice, y me conduce hasta el recibidor del hotel
Hyatt, que está justo al lado, desde donde nos colamos por
delante de la recepción y hasta el ascensor. Cambiamos varias
veces de ascensor en distintas plantas, hasta que encontramos
el que sube hasta el piso que queda más cerca de las cubiertas
ajardinadas de Ropponei Hills, Al final del pasillo alfombrado
llegamos a una eran cristalera que ofrece una panorámica
extraordinaria. Primero vemos el perfil urbano de Tokio,
anguloso y cubierto de niebla. Luego, la “ciudad dentro de la
ciudad” formada por Roppongi Hills: un amasijo de oficinas,
tiendas, apartamentos, jardines y un museo, todo
interconectado por senderos bordeados de esculturas. Cuando
pegamos la nariz al cristal y percibimos el calor que irradia la
cristalera y que se mete en el hotel climatizado, allí enfrente,
en la azotea justo delante de nosotros, bajo el sol ardiente, está
la reserva natural urbana que llevábamos tanto tiempo
buscando.
Es como si alguien hubiera excavado un pedazo de campo
japonés (ese mosaico tradicional de arrozales, bosques, prados y
estanques llamada satoyama) y lo hubiera soltado sobre la
azotea del edificio Keyakizaka, donde ahora forma una corona
verde. Un arrozal y una pradera rodeados de bosquecillos de
cerezos y setos de privet de Corea. Senderos ondulantes. Flores
de loto en un estanque y huertas de melón amargo, berenjenas
y tomates. Una residente con un amplio sombrero que la
protege del sol está cuidando su arroz, mientras dos cuervos
picudos con los picos tan afilados como cuchillos de sushi
picotean las cerezas aún verdes que acaban de brotar en los
árboles, Luego emprenden el vuelo y se van hacia la torre Mori,
volando muy por encima de nosotros. Vemos cómo se van
volviendo más y más pequeños hasta convertirse en dos
puntitos que se diluyen entre las cornisas de los pisos más
altos, donde tiene su sede la empresa constructora Mori
Building Company, que ha levantado Roppongi Hills,
Mori ha estado incorporando vegetación a sus proyectos
arquitectónicos desde la década de 1970, Las cubiertas
ajardinadas de Roppongi son modestas —no tienen más de mil
trescientos metros cuadrados-, pero algunos de los edificios en
el catálogo de la empresa tienen superficies verdes mucho más
extensas. Y no son las únicas. En la ciudad de Fukuoka, el
diseñador argentino Emilio Ambasz dio con equivalente
inmobiliario de nadar y guardar la ropa: tomó un parque
urbano de cien mil metros cuadrados y lo levantó en el aire
hasta dejar el edificio futurista del Prefectural Hall de
Fukuoka justo debajo. La fachada sur del edificio en forma de
cuña tiene catorce terrazas estratificadas, rebosantes de
vegetación salvaje, que se prolongan hasta un aparcamiento a
nivel de calle.
En otros lugares de Asia hay proyectos arquitectónicos que
rompen todos los moldes. En Singapur se levanta el mayor
jardín vertical del mundo (la fachada oeste, de dos mil
trescientos metros cuadrados, del cdl Treehouse Condominium),
y también el asombroso edificio de treinta plantas cubiertas de
enredaderas del Oasia Hotel Downtown. Y Asia no es el único
lugar donde existe la arquitectura verde. En Milán, Stefano
Boeri ha diseñado el Bosco Verticale (Bosque Vertical), dos
rascacielos de uso residencial en los que hay plantados 730
árboles, 5.000 arbustos y 11.000 plantas. De hecho, la última
tendencia del diseño urbano en todo el mundo es la
arquitectura que integra la naturaleza, y ahora mismo están
desarrollándose más y más proyectos, cada vez más
inteligentes, que se proponen integrar la naturaleza en la ciudad
tanto en un nivel megalomaniaco como en uno microscópico,
financiados por grandes constructoras y pequeñas cooperativas.
En Manhattan, por ejemplo, el crowdfunding de Lowline Lab
experimenta con la creación de espacios verdes subterráneos
que se adapten a una mala iluminación. El objetivo es convertir
la terminal abandonada de tranvías de Williamsburg, que mide
ciento ochenta metros y está situada justo debajo de Delancey
Street, un húmedo espacio cavernario, en un parque
subterráneo repleto de musgos y helechos. Y en Berlín, una
pequeña asociación está intentando convertir el monstruo de un
antiguo búnker de hormigón de la época nazi en una “montaña
verde” que se llamará Hilldegarden.
Estas nuevas tendencias del diseño urbano no solo dan
impulso a estudios de arquitectura y gabinetes de diseño, sino
que traen grandes beneficios al entorno urbano. Por ejemplo,
las azoteas están vergonzosamente vacías en zonas urbanas
donde la escasez de espacio es agobiante, y si las ciudades
siguen creciendo en detrimento de las zonas llanas y fértiles
que puedan dedicarse a la naturaleza y la agricultura, ¿por qué
no podemos introducir nuevos usos en la propia ciudad, en las
azoteas desaprovechadas? Por otra parte, una ventaja añadida
de los edificios recubiertos de vegetación es que el suelo
húmedo y el follaje contribuyen a bajar la temperatura. Así
disminuyen los costes del aire acondicionado y también se
atenúa la isla urbana de calor. Y por si fuera poco, las plantas
amortiguan el ruido y atrapan la contaminación. En regiones
sísmicas como Japón, un pesado parque natural situado en la
azotea puede servir de contrapeso y contribuir a la seguridad
del edificio si se produce un terremoto. No es de extrañar que,
en 2001, el municipio de Tokio aprobara una ordenanza que
obligaba a los nuevos edificios a destinar entre el 20 y el 25%
de la superficie de las azoteas a las zonas verdes. En 2015, esta
nueva disposición administrativa había dado como resultado
1.800.000 metros cuadrados de cubiertas verdes, Y normas e
incentivos muy parecidos existen en otras ciudades del mundo.
No se preocupen, no expondré detalladamente la eclosión
del diseño y la arquitectura verde. Existen bibliotecas enteras
dedicadas al asunto, y bastaría citar el excelente ensayo Making
Urban Nature (2017) o bien Desiening for Biodiversity (2013).
También podría citarse el clásico Planting Green Roofs and
Living Walls, de 2004. O en última instancia, bastaría con
asistir a uno de los innumerables congresos internacionales en
los que arquitectos y urbanistas analizan las últimas tendencias
del urbanismo ecológico. Pero lo que no se encuentra en esos
libros ni se escucha en esos congresos es cómo todas esas
nuevas tendencias en tejados verdes, construcción
naturoinclusiva y urbanismo verde afectan a la evolución de los
sistemas urbanos en curso. En líneas generales, los ecólogos
urbanos, los arquitectos ecológicos y los urbanistas verdes dan
por hecho que los animales y las plantas que viven en libertad
en un entorno urbano son organismos estáticos, de modo que el
papel que desempeñan en la cadena urbana va a permanecer
inalterable. Como ya hemos visto en este libro, esa idea puede
ser un error de cálculo: la evolución urbana no se detiene
nunca, y lo que debemos preguntarnos es, en realidad, cuáles
pueden ser las consecuencias indeseadas de la interacción entre
la evolución urbana y la arquitectura ecológica,
Ante todo, hay que tener en cuenta la teleconexión de la que
va hemos hablado en el capítulo anterior. Ingenieros urbanos,
diseñadores y arquitectos están inmersos en un intercambio
continuo de ideas. El argentino Emilio Ambasz diseña edificios
en Japón y el italiano Stefano Boeri lo hace en China, mientras
el malayo Ken Yeang trabaja en proyectos para Londres, Hong
Kong y Bangalore. Esta movilidad de las personas y los
conceptos garantiza una difusión muy rápida de las ideas y la
innovación, cosa que contribuye a aumentar la teleconexión
global del entorno urbano de la que ya hemos hablado.
Pero aún hay más. Si se usa el sentido común evolutivo,
resultaría factible trazar directrices para que el nuevo diseño
urbano canalice el potencial de la evolución y lo convierta en
un instrumento al servicio de la maduración de los ecosistemas
urbanos. Por lo tanto, aquí postulo mis Directrices
Improvisadas para la Construcción Urbana Teniendo en Cuenta
a Darwin: cuatro normas para la planificación ecológica urbana
integrada en la evolución natural.
Norma número 1. Que las plantas crezcan solas. Los seres
humanos somos jardineros incorregibles. Nos gusta plantar,
arrancar hierbas y cuidar el jardín. Y el diseño verde urbano se
basa en las mismas motivaciones. Todos los proyectos
ecológicos que he mencionado en este capítulo, ya fueran
verticales, horizontales, oblicuos 0 subterráneos, están
planificados meticulosamente no solo en cuanto a su aspecto y
a su funcionamiento, sino también en cuanto a los objetivos de
cultivo. Las cubiertas ajardinadas del Fukuoka Prefectural Hall
tienen setenta y seis especies de plantas, arbustos y árboles, El
Lowline Lab de Nueva York ha plantado más de cien, y el
Bosco Verticale de Milán tiene cincuenta especies distintas,
todas cuidadosamente seleccionadas. En cada uno de estos
proyectos ha trabajado un equipo de horticultores y
especialistas en arboricultura que han elegido la combinación
perfecta que se adapte a cada entorno específico. Han tenido en
cuenta el calor, la sombra y la tolerancia a la sequía, y luego
han combinado las propiedades de las plantas con la forma y el
color de las hojas, los tallos, las ramas y las flores.
Es comprensible elegir de este modo tropas de élite, pero al
hacerlo se deja de lado el abanico inagotable de plantas
urbanas con las que van a interactuar estos nuevos espacios
verdes. En una ciudad, se mire donde se mire, ya sea en las
alcantarillas, en las cunetas o en las azoteas que no son de
diseño, las poblaciones de plantas coevolucionan juntas,
interactuando con los microorganismos del suelo y el aire, con
insectos y otros invertebrados que se alimentan de ellas y a su
vez las polinizan, y en última instancia con todo el entorno
urbano (la isla de calor, los espacios verdes que se forman en el
entramado urbano, la contaminación por acumulación de
metales pesados, etcétera). Y todos estos procesos evolutivos
resultan afectados si de repente soltamos un conjunto
preseleccionado de especies vegetales entre todos estos
organismos. Sería mucho más razonable que los nuevos
espacios verdes se formaran naturalmente con especies que ya
crecen en abundancia en el resto de la ciudad. Eso supondría
no plantar especies nuevas, tal vez ni siquiera añadir nuevo
suelo fértil, sino dejar los lechos de siembra vacíos y permitir
que el propio ecosistema urbano los colonice a su propio ritmo.
A (muy) pequeña escala, ya hay iniciativas que adoptan esta
filosofía de “que las plantas crezcan solas”, La empresa
holandesa Gewilderoei (cuyo nombre es un juego de palabras
intraducible que viene a significar “crecimiento deseable”) ya
diseña y comercializa baldosas de exterior y para pavimento
con grietas y agujeros que permiten la acumulación de tierra, lo
que a su vez permite la aparición espontánea de plantas. El
problema, sin embargo, es que con este laissez-faire, el elegante
exterior de los nuevos proyectos verdes tendría un aspecto
inicial muy desolado, hasta que poco a poco se recubriera
espontáneamente de plantas.
Norma número 2. No tienen por qué ser especies nativas. Si
no toleramos que la fachada de un edificio verde esté
“desnuda”, y si queremos a toda costa que tenga plantas,
arbustos y árboles, ¿por qué no los elegimos del catálogo local
de plantas? Como cualquier proyecto de arquitectura verde se
desarrollará en una ciudad que ya cuenta con sus propias
especies de plantas urbanas, que llevan años evolucionando y
adaptándose a ese entorno en concreto, dicho patrimonio
vegetal tiene un valor incalculable. Lo razonable sería explorar
solares vacios, azoteas y terraplenes de vías férreas para hacer
una selección de las plantas que ya crecen allí sin problemas,
“¡Un momento! —dirá el arquitecto verde-, muchas de esas
especies son exóticas, ¿y no atentaría eso contra el nuevo
dogma ecológico que nos aconseja usar únicamente especies
autóctonas?”. Pues sí que atentaría contra ese dogma, respondo
yo, pero sigo creyendo que ese dogma es erróneo. Por supuesto
que suena muy bonito plantar especies autóctonas en la ciudad,
pero debemos aceptar el hecho de que muchas de las especies
que han evolucionado y se han adaptado con más éxito al
entorno urbano son especies exóticas; hemos visto numerosos
ejemplos en este libro. Esas especies “supertramp” son los
ciudadanos del mundo que están colonizando el ecosistema
urbano global, y los urbanistas deberían aceptar la incómoda
verdad inherente a este incuestionable hecho evolutivo.
Norma número 3. Parches urbanos primigenios. Puede que
la idea de conservar parches urbanos de hábitat original, no
urbano, en el perímetro de la ciudad parezca ir en contra de la
norma anterior según la cual no tienen por qué ser especies
nativas. De acuerdo. Pero aun así, es muy importante, si
queremos mantener el ritmo de la evolución urbana a toda
máquina, conservar un vasto arsenal de genes y especies que
puedan servirnos para la innovación ecológica. El ecosistema
urbano enfrenta a diario nuevos desafíos, y no todas las
especies de la cadena alimentaria urbana podrán adaptarse a
las nuevas exigencias. De ahí que los parches urbanos de
vegetación natural que conserve la flora y la fauna autóctona
podrían servir de válvula de escape. La reserva natural de
Hassamu en Sapporo, en Japón, el bosque del campus de Pici
en la ciudad brasileña de Fortaleza y el parque de Bukit Timah
en Singapur son ejemplos de esa naturaleza primigenia que
forma parte de la urdimbre urbana.
Norma número 4. Espléndido aislamiento. Uno de los
principios fundamentales del diseño ecológico actual es la
creación de “corredores”. El último grito consiste en crear
franjas de vegetación urbana (“vías verdes”) que unan los
parques y otros parches de vegetación de la ciudad para
conseguir una red conectada de espacios verdes urbanos.
Parece una buena idea, Después de todo, es el equivalente
urbano de la práctica conservacionista en los espacios no
urbanizados que lleva décadas practicándose: si una especie
desaparece de un segmento, recolonizarlo siempre partiendo de
la población que queda en otro. Y de esta forma, la cadena
alimentaria de todos estos enclaves interconectados permanece
intacta,
Ahora bien, está por demostrarse que los corredores sean
una innovación positiva para el ecosistema urbano en constante
evolución. Pensemos en los ratones de patas blancas de Nueva
York, que han conseguido que cada clan se adapte a las
exigencias específicas del parque en que cada uno vivía aislado.
Para estos ratones, vivir atrapados en sus propios parques
puede tener algo positivo, pues así no se mezclan con los
ratones mal adaptados que llegan de otros parques. Y lo mismo
ocurre con otras especies de pequeños animales y de plantas
atrapados en diminutos parches de vegetación urbana. Al igual
que esos ratones, es probable que se adapten evolutivamente a
características específicas de ese rincón particular de la ciudad.
Y si esos parches de vegetación se conectan por medio de
corredores verdes, se romperá una cadena de adaptaciones muy
frágiles. De modo que, si nos preocupa la evolución de la vida
urbana, deberíamos replantearnos la utilidad de esos corredores
verdes.
Como el lector habrá observado ya, algunas de estas
directrices contradicen los dogmas de la planificación ecológica
urbana. Y llevará su tiempo que ayuntamientos y urbanistas
asuman la realidad de la evolución urbana. Si uno se ha pasado
media vida combatiendo especies exóticas que invaden la
ciudad, le resultará muy difícil reconocer que ese esfuerzo no
ha hecho más que retrasar el inevitable proceso de integración
evolutiva de tales especies. Y también le costará asimilar la
idea de que determinados aspectos de la evolución urbana
tienen más éxito en parches aislados de vegetación que en
zonas conectadas por corredores verdes.
De modo que quizá valdría la pena desconfiar de las
autoridades municipales como gestoras de una versión mucho
más evolutivamente inteligente del ecosistema urbano. Y para
llevar a cabo una transformación como la que planteo, sería
mejor confiar en las comunidades de urbanitas concienciados,
dado que en muchos países los ciudadanos ya están
organizándose en grupos de presión que comparten el interés
por la naturaleza. Tokio es un ejemplo paradigmático. A
medida que la ciudad iba pasando de tener un millón de
habitantes a finales del siglo xvii a ser el actual conglomerado
de treinta y ocho millones de habitantes (la capital del Japón es
una de las tres ciudades más grandes del mundo, junto con
Guangzhuo y Chongqing), los límites de la ciudad han ido
absorbiendo los campos satoyama aledaños. Tal como me
explicaron los ecólogos urbanos Tetsuro Hosaka y Shinya
Numata, de la Universidad Metropolitana de Tokio, satoyama
es una palabra de amplio significado que designa la forma en
que las comunidades rurales de Japón gestionaban el entorno
natural históricamente, integrándolo en el mosaico de pueblos,
campos de cultivo, acequias de irrigación y zonas de
sotobosque.
Ahora bien, según me explica Hosaka, aunque ciertos
paisajes han desaparecido, no ha desaparecido el deseo de
trabajar en común por el bien común, en este caso verde.
Durante las últimas décadas, este deseo se ha reencarnado en la
idea de satoyama: los residentes en la ciudad se agrupan para
restaurar y conservar los escasos paisajes de satoyama que
sobreviven dentro de los límites de esta. Incluso hay iniciativas
que intentan introducir el concepto de satoyama en el centro
urbano, para que grupos de vecinos gestionen los parques, los
canales, los estanques y las calzadas de su barrio, siguiendo el
ejemplo de lo que hicieron sus antepasados rurales. Además,
los cultivos urbanos forman parte del nuevo satoyama, sobre
todo entre el enorme segmento de jubilados de más de sesenta
años. Numata lo explica así: “Las personas mayores se
entusiasman con el proyecto porque les gusta la jardinería y el
cultivo de un huerto. Y hay muchísimos jubilados en buenas
condiciones físicas y mentales. En el Japón actual, los
sexagenarios siguen siendo gente muy joven y llena de energía”.
Y la verdad es que veo un montón de pruebas de ello mientras
viajo en tren a la Universidad Metropolitana de Tokio. Por
todas partes, encajonados entre los grises bloques de
apartamentos, se ven pequeños huertos y jardines, e incluso
arrozales en miniatura. Y hasta en el mismo centro de la
ciudad, los habitantes del ostentoso barrio de Roppongi Hills se
agrupan para plantar, cuidar y cultivar arroz en las cubiertas
ajardinadas del edificio Keyakizaka,.
La idea japonesa de un satoyama renovado en las ciudades
tiene equivalentes más allá de Japón. Por todo el mundo, desde
Ámsterdam hasta Acapulco, de Zamboanga a Zhengzhou, hay
comunidades urbanas dedicadas a la conservación de la
naturaleza en el propio barrio y al cultivo en granjas urbanas.
La importancia de estos cultivos no debe pasarse por alto, pues
con ellos los seres humanos forman parte integral de la cadena
alimentaria urbana. Y a través de las frutas y las verduras que
cultivan ellos mismos, los urbanitas humanos y su sistema
digestivo se integran en los flujos de energía del ecosistema
autóctono. Y dado que esa implicación se nota en el estómago y
el bienestar, los seres humanos se interesarán cada vez más en
su propio ecosistema,
Es posible que estos habitantes de las ciudades con
mentalidad ecológica (que en parte coinciden con los
naturalistas urbanos que hemos conocido en los primeros
capítulos de este libro) fecundicen la evolución urbana. De
hecho, la mayoría de los científicos que he entrevistado para
este libro me ha dicho que la gente de la ciudad se emociona al
descubrir que la flora y la fauna urbanas están evolucionando
para adaptarse al entorno urbano. ¡Imaginemos las
posibilidades de una integración de estos ciudadanos en la
investigación evolutiva urbana!
Y esto me lleva al último punto que querría tratar aquí:
construyamos un EvoEscopio Urbano.
La evolución urbana ocurre en todas partes. Todos los
animales y plantas que viven en las ciudades cambian muy
deprisa para adaptarse a ellas. Pero con excepción de los
escasos biólogos evolutivos urbanos que han aparecido en estas
páginas, nadie presta atención al fenómeno. No hay suficientes
científicos que registren la continua transformación evolutiva
de los chacahualas de Phoenix, las águilas de Vancouver o la
judía adzuki en Shanghái. Pero si pudiéramos contar con cuatro
mil millones de personas, tendríamos suficientes científicos
ciudadanos. ¿Y qué pasaría si estos ciudadanos, en vez de
limitarse a constatar la presencia o ausencia de determinadas
especies, se dedicaran también a estudiar su evolución?
Pondré un ejemplo de lo que tengo en mente: en los Países
Bajos acabamos de lanzar una aplicación de móvil llamada
SnailSnap. Con ella, la gente puede colgar fotos del caracol
moro (Cepaea nemoralis), muy común en todas las ciudades
holandesas, en una base de datos central. Estos caracoles tienen
conchas de colores muy distintos, y nuestro equipo analiza esas
miles de fotos para averiguar si las conchas del centro urbano
están evolucionando hacia una coloración más clara. Tenemos
la intuición de que los caracoles con conchas de colores claros
que vivan en la isla de calor urbana durante la época de
máximo calor estival entrarán en calor más despacio (y por lo
tanto sobrevivirán un poco mejor) que los caracoles con la
concha oscura,
Otro ejemplo lo proporciona la ecología acústica. El lector
recordará los cambios en la voz y el canto de las aves, insectos
y ranas que intentan comunicarse en medio del estruendo
urbano. En todo el plantea se están llevando a cabo proyectos
de investigación en los que los ciudadanos colocan diminutos
micrófonos usb en el jardín o en los muros exteriores de su
casa para grabar automática y continuamente el paisaje
acústico local. En algunos casos se trata de equipos de
frecuencia ultrasónica, como es el caso de la red de detectores
instalada en Londres, que registra el sonido de los murciélagos.
De esta manera, los ecólogos acústicos pueden monitorizar si
las llamadas, los cantos o los sonidos estridulados que los
animales emiten están cambiando a consecuencia del estrépito
creado por los seres humanos.
Y también hay iniciativas que combinan la diversión con el
estudio. Por ejemplo, el “Concurso del nido más funk”,
organizado por el laboratorio de ornitología de la Universidad
de Cornell, anima a la gente a enviar fotos de los nidos más
divertidos, adorables, inapropiados, estrafalarios o... en una
palabra, funk, que se encuentren en su entorno urbano. Este
proyecto podría descubrir un cambio (incluso evolutivo) en la
confección del nido. ¿Es cierto que los mirlos urbanos anidan
en lugares artificiales más de lo que cabría esperar? ¿Qué
tienen esas anillas de plástico blanco que los milanos negros
urbanos empiezan a usar para decorar sus nidos en España? ¿Y
hay otras aves que decoren el nido con colillas de cigarrillo,
como hacen los pinzones de México?
Estas son algunas de las ideas que tenemos ahora, pero hay
que imaginarse lo que pasará cuando mejore la tecnología. En
un futuro no muy lejano, cuando los dispositivos de análisis de
adn sean fáciles de manejar y mucho más baratos que ahora,
los urbanitas aficionados a la ciencia podrían monitorizar ellos
mismos el cambio en los genes de animales y plantas urbanas.
Y con un software de reconocimiento de imágenes mucho más
desarrollado que el actual, las fotos colgadas en las webs de
estos mismos científicos aficionados podrían usarse para
rastrear cambios en la coloración de los insectos, en la forma
de las semillas, en la longitud de las patas y en todos los demás
aspectos en evolución de la flora y la fauna urbanas. Y todos
estos proyectos de investigación podrían integrarse en un único
EvoEscopio global que llevase la cuenta día a día de las fluidas
alteraciones darwinianas que sufren todos los ecosistemas
urbanos.
Afueras
Si, la verdad es que duele. Durante años me he negado a
volver aquí, pero hoy, después de visitar a mi madre, que sigue
viviendo en el mismo edificio de los años cincuenta en el que
yo crecí, me pareció que ya era hora de volver a dar un paseo
por esos barrios de las afueras construidos sobre los campos y
los pantanos que antes había en el límite de Róterdam: esos
lugares en los que yo, cuando era un adolescente, aprendí los
fundamentos de toda una vida dedicada al estudio de la
naturaleza.
Es una experiencia que te retuerce literalmente las tripas.
Voy caminando entre hileras y más hileras de casitas adosadas,
esas que los urbanistas holandeses han fabricado a granel. Y
que conste que son lugares agradables: barrios adaptados a las
necesidades de los niños, con bonitos jardines, cocheras
abiertas, calles de nombre acogedor que serpentean con resaltos
para impedir la velocidad excesiva. Pero para mi esos lugares
son el mausoleo del antiguo territorio de mi infancia. Y mi
mapa mental está tan desfasado que solo consigo saber dónde
estoy si me conecto a Google Earth.
El barrio de De Akkers (con un cobertizo prefabricado, un
coche de gama media y una sombrilla de Ikea en todos los
jardincitos delanteros) es donde me rodeaba una bandada
formada por un centenar de agachadizas (Gallinago gallinago)
que sobrevolaban la ciénaga mientras emitían al unísono sus
llamadas, que sonaban como estornudos, un recuerdo que no
me ha abandonado en todos estos años. Donde ahora se levanta
el edificio de apartamentos de De Velden, yo me tendía entre
la hierba alta con mi teleobjetivo barato para fotografiar los
nidos de las agujas colinegras (Limosa limosa). Ahora, en ese
mismo lugar, hay cotorras de Kramer que cuelgan de las hileras
de semillas en un comedero de aves. Y el subsuelo de la
estación de autobuses De Gaarden es el lugar donde atrapé al
escarabajo subterráneo Choleva agilis en la madriguera de un
ratón de campo: ese mismo ejemplar, sujeto con un alfiler,
forma parte ahora de la colección Naturalis, el museo de
historia natural en el que trabajo.
El paisaje seminatural de turberas y pastizales por donde yo
vagaba de niño ya no existe. Lo ha engullido el crecimiento
urbanístico de Róterdam y se ha convertido en el medio urbano
del que he hablado de forma tan entusiasta en este libro. Pero
aun así, encontrarme cara a cara con este implacable proceso
urbanizador me pone muy triste. ¿Resulta incoherente por mi
parte? No: está claro que debemos echar de menos lo que
hemos perdido, aunque a cambio hemos ganado algo que
también tiene su valor.
El paisaje de mi juventud entristecía a mi abuelo, que creció
en la misma zona a comienzos del siglo xx, en una época en la
que no había pesticidas ni abonos industriales, y en la que los
insectos y las plantas silvestres eran mucho más diversos y
abundantes que en mis años setenta. Pero para los niños que
ahora se crían en estos barrios de las afueras, las acequias que
quedan, las franjas de hierba jugosa y los setos que separan los
edificios formarán el escenario de sus recuerdos infantiles, que
serán para ellos tan valiosos como lo son los míos para mí. En
otras palabras, a medida que las huellas humanas se vuelven
cada vez más erandes, el mundo natural que nos rodea va
haciéndose cada vez más pequeño, cambia por completo y se
vuelve mucho más pobre. Pero estos ecosistemas urbanos, por
muy empobrecidos biológicamente que estén, siguen siendo
ecosistemas con organismos vivos que forman una cadena
alimentaria en la que siguen teniendo lugar día a día la ecología
y la evolución reales.
La selección natural, aquí, es tan potente que las formas de
la vida urbana evolucionan muy deprisa. Pero debemos tener
en cuenta que todos los ejemplos de evolución urbana que
hemos analizado en este libro son una muestra sesgada del
conjunto de organismos vivos suficientemente bien
preadaptados, o lo bastante variables, o sencillamente
afortunados de poder evolucionar y sobrevivir. Por cada
especie urbana que ha sobrevivido, ha habido docenas de otras
especies que no han podido adaptarse a la ciudad y que al final
han desaparecido. Además de ser los centros neurálgicos de la
evolución, las ciudades son también los lugares en los que se
producen las mayores pérdidas de biodiversidad. Por muy
interesantes que resulten en términos biológicos, no podemos
confiar en ellas si queremos conservar la mayor cantidad
posible de especies. Para ello tenemos que cuidar, valorar y
explorar todas las áreas naturales que aún permanecen intactas.
Con nuestra organización Taxon Expeditions, por ejemplo,
Iva Njunjió y yo llevamos a los ecoturistas a la jungla tropical
de Borneo, donde descubrimos y ponemos nombre a nuevas
especies de vida silvestre. Pero mucha gente no irá jamás a
visitar una jungla, y lo único que verán de la naturaleza
durante su vida serán los parques urbanos de su barrio o las
pocas plantas e insectos que haya en el jardín trasero de su
casa. Por eso mismo resulta tan importante no despreciar esos
fragmentos de ecosistemas urbanos, aunque haya a quien le
parezcan anodinos y poco interesantes. Y por eso mismo resulta
esencial para la calidad de la vida urbana cobrar conciencia de
los extraordinarios procesos evolutivos que tienen lugar en las
ciudades,
Confío en que, al leer este libro, los ojos del lector se hayan
abierto a las maravillas del cerih, el cambio evolutivo rápido
inducido por los seres humanos. Mi propósito es que los
organismos urbanos que el lector observa mientras da su paseo
diario por las calles de su ciudad se vuelvan mucho más
especiales para él, mucho más interesantes, y que le parezcan
mucho más dienos de algo más que un simple vistazo. Ojalá
que, si un día se topa con una bandada de palomas, el lector
busque las de plumas oscuras y piense: “Vaya, esas palomas son
las que han sabido asimilar mejor el zinc que se desprende de
aquella farola”. O que, cuando vea los insectos que sobrevuelan
el fluorescente que ilumina una máquina expendedora de
bebidas, imagine que se trata de insectos genéticamente
predispuestos a no dejarse atraer por la luz artificial, y que
serán ellos los elegidos para la vida urbana del futuro. Y que,
cuando un mirlo se cruce en su camino, el lector se dé cuenta
de que se trata de la respuesta urbana al pinzón de las
Galápagos. Y espero que, a lo largo de los años venideros,
surjan proyectos para científicos aficionados que vivan en la
ciudad que permitan observar la evolución en directo y en el
mismo lugar en el que uno vive. O mejor aún, que el lector
ponga en marcha su propio proyecto.
¿Qué nos deparará el futuro? A corto plazo, al menos, las
ciudades y la población urbana irán creciendo aún más y
desempeñaremos un papel mucho más importante en la cadena
alimentaria mundial. En algún momento del siglo xxi es
probable que la mitad de la energía producida por los
ecosistemas terrestres pase directa o indirectamente por
nuestras manos. En la ciencia ecológica, una especie que
desempeña un papel tan trascendental se denomina una especie
clave. Y los seres humanos somos una especie clave de una
magnitud nunca vista: en realidad somos una superespecie
hiperclave en la creación de ecosistemas,
Como el lector recordará de los capítulos dedicados a las
hormigas y las especies mirmecófilas sobre las que trata el
comienzo de este libro, los fabricantes de ecosistemas más
poderosos atraen como un imán a las demás especies, Cuando
estos fabricantes son capaces de concentrar tantos recursos y
tantos alimentos, el resto de las especies tiene que evolucionar
para cohabitar con ellos, ya sea en busca de protección y de
cobijo, o para robar y saquear a sus anfitriones, o para
engatusarlos a fin de que les ofrezcan las migajas de su comida,
Muchas de estas especies nos resultan invisibles, otras las
toleramos o incluso las valoramos, y otras simplemente las
desterramos, pero todas evolucionan y se adaptan a la vida que
tienen que compartir con sus benefactores, sean estos
anfitriones voluntarios o involuntarios. Los seres humanos
hemos ocupado esta posición durante mucho menos tiempo que
las hormigas, y en consecuencia nuestro organismo antropófilo
solo está empezando a evolucionar. Pero está evolucionando, y
tendrá que adaptarse de una manera u otra a nosotros mismos.
Y eso sin duda ocurrirá si les echamos una mano. Si
observamos, monitorizamos y comprendemos la evolución
urbana, podemos diseñar nuestros entornos urbanos de tal
manera que consigamos controlar y reconducir el proceso. Es
decir, que podemos diseñar nuestro propio proceso de
fabricación de ecosistemas. Y deberíamos hacerlo de forma
constructiva, aplicando normas darwinianas a los espacios
verdes urbanos, y no de forma destructiva, exterminando a las
especies que poseen las mejores cartas para evolucionar hasta
convertirse en nuestras especies antropófilas. Como el cuervo
casero indio.
Una vez más me pongo en contacto con Sabine Rietkerk, del
comité “Salvemos al cuervo indio”. Hace casi un año desde que
hablé por última vez con ella, y las cosas no van bien en Hoek
van Holland, según cuenta en sus mensajes de Facebook, Los
cazadores volvieron y, a comienzos de la primavera,
consiguieron matar a las últimas aves que quedaban. Entre
ellas, la que yo vi dando saltos por la calle frente al centro
comercial. “Fue la que logró resistir más tiempo —me escribe
Sabine—, porque era la que estaba más atenta y siempre avisaba
a los demás del peligro”. Es como si hubiera arrojado la toalla
cuando se dio cuenta de que ya no quedaba nadie a quien
avisar.
De modo que han arrancado de cuajo la posible evolución
urbana de la versión noreuropea del Corvus splendens tropical.
“Pero bueno, hay un rumor...”, me escribe Sabine. ¿Qué rumor?
“Se dice que unos pocos cuervos han conseguido esconderse en
una casa del barrio”. ¿Es cierto?, pregunto. “Ese es el secreto
mejor guardado del vecindario”, me contesta.
Y luego, al cabo de unos pocos segundos, la mensajería de
Facebook emite un “ping” y me envía otra vez el siguiente
mensaje: “;-)”.
Agradecimientos
Ante todo, debo agradecer a Peter Tallack y al resto del
equipo de Science Factory (Louisa Pritchard y Tisse Takagi)
que creyeran en este libro y le encontraran un hogar.
Mi amigo y colega Satoshi Shiba me organizó una residencia
de dos meses en la Universidad Tohoku de Sendai, Japón, que
me permitió terminar la tercera parte del libro en un entorno
bello y tranquilo (lo que explica el sabor inequívocamente
japonés que ha adquirido esa parte del volumen). Le doy las
eracias a él, a su familia y a sus alumnos, y también a Naito
Hiroko por haber creado una atmósfera tan acogedora y
haberme permitido descansar de la escritura organizando
expediciones espeleológicas y otras actividades de campo.
Suzanne Williams, Ellinor Michel y Jon Ablett, del Museo de
Historia Natural de Londres, me hospedaron dos veces para
ofrecerme una semana de jubilosa escritura, que tuvo lugar en
el departamento de moluscos, en la cantina del museo, en el
restaurante del Victoria € Albert Museum, en la British
Library, en el bedé«breakfast de Lea Banwell y en el Pret a
Manger de South Kensington. Otros lugares que me facilitaron
—voluntaria o involuntariamente- un entorno privilegiado para
escribir fueron, citados sin ningún orden ni concierto, el Maliau
Basin Centre en el Borneo malayo, el aeropuerto de Diisseldorf,
el hotel Certousy de Praga, el Ouibus entre París y Ámsterdam,
el apartamento de Darko Jesic en París, el centro para trabajos
de campo de la Universidad de Groningen en Schiermomnikoog
(“De Herdershut”), el autobús exprés que une Tokio y Sendai, el
vuelo sq23 de Singapore Airlines, mi estancia con la familia
de Ahbam en Sukau, y el vestíbulo del hotel Nexus
Karambunai en Kota Kinabalu.
Muchos científicos y otras personas muy informadas sobre
el tema contestaron a mis preguntas, revisaron algunos
fragmentos del texto o me suministraron fotos y otros
materiales para la investigación. Debo expresar mi
agradecimiento a Néstor Alirio, Jacques van Alphens, Florian
Altermatt, Garry Bakker, Olga Barbosa, Lin Op de Beeck,
Herman Berkhoudt, Pierre-Paul Bitton, Edwin Brosens, Scott
Carroll, Jason Chapman, Marion Chatelain, Pierre-Olivier
Cheptou, Kayla Coldsnow, Julien Cucherousset, Curt Daenhler,
Cat Davidson, Luis Fernando de León, Thom van Dooren,
Stepahnie Doucet, Meghan Duffy, Janko Duinker, Naim
Edwards, Clinton Francis, Max Galka, Kevin Gaston, Jószef
Geml, Wouter Halfwerk, Adam Hart, Axel Hochkirch, Bert
Hólldobler, Wendy Jesse, Marc Johnson, Masakado Kawata,
Gail Kuhnlein, Kate Kuykendall, Ariane le Gros, Isabel López-
Rull, Suzanne MacDonald, Emma Marris, Bennie Meek, Martin
Melchers, Osamu Mikami, Erik van Nieukerken, Joe Parker,
Jesko Partecke, Carmen Paz, Norbert Peeters, Paloma Plant,
Lidy Poot, Alexander Reeuwijk, David Rentz, Jelle Reumer,
Ienacio Ribera, Erwin Ripmeester, Milena Salgado-Lynn, Eric
Sanderson, Frédéric Santoul, Juan Carlos Senar, Laurel Serieys,
Frédérique Soulard, Kamiel Spoelstra, Danica Stark,
Montserrat Suárez-Rodríguez, Stephen Sutton, Matt Symonds,
Etsuro Takagi, Tan Siong Kiat, Piotr Tryjanowski, Nedim
Tiiziin, Geerat Vermeij, Oscar Vorst, Gijsbert Werner, Thomas
Wesener, Monica Wesseling, Kristin Winchell, John van Wyhe,
Bakhtiar Efendi Yahya y Pamela Yeh.
Otros colegas me dedicaron más tiempo aún porque me
dejaron entrevistarlos en persona, por Skype, o mediante una
larea correspondencia. Esos colegas son Marina Alberti, Jean-
Nicolas Audet, Laurence Cook, Karl Evans, Tetsuro Hosaka,
Kees Moeliker, Jason Munshi-South, Shinya Numata, Laurel
Serieys, Hans Slabbekoorn, Andrew Whitehead y Niels de
Lwarte.
Mientras preparaba y escribía este libro, algunos colegas y
amigos me han ido enviando información, publicaciones en las
redes sociales y ensayos científicos sobre la evolución urbana.
Me gustaría citar a Aglaia Bouma, Bronwen Scott y Rutger
Vos, pero también me han enviado informaciones muy valiosas
Thijmen Breeschoten, Tom van Dooren, Barbara Gravendeel,
Marco Roos y Martin Riicklin. Otras fuentes de información a
las que quiero dar las gracias son la Biblioteca del Naturalis
Biodiversity Center, Wikipedia y los wikipedistas, todos los
lectores de mi artículo en The New York Times que se pusieron
en contacto conmigo (especialmente Michael McGuire y
Barbara Waugh), el Museo de Historia Natural de Róterdam y
mis alumnos del curso de Orientación en la Biodiversidad y en
la Conservación en la Universidad de Leiden.
Minoru Chiba y Yawara Takeda nos llevaron de gira por
Sendai en busca de las cornejas cascanueces. Mi hija Fenna
Schilthuizen me llevó a Roppongi Hills en Tokio. Chan Sow-
Yan me guio en la expedición de Singapur. Sabine Rietkerk
mantuvo correspondencia conmigo acerca del paradero y la
suerte de los cuervos indios de Hoek van Holland.
La arenga de Auke-Florian Hiemstra logró insuflarme el
coraje necesario para abordar las páginas finales de este libro.
Tres personas muy cercanas se prestaron a revisar el
manuscrito completo mientras iba creciendo de tamaño. Se
trata de Alaia Bruma, Iva Njunció y Frank van Rooij, y les
estoy inmensamente agradecido por el tiempo que me
dedicaron, así como el apoyo y sus atinados comentarios,
Por último, aunque mucha gente me ha ayudado a revisar
las pruebas del libro en busca de errores, asumo toda la
responsabilidad por el contenido final y la interpretación que
en él se hace de los resultados de los experimentos científicos.
notas
el portal de la ciudad
Las descripciones de la naturaleza en el centro de Londres
se basan en una visita a esta ciudad realizada entre el 21 y el
24 de junio de 2016. La historia sobre el mosquito del metro de
Londres se fundamenta en Shute (1951), Byrne y Nichols
(1999), Fonseca et al. (2004) y Silver (2016), así como en la
conferencia que Katherine Byrne dio en el congreso de la
Sociedad Europea de Biología Evolutiva, en Edimburgo, en
1995. Los datos sobre la historia del crecimiento urbano
proceden de Merritt y Newson (1978), Seto et al. (2012), Newitz
(2013) y Reumer (2014). El estudio reciente sobre la distancia
media entre la ciudad y el bosque más cercano está en Yang y
Mountrakis (2017). La cantidad de producción primaria de la
que se apropian los seres humanos procede de Imhoff et al.
(2004) y Haberl et al. (2007), y la cantidad de consumo de agua
dulce se halla en Postel et al. (1996). El artículo de opinión que
cito es obra de Huisman y Schilthuizen (2010). La zona en la
que me pasé casi toda mi infancia como naturalista aficionado,
a finales de los años setenta y comienzos de los ochenta, se
hallaba en los campos y ciénagas que se extendían al norte y al
noroeste del pueblo de Kethel, que pertenece al municipio de
Schiedam. Casi toda esa comarca se transformó en zona
residencial entre la década de 1990 y la primera década del
siglo xxi,
i. el ingeniero de ecosistemas
más eficiente de la naturaleza
Los escarabajos que coleccionaba en Voorne forman parte,
en la actualidad, de la colección del Centro de Biodiversidad
Naturalis. Los textos que he usado para mi estudio de la
mirmecofilia son los de Hólldobler y Wilson (1990) y Parker
(2016). Sobre la conducta del escarabajo Claviger también he
usado los estudios de Cammaerts (1995, 1999), El largo periodo
de asociación entre el escarabajo Claviger y las hormigas, al
igual que el número total de especies mirmecófilas, se da en
Parker y Grimaldi (2014). El concepto de los ingenieros de
ecosistemas se desarrolla en Jones et al. (1994). He encontrado
mucha información sobre los castores como ingenieros de
ecosistemas en Wright et al. (2002). La información acerca del
Proyecto Mannahatta procede de Reumer (2014), así como de
la web del proyecto (http://welikia.org), y también de
Paumgarten (2007), Miller (2009), Sanderson y Brown (2007),
Bean y Sanderson (2008), y la conferencia ted de Eric
Sanderson, de 2009, disponible en YouTube. Muhheakantuck
era el el topónimo originario de los Lanape para lo que hoy
llamamos río Hudson.
li, el hormiguero humano
La expedición al Maliau Basin Studies Centre tuvo lugar
entre el 27 y el 30 de julio de 2016, Para más información
sobre esta zona y el trabajo que llevamos a cabo allí, puede
consultarse www.taxonexpeditions.com. La información sobre
la ingeniería de ecosistemas entre los cazadores-recolectores
procede de Marlowe (2005) y Smith (2007). Los niveles tróficos
de los seres humanos se analizan en Bonhommeau et al, (2013).
Para la historia del crecimiento urbanístico, me he basado en
Gross (2016), Reba et al. (2016), Newitz (2013), Misra (2015,
2016), The Data Team (2015) y la animación divulgativa ted de
Vance Kite en http://ed.ted.com/lessons/. La animación ted
sobre los datos del profesor Reba puede verse en
http://youtu.be/yKJYXujJ7sU.
ili, la ecología del centro de la ciudad
El paseo por Singapur en compañía de Chan Sow-Yan tuvo
lugar el 2 de agosto de 2016. He usado las siguientes fuentes.
Textos sobre ecología urbana en general: McDonnell y
MacGregor-Fors (2016) y Schmid (1978). Acerca de ecología
urbana sobre Singapur: Ward (1968), Lok y Lee (2009), Davison
(2007) y Davison et al. (2008). Sobre los vestigios del hábitat
originario de Singapur: Brook et al. (2003), Clements et al.
(2005) y Lok et al. (2013). Sobre los organismos que viven en
hábitats rocosos pero se han acostumbrado a usar edificios y
paredes: Ward (1968), Sipman (2009) y Tan et al. (2014). Sobre
la isla urbana de calor de Singapur: Chow y Roth (2006) y Roth
y Chow (2012). Sobre la contaminación en Singapur: Xu et al.
(2011), Sin et al. (2016) y Rothwell y Lee (2010). Sobre el uso
de comida humana por parte de la fauna urbana de Singapur:
Soh et al. (2002). Sobre la propagación de especies exóticas en
Singapur: Tan y Yeo (2009), Chong et al. (2012), Ng y Tan
(2010) y Teo et al. (2011). Sobre el desmoronamiento de la
cadena alimentaria de Singapur: Jeevanandam y Corlett (2013).
Las especies exóticas que viven en la Bahía de San Francisco
se mencionan en Cohen y Carlton (1998); véase también
Schilthuizen (2008). Sobre la teoría de la biogeografía insular, y
sobre el estudio de las rotondas de Bracknell, he consultado
MacArthur y Wilson (1967), Helden y Leather (2004) y
Schilthuizen (2008). La aparición del milípedo exótico en
Singapur está documentada en Decker y Tertilt (2012). La
porción del texto dedicada a Singapur la han revisado Chan
Sow-Yan y Tan Siong-Kiat.
iv. naturalistas urbanos
Para la parte dedicada a los cuervos indios de Róterdam he
usado Nyári et al. (2006), De Baerdemaeker y Klaasen (2012),
Hendriks (2014) y Dooren (2016). Mis visitas a la población -
viva y muerta- de cuervos indios de Hoek van Holland
tuvieron lugar el 17 de agosto de 2016, al igual que mi visita a
la colección permanente del Museo de Historia Natural de
Róterdam. Hay más información sobre las ardillas rojas de
Róterdam en Moeliker (2015). Kees Moeliker revisó y corrigió
el apartado sobre el museo de Róterdam. El libro Mannahatta
está en Sanderson (2009). La información sobre Herbert
Sukkop se halla en Reumer (2014). Hay más información sobre
el desarrollo de la ecología urbana como disciplina académica
en Schilthuizen (2016b). El crecimiento de la ciencia ciudadana
como forma de estudio de la biodiversidad se señala en Nielsen
(2012). Los resultados del uso de la trampa Malaise en
Leicester se hallan en Owen (1978). Una introducción a los
inventarios realizados en los triángulos formados por vías
férreas por parte de la Real Sociedad Holandesa de Historia
Natural de Róterdam está en Werf (1982). Los biomaratones se
estudian con todo detalle en Baker et al. (2014). Hay más
información sobre el “Desafío de Naturaleza Urbana” de 2017
en http://www,.calacademy.org/citizen-science/city-nature-
challenge, y sobre las Belles de Bitume en
http://www.frederique-soulard-contes.com/belles-de-bitume. El
biomaratón de Wellington que logró descubrir una nueva
especie de alga diatomea está documentado en Harper et al.
(2009). Las nuevas especies de rana y de caracol descubiertas
en Nueva York y Sao Paulo se estudian en Feinberg et al.
(2014) y en Martins y Simone (2014), respectivamente. Los
nuevos escarabajos acuáticos subterráneos de las ciudades de
Japón se describen en Uéno (1995). Las cifras sobre las
especies de escarabajos presentes en el Amsterdamse Bos
proceden de Nonnekens (1961, 1965), y la referencia a la flora
de Bruselas proviene de Godefroid (2001). Un meta-análisis
sobre los estudios del gradiente de transición de zona rural a
zona urbana en ciento cinco procesos se halla en McKinney
(2008).
y. nuevos urbanitas
La referencia a Sechouw (1823) procede de Sukopp (2008). El
“efecto lujo” se estudia en Hope et al. (2003), He encontrado
información relativa a la razón por la cual los centros urbanos
suelen ocupar los puntos más importantes de biodiversidad
preexistente en el Secretariado del Congreso sobre Diversidad
Biológica (2012). El estudio sobre la República Checa que cito
se menciona en Chocholousková y Pysek (2003). El mayor
nivel de biodiversidad en razón de la mayor variedad de micro-
hábitats se estudia en Kowarik (2011). Para la información
sobre los grandes vertebrados, he usado Vyas (2012), Hoh
(2016), Bateman y Fleming (2012), Soniak (2014), Mahoney
(2012), Gehrt (2007), Jones (2009) y Baggaley (2014). La cita de
Gehrt está tomada de Mahoney (2012). La página web sobre el
proyecto bugs de la Universidad de Sheffield se encuentra en
http://www.bugs.group.shef.ac.uk. Más adelante, cuando se
unieron otras ciudades al proyecto, se cambió el nombre por
Urban Gardens. Para este libro he usado en especial dos
estudios relacionados con este proyecto: Gaston et al. (2005),
Smith et al. (2006a, 2006b). Kevin Gaston revisó las pruebas de
las páginas dedicadas al proyecto bugs. Unos resultados muy
parecidos a los descubiertos por el proyecto bugs se han
obtenido en Bangalore (Jaganmohan et al., 2013) y Berlín
(Zerke, 2013).
vi. si logro llegar
El paseo con Geerat Vermeij tuvo lugar el 17 de junio de
2014, mientras que las citas de sus estudios sobre la
preadaptación provienen de un ¡intercambio de correos
electrónicos que tuvo lugar a finales de septiembre de 2016,
Vermeij revisó las pruebas y dio su visto bueno a mi texto. La
información sobre el gorrión común proviene de Anderson
(2006). He usado la guía de la Sociedad Holandesa para
Ornitología de Campo (sovon), de 2012, para algunos detalles
sobre los hábitats naturales y urbanos de las aves holandesas.
La información sobre los artrópodos domésticos se halla en
Bertone et al. (2016). La información sobre las aves que viven
en las ciudades chilenas procede de Silva et al. (2016); Carmen
Paz y Olga Barbosa han revisado las pruebas del apartado que
les dedico. El estudio sobre las aves preadaptadas al ruido
generado por los seres humanos se halla en Francis et al.
(2011); Clint Francis ha revisado las pruebas de este apartado,
en el que también he usado información procedente de
Woodsen (2011). Los últimos párrafos se basan en Parker
(2016), quien ha revisado las pruebas de esta sección,
vii. he aquí los hechos
La historia de Albert Farn está recogida en Hart et al.
(2010), Jenkinson (1922), Salmon et al. (2000), la página web
http://butterflyzoo.co.uk/farnfestival.html y en la
correspondencia que mantuve por correo electrónico con Adam
Hart en junio de 2016, con Stephen Sutton en junio y octubre
de 2016 y con Eric van Nieukerken en octubre de 2016. La
carta de Farn está registrada como dep-lett-11747 en
www.darwinproject.ac.uk (Darwin Correspondence Project,
2017). Adam Hart revisó el apartado de este capítulo dedicado
a Farn. Por lo que respecta a la frase de Darwin sobre la
velocidad de la evolución, Hooper (2002:55), citando a Mayr y
Provine (1980), escribe que el hijo de Darwin, Leonard Darwin,
recordaba que su padre creía que debían pasar al menos
cincuenta generaciones para que fuera observable un cambio
debido a la selección natural, lo que indica que al fin y al cabo
daba como posible la evolución que tuviera lugar en el
transcurso de una sola vida humana. En relación a las diversas
versiones de El origen de las especies, he consultado la de Van
Wyhe (2002). El simulador digital de selección natural que hice
puede consultarse en
https: //www.radford.edu/-rsheehy/Gen flash/popgen/
viii. leyendas urbanas
Para la historia del caso de la mariposa del abedul, he usado
Cook (2003), Cook y Saccheri (2013), White (1877), Tutt (1396,
pp. 305-307), Haldane (1924), Cook et al. (1970, 1986, 2012),
Kettlewell (1955, 1956), Coyne (1998), Hooper (2002), Van't
Hof et al. (2016), Rudge (2005) y Majerus (1998, 2009). La cita
de Saccheri proviene del podcast Nature, que se puede
encontrar en
http://www.nature.com/nature/journal/v534/n7605/abs/naturel
7951.html. Laurence Cook ha revisado todo el capítulo y me ha
ayudado en algunos aspectos esenciales,
ix, o sea que las cosas suceden así
La información sobre el melanismo natural de las polillas
proviene de Kettlewell (1973) y de una correspondencia por
correo electrónico con Stephen Sutton mantenida el 28 de
octubre y el 3 de noviembre de 2016. Stephen Sutton también
ha revisado las pruebas de todos estos párrafos. La
biomecánica de la forma del ala de un ave se halla en Swaddle
y Lockwood (2003). La evolución de la forma del ala de los
estorninos se basa en Bitton y Graham (2015), y la de la
golondrina risquera en Brown y Bomberger-Brown (2013). Mary
Bomberger-Brown ha leído y corregido todo el apartado
dedicado a las golondrinas risqueras. En un correo electrónico
que me envió el 12 de diciembre de 2016, Pierre-Paul Bitton
(que tuvo la amabilidad de revisar el apartado dedicado a sus
investigaciones) me manifestó sus dudas acerca de que la
evolución de la forma del ala de los estorninos se debiera al
tráfico rodado y no a las mascotas. El estudio sobre la Crepis
sancta en Montpellier se halla en Cheptou et al. (2003), en
tanto que los estudios sobre una evolución similar en las islas
se hallan en Cody y Overton (1996). Pierre-Olivier Cheptou se
prestó a revisar las partes del texto que tratan sobre su obra,
Mi análisis de la rápida evolución del anolis caribeño se basa en
Losos et al. (1997), Marnocha et al. (2011), Tyler et al. (2016) y
Winchell et al. (2016). Como fuente de estudio para el anolis en
eeneral, he utilizado a Losos (2009). Gingerich (1993) es la
fuente para el cálculo de la unidad de medida del darwin.
Kirstin Winchell leyó el texto dedicado a los anolis y me hizo
unos comentarios muy útiles.
x. ratón de ciudad, ratón de campo
Vi las cotorras de Kramer en París entre los días 15 y 17 de
diciembre de 2016, La historia de que Jimi Hendrix soltó varias
cotorras en Londres puede leerse en Brennan (2016). Harcourt
(2016) estudia la filogeografía humana. Las citas de Ariane le
Gros proceden de nuestra correspondencia por correo
electrónico del 14 de diciembre de 2016 y del 17 de mayo de
2017. Mis fuentes sobre la especie, incluyendo su historial
invasivo y su competencia con el trepador azul, son Strubbe y
Matthysen (2009), Strubbe et al. (2010), Le Gros et al. (2016), la
página dedicada a la especie en la Lista Roja de iuen
(http://www. iuenredlist.ore/details/22635441/0), la página de
Wikipedia (http://en.wikipedia.org/wiki/Rose-ringed parakeet),
y el material disponible en la página web de ParrotNet
(http: //www.kent.ac.uk/parrotnet/). Ariane le Gros revisó y dio
su aprobación a los apartados concernientes a la cotorra de
Kramer. La información sobre los linces rojos proviene de
Serieys et al. (2015) y Riley et al. (2007). Laurel Serieys revisó
el texto. La información sobre la fragmentación que provocan
las carreteras en el hábitat global está tomada de Ibisch et al.
(2016). Mi entrevista con Jason Munshi-South tuvo lugar el 10
de diciembre de 2016, y también le tomé prestadas algunas
citas a su conferencia ted-Ed en
http://ed.ted.com/lessons/evolution-in-a-big-city. Las
publicaciones de Munshi-South sobre el ratón de patas blancas
que he usado son: Munshi-South y Kharchenko (2010), Munshi-
South y Nagy (2013), Harris y Munshi-South (2013, 2016) y
Harris et al. (2016). Jason Munshi-South revisó el texto que
trata sobre sus investigaciones. Los estudios sobre la araña se
hallan en Schiffer et al. (2001). Un artículo reciente documenta
la fragmentación y adaptación de los lagartos que viven en los
parques públicos de Brisbane (Littleford-Colquhoun et al,
2017).
xi. envenenar palomas en los parques
Los trabajos sobre la resistencia a la contaminación de los
peces de las especies de los killis se basan en Whitehead et al.
(2010, 2011, 2016) y Reid et al. (2016). También he usado a
Kaplan (2016) y Carson (1962). Los efectos de los pcb y pah en
la ahr se basan en la página web del laboratorio Hahn del
Instituto Oceanográfico de Woods Hole
(http://www.whoi.edu/science/B/people/mhahn/). Andrew
Whitehead se prestó amablemente a revisar las pruebas y
corregir la sección dedicada al fúndulo; la cita al final del
apartado pertenece a un correo electrónico del 25 de mayo de
2017, El apartado dedicado al vertido de sal para el deshielo de
las carreteras procede de Coldsnow et al. (2017) y Houska
(2016), mientras que los principios del estrés por salinidad se
exponen en Máser et al. (2002). Kavla Coldsnow se prestó a
revisar el párrafo que he dedicado a sus investigaciones. La
resistencia al cobre de la flor mono amarilla se estudia en las
páginas 160-163 de mi anterior libro, Frogs, Flies and
Dandelions (Schilthhuizen, 2001), y también en Wright et al.
(2015). La tolerancia al zinc de algunas hierbas aparece en Al-
Hivyali et al. (1990), y el estudio sobre el melanismo de las
palomas urbanas procede de Obukhova (2007) y Chatelain et al.
(2014, 2016). Marion Chatelain ha revisado la sección dedicada
a sus investigaciones.
xii. luces brillantes de la gran ciudad
Kamiel Spoelstra, en una conferencia pronunciada en Haren,
Países Bajos, el 27 de agosto de 2016, se refirió al atractivo
que ejercía en las aves el homenaje luminoso a las víctimas del
11-S. También he usado la información que aparecía en
http://www.audubon.org/news/making-911-memorial-lights-bird-
safe, así como la que venía en
http://www.sott.net/article/226370-Thousand-of-migratine-
birds-attracted-to-9-11-memorial-lights. He tomado las citas de
Michael Ahern de un vídeo colgado en
https: //www.youtube.com/watch?v=LKPkJ08CBdc. La
información sobre la final de la Eurocopa de 2016 y sobre la
migración de las plusias procede de www.uefa.com, Moeliker
(2016) y Chapman et al. (2012, 2013). Para la información
sobre la contaminación lumínica he empleado un debate en
ResearchGate titulado “¿Hay ya una explicación convincente de
la razón por la cual las polillas se sienten atraídas por la
iluminación artificial?”, además de Longcore y Rich (2004),
Gaston et al. (2014) y una conferencia de Kevin Gaston en la
Universidad de Leiden el 30 de junio de 2016. Kevin Gaston ha
revisado las pruebas de esta parte del libro. Los datos sobre las
muertes de aves causadas por la iluminación provienen de
Guynup (2003), y los de las muertes de insectos vienen en
Eisenbeis (2006). El caso de las aves muertas en un faro
procede de Jones y Francis (2003). La lista internacional de los
parques que permanecen a oscuras de noche (Dark-Sky Parks)
se puede consultar en http://darksky.ore/idsp/parks/. Los
estudios sobre la adaptación a la luz de las polillas y de las
arañas son, respectivamente, los de Altermatt y Ebert (2016) y
Heiling (1999). He usado información contenida en un
intercambio de correos electrónicos con Florian Altermatt en
febrero de 2017; Altermatt se ha prestado a revisar el texto
dedicado a su trabajo.
xiii. ¿es realmente evolución?
La entrada del blog creacionista que menciono en este
capítulo se encuentra en http://darwins-
eod.blogspot.nl/2017/01/evolutionist-evolution-is-
happening.html. La diferencia entre la selección natural dura y
la suave se explica, por ejemplo, en Wright (2015) y Hermisson
y Pennines (2017). Para los detalles sobre la selección natural
en el fúndulo y en la mariposa del abedul, véanse las notas de
los capítulos xi y viii respectivamente. Para las
consideraciones genéricas sobre el aprendizaje y la epigenética,
me he servido de Skinner (2011), Azzi et al. (2014) y Arney
(2017). La plasticidad en la coloración del saltamontes se
estudia en Hochkirch et al. (2008). La cita de Kevin Gaston
proviene de Evans et al. (2010). Cuando estaba revisando la
versión final de este libro se publicó el primer estudio que
demostraba que la epigenética causaba importantes diferencias
entre los pinzones de Darwin urbanos y rurales (McNew et al,,
2017).
xiv. encuentros urbanos cara a cara
El estudio sobre los siluros que cazan palomas se halla en
Cucherousset et al. (2012) y se analiza en Yong (2012). También
he usado la correspondencia por correo eléctrónico con
Cucherousset y Santoul en marzo de 2017, Frédéric Santoul se
prestó amablemente a revisar el texto sobre los siluros. El
estudio sobre las hormigas de la bellota se halla en Diamond et
al. (2017), y también he usado la entrada de blog “Historia de
dos mil ciudades” en el blog de Andrew Hendry
ecoevoevoeco.blogspot.com. La comida consumida por las
cotorras de Kramer en París aparece en Clergeau et al. (2009),
Las palomas que se alimentan de brotes de hibisco es algo que
vo mismo he observado en Kota Kinabalu. El estudio sobre la
chinche rojinegra aparece, por ejemplo, en Carroll et al. (2001,
2005). Scott Carroll se prestó a revisar el texto que describe su
investigación. En mi libro anterior, Frogs, Flies, and
Dandelions (Schilthuizen, 2001), cuento la historia de la mosca
gusano de la manzana. Para los estudios sobre la polilla taladro
del maíz, véase Calcagno et al. (2010). El escarabajo que se ha
pasado al cerezo negro americano se estudia en Schilthuizen et
al, (2016). Daehler y Strong (1997) informan sobre la defensa
ante la introducción del espartillo del cangrejal. Curtis Daehler
revisó amablemente el texto que le dedico y me ha señalado
que el insectivoro Prokelisia marginata ha aparecido en Willapa
Bay cuando ya había terminado de realizar su estudio. Las aves
que usan colillas de cigarrillo para sus nidos se estudian en
Suárez-Rodríguez et al. (2013), y también me he servido de la
información recogida en http://www.cigwaste.org. Isabel López-
Rull me revisó este apartado.
xv. auto-domesticación
Los estudios originarios sobre las cornejas negras de Sendai
se hallan en Nihei (1995) y en Nihei y Higuchi (2001). Debo
agradecer a Satoshi Chiba, a Osamu Mikami, a Minoru Chiba, a
Yawara Takeda y al vendedor local de nueces la ayuda prestada
en nuestra tentativa (infructuosa) de ver a las cornejas en
acción en Sendai, Japón, en mayo y junio de 2017, En el
décimo episodio de la serie de David Attenborough para la bbe
en 1998, The Life of Birds (véase
https: //www.youtube.com/watch?v=BGPGknpq3e0), se filmó a
las cornejas en acción. Para los relatos sobre los herrerillos que
abrían las botellas de leche, he usado Fisher y Hinde (1949,
1951) y Lefebvre (1995). El recuento de las cincuenta y siete
botellas abiertas en una escuela aparece en Cramp et al. (1960).
Para las obras sobre las habilidades de los herrerillos a la hora
de resolver problemas y su posible transmisión social, Aplin et
al. (2013, 2015). También usé el vídeo que se puede consultar
en http://www.dailymail.co.uk/sciencetech/article-
2868613/Great-tits-pass-traditions-adapt-fit-locals.html. El texto
sobre el semillero de Barbados se basa en Audet et al. (2016),
en su entrada de blog del 9 de noviembre de 2016 en
http://ecoevoevoeco.blogspot.com/2016/11/street-smarts.html, y
en una correspondencia por correo electrónico con Audet
mantenida el 29 de abril de 2017. Jean-Nicolas Audet revisó y
dio su aprobación al texto que se refiere a sus trabajos. Los
estudios sobre la neofilia en las ciudades polacas se hallan en
Trvjanowski et al. (2016). Piotr Tryjanowski se prestó
amablemente a revisar el texto. Los demás ejemplos de
neofobia entre las cigarras, los cuervos y los minás javaneses
están sacados de Williams (2009), Greggor (2016) y Sol et al.
(2011), respectivamente. El estudio sobre la tolerancia se halla
en Symonds et al. (2016). Matt Symonds revisó las pruebas del
texto dedicado a sus investigaciones.
xvi. las canciones de la ciudad
La clase práctica sobre “ecología acústica urbana” que
describo tuvo lugar el 9 de septiembre de 2016. Para una visión
eeneral de la ecología acústica he usado Warren et al. (2006) y
Swaddle et al. (2015). Los trabajos de Slabbekoorn sobre el
carbonero común aparecieron en Slabbekoorn y Peet (2003).
Hunter y Krebs (1979) publicaron los resultados de unas
investigaciones similares llevadas a cabo en condiciones
naturales. Los ejemplos de otras aves urbanas que cambian de
canto están sacados de Slabbekoorn (2013), y los de las ranas
arbóreas provienen de Parris et al. (2009). Los estudios sobre el
saltamontes están en Lampe et al. (2012, 2014), y los del
mosquitero común están en Verzijden et al. (2010). Los
estudios sobre las llamadas de las aves canoras y de las que no
lo son se encuentran en Hu y Cardoso (2010) y en Potvin et al.
(2011). Los trabajos sobre los efectos de los nuevos cantos
alterados del carbonero común en los machos rivales y en las
hembras se hallan en Mockford y Marshall (2009) y en
Halfwerk et al. (2011), respectivamente. Millie Mockford y
Wouter Halfwerk han revisado los textos que se refieren a sus
investigaciones. Las demás “clases” de ecología acústica urbana
son: el canto más “acelerado” del anteojitos dorsigrís (Potvin et
al., 2011), el canto nocturno de los petirrojos (Fuller et al.,
2007), y las aves que adelantan las horas de canto cuando viven
cerca de los aeropuertos (Gil et al., 2015). Hans Slabbekoorn ha
revisado el capítulo entero.
xvii. sexo en la ciudad
Para la parte dedicada al junco ojioscuro me he basado en
Yeh (2004), Shochat et al. (2006), McGlothlin et al. (2008) y Hill
et al. (1999). También me he servido de la correspondencia por
correo electrónico con Pamela Yeh en el mes de mayo de 2017,
Pamela Yen ha revisado todo el apartado dedicado a sus
trabajos. Para la historia sobre el carbonero común de
Barcelona, he usado Galván y Alonso-Álvarez (2008), Senar et
al. (2014) y Bjorklund et al. (2010). Juan Carlos Senar ha
revisado el texto que trata de sus trabajos. Los estudios sobre
los caballitos del diablo aparecen en Tiiziin et al. (2017). Nedim
Tiizún y Lin Op de Beeck han revisado el apartado dedicado a
su obra. Las investigaciones con ardillas robóticas vienen en
Partan et al. (2010), la información sobre la ardilla india de las
palmeras procede de Hutton y McGraw (2016), y la de los
componentes químicos que imitan a las hormonas sexuales se
basa en Zala y Penn (2004). Los dos ejemplos de “trampas
evolutivas” australianas proceden de Gwynne y Rentz (1983) y
de una correspondencia electrónica con Cat Davidson que me
reenvió Bronwen Scott. Para el capulinero satinado de
Australia también he usado
https://www.zoo.org.au/news/feeling-blue. David Rentz ha
revisado el apartado dedicado a los escarabajos y las botellas
de cerveza,
xviii. turdus urbanicus'
Hay un buen resumen de la evolución en las islas Galápagos
en Parent et al. (2008) Para más información sobre los
pinzones de Darwin, véase mi libro Frogs, Flies, and
Dandelions (Schilthuizen, 2001) Los análisis de las
investigaciones evolutivas actuales sobre los pinzones de
Darwin se hallan en Weiner (1995) y Hendry (2017). El trabajo
sobre el incipiente proceso de especiación del Geospiza fortis
en la isla de Santa Cruz (y la ruptura permanente cerca de la
ciudad) se halla en Hendry et al. (2006) y De León et al. (2011,
2017), así como en diversos artículos ahí citados. La primera
mención del mirlo urbano se halla en Bonaparte (1827). La
reconstrucción que he hecho del proceso de urbanización del
mirlo se basa en Evans et al. (2010) y Moller et al. (2014). Las
diferencias en cuanto al tamaño del cuerpo provienen de
Grégoire (2003), de Lippens y Van Hengel (1962) y Evans et al.
(2009a). Han estudiado el timbre y el ritmo del canto del mirlo,
respectivamente, Ripmeester et al. (2010) y Nordt y Klenke
(2013). Las investigaciones sobre los ritmos reproductivos
proceden de Partecke et al. (2004). El estudio sobre las
migraciones proviene de Partecke y Gwinner (2007), y los
trabajos sobre la producción de la hormona luteinizante están
en Partecke et al. (2006) y Miiller et al. (2013). Jesko Partecke
ha revisado el texto que he escrito sobre sus investigaciones.
Las diferencias en cuanto a la distancia de inicio del vuelo se
estudian en Symonds et al. (2016), Los estudios sobre las
huellas genéticas del adn están en Evans et al. (2009b). La
primera persona que me avisó de la urbanización de los
pinzones de Darwin fue Barbara Waugh. Los estudios que
menciono provienen de De León (2011 2017), que se ha
prestado a revisar las pruebas de los apartados más
importantes de este capítulo.
xix. la evolución en el mundo teleconectado
Para la historia de Von Siebold y el bambú japonés he
usado las entradas de la Wikipedia (consultada el 7 de junio de
2017) y los estudios de Christenhusz (2002), Christenhusz y Van
Uffelen (2001) y de Peeters (2015). Norbert Peeters ha revisado
la parte del libro dedicada a Von Siebold. Otros ejemplos de
especies que se han propagado a nivel global se hallan en
Thompson (2014) y en Schmidt et al. (2017). El término
“especie supertramp” lo inventó Diamond (1974). Los estudios
sobre la homogeneización en microbios, aves y flora callejera
provienen de Schmidt et al. (2017), Murthy et al. (2016) y
Wittig y Becker (2010). Las ideas y las citas de Marina Alberti
proceden de una entrevista a través de Skype que tuvo lugar el
9 de septiembre de 2016, y también de sus publicaciones en
Alberti (2015) y en Alberti et al. (2003, 2017). Marina Alberti
también ha revisado todo lo relativo a su trabajo y a sus ideas,
Los trabajos de HKamiel Spoelstra se pueden ver en
https://nioo.knaw.nl/employees/kamiel-spoelstra. La cita sobre
la teleconexión interurbana procede de Khanna (2016). He dado
a conocer mi proyecto de investigación sobre la secuenciación
del genoma en mi blog y en varias intervenciones, en 2015, en
el programa científico de la radio holandesa De Kennis van Nu
(https: //dekennisvannu.nl/site/special/De-code-van-Menno/8).
Las ¡investigaciones que demuestran un nuevo proceso
evolutivo en los seres humanos se hallan en Field et al. (2016)
y en Barnes et al. (2011). También me he servido de Bolhuis et
al. (2011), Pennisi (2016) y Hassell et al. (2016).
xx. diséñalo con darwin
Nuestra visita a Roppongi Hills tuvo lugar el 29 de mayo de
2017. La petición por correo electrónico al responsable de
prensa de Mori Building Corporation solicitando información
sobre la política de azoteas verdes de la empresa no obtuvo
respuesta. He buscado ¡información sobre las cubiertas
ajardinadas en Japón a través de
https://resources.realestate.co.jp/living/japan-green-roof-
buildings/, y también en las páginas web de Mori Building
Company y de Emilio Ambasz € Associates. La información
sobre el diseño verde en Singapur se halla en
http://inhabitat.com/tag/green-skyscrapers/,. He buscado
información sobre las huertas en las azoteas en Hui et al.
(2011). Hay más información sobre el proyecto Lowline de
Nueva York en http://www.hilldegarden.org. La información
sobre la normativa municipal de Tokio que regula las cubiertas
ajardinadas procede de http://www.c40.org/case studies/nature-
conservation-ordinance-is-greening-tokyo-s-buildings. Las obras
que menciono son Vink et al. (2017), Gunnell et al. (2013) y
Dunnet y Kingsbury (2004). Hay un vídeo con subtítulos en
inglés de Gewilderoei en https://vimeo.com/175805142. Sobre
el debate entre especies autóctonas oO exóticas se puede
consultar el foro de Global Roundtable en
http://www.thenatureofcities.com correspondiente al 5 de
noviembre de 2015. También he usado Davis et al. (2011),
Foster y Sandberg (2004) y Johnston et al. (2011). Los
ejemplos de parches urbanos primigenios proceden de Tan y
Jim (2017) y Diogo et al. (2014). En cuanto al debate sobre las
“vías verdes” se puede consultar Global Roundtable en
http://www.thenatureofcities.com correspondiente al 5 de
octubre de 2014. Mi visita a la Universidad Metropolitana de
Tokio tuvo lugar el 26 de mayo de 2017, En cuanto a la idea de
satoyama, me he basado en Kobori y Primack (2003), Kohsaka
et al. (2013) y Puntigam et al. (2010), además de
http://satoyama-initiative.org. En cuanto a la aplicación
SnailSnap, puede consultarse http://snailsnap.nl. Para más
información sobre los científicos aficionados urbanos se puede
consultar Farina et al (2014) y la website
https://naturesmartcities.com. Para el concurso del nido más
funk, véase http://nestwatch.org. Las tres preguntas hipotéticas
para una posible investigación sobre nidos “funk” están
inspiradas en los trabajos de Wang et al. (2015), Sergio et al,
(2011) y Suárez-Rodríguez et al. (2013).
afueras
Para más información sobre nuestras expediciones en
Borneo, véase http://www. taxonexpeditions.com. El concepto
de “superespecie hiperclave” procede de Worm y Paine (2016).
Mi correspondencia con Sabine Rietkerk tuvo lugar el 27 de
junio de 2017.
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